martes, 1 de agosto de 2017

El reposo del guerrero (después de una batalla sexual, homosexual por supuesto)


No sé por cuál de los dos guerreros decidirme, para plantarles batalla de nuevo claro que parece que muy cansados no estén después del maratón de culos usados y tirados a la basura, total, una vez abiertos ya no tienen ninguna utilidad ni emoción. Lo importante es el desflore, el desvirgamiento bestial, el destroce bruto con desgarros esfinteriales de primer o quinto grados que no sé yo cómo se mide eso del desgarro virginal de jóvenes recién salidos de su armario, joven armarito de cuarto de adolescente recién iniciado en el culto priápico por algún amiguito mayor en muchas cosas, no solamente en edad sino en envergadura de las partes medias...
Y no quiero con esto hacer apología del acoso juvenil, pero es que van provocando. Ayer mismo en la biblioteca del pueblo de al lado, un muchachito o no tan muchacho ya porque tenía pelos por todos lados incluida una mata de pelo ensortijado que le caía por la frente en guedejas que ríete tú de los efebos griegos de esas esculturas recuperadas del fondo oceánico o mediterráneo sin ir más lejos; esos muchachos que ya están más que en flor desgranada por unas expertas o inexpertas manos o bocas o esfínteres ajenos a su voluntad, que ellos no saben nada, que ellos no quieren ¡oiga, que yo no soy marica! Pero ahí estaba el muchacho bajando las escaleras de la planta de estudio hasta la sala de ordenadores donde servidor sufriente de estas visiones pletóricas de sensualidad homófila, él bajaba despacioso, contoneándose los escalones de madera sin contrahuella con lo cual se le veían todos los vellos de las piernas al bajar de espaldas y luego de frente, él bajaba despacio, desfilando para mis ojos atónitos de tanta belleza idiota porque algo idiota sí que era el chaval, que quiero pero que no quiero que me mires, pero mira y refocílate con mis culos (dos, tenía dos hermosos culos separados por la raja del pantalón corto ajustado a las redondas nalgas apretadas por unos calzoncillos blancos supuestamente porque no se le transparentaban pero él se sacudió un elástico que le apretaba la nalga izquierda cuando luego subió después de fumarse su cigarrito en la calle o darse unos manoseos en la polla (hermosa por el abultamiento) al sacudirse la última gotita después de mear (¡¡¡ahhhhhh!!!).
Pues yo le hubiera bajado los calzones allí mismo y empotrado contra los escalones a la vista de los cuatro que estábamos en los ordenadores y la simpática bibliotecaria que seguro habría aprobado mis manera rudas y contundentes para poner en su sitio al muchachito provocador. Y es que van provocando y luego pasa lo que pasa... ¡Que uno no es de piedra, coño!
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© Juan Rodort, 2017

1 comentario:

  1. No para este chico después de diez días de agotadores esfuerzos por mantener la bandera homófila bien en alto

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