viernes, 15 de diciembre de 2017

Antiguo villancico, de cuando yo chico


Hoy se le ha caído al Mundo toda la poca magia que le quedaba adherida, herida de guerra que dirían algunos; malheridos todos por esta falta del Espíritu de la Navidad.

"AL NACIMIENTO DE CRISTO NUESTRO SEÑOR"
Luis de Góngora y Argote, 1621

Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

Cuando el silencio tenía
todas las cosas del suelo,
y coronada del hielo
reinaba la noche fría,
en medio la monarquía
de tiniebla tan crüel,
caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

De un solo clavel ceñida
la Virgen, Aurora bella,
al mundo se lo dio, y ella
quedó cual antes florida;
a la púrpura caída
solo fue el heno fïel.
Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

El heno, pues, que fue dino,
a pesar de tantas nieves,
de ver en sus brazos leves
este rosicler divino,
para su lecho fue lino,
oro para su dosel.
Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Tus ojos

Glaucos cielos espejos enjaulados. Miel de palma derretida.
Primera visión de lo imposible, danza ritual de tu cuerpo.
Oración repercutida. Fiel imagen, tu profunda huella en mí tallada.
Prisionero de tus ojos, aducción a primera vista.
Venías en coral camaradería calle abajo; precipitados pasos ensayabas.
Inerme visión de sal-estatua descubrir tus ojos. Carnívoro imán
atrayéndome a tu esencia, enloquecido, acribillado por saetas
que Pan, en ti encarnado, trasmuta en Eros-dardos.
Relámpago acertado, fiero mirar de sentirte espiado, poseído,
en total renuncia de mi ser por tus ojos deslumbrado.
Breve contemplación, deseo volado, disfrute del néctar vertido.
Tus ojos despojaron mi cuerpo de caricias a ti debidas,
renuncia de la piel por la mirada. Total acoplamiento sensorial.
A través de tus ojos poseí tu cuerpo desleído en plena calle.
Por tus ojos me quemo al pensar tu aliento en mi aliento.
En tus ojos resuelvo la unión carnal mucho antes de estrecharte.
Tus ojos sospechan mi delirio; glaucos cielos donde habito prisionero.
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© Juan Rodort, Ojos, "Doble enroque", 2014

