miércoles, 30 de noviembre de 2016

A verlas venir...


¿A quiénes? Desde luego no serán ningunas féminas las que vayan a venir y lo de que este mozo está por verlas llegar... ¿Entonces? ¡Ah! Difícil elección cuando hace tan solo unos días dijo que no volvería a hablar del tema motorizado... Pero es que tendría que “bajarse de la moto” si quiere que se cumpla el refrán: “A verlas venir” ¿Y qué significa? Ah, eso pregúnteselo a él, que de eso entiende... un rato largo, tanto como el tesoro que se oculta entre sus piernas y que por un mero formulismo ético no sale en esta instantánea. Y es que los tiempos cambian que es una barbaridad, que es una bestialidad, etc, etc si se sigue la letra del comienzo de “La Verbena de La Paloma” ...para terminar con un matón de la China-ná-China-ná... ¿Cómo quedará? Sí, él. El mozo sentadico en la barandilla, ¿cómo quedaría con un mantón de chulapa? Pues como una travesti loca con barba o un locazo travestido. Pero se le ve buen chico al mozo. “Las apariencias engañan”. Sí, hoy está que se sale el refranero español en boca de El Viajero. Que no es por presumir pero él estaba así de majo cuando tenía esos mismos años y el cuerpo crujiente, pero ahora habla de otra cosa; hoy ya se bajó de la moto y está a verlas venir...
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 28 de noviembre de 2016

Va de motos, va como una moto, va de sexo motorizado...

¿Erick, el de la moto? Pues no, no es él aunque se le parezca en el descosido braguero mojado... Aunque recuerde al del pasaje aquel de “ExParadís”:


“...Se dan una ducha despacio, enjabonándose mutuamente, acariciándose los sexos que aún bajo la cascada de agua templada se vuelven a levantar. Se besan con pasión dejando que la espuma corra por sus cuerpos abrazados, chorreantes... sin prisas. Luego se visten. Erick se pone los pantalones y cazadora de cuero directamen-te, sin nada debajo. Un abrazo deja notar todo lo que hay dentro del cuero. Pero la decisión es firme. Esto es una despedida en toda regla...”


Pero la verdad-verdad es que Erick, el de la moto, era solo un personaje dual de dos novelas: “ExParadís” y “El baile de las cigüeñas” de las que El Viajero ha tomado los pasajes para apropiárselos como recuerdos de su frustrada vida sexual; ya le hubiera gustado protagonizar el episodio de “Los suizos de la moto” sin ir más lejos...

Este es el verdadero Erick, el de la moto, que a decir de sus amigos sí que estuvo una vez en Ibiza pero no llevaba ninguna moto, nunca la ha tenido y mucho menos que se hubiera enrollado con ningún tío. “¿Erick? ¡Pero si es un mujeriego empedernido!”. Él nunca se ha querido pronunciar al respecto, aunque le halaga que lo tomen por un semental ya sea follando a tíos desesperados en las páginas de novelitas de sexo, drogas y ...motos o tal como él es, un muchacho serio y con novia que vive en Bélgica que no en Holanda como le ponen por esas novelitas homosexuales. De todas formas a El Viajero estos detalles no le afectan en la creencia de su propia realidad-irreal, él sigue identificándose con los protagonistas de sus fantasías homoeróticas. Él es así: va de motos, va como una moto, va de sexo motorizado...
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© Juan Rodort, 2016

viernes, 25 de noviembre de 2016

Y yo me lo llevé al río pensando que era mozuelo...


 

