martes, 12 de septiembre de 2017

El día que no es hoy (ni ayer)



¿Cómo se puede felicitar a un muerto por su "no cumpleaños"? Pues lo voy a hacer, un año más, con retraso, tres días después del 9 de septiembre pasado (haciendo cuentas tú tendrías hoy ya los 68 tacos y seguirías tan buenorro como cuando la palmaste, amigo mío, en 1998 habrías cumplido los 48; luego dicen que 20 años no es nada...). Y de la que te estás librando, querido amigo; no, no es porque me alegre de que ya no puedas estar aquí, ¡nunca!, si no que a veces pienso que los muertos os estais librando de muchas malas cosas (y de muchas buenas también, no lo niego, pero los malos tragos son más indigestos que los buenos...). Y ahí lo dejamos, una vez más. No voy a repetir que tú fuiste el primer amor post-adolescente, el amigo que nunca fue mi amante como yo habría deseado, pero ¿qué experiencia tenía yo entonces para poder saber si tú eras o no el elegido? Años, muchos años después encontré tu sustituto, aunque no del todo, hay posos de recuerdos que quedan ahí enquistados y son difíciles de erradicar. Mi marido está celoso, o lo estuvo hasta no hace mucho, de ti; siempre me recriminaba que lo mío contigo era una aberración, eso de soñarte, de quererte en sueños (y en vigil), de hacerte el amor (nada de follar) en las madrugadas donde tú volvías a conectar... ¿o era yo el autor de tantas imágenes idealizadas? Posiblemente, sí. Pero no queda otra, tú estás en la otra orilla, yo estoy en esta no se sabe qué dársena de puerto a la espera de mi próximo embarque hacia ¿dónde? Me da igual. Atrás quedaron los resquemores seudorreligiosos del más allá o del más acá... Hoy, pasado ya ese día en que sí pensé en ti pero no escribí nada en tu memoria, hoy te dedico esta flor (un iris inmaculado) con el más puro sentimiento de amor. Amar a un muerto: eso es amor eterno... (digo yo).
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© Juan Rodort, 2017

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