jueves, 22 de diciembre de 2016

La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va...


Tampoco hay que ser ácido ni negativo en llegando estas fechas, total que por una noche... Sí, por una sola noche del resto de las noches del año, vamos a ser consecuentes y dejarnos de tonterías fatalistas, que mañana será Navidad y el muchacho de la foto brinda para que hagamos muchas buenas cosas (con él, sin ir más lejos). Así, cualquiera no es feliz, con ese cuerpazo de reno bien alimentado, con ese pechugón digno de ser el plato principal de la cena de esta noche, de todas las comidas... Comida, la que se le podría hacer por las partes bajas que no se le aprecian en esta foto pero que todos suponemos cómo serán una vez bajado el cinturón de castidad navideña que se sujeta a dos manos, sonrisa traviesa y ojillos cariñosos, un pelín achispados de vino espumoso o de alguna que otra sustancia sicotrópica que el chico haya tomado “por equivocación”, ¿cómo él iba a ser un drogata, con esa pintaza de chulazo come-hombres? Ahí está, a horcajadas, delante del arbolito iluminado como su mirada aviesa. Esas muñequeras encueradas, ese brazalete ensalzador de bíceps que se sale, esos pezoncillos juguetones... No hace falta traer una fregona para recoger las babas chorreantes del suelo, que el panorama desde esta otra orilla del objetivo es serio, mojaditos estamos todos ante este portento que no tiene desperdicio. Se le supone un cuerpo de carne tórrida, un cuerpo místico para adorarle, un cuerpo de lujo y lujuria, un cuerpo real y no de ciber-células o dos dimensiones en papel impreso. Y tendrá un nombre y un lugar donde viva, tal vez una familia, algo más que amigos y esperamos que no esté casado, prometido, secuestrado, sea hétero convencido o camuflado, que sea un chico complaciente y aplicado en sus tareas; porque no cabe duda de que es un objeto sexual para uso y disfrute del prójimo más necesitado en esta Navidad, cuando la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va...
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 19 de diciembre de 2016

Nana para dormir al sexo...



(como si de un enhiesto surtidor de sombra y sueño se tratara)

Tirado en la escalera de subida al dormitorio, no tuvo más remedio que pasar por encima de su cuerpo y, de paso, arrebatarle la estricta braga, escueto calzoncillo, slip cursi de trapo (algodón, pero de marca, faltaría más) a dentelladas; lo colgó a su cuello como un torque de esclavitud o señal sumisa de bajarse al pilón y hacer las paces con el duro-enhiesto-largo-grueso-enorme trozo ocultado a la censura cibernética que pondría mil y un obstáculos para su publicación. Abierto de piernas para que llegase cómodamente a los internos recovecos de sus ingles peludas, calientes, sudadas, lamidas, comidas, regurgitadas. Él se deja hacer, no es que le vaya el rol pasivo ni mucho menos, pero sí el de sentirse adorado, objeto expuesto, tótem místico que habría de sobrepasar antes de llegar a los sagrados misterios de la alcoba. De eso se trataba ¿no? de precalentamiento. Nota como los labios carnosos del muchacho le recorren la extremidad abierta a la lujuria ensamblada en una boca cavernosa y profunda donde se adentra hasta tocar fondo palpitante, en sístoles y diástoles bucales que le hacen cerrar los ojos e imaginarse a esa otra boca que ahora estará sabe quién dónde –él sabrá lo que se pierde, o gana-. Le ha gustado el detalle morboso y fetichista del muchacho, ese colocarse al cuello su calzoncillo (recuerda que era del otro, de ese que no quiere ya recordar ni mentar), le produce un oscuro deseo de poseer al joven cuerpo que, desnudo –salvo el trapo enrollado al cuello- le está haciendo las delicias refocilantes; ni siente en sus glúteos las aristas de los escalones, ni su espalda le chilla la incómoda postura, arqueado, apoyado en la coronilla y los talones está a merced de los labios succionadores... Cómo poder olvidar aquel otro cuerpo imagen idéntica del suyo, afín en todas las pilosidades y musculaturas; este cuerpo joven que le atenaza y ahora ya se deja dominar por la potencia de sus brazos, este cuerpito lampiño aunque superdotado en los medios-bajos, este cuerpo de promesa de hombre curtido no bajará siendo el mismo después de que él le cante una larga estrofa del poema del Gilgamés, después de satisfacer todos y cada uno de sus poros ávidos de sexo, su piel hambrienta de sexo, su pene... ¡qué portento! Cuando terminen el primer asalto, en este lecho antiguo de placeres en otro tiempo emparejados, cuando inicien el segundo asalto, el tercero o el cuarto y sucesivos... Hasta quedar exhaustos, entonces sí que le cantará una nana para dormir el sexo...
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 15 de diciembre de 2016