martes, 5 de diciembre de 2017

Dos granadas rojas y maduras

El muchacho de la foto es igual que Javier; sí, ya estoy con otra historia repetida. Pero es que no quiero olvidar aquel cuerpo ocultado a mis ojos que tan sólo pudieron verle la piel de sus hermosas piernas velludas y aquellos brazos poderosos, migajas del desnudo frontal que fueron sus ojos sin tapar, sus idolatrados ojos que me dejaban inane cada vez que nos mirábamos o que él me miraba pues yo no podía sostenerle la mirada sin ruborizarme o quedar excitado y alelado al mismo tiempo, expuesto a sus bromas cada vez que esto ocurría y era lo más frecuente en nuestros encuentros. Porque al principio fueron encuentros, batallas dialécticas, torneos de miradas para ver quién de los dos resistía más la intensidad del momento; no, él no se enteraba de mis verdaderas intenciones ni de mis bajas pasiones, tirando siempre para sus bajos-medios empaquetados y bien cubiertos, sus traseros enfundados en ajustados vaqueros, su pecho bravo (mucho más velludo que el de la foto, eso sí hay que remarcarlo), sus brazos y aquellas dos manos que parecían osos de peluche pidiendo a gritos mis caricias y que tuvieron breves encuentros de apretados dedos entrelazados, de cálidos saludos de manos retenidas por ambos en un calor más que inusual, provocativo en mí y en él un dejarse tocar olvidado de su piel en mi piel prisionera por instantes. El muchacho de la foto tiene una crecida barba negra rizada (muy parecida a la que yo gastaba por aquellos años, pocos años de diferencia de edad con Javier, quizás tres o cuatro años más joven pero más adulto que yo desde luego). Javier y el muchacho de las dos granadas. Oferente fruto en su mano diestra, mirando a esa parte oscura de la foto, fuera del marco (en esta reproducción que he recortado para que las censuras previas no se molesten y los censurantes de turno dejen en paz mis escritos, aquí he recortado su cuerpo a la altura del pene –sí, he dicho pene- sin que se le vea, pero está ahí, de hecho siempre está ahí el pene de todos los modelos vestidos o travestidos a los que no se les ve si no es el bulto; debajo siempre está el pene, el causante de que sea tildado de pornográfica la imagen). Dos granadas maduras para su amante y fiel amigo: yo. Él traía en la mano derecha esas dos granadas, la otra mano lasa sobre su pierna y la otra pierna ligeramente adelantada; así era la foto original con ese desnudo frontal masculino bien iluminado y torneado como si de una escultura de museo escapada de su encierro fuera él, el muchacho oferente... ¿Qué significa la granada en el lenguaje de las flores? ¿Y en el lenguaje de los símbolos? Javier nunca vino con granadas que ofrecerme, nunca vino desnudo total y desconozco la largura, grosor y color de su pene, pero sí el bulto recogido que me ofreció aquella noche cuando quedó en calzoncillos y camiseta ante mis atónitos ojos, epatado de tanta belleza no supe yo sino balbucir cualquier pretexto para que él se quedase más tiempo delante. Cruel visión que me diera la muerte en vida al no poder conseguir su cuerpo ni tan solo una de sus caricias íntimas, el tono de su voz era expedito, no cabían desdenes ni sobresaltos, él quería dormir solo, dormir, descansar e ignorarme en sus sueños mientras que en los míos él era el dragón que arrasaba mis anhelos convirtiendo en pesadillas de chorreantes sudores las noches a él debidas a su cuerpo casi desnudo a un metro de mis manos, de mis labios adoradores de tamaño portento, visión de aquella noche en que asesiné su imagen pues ya me sería imposible vivir sin ella, sin él; aquella noche entré en su cuarto con sigilo, el trapo empapado en cloroformo en una mano, el cuchillo en la otra. No opuso resistencia. ¿Se lo esperaba? Y una vez que noté como sus músculos se relajaban, que su respiración se atenuaba, que no reaccionó cuando mis labios rozaron los suyos, entonces dejé el trapo sobre su cara mientras comenzaba a desnudar su cuerpo con dificultad pues su peso se multiplicó como emplomado. Pero quedó desnudo totalmente ante mis ojos. La luz encendida para no perderme nada de su piel, de sus vellos, de sus íntimas zonas tan bien guardadas hasta entonces. Dejé el cuchillo sobre la mesilla, el trapo todavía húmedo al lado y a dos manos le fui rozando con las yemas de los dedos por todo su cuerpo, deteniéndome en sus genitales calientes, en su pene que se agigantó al poco de tocarlo (¿verdaderamente estaba dormido?). Metí su pene en mi boca hasta sentir el tibio néctar chorrearme hacia dentro. No quedó ni gota desperdiciada. Las últimas en mis labios se las dejé en los suyos. Le di la vuelta. Allí estaba el gran secreto, la cueva sagrada esperando ser profanada. Lo fue. Poco a poco abierta, cálida, ardiente más dentro. Yo, aún vestido, simplemente me desabroché la bragueta y de un solo golpe se la incrusté al tiempo que le dejaba todo mi ser dentro en chorretones. Alcé sus muslos y lamí el jugo agrio que le caía de aquella gruta mancillada. Su olor quedó impreso en mi nariz, mi lengua le sorbió los rincones más profundos. Otra vez de frente y en perfecta revisión de armamento. No pude sino incrustarle el cuchillo lo más certero posible. Se arqueó convulso y en ese momento sublime de la muerte súbita su pene estalló en gloriosa fuente que absorbí goloso para que nada quedase desperdiciado de tan sagrado manjar de dioses. Javier yacía muerto. Se diría que feliz, al menos sonreía o era un rictus de saberse vencedor en aquel lance. Él, la víctima, vencía al verdugo que pasaba a ser victimario, vencido por el supremo sacrificio del amor del amigo... Yo me había vuelto loco y aquel sueño se volvía pesadilla. Javier vino a despertarme. Estaba en camiseta y calzoncillos, unos calzoncillos demasiado abultados como para pasar desapercibidos a ambos...
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© Juan Rodort, 2017

viernes, 1 de diciembre de 2017

Lazos de sangre, sangre enlazada


Repetición de la jugada

Dentro de tu piel, dentro de tu cuerpo, dentro, muy adentro
de ti... La mañana se adentra en corpúsculos dorados
del sol filtrándose entre las cortinas, el jardín florece abajo
sin importarle qué hacemos acostados a estas horas calientes del día.
Hoy es uno, de esas alucinadas suplantaciones,
de falsas primaveras adelantadas en el calendario
y en el loco latir de nuestras venas.
Hoy amaneció mi sangre mezclada con la tuya
en fiero combate de ofuscados cuerpos sedientos de caricias
hasta que el resuello nos dejase agotados;
lo estamos después de una tórrida y larga noche...
La luz es color multiplicado en cada poro abierto de tu piel,
no acierto a comprender que esta unión mística de células
deba desaparecer por cuestiones horarias, de prisas,
de programados ritos que ahora ya ni vienen a cuento.
Tú has ofrecido tu carne en vivo sacrifico caníbal
subyugado por un deseo más fuerte que la vida misma,
que ahora nos corre de uno a otro, compartida.
Fieles acólitos del ritual diario para saciar el residual amor táctil
a que nos sometemos... Poemario de duros versos carnales
e infinitos retruécanos celulares, tu carne y mi carne comulgando,
transustanciándose en destilado néctar de amor purísimo.
Desnudos cuerpos unidos. Algo más que desnudos...
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                         No fue el primero, pero sí el único y yo diría que el verdadero amor de mi infancia. Mi amigo Pedro era además compañero de clase. Moreno, de increíbles ojos con unas pobladas pestañas negrísimas que, cuando sonreía, me alteraban el pulso. Todos los días, al llegar a clase y verle, me entraba como un ahogo en la garganta... Procuraba que nadie notara lo que me pasaba... Me creía un monstruo por estar lo más cerca posible de él. Deseaba tocarle, besar su piel, su boca... ¿Besarle en la boca? No, yo no era un maricón...
No fue hasta mitad de curso que pude acercarme a su círculo de amigos. Él era el centro de todas las travesuras en clase. Casi todas las chicas estaban enamoradas de él, los chicos le teníamos como un líder y acatábamos sus órdenes. Yo, simplemente estaba enamorado de él, por lo menos, eso me parecía...
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© Juan Rodort, 2017