“Gracias por tu carta, que es de agradecer y mucho más porque la has escrito al vuelo ahora que no dispones de conexión a Internet, gracias por las fotos especialmente la de ese espécimen de macho potente que sale del agua como Poseidón, armado de semejante tridente, listo para clavárselo al que quiera para que después la víctima haga unos versos como los de Teresa de Jesús, cuando el ángel le clavaba su espada... ¡Ay, amigo!, que me has hecho recordar al muchachón ese de Cala Tarida en Ibiza hace ya muchos años cuando se metía en el agua y salía chorreando y con el slip blanco y translúcido luciendo una polla grande como una olla, que él se reacomodaba una y otra vez para que no rebasara los límites de la decencia, aunque, la verdad, no había por qué si tan solo estábamos él y yo en esa solitaria playa, yo admirando semejante portento de verga, pene, polla, cipote, pito o como quieras llamarle, allí estaba yo con la boca abierta, casi babeante y él luciendo su hermoso miembro. ¡Ay, amigo!, que me lo llevé al huerto (porque allí no había río) pensando que era mozuelo... para descubrir que era todo un maestro en eso del acoplamiento hombre con hombre ( y es que requería serlo con ese ariete que cargaba entre las piernas) y que de verdad me enseñó a relajarme para recibir artilugios de gran calado, aunque ya no me volví a encontrar armas de semejante calibre sino hasta muchos años después, pero por aquel entonces como que me acobardé; decidí solamente darle placer con la boca y por entre las piernas, bien lubricadas con aceite bronceador. ¡Mira lo que me haces decir por andar enviándome fotos de machos potentes y bien dotados!”.

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© Anonimo Veneziano (“AHC”), 2016

martes, 22 de noviembre de 2016

Otro ...con la moto


A parte de Erick, el de la moto, han pasado bastantes más motoreros por los brazos de El Viajero. Y no es que él presuma de ello y de ellos, la verdad es que a este muchacho se le arrejuntaban los más extraños tipos o es que llevaba pegado en la frente un cartel de "se buscan problemas"; desde luego que los tuvo y gordos como aquella vez de Las Ramblas de Barcelona con "Los suizos de la moto" ya pasado a estas páginas y recordado hasta la lujuria. Pero no tanto como a Erick, el de la moto, ese personaje casi novelesco -por más que saliera como personaje en aquella novela "Ex-Paradís"- que tanto impresionó a El Viajero y del que guarda tan bellos recuerdos. Ese y otro, que aunque no ha tenido moto hasta ahora él lo pintó al mando de una Harley-Davidson de catálogo, la misma que a él mismo le hubiera gustado montar y nunca lo consiguió (la moto de los suizos era una BMW).

Este es el panel que ornaba la tercera barra del extinto Bar Troyan's de Madrid, el mítico lugar de encuentros del efímero MSC madrileño, el modelo no era ni más ni menos que su entonces novio, el mismo que ahora le ha mandado una foto del rodaje de su última película... ¡Ay, este chico! Qué historias, qué personajes y qué motos aquellas. No, no hay historia, es tan solo "otro ...con la moto".
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 21 de noviembre de 2016

Un 20-N más (sin pene ni gloria)