El duro y frío (¿sexo?) ...invierno


A todo se acostumbra uno, dicen, pero a la Belleza (masculina) del cuerpo ideal nunca es lo suficiente para la avidez febril que arrastra El Viajero. Ya le han dado un toque de atención respecto a las historias de quede y cuelgue adolescente... su eterna historia de amor por el amigo que nunca fue amante por mucho que él lo intentase. Y es que cuando la Belleza hiere lo hace más profundamente si es un hombre hétero el objeto amado. Amar a heterosexuales es perder el tiempo en fútiles caricias imaginadas, en noches en vela a fuerza de pajas mentales y de las otras, perder la conciencia y la dignidad, arrastrarse por las sombras de su cuerpo imposible. Terribles experiencias las de El Viajero que le llevaron a extremos que no quiere ya ni recordar. Pero ahí sigue, de tanto en tanto, rememorando aquel amor joven, eterno amor. Amante de la Belleza, amante de sí mismo reflejado en el amor sentido a los otros. Un hedonista incorregible. Pero a fuerza de imágenes bellas (de cuerpos hermosos y profundamente sexuales) El Viajero subsiste en su inconsciente (consciente, que no se engaña por mucho que lo intente), en los oníricos rincones de su mente en reposo acelerado, mucho más fatigado que la noche antes, cuando despierta descubre que el amigo-amante imaginado, soñado solo ha estado de visita en otro de sus tórridos sueños. Belleza compartida consigo mismo, acostumbrado a ver, a extasiarse ante las cosas bellas que la vida le ofrece. No se conforma con esos dones gratuitos, espera algo más contundente: la realización de uno de sus sueños, que no lo sean, que consiga por fin sumergirse en las profundas ondas rem de lo eterno... ¿morir soñando? Aterido de amor, pero no desatendido de amor, que amar, le aman y bien que se siente amado, pero ¿es suficiente para un obseso del sexo? Obseso de sexo en paro, que lleva una temporada de inapetencia, de falta de cumplimiento de sus obligaciones conyugales hacia su pareja. Un impedimento que ahora le parece un desnudarse ante el teclado, un pretexto más de el duro y frío (¿sexo?) ...invierno.
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 12 de diciembre de 2016