jueves, 30 de noviembre de 2017

Hoy, más que nunca


Hoy, más que nunca

Aquel vals de abiertos cuerpos indolentes
recostados en las esquinas en carne viva;
los soportales de la rue d’Arzew a flor de piel,
Orán en la retina retrospectiva.
Hoy, repetido en un Levante aupado en la montaña,
en un pueblo sin conciencia rural de otros días.
Aquel vals de cuerpos soportando soportales
lo busco en la memoria de las tardes repetidas
asomado a balcones de azulinos horizontes
y áureos atardeceres de imposibles soledades;
hoy, más que nunca.
Bailo al son de otro vals desmemoriado,
aquí, en la penumbra de las cosas que me son cercanas,
bailo o me dejo llevar por el sumidero del recuerdo,
por imágenes de cuerpos indolentes, en carne viva,
que decapan mi alma aterida de amores de otra época;
hoy, más que nunca.
Bailo en desnudos atardeceres rojos, suplantando el camino,
hégira de pensamientos desbordados en sus cuerpos absorbidos,
en sus cuerpos indolentes y en carne viva.
Orán sigue bailando un vals en mi retrospectiva retina,
hoy, más que nunca.
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© Juan Rodort, 2017

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Trío abrazo

Anoche volví a soñar con Mario, con su ajada figura que sueño tras sueño se va deteriorando más y más (no en vano ya está muerto); pero el de anoche fue un sueño de recuerdos a nadie confesados, de aquellas tardes cuando intentaba seducir al hermano pequeño de Mario. Tendría el muchacho casi los 17 años y un cuerpo de efebo me quemó la mente hasta el punto de perder la noción de la decencia...

Una melancolía me invade
como cuando oigo a Schubert”.
Paul Klee

Abrazo 3

          Preparo el camino a los versos por él pronunciados.
          Quiero una espera de soles ateridos,
          que mi cuerpo no resiste el abatir de las corrientes
          y descansa alguna vez en olvidados pianos de Schubert.
          Dejo sentir los latidos de una muerte somnolienta,
          mi cuerpo canta como un cisne profético
          y sé de la que siempre espera callada limosna de vidas.
          Una extraña melancolía me invade
          recordando los versos que su música recuerdan.
          La noche celestina guió nuestros alcohólicos pasos
          a lupanares dialécticos de frustrados deseos,
          la noche compañera jugó sus bazas de última partida
          y no ganó ninguno...
          Cuando yo deseaba tenerle en mis brazos
          ella deseaba tenerse en mis brazos
          y él deseaba tenerla en sus brazos;
          abrazo trío que hubiésemos realizado...
           (¿Dónde la luna plena se ocultaba?)
          Las frías tormentas de embrionaria primavera
          quebraron deseos más intensos el próximo encuentro;
          y más salvajes.

Abrazo 2

          Los días de la espera pasan muy tristes.
          Trajeron terribles recuerdos
          cuando sentí sus gemidos en mi casa.
          Enlazados quedan en beso-abrazo interminable,
          torturador de la incógnita de solo oírlos.
          Aunque él abrace otro cuerpo
          seguiré amando su cuerpo en otro cuerpo abrazado.
          Y seguiré amándole porque es feliz amando a otra.
          Cada día es más fuerte la tormenta,
          las tardes solitarias de acompañada soledad
          esperan contactos sublimares que puedan matar mi esencia
          con la ansiedad del crimen perfecto,
          que los sueños se apoderan de mi ser en lucha.
          Los pasillos aúllan huidas y fracasos de soledad cansinos;
          y puedo quererlos hasta el suicidio...
          Pasillos insaciables, de mí tan hartos.
          La luz es noche que cobija soledad y muertos.
          Quisiera un jardín pequeño y una luna inmensa
          para morir romántico pensando el mar lejano;
          furias de viento helado (carámbanos pensados) viajan aquí dentro,
          cuando la luna tarda extraños días en ser roja.

Abrazo 1

          Llegaron instantes de risa por él y ella en el salón dormido
          cuando sus voces dialogaban, cuanto más te sigo amando...
          Deja pasar tu cuerpo a regiones transparentes
          para comprender mi amor. Me traes tu venganza
          de violación inacabada para ocultar tu miedo a amarme
          y quieres purificarte de mis besos con sus besos.
           (¡Ay! amor lejano de tormenta joven).
          Los años de la ausencia no bastaron para quemar tu odio
          y cuanto más fuerte odias más dulce amor tu odio en mi amor se transforma.
          Quiero huir, volver a los días futuros de mis sueños
          y que enmudezcan el salón y sus goce-ruidos.
          Tiemblo azul pensando las caricias vacías
          que a mis caricias primeras imitan.
           (¡Ay! amor joven cuando no sabías, ni yo tampoco, amar).
          Aunque abraces a otro cuerpo
          seguiré amando tu cuerpo abrazado a otro cuerpo.
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© J.R. Ortega, "Trío abrazo" 1978

martes, 28 de noviembre de 2017

Yo soy Juan...