No, no es él el de esta foto; sí, ya es como un viciado cuento: todos se parecen a él en calzoncillos... Pero este muchachote peludo y barbudito tiene su misma consistencia, sus manos, sus brazos, sus hombros, su pecho coronado por ese pezón erecto y ese vello salvaje que baja hasta perderse en el abultado calzoncillo (aquella noche él llevaba una camiseta blanca de tirantes a juego) del que no pudiste apartar la vista... hace treinta años de eso y parece ayer mismo, Javier. El Javier de la voz que te envuelve como un poderoso río, el Javier que te abraza con sus fuertes y peludos brazos estrechándote contra su pecho cálido y mullido de amigo, solo de amigo. Nada más que un amigo para él, eso eras tú para Javier, un amigo. Algo peculiar, difícil a veces pero un amigo más a fin de cuentas. No “su amigo” o “el amigo de Javier”, no. Uno de tantos, o casi. Pero esta misma fecha casi se te termina de pasar en blanco hasta ahora mismo en que te das cuenta del número asociado a la letra del mes... Y recuerdas que un año después de aquella anunciada (y esperada) muerte, Javier te hizo una visita sorpresiva en el piso que compartías con otro de tus amigos (en realidad era su piso y te lo había dejado para que lo cuidases mientras él estaba estudiando unos cursos en Londres). Javier llegó esa noche sin previo aviso, un timbrazo seco y largo acompañado de su inconfundible voz al telefonillo que perezosamente alzaste para enterarte de quien llamaba a esas horas finales de la tarde en que ya no esperabas a nadie ni tenías ganas de salir de marcha, estabas arrastrando una mediodepre a consecuencia de lo de siempre, nadie te hacía caso o eso era lo que tú creías; pero ahí estaba “tu Javier”, el héroe de tus sueños, el hombretón con el que habías estado soñando y teniendo sueños húmedos hacía noches sin poder adivinar que ahora mismo estaba entrando por esa puerta ¡vestido de soldado! (de cabo primero, con sus galones y todo) y con una bolsa de exiguo equipaje en la mano izquierda mientras sostenía su gorra con la derecha y empujaba la puerta porque tú te quedaste mudo y tieso ante esta imagen prodigiosa del dios guerrero con quien tantas noches habías batallado eróticos encuentros... Allí estaba, sonriéndote de oreja a oreja y dejando caer gorra y bolsa al suelo de la entrada te fundía en férreo abrazo contra su pecho. Casi estuviste a punto del desmayo. Su olor mezclado con aquellos tufos cuartelarios y su peculiar aroma subiendo por su cuello donde tú tenías enterrada la nariz a punto de desfallecer de placer (o de eyaculación súbita). Allí estaba Javier apretado a tu dócil cuerpo diciendo lo mucho que se alegraba de que estuvieras en casa porque no sabía a donde ir y una pensión para pasar la fría noche de aquel Madrid no le apetecía en absoluto; pensó en ti y aquí estaba, “perdona por no avisar”... Cerraste la puerta y recogiste su bolsa y gorra como dos reliquias bendecidas por lo más sagrado, pasasteis al salón donde tú escuchabas lamentosa música que te hacía componer poemas de lo más lacrimosos pensando en otro Javier, conocido de este también y del que nunca más volverías a saber... Allí, el genuino Javier, el que tú hubieras querido hacer tuyo o que te hiciera suyo como tú lo hiciste con el otro Javier -ahora en paradero desconocido-, el auténtico cuerpo que tú deseabas estaba allí desabotonando la chaqueta militar y aflojándose el cinto. Un mareo más de casi orgasmo cuando te pidió que si podía tomar una ducha... Para qué seguir con lo vulgar de compartir una ducha con el amigo, vestidos, chorreantes, enjabonados y empalmados... ¡te habría gustado! Pero él cerró el pestillo de la puerta del baño mientras tú agonizabas apoyado en el quicio aspirando los vapores del agua caliente mezclados con el perfume incandescente de su cuerpo en llamas (el tuyo ya lo estaba)... La salida gloriosa, como el paso de la Esperanza de Triana al abrirse la puerta a una nube de incienso vaporoso; tú quedaste traspasado por siete puñales de dolor igualmente, transido de gozo masoca: Javier desnudo... Casi. En calzoncillos y camiseta de tirantes blancos, con el pelo aún mojado avanzando hacia tu desfallecido cuerpo que yacía en sus brazos como una Pietá homófila. No, simplemente te preguntó si podía acostarse que estaba muerto de cansancio, que mañana hablaríais más despacio y te contaría; ahora, no. Le armaste el sofá-cama del salón mientras él terminaba de acicalarse en el baño. Luego esperaste hasta que tu insistencia de si quería algo le molestó porque adivinaba lo que tú querías y ya te había dicho otras veces que él solo follaba con tías, que a ti te quería como amigo... Y tú mirando aquel pene enfundado, aquel pecho camuflado, aquellos ojos y aquella boca enmarcada por el tupido bigote negro, negrísimo; todo su cuerpo revestido de pontifical vello negro, negrísimo, brillante, refulgente... “No, de verdad que no quiero nada... Dormir, gracias, hasta mañana”. Eso fue todo. Apagaste la luz mientras él se arrebujaba entre las mantas y envidiaste no ser sus calzoncillos o su camiseta blanca, su desnuda piel...
Pasaste una noche en blanco a fuerza de masturbaciones delirantes que te llevaron a cometer aquel asesinato por amor, enceguecido de amor, empuñando uno de los cuchillos de la cocina seguiste apuñalando como si fuera el convulso movimiento masturbatorio de amor y muerte... Bañado en su sangre medio espesada te abrazaste a su acribillado cuerpo para hacerlo tuyo una vez destrozado aquel teñido calzoncillo y la camiseta hecha girones. Su orificio era tan peludo como todo el resto; se había empalmado en el último estertor.