El sueño de la sinrazón


Produce monstruos el sueño de cada cual, lleve o no razón. Él mismo no sabe distinguir entre sueño o vigilia; la pasada, la de la Inmaculada... ¿O eso era antes? Cuando se pasaba la noche del 8 de diciembre en vela (no recuerda haberlo hecho nunca, pero le habría gustado por el morbo malsano de pensar en qué haría allí, reunido con tanto hombre y muchacho). No, eran otros tiempos, pero en los que seguramente se la pasarían de acá para allá, que voy que vengo con el churro tieso de tanto meneo, que no cree él que todo fuesen rezos y penitencias (seguro que malas conciencias sí) por dejarse llevar por el olor de la carne fresca, sudada, inmadura, púber canéfora que no porta el acanto precisamente sino un zocotroco de órdago y muy señor mío... entre las perneras genuflexionadas en apretados bancos donde el roce, el contacto, la erección del vello de las manos se hace patente en muchos de los adoradores, adoremos... Esas noches prohibidas de Adoración Nocturna, de polución nocturna en mientes, porque aún no da la edad para ni tan siquiera poder imaginar tales menesteres. Pocos años después es un maestro en adoraciones nocturnas pero no fueron en invernales sitios sino en tórridos cuartos compartidos donde la penumbra se hace cómplice de sus torpes e inseguros gestos amatorios. Él es un visionario, a su modo y manera, claro. Un adelantado a su edad natural, pero deformado por una inmadura información tomada a girones, de aquí y de allá, fabulada más que contrastada. Él tuvo (tiene) sueños que nunca lograron convertirse en realidad y por lo tanto confunde esos estados vigiles con los oníricos, hace tabla rasa con todos ellos llegando a un potaje mental que le llevará al precipicio en varias intentonas por salir precipitadamente por la puerta falsa de esta vida atormentada por sueños ávidos de cuerpos prohibidos, de sexo prohibido, de amor prohibido: Amar a otro hombre como a él mismo (le suena a algo que leían en algún acto religioso, pero no es ese el sentido que pretenden darle, él se lo apropia a su modo y manera particular). Descubre zonas oscuras de su mente que le dan miedo y marcarán sus sueños de por vida. Desarrolla un mecanismo de autocastigo, una pauta de conducta onírica donde se niega a soñar húmedos recuerdos inventados, deseados, sueños abortados por fútiles pretextos. Sueños húmedos con cuerpos visionados durante el día, recordados, reinventados, adorados y alguna que otra vez sometidos a su voluntad... Triunfa sobre sus tapujos, mezquinos complejos sexuales que le llevan a la paranoia fetichista. La única obsesión es poseer esos cuerpos visionados, partes de esos cuerpos, ropas que esos cuerpos hubiesen tenido puesta, los contactos íntimos sublimares que su retorcida mente plagia en sueños; ahí hace suyos los objetos íntimos de sus codiciados cuerpos: es un fetichista del calzoncillo usado. Roba calzoncillos a diestro y siniestro para darse cuenta al despertar que tan solo ha sido un maldito sueño, otro más de la serie, otra noche más de poluciones involuntarias. Pero no todo es soñado. Roba ropa íntima de sus amados iconos sexuales, a veces la toma prestada para ponérsela y masturbarse en ella. La primera vez (recuerda) él tenía once años y el calzoncillo robado pertenecía a un joven soldado... Es la historia de su vida, la historia de un joven marica o de un menor acosador de mayores. Él es así, no puede remediarlo, lo intenta (lo intentaba, iba a confesarse pues todavía creía en algunos preceptos y castigos), se arrepiente... hasta la siguiente vez en que vuelve a caer en el vicio; cada vez más frecuente. Y sigue soñando, ansía soñar, que llegue la hora del sueño para poder acceder a aquellos cuerpos que no puede tener en la vida vigil: puede tocar, abrazar, chupar... y matar. El monstruo surge en algún sueño: él mismo. El sueño de la razón produce monstruos, pero ¿y el sueño de la sinrazón...?
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dos canarios, dos (pequeñitos)


La tenía pequeñita y muy morena pero no se le terminaba de poner del todo tiesa, claro que como él no era maricón... Insistió e insistió en dormir acurrucado en el suelo a los pies de mi cama, total era verano y no hacía precisamente frío en mi habitación, pero esa insistencia me dio la clave de lo que yo había estado pensando toda la tarde nada más verle, al poco de que nos presentaran y llegar a una casi total certidumbre de su homosexualidad reprimida y oculta por el aquel de que estaba entre sus compañeros de clase y amigos; total, yo era un extraño hasta ese momento y no tenía nada que perder (¿él o yo?). Después de la inauguración de la exposición colectiva nos fuimos todos los participantes de copas por aquel Madrid canalla de los años ochenta del siglo pasado. Él había venido con otros dos más de los exponentes desde Las Palmas, creo, y no tenía donde quedarse; aunque no lo conocía de nada y me lo presentó mi colega con quien compartía estudio (él no podía acogerlo porque vivía en casa de sus padres). Ningún problema, podía quedarse y compartir mi cama, mi enorme cama donde tantas juergas se habían corrido (el compañero de piso no tenía más que un sillón para descansar en su parte de estudio). Bebimos muchas y más copas y nos fuimos fraccionando en grupitos quedando nosotros tres, mi compi, el canario menudito –escultor de obra abstracta, decía él- y yo, ebrio perdido a estas alturas y sin contención en las manos para manosear a diestro y siniestro a quien se pusiese a tiro: el canario... mosqueado pero igualmente ebrio (los tres lo estábamos y mucho). Mi compañero de estudio se largó a su casa, no tenía ganas de juergas ni de repetir aquel amago homo de hacía unos días cuando se me quedó dormido, semides-nudo en mi cama después de una de tantas borracheras conjuntas; esta vez puso tierra de por medio entre mis manos y su culo... Pero el canarito estaba encantado de mi compañía, seguimos tomando vino y cerveza hasta acabar mis existencias; él más borracho que yo insistió en quedarse a dormir, pero en el suelo... Yo estaba demasia-do cansado para contradecirlo y me acosté, pero a los dos minutos me levanté y le forcé a acostarse conmigo, los dos en calzoncillos y evidentemente bastante empal-mados, así que no tuve por más que bajárselos y hacerle un homenaje en toda regla... Se me corrió a los cinco minutos. La tenía pequeñita y muy morena pero no se le terminaba de poner del todo tiesa, claro, él no era maricón... pero se corrió de gusto, yo no pude de lo borracho que estaba (creí que no era tanto, pero no). ¿Su nombre? No lo recuerdo... ¿Domingo? o lunes... coincidía con un día de la semana. Al día siguiente se chivó a mi compi, que yo era una mala persona y había abusado de él, que no quería volver a verme nunca más... ¿Y de la metedura de mi polla en su caliente culito no dijo nada? Pues parece que esa parte se le había olvidado el chaval.