Yo soy Juan...

                     Yo soy Juan sobre el agua desierta en la barrera,
                     yo soy del pensamiento la única palabra.
                     Yo, sobre mi esencia, sufrimiento hasta la muerte
                     destrozando mi sombra forjada de inocencia.

                     Tú serás la maldición del fuego tras la orilla.
                     Tú, sobre mi pecho, espada y sangre sin fronteras
                     y el descanso atenazado del silencio amigo.
                     Tú, por siempre, el yo de mi inconsciencia tras la lucha.

                     Más allá del campo sustancial, fundido el sexo
                     sobrehumano en gotas tibias, te forjé sincero.

                     La sonrisa contenía nuestros dedos infinitos
                     y entre ojos transparentes pensamientos en las venas.

                     La charca de mis brazos mecida por la noche
                     albergaba un Juan distinto y tú en mi cabeza.

"Poemas arqueológicos (1965-1988)"
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© J.R. Ortega, 1969

viernes, 24 de noviembre de 2017

No está el horno para bollos


Ayer tarde la emisora de música clásica perpetraba una música pedorra de violines arrastrados que parecían sacados de la banda sonora de una película mala de misterio o de amor totalmente heterosexual. Como las novelitas actuales que tratan de un misterio y de un amor entre hombre-mujer o mujer-hombre, todo muy formalito, sin estridencias ni chirríos que tanto molestan a las mentes bien pensantes de ahora, de ayer y de siempre, todas iguales a sus pétreos modelos arcaicos. Y viene esta perorata a cuento de que hoy vi unas páginas en Internet donde se me excluía de los artistas locales asistentes al sexto centenario de la fundación del lugar que me vio nacer y del que salí no hace mucho, la última vez, sacudiendo el polvo de mis zapatos por así decirlo como la santa andariega aquella. Con un propósito de la enmienda de no volver nunca más a pisar esa tierra. Y este talante se multiplica sucesivamente cuando pienso en que no tengo puestas ninguna de las fotos familiares, que esas fotos descansan casi olvidadas en cajas de zapatos viejas reutilizadas para contenedores de sentimientos y nostalgias. He asesinado mi memoria de aquellos días, de esa familia que se dice unida por lazos de sangre o desangrada según qué casos y éste es uno de ellos, pienso (luego no sé si existiré o seré un dibujo-caricatura de mi propia mano que a veces es cruel con los retratos y los retratados) que es sintomático el hecho de no tener a la vista ninguna foto de mis familiares, ni de amigos; tan solo están las fotos de mi pareja o de nosotros dos, uno a uno, en retratos que nos recuerdan otros momentos de felicidad, como muestrarios dichosos para que estén presentes esos días que se van repitiendo, de amor complementado. Pero esta es la parte buena del asunto. Lo áspero son las ausencias, los rostros que no aparecen en nuestras estanterías ni sobre los muebles como en otras casas donde las fotos de la familia en todas sus variantes pululan por todos los rincones y entrepaños de muebles (enmarcadas y sobre pañitos de ganchillo, haciendo grupos). No es mi caso. Es un suicidio de imágenes familiares hecho a conciencia. La ausencia de sus rostros, de sus miradas que pudieran ser acusadoras o tal vez de miedo e incomprensión ante hechos consumados que no entienden o no quieren. Ellos son de esa manera y yo no les he puesto en su sitio o no me he puesto en el mío. Las cosas claras. Pero este asunto está turbio y desclasificado, enterrado sin honores ni ornatos que lo signifiquen, olvidado, si no se dice no hay por qué hablar de ello. Si no preguntan, no tendrán respuestas. Es el dicho de que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Sordos, mudos, ciegos e incomunicados. ¿Eso es una familia? Llamarse por teléfono unos días a la semana, verse en determinadas fiestas o eventos clave donde el contacto se reduce a meros holas y adioses...
Un símil ocurre también con esas referencias silenciadas de mi persona, de mis fotos y de mis obras como artista local; se diría que han copiado mi sistema de ninguneo o de meter la cabeza bajo el ala, dar la callada por respuesta. He ahí el tema de estas líneas. El desprecio al no hacer aprecio. El dolor de sentirme dejado, alejado, olvidado, borrado... Y eso ¿me importa? Parece que sí que me importa cuando estoy tecleando dolorosas palabras de reproches propios y extraños, míos y de ellos... Me gusta el halago, la lisonja, el abrazo y el besuqueo, el aplauso, la loa y el canto exaltando mis virtudes o callando mis defectos. Arropado como en un nido que no tuve o no sentí como tal cuando comencé a vivir y darme cuenta del estado familiar, de las necesidades anímicas fundamentales para ser un ser humano y no un desecho o pieza de segunda mano,  un recambio estropeado... ¿Más?
Es un hecho constatado que no me dicen la verdad de lo que piensan, disimulan o simplemente miran para otra parte en vez de enfrentarse a la verdad, a lo evidente. Y es: no hay fotos familiares colocadas por mi casa. Ningún retrato de antepasados ni de próximos que debieran tener un lugar prominente en los lugares más cotidianos para arropar esa imagen de tener una familia vigente. Los retratos de los seres queridos ya desaparecidos, de los que viven lejos o son difíciles de reencontrar... Ninguna foto. Ni de amigos ya muertos; menos de antiguos amantes o de reuniones sociales. Se pueden contar mis fotos personales expuestas por la casa y no llegarán ni a media docena. Superan en número las pinturas. Hubo casas en que las paredes estaban llenas de cuadros casi todos pintados por mí. A medida que se sucedieron las mudanzas y los nuevos domicilios disminuyeron los adornos y las paredes se fueron despejando hacia un minimalismo gráfico. Y de mobiliario. Lo mínimo para estar cómodos. Luz y espacio.
En esta casa donde ahora vivo el horno está subido para no tener que agacharme al abrirlo. Importante decisión la de alzar el horno, darle un lugar cómodo de trasiego a tanto bollo como me gusta hornear. Aunque hoy, la verdad, es que no está el horno para bollos...
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© Juan Rodort, 2017