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© Juan Rodort, 2016

martes, 15 de noviembre de 2016

A mal tiempo, buena cara (de culo)


A pares, los culos mejor de dos en dos para variar un poquiño... como aquel anuncio tonto de la tele en que la guardia de tráfico para al supuesto infractor conductor y en vez de hacerle soplar por un tubito para detectar el nivel de alcohol en la sangre le hace bailar unas muñeiras ...por variar un poquiño (debía ser gallega la agente). Tonta anécdota para quitar hierro a la situación actual que es de lo más rancia y pesada, enrarecida la atmósfera socio política del planeta que a estas alturas debe de estar hasta los cataplines de aguantar tanto piojo sobre su dorso. Y queda el más tonto consuelo de : "no hay mal que cien años dure", que se lo digan a los sufridores de la "Guerra de los Cien Años" aquella, que volvemos a otro Medioevo, Edad Media más bien tirando a Baja Media, Subsuelo Media o Partida, que nos van a partir el alma (acuérdate de Machado: "españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón") que mejor nos partan el culo, ya puestos... lo mejor es relajarse y disfrutar del enculamiento de la ultraderechona que debe de tener un zocotroco descomunal... porque si no, no me lo explico como es que la votan tanto (claro que las estadísticas no mientes y siempre es una minoría-"mayoritaria" la que ha votado). Y los que no han votado que se jodan. Pero es que en este jodimiento colectivo estamos todos en el mismo saco, en la misma posición. Así que, lo dicho: "A mal tiempo, buena cara" (de culo).
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 14 de noviembre de 2016

No tengo ni idea (de sexo, sí)


Vamos, y yo que me lo creí, con ese cuerpazo de escándalo y esa mirada inocente... Pero esa era la contraseña de tu anuncio: Joven inexperto desea conocer a madurito que le enseñe todo lo necesario para salir del armario... Ropero, armario de tres o cuatro cuerpos el tuyo. Y me ha tocado el premio gordo de la lotería. Has respondido a mi tímido envío –con foto reciente- que contestaba a tu anuncio... Que me parecía más bien una trampa de marica vieja oculta que tenía ganas de cachondeo con incautos –como yo-, de pitorrearse de ellos y luego ridiculizarlos ante sus amistades (peligrosas). Pero cual no sería mi sorpresa al comprobar que el muchacho de la foto, el cuerpazo desnudo y bastante bien dotado por cierto, era de verdad. Y ahora viene el verdadero reto para este madurito “con experiencia”, no sé si la suficiente como para poder enseñarte algo que tú ya no sepas, tú que tienes un don innato, una sexualidad a flor de piel que rezuma lujuria por todos tus poros; y no es para menos que así sea, tú eres un pedazo de cuerpo, más que otra cosa. No, no dudo de tu inteligencia pero es que se me hace muy difícil aceptar que esté “enseñando” hacer sexo (queda tan cursi y estúpido lo de hacer el amor...) a una divinidad como la tuya, a un colmo de los colmos de belleza, armonía y buen hacer que sabe adelantarse a todas las posturas que comienzo, que se flexiona como un junco al viento cálido hasta adoptar posiciones que el Kamasutra-gay ni ha inventado. Y estoy hecho un lío, ¿quién es el maestro aquí? A ver, dime ¿dónde están las cámaras ocultas? ¿Cuál es el secreto por el que estamos en tu habitación? –casualmente tus padres están de viaje por el extranjero-capital, porque vives con ellos a pesar de tus 22 años gloriosos-. ¿Cómo es que me has dicho que eras virgen? Y es verdad, lo eras hasta que yo te he desvirgado. Tu primer hombre... ¿tu primer amor? Sería estar en el Paraíso-gay. O es que tienes cámaras de vídeo casero para luego reírte con tus amigos/as... ¿de qué? Del agujero sonrosado y palpitante de tu culo hambriento que más que violarte me has violado, succionado hasta hacerme llegar a tu cielo, porque no cabe duda de que eres un ángel y estamos en el Cielo-gay. Sí, me repito una y mil veces. No puedo aceptar que sea yo precisamente el elegido, el sustituto de tu padre... Porque en realidad he descubierto que las fotos que tienes escondidas en el cajón de tu mesilla no son ni más ni menos que de tu progenitor del que estás terriblemente enamorado. Desde niño. Un incestuoso amor filial que quisieras cumplimentar, que ya has culminado conmigo. Yo he sido tu padre en estas últimas horas. Ha sido tu padre quien te ha violado, ha sido con él y no conmigo con el que has estado en espíritu... Ya me parecía demasiado bonito. ¿Virgen? Tú, mártir soy yo. Me has utilizado y ahora no tendré más remedio que hacer una de dos: o matarte o marcharme para morir de tristeza... No, si saber saber, sí que sabías lo que querías. Totalmente falso tu no sé, no tengo ni idea (de sexo, sí).

