martes, 6 de noviembre de 2018

Luz de otoño


No, no es una obra de teatro valleinclanesca. Esta imagen me recuerda a aquellos grandes lienzos aparcados antaño por los rincones de subidas y bajadas de escaleras en el Museo del Prado madrileño; luego desaparecieron en los sótanos o vaya usted a saber dónde para emerger un buen día convertidos en protagonistas de Los trabajos de Hércules del desaparecido Alcázar matritense de aquellos austrias rijosos que campaban sus anchas por lóbregos pasajes donde las luces de otoño encandescían los cuadros mitológicos o de "poemas" o "poesías" como les llamaban ellos, los reyes, que no otros podían tener acceso a tan íntimas pinturas de pieles níveas y orondas flanqueadas por semidesnudos masculinos, previamente tapadas sus vergüenzas que debían de serlo vistas por los que ni se atrevían a enseñarlas, aún en privado... Pues este buen modelo de la foto me recuerda a esos cuadros trasnochados de ¿Zurbarán? Pues a mí me sonaba de Ribera. El caso es que era yo muy joven -hace más de 50 años de eso- para retener en la memoria las imágenes de esos enormes lienzos suspendidos sobre las lóbregas escalinatas que comunicaban las salas donde yo iba descubriendo los desnudos -primero femeninos y luego masculinos- que me impresionaron hasta tal punto de generar un desasosiego infantil en mis partes medias; sin saber qué coño me estaba pasando, pasaba de la infancia a la púber adolescencia anticipada. Yo era sí, un anticipado a mi propio tiempo. Así me ha ido. Total que con esta imagen quedo tan confundido que ya no sé por dónde me ando si no es tecleando al buen tuntún sin apartar los ojos de las carnes cárdenas y peludas recostadas indolentes, cálidas, tostadas y bien expuestas (casi explícitas) para mi deleite; con esa iluminación de luz de otoño...
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Juan Rodort, 2018

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