jueves, 23 de noviembre de 2017

¿Perdedor? No ganador, participante...

Madrid-madrugada

Madrid es una gris y densa lluvia inesperada
donde el día pende indiferente refugiado entre paraguas
y la noche irrumpe llena de soledad y miedo urbano.

En la noche, el frío cristal sueña
con océanos vitrificados en el gres del pavimento,
sueña apocalípticas imágenes. Las fronteras del aire
diluyen los celajes de tormentas dilatadas.
El miedo siente nostalgia en los rincones,
recuerda el mar nocturno y sus caricias. Sus manos
pulsan la noche y los sonidos,
tienden espadas y borran las huellas del pasado. El mar dormido,
azul presagio de atardeceres fucsia en los andenes,
es una bola suspendida
cuando tomo el último tren y la noche inunda la meseta.

Del sol marítimo puesto arriba,
montaña barrida por el viento del otoño, la nieve
se desliza en lentos amaneceres.
Un jardín urbano-prisionero entre casas me cobija
a sol abierto. Imposible recordarte jardín anochecido
sin horizontal Mediterráneo que rodee mi cuerpo secuestrado
en inhóspito paisaje de cemento; un paisaje oculto que yo invento
dentro, paisaje por mí pintado en sueños. 


Quiero un paisaje pequeñito, recorte de un monte poderoso,
por respaldo. Y por asiento una playa extendida,
conjunción de mar y firmamento;
las patas son robustos jóvenes desnudos
que sostienen Guadarrama a sus espaldas.
Quiero un mar de azules verdirrojos con el Sahara por bandera,
así tendré casa y estandarte
cuando llegue de los pórticos de alumbre y mirtos 

sin que nadie se de cuenta.

Madrid es una triste y densa lluvia deshilvanada
cuando el día sucumbe arrebujado entre paraguas
y la noche se ahoga en soledad y miedo urbano.

Sueño suspendido el mar noctámbulo, encendido.
La noche urbana desciende antiguos fuegos de mar dormido
y una luna fría-continental de paisaje antiguo
turba las calles al rigor del jardín y los coches silenciosos.
Madrid arde en luz blanca recién lavada
cuando atravieso en vilo sus calles sumergidas.
Azul –los Alpes- la luz prieta, preámbulo de cabizbajas hojas pardas,
Madrid-madrugada, el mar lleno de recuerdos;
cuando el mar no supo perderse mar urbano arriba
luché por conseguir el mar antiguo idolatrado.
Lucha-corazón, nostalgias de noche y olas. La distancia
y el jardín. Estaban escondidos
cuando el mar no supo perderse
(montaña sumergida de mesetas heladas).
Llegué a buscar la noche (soñaba suspendido);
la noche, música barroca de horizontes esculcados,
albergaba el mar y mi desesperación urbana.

Del sur del Sur llegaron cartas de sol y luz imperecederos
invitando a visitarlo. Esperé las últimas esperas y encuentros
bajo un sol sahariano soñado por gigantes,
escenario de batallas geológico-milenarias. Su presencia
reflejaba mediterráneos nimbosos de infinitos horizontes sumergidos,
caminos sinuosos del Sahara perdido. Amaneció su risa, yo soñaba,
eran miles las manos extendidas y el baile dio comienzo.
Aquel Sur antiguo (azul-amarillo-rojo su cielo)
me cobijó durante años. Tantos días
de atardeceres con jóvenes soldados

apostados en trinchera envejecida forjada por mis manos...
De los mares visitados quedó su cielo
protegiéndome de las gentes, de los días dilatados;
los instantes redivivos con jóvenes corceles,
enhiestos y curvos palomos de las tardes coloradas.
Mis manos poseyeron esos cielos, esos mares y esos jóvenes
idolatrados en los atardeceres de aquel Sur antiguo
(azul-amarillo y rojo tintados su mar y cielo).
Hoy las nubes de cobalto llovido del Norte lívido
estrujan mis recuerdos tiritados.