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© Juan Rodort, 2016

lunes, 7 de noviembre de 2016

Murciano... ¡agárramela con la mano!


Sí, tú, el mismo murciano que me dejó tirado a la puerta de su establecimiento de pesas y medidas (gais) cuando yo más necesitaba de comprensión y una palabra de afecto, cuanto menos unos minutos de íntima conversación que a fin de cuentas era a lo que iba. Porque por aquellos días estaba solo en la nueva casa mientras mi marido hacía las maletas en la otra a ochocientos kilómetros al norte, según se sale a mano izquierda...
No niego que en días anteriores estuviese indagando en los portales del ciberespacio buscando tu dirección, tu teléfono y finalmente la dirección de la tienda que sabía regentabas tú solo o en buena compañía (lo segundo, tú nunca has podido estar solo y lo de bien acompañado es un eufemismo, que tú siempre has buscado las malas compañías).
Y es que pasaba yo por unos momentos de sensibilidad tonta, de recuerdos enmascarados en viejas imágenes, fotos que no me atreví a tirar una vez que nuestra historia estuvo más muerta que muerta, no pude deshacerme de tu rostro –ese que ocultas en esta foto, sobrado de paquete, que siempre lo has tenido aunque mal utilizado-, los dibujos de tu rostro recordado e idealizado, de tu cuerpo ya desdibujado en mis manos y en mis labios. Pero hubo días en que conocía tu piel al milímetro y tu aliento me sabía a mi propio aliento. Pero no supe darte los malos tratos que tú venías buscando en pos de mi brutal aspecto carcelario. Creíste que yo era un violador implacable, el objeto idóneo para tus propósitos. Nunca te atreviste a dar la campanada allá en tu barrio –un pueblito dentro de otro pueblo- donde eras ampliamente conocido –sí, lo supe siempre y no me importó-, una locaza y ex seminarista que buscaba dolor y sufrimiento en sus frustradas relaciones, en su busca desesperada de pareja dominante para ser sometido, humillado, pisoteado. Pero no eran esos mis planes para contigo. Yo buscaba ya una pareja, un igual a igual que me acompañase de por vida. Para nada el dominátrix de pacotilla que tú buscabas en mi equívoco aspecto. Sí, lo reconozco, daba una imagen truculenta de ser un brutote pegatortas, un máster iniciador de niñitos recién salidos... del Seminario Provincial. No, no era lo que tú buscabas.
Pero la historia no es un repetir lo mismo de ayer, no. Nuestra historia está a medio contar. En aquel relato “A través de la mirilla”-Fantasías reales (a ti te podían haber ocurrido también), I, Enaceitado (bien untado de aceite)- cuento un poco de nuestra pequeña historia que se quedó pequeña esa noche alicantina en que conocí la Belleza de aquel gigoló yanqui haciendo striptease en mi cara. Mira, eso era una de las cosas que yo siempre había deseado y lo tuve ¿gracias a ti? Pues sí, gracias a que no viniste a cumplir con tus deberes de amante, ya supuestamente harto de mis mimitos y pocos-ningunos golpes y castigos mientras no te follaba, que no te dejaste nunca penetrar... ¡Encima, estrecho!
Pero la historia de ahora es de cuando me decidí a visitarte en tu ciudad, donde eras tan conocido, donde tenías una encubierta