Reinaldo también la tenía muy pequeña, pero eso a mi no me importó en lo más mínimo, tenía otras cualidades que en nada le hicieron ser un reprimido, todo lo contrario aunque no le gustaban las penetraciones (hacerlo o dejarse). Él sí que era homosexual, lo tenía asumido a pesar de no demostrarlo en gestos o palabras como en aquellos años era lo más habitual (la dichosa manía de hablarnos en femenino jacarandoso, en bromas o en veras, que alguno se lo creía). Rei, así le gustaba que le llamaran, era canario, también de Las Palmas. El pelo rizadísimo y largo, una barbita incipiente también rizada, unos ojos caramelo de dejarte saturado de ternura nada más mirarte, pero lo verdaderamente atrayente de Rei era su sonrisa y esos dientes perfectos. Tenía otras perfecciones más: un cuerpo de efebo que no era producto de gimnasio sino de deporte natural y ejercicio cotidiano. Él trabajaba en televisión, de eléctrico (no electricista, sin más, sino de algo especializado, no me explicó bien) y no quería ser reconocido por sus compañeros por el pitorreo a posteriori que ya sabía que ocurría con otros compañeros homosexuales declarados y reinonas. Él solo era Rei. Y le gustaban las caricias y los besos. Pero qué forma la suya de acariciar y besar... Me ligó en plena calle, cruzando por Sol hacia Arenal, muy típico. Su sonrisa fue un flechazo y dos palabras bastaron para enredarnos en una conversación y en un cambio de planes de los dos; él no iría al cine con sus amigos que se quedarían esperándole y yo no iría de copas (a ligar) porque Rei me llevó a su apartamento. Lo recuerdo porque nunca había estado en el interior de los edificios que rodean a la Plaza de Olavide. Tenía curiosidad por ver su cuerpo desnudo, los ajustados pantalones ya me estaban dando una pista, el redondo trasero, discreto paquete, hombros anchos y caderas estrechas, una chaqueta marinera con el cuello subido le daban un cierto aire de Corto Maltés madrileño; y sus ojos... Pero sus labios me envolvieron en un collar de besos, sus manos eran aleteos por mi cuerpo lo mismo que las mías por el suyo. Nuestros sexos afilados y tiesos dentro de nuestros calzoncillos, de pie todavía y a la entrada del estudio-apartamento. Ni tan siquiera utilizamos su cama, íbamos de rincón en rincón dando retorcidas contorsiones y lametones. Era muy dulce y tierno. Su voz hacía juego con lo sedoso del pelo, lisura de piel de corto y aterciopelado vello negrísimo como sus ensortijados cabellos paralelos al matojo rizado encima de su pequeño pene, pequeñito y suave, al igual que el acompañamiento, dos bolitas peludas y otras dos más duras en el trasero apretado y caliente, pero a él no le gustaba que se le trastease por la retaguardia, ni hacerlo. Ni falta que hizo, nos bastamos con nuestras respectivas bocas y manos para terminar la doble faena en un chorreante orgasmo gritado a dúo, de pie, desnudos, sudorosos, jadeantes y contentos. Reinaldo la tenía muy pequeña, pero eso a mi no me importó en lo más mínimo, tenía otras cualidades y eso nos bastó para repetir varias veces en días sucesivos. No quiso enamorarse de mí y por eso dejó de verme. Me lo dijo así, tenía las cosas claras.

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© Juan Rodort, 2016