Madrid es una gris y densa lluvia inesperada
donde el día muere fríamente cobijado por paraguas
y la noche se diluye en soledad y miedo urbano.
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© Juan Rodort, 2017

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Música en positivo, música positiva


Pues con esta pinta lo único que se puede esperar es una ópera barroca o de locas. Vamos, que no le falta de nada a este muchacho; no será por laureles, que le sobran para un buen caldo, o de amaneramiento que le chorrea más que el aceite que pierde... Porque la pretendida armadura es factura más femenina y de gorda valkiria que prenda bélico-musiquera. No, no le falta de nada. Ah, sí... La lira, la pandereta y unos claveles reventones al ojal. Espero que la censura no me lo tilde de porno por ir con los pezoncillos al aire.
Bueno, bueno, bueno. No sé de dónde salió esta foto seudoantigua de opereta marica rematada, pero es ideal para recrear el ambiente del día de hoy (Santa Cecilia, patrona de la Música o de los músicos).
Yo estuve hace años en la basílica del Trastévere  romano admirando las riquezas ornamentales que le han ido añadiendo al supuesto lugar donde encontraron el cuerpo de la santa. Hay una foto en Internet preciosa representando su cuerpo en mármol blaquísimo rodeado de multicolor pedrería. No le hicieron justicia a la patrona sus monjitas. Creo que es un convento o algo así de monjas; no las vi, sólo las oí, escuché, espanteme al pronto de tamaño sacrilegio sonoro en aquellas bóvedas sagradas donde se esperaba que los mismos ángeles cantasen y no "aquello". Aquello era un infierno sonoro. Lo siento, lo sentí entonces y espero que hayan aprendido canto o a entonarse mejor o escoger mejores melodías. Sí, me parece que fueron esos cánticos agrios "modernos" que perpetran en determinadas iglesias... modernas. Lo moderno no debe de estar reñido con lo estético o bello. Y aquello era de todo menos armonioso, bello o agradable al fino oído del que teclea, que tiene esa virtud o maldición desde bien niño: un oído musical de nacimiento y una bonita voz que fue solista de escolanía en sus tiempos infantiles, de coros folclóricos y corista no profesional pero de Música Antigua, de la buena... y ahora cantor de mi casa, cuando me ducho o tarareo melodías por el jardín para molestar a los topos que me tienen frito...
Pero hay que ser positivo, pensar en positivo y también oír "Música en positivo, música positiva".
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© Juan Rodort, 2017

martes, 21 de noviembre de 2017

Cuando ya nada se espera...


"LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO"

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, 
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, 
fieramente existiendo, ciegamente afirmando, 
como un pulso que golpea las tinieblas, que golpea las tinieblas

Poesía para el pobre, poesía necesaria 
como el pan de cada día, 
como el aire que exigimos trece veces por minuto, 
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica. 

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan 
decir que somos quien somos, 
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. 
Estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo. 

Maldigo la poesía concebida como un lujo 
cultural por los neutrales 
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. 
Maldigo la poesía de quien no toma partido, partido hasta mancharse. 

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren 
y canto respirando. 
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas 
de mis penas personales, me ensancho, me ensancho. 

Quiero daros vida, provocar nuevos actos, 
y calculo por eso con técnica qué puedo. 
Me siento un ingeniero del verso y un obrero 
que trabaja con otros a España, a España en sus aceros. 

No es una poesía gota a gota pensada. 
No es un bello producto. No es un fruto perfecto. 
Es lo más necesario: lo que no tiene nombre. 
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos. 
Tomado de AlbumCancionYLetra.com
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan 
decir que somos quien somos, 
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. 
Estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo...

(Gabriel Celaya. De "Cantos iberos", 1955. Fragmentos cantados por Paco Ibáñez)

viernes, 17 de noviembre de 2017

El duro y frío esfuerzo por mantener la enhiesta pose

(Michael Triegel, A Resurrection, 2006)

Bellísima pintura de reminiscencias del Tiziano. ¿Quién se atrevería a tildarla de pornográfica? ¿Quizás porque es un desnudo masculino? Es una visión que no comprendo, esa visión bipolar, bilingüe, falsona y acomodaticia, de esto está bien, aquello no, hoy digo-digo, mañana digo-Diego y pasado mañana es Domingo...
Como entradilla no está mal del todo ¿verdad? Pues no era mi intención la de pontificar o amonestar o tildar de una cosa u otra a esos otros de siempre que miran por el ojo de la aguja a los demás y no se miran porque son incapaces de verse tal cual son... Peeeero tampoco voy a despotricar. No y no.
El motivo de poner esta imagen es por su intenso colorido, dramatismo hermoso a pesar del motivo que debe de representar, vamos, digo yo, que no soy un entendido o un experto en visualizar arte del bueno, Arte con Mayúsculas. Y es que desconozco al autor Michel Triegel. Sí, ya sé que nada es tan fácil como pedir una búsqueda en Internet para saberlo, pero... que cada cual aguante su vela. Y que conste que he mirado en la Red para comprobar si estaba o no; no estaba esta pintura, pero sí muchas otras de variopinto motivo cuasirreligioso o cercano a lo católico (no sé si apostólico y romano, pero pudiera ser). Y es que los coqueteos con lo religioso (de los demás) creo que los hemos tenido todos, sobretodo los que nos consideramos a-confesionales, que no quiero exponer otras palabras definitorias, que luego la gente habla, escribe y mal interpreta a modo y manera; no, no soy creyente aunque diga eso de creo... o confieso... porque son meras palabras que están en nuestra lengua, aunque depreciadas o transformadas por diversos prismas ópticos. Y mi particular prisma, antes de que me pierda en más vericuetos y zarandajas, es que me gusta esta imagen que está ahí arriba, descolgada, semitapada aunque sea solo la cabeza; no está sobre el lienzo rojo-sangre derramada, no. Es como si estuviera flotando en una ingrávida pose mística (del natural misticismo, tirando a sufí, más acorde con mis pensamientos) y llegados a este punto... no sé por dónde iba. Y es que ha bajado la temperatura bruscamente y es difícil soportar el duro y frío esfuerzo por mantener la enhiesta pose...
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© Juan Rodort, 2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Puente equivocado (para no suicidarse)



