jueves, 1 de agosto de 2019

Agosto, frío en rostro...

Aquella buhardilla en el Madrid de los 70 del siglo pasado... Tenía también un tragaluz encima de mi cama desde donde miraba las estrellas y por donde se colaban los estridentes gritos de los pavos reales del parque vecino. Aquellas noches de verano recalentado bajo el techo inclinado, desnudo, abanicándome durante toda la noche, sudando, pensando en cuerpos jóvenes que había tenido entre mis manos digitalizándolos de tanto tocarles sucesivamente arriba y abajo hasta llegar a un orgasmo mutuo; aquellos miniorgasmos de jóvenes cadetes que se dejaban besar e iniciar por un inepto maestro de sexo que nada consiguió de ellos sino fuera sus cuerpos crujientes y rezumando belleza...
Después, un buen refresco de cabeza con agua fría del baño mínimo de la buhardilla. El mismo donde aquel bellísimo cuerpo  recién desflorado y ahíto de humos alucinógenos se postraba durante horas repitiendo un mantra: "A mí esto no me sube, a mí esto no me sube, a mí esto no me sube..." Hasta ser rescatado hacia la cama doselada por el tragaluz estrellado y en donde se repetía el abierto festín caníbal de mis dedos sobre su piel ahumada de tanto porro fumado a medias... Y es que ya lo decía el refrán matritense: En agosto, frío en rostro... Pero frío metálico me dejaron aquellas noches compartidas, no en el rostro sino más adentro, lacerado por siete puñales de dolorosa sevillana paseada en andas por encima de mi tejado abuhardillado.
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Juan Rodort, 2019


1 comentario:

  1. Recuerde el alma dormida, como se viene el verano, tan caluroso que parece un Madrid agosteño posado en los tejados calientes (de zinc o de teja árabe)

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