El puente equivocado

Pasa el agua bajo el puente de Verlaine,
pasa el tiempo y su amor joven.
Aquel amor de monstruos ciegos,
del amor idolatrado y zaherido por Rimbaud.
O el amor de Salvador y Federico sobre el agua
levantada en la orilla de la playa por un niño;
aquel niño-niña ensoñecido, travestido
de hombre dual, o incompleto, al aire
destapado de artificios. Fulgor
de la hierba, del arpa silenciosa y escondida,
esplendor de las hojas, de las cuerdas furiosas.
Un amor de todos bien sabido, si no fuera
un amor maldito, condenado y caníbal;
antropofagias de amor dolido: sus miedos.

Bajo el puente de aquel río que amó Verlaine
ya no pasa el tiempo pues su amor no existe
y ¿qué oscuros versos cercenados se quedaron
en la marchita memoria de otro Rimbaud?
Jóvenes amantes se diluyen en la orilla
de aquella playa de bordes alzados,
leve espuma de los días de amor y sueño
de jóvenes amantes que fueron suicidados
por un amor de hierba sin esplendor ni arpas,
por distancias infinitas sin puentes ni escalas hacia el cielo.
De aquellos niños jugando a levantar las olas
para ver un perro dormido bajo el mar,
de aquellos hombres incompletos quedó su ira
plagiando versos de otro amante bajo el puente de Verlaine.
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© Juan Rodort, "Poemas recurrentes, nº XXV" 2017
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"Le Pont Mirabeau"
Guillaume Apollinaire, Alcools, 1913

Sous le pont Mirabeau coule la Seine
Et nos amours
Faut-il qu’il m’en souvienne
La joie venait toujours après la peine.

Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure

Les mains dans les mains restons face à face
Tandis que sous
Le pont de nos bras passe
Des éternels regards l’onde si lasse

Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure

L’amour s’en va comme cette eau courante
L’amour s’en va
Comme la vie est lente
Et comme l’Espérance est violente

Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure

Passent les jours et passent les semaines
Ni temps passé
Ni les amours reviennent
Sous le pont Mirabeau coule la Seine

Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure.
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(Este sí era el verdadero puente, el verdadero poema del recuerdo, pero no así del autor que este escritor en ciernes recordaba. La memoria falsa o frágil. O, la edad, que no perdona...)

viernes, 10 de noviembre de 2017

El difícil arte de amar (y ser amado)


Comienzo por un principio, por algún principio que parezca algo conocido, no demasiado extraño para el lector avezado que espera grandes esfuerzos del escritor en ciernes y que al día de hoy, frío y lluvioso. Ya era hora, ¡diantre! exclamación antigua y desusada pero que viene peripintada para la ocasión que no por ende la pintan calva, es que lo es; yo soy calvo y resabiado, que no sabio, pero estudio, aprendo y doy esplendor al léxico escrito, que se olvida de tan poco usarlo (como el amor, que también se olvida por el poco uso o abuso).
Yo comencé a amar desde muy temprana edad, tan temprana que ahora se me pierde en los pliegues de la memoria tan falsona ella y despistada que pone cosas donde no debe o se las inventa sobre la marcha haciendo verdades de cuentos chinos (y no es otro Cambio Climático, no). A los tres o cuatro años ya amaba sobre todas las cosas a los terrones de azúcar. Y a la miel. No, no soy por ello un oso como debe de ser un verdadero úrsido, sino más bien un peluche, el osito amoroso que todo niño que se precie debe de tener en su camita; tampoco fue mi caso, el de tener un osito o cualesquiera otra figura muñequeril de cabecera, no. Tenía yo por cabecera un cuadro de una virgen con niño en plan mamá amorosa y protectora. Luego, cuando me cambiaron de la habitación de mis padres tuve por cabecera un cuadro del Ángel de la Guarda (dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes solo que me perdería...) o una bella estampa de un Nuestro Padre Jesús con la cruz a cuestas (y yo aún no sabía nada de María de la O). El caso es que esas imágenes nocturnas que me guardaban los sueños se fueron permeabilizando en ellos y así tuve mis primeras pesadillas... ¿o eso fue con aquellas calenturas del no querer comer? Y es que fui un infante caprichoso y veleidoso con las comidas. Diez granitos de arroz, media docena de garbanzos (sin piel, por supuesto) del cocido diario... Una cucharada de lentejas entre migotes de pan. Pero lo que verdaderamente me encantaban eran los "joyos", la parte final de las barras de pan, quitada la miga y rellenada de aceite (del bueno) y azúcar, para taparla con el migajón restante, vamos, el "joyo" de toda la vida en aquella Andalucía pre-emigracional, luego vendría lo del bocadillo y otros modos alimenticios propios de la gran capital. Entonces sí, comía casi de todo, pero en aquellos primeros años de mi infancia andaluza... estuve a base de inyecciones de vitaminas (de ahí mi alergia a las agujas, ¿y de dónde la alergia y asco a las aceitunas?). Niño enfermizo, delirante, caprichoso, delgadito y cabezón... Vamos, no me faltaba más que ser mariquita... Y eso estaba "latente". Al tiempo, pero sin adelantarse en él que luego ocurren las paradojas temporales. Yo era un niño predispuesto para el amor, para amar y ser amado. Era amado desde bien chiquito, con ese amor que mata o que aturde los sentidos al hacerte creer que no eras hijo de la familia sino "adoptado" porque me dejaran los "titiriteros" del circo ferial (casualmente nací el primer día de la Feria local)... Y eso duele, marca, quema y no da ningún esplendor en la hierba ni en el prao, ni en el alma. Pero que era amado (u odiado o no deseado), lo era. Por la calle me paraban las mujeres para darme de besos y preguntarme el consabido: "Niño, ¿tú de quién eres?" Y yo contestaba y me decían: "Mira tu padre que grasioso". Nunca entendí esa respuesta, sí los besuqueos que era por mi particular carita de ángel (o demonio desprotegido). Pero ya fuera adoptado o no, yo era guapo de chico, eso no se podía negar; enclenque y cabezón (de cabeza-dura, no de cabeza grande, aunque algo sí), moreno y cejijunto, de mirada torva o medio miope...
Más adelante supe que no se hace uno sino que se nace así, con potencial. Porque yo nací artista... Pero esa es otra historia.
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© Juan Rodort, 2017

viernes, 3 de noviembre de 2017

En positivo... ¿por estar vivo?


A las 20:09 horas de una tarde fresquita de otoño lunar sonriente y casi plena. Por lo demás, están algo tristones, por no decir que el ambiente es bastante depresivo. Si no es por una cosa es por otra, pero al final no les dejan vivir tranquilos, en paz y sosiego... Sus proyectos se ven paralizados, curiosamente, extrañamente, sospechosamente detenidos o venidos abajo sin más. Esperan. La espera ya es enfermiza. Y el resultado es ninguno. Se plantean ¿qué? Cortar radicalmente y hacer las maletas una vez más, huir ahora que es tiempo... Pensamientos negros o turbios sin ánimo de ser discriminatorios con los colores y razas. Pena. Es su estado anímico. Y parece que lo que va quedando del día no va a darle para más o para algo más ligero, más alegre... Ni el escribir le levanta el ánimo. Ni el ver las fotos de los muchachos destapados, provocativos, sus cuerpos desnudos y codiciados tantas veces; hoy no producen su efecto. Recuerdos... ¿Los recuerdos? Anquilosados están.
Las 20:20 horas y una sensación de pánico o de hambre de acción, así de contradictoria es la tarde que ya debe de ser noche de turbios velos, de frías pestañas que se entrecierran bajo las ramas del jardín solitario, acompasado de esquilas de ganado, rodeados de seres (porque hay que llamarles de alguna forma) que son los vecinos; grandes sueños despeñados, adormecidos o quizás ya muertos por el camino. No les queda a dónde mirar o qué recolectar. Nada han sembrado en esta tierra. No cuentan los pocos arbustos trasplantados o las semillas que han nacido en macetas... Tal vez mienta y sí hayan plantado algo, pero también se les ha secado mucho y muchas ilusiones... Hoy, esta tarde, antes de recogerse en casa, de atrincherarse en su mundo secreto, piensan que se les está muriendo la ilusión... Dos años han pasado como si nada. Dos años desde aquella desatinada obcecación de empeñarse en comprar esta casa y sus problemas añadidos. Pero ¿dónde encontrar algo fuera de este mundo que no tenga relación con las gentes? ¿Y por qué precio? Deudas. Deben bastante y eso agobia mucho más que los propios desbarajustes de sus planes. Ya no hay vuelta atrás, no a estas alturas. Sólo queda mirar adelante, seguir apechugando con lo que les venga, arrastrando los despojos de sus naufragios sucesivos, de las casas olvidadas (casi la última, les queda huir de su presencia, si ella quisiera al fin dejarles libres). Prisioneros de sus propias trampas. No les queda sino aguantar los nubarrones de la espera. 
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© Juan Rodort, 2017

jueves, 2 de noviembre de 2017

All death



Todos muertos.
Recorro campos de ceniza buscando si alguien aún vive; bajo un cielo plomizo y seco se respira un aire caliente.
Árboles con sus ramas quemadas parecen querer arañar el cielo, semejan brazos secos que imploran piedad.
Casi todo está destruido.
Silencio, solo silencio.
Todos muertos...
La maldad del hombre ha triunfado.
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© Anonimo Veneziano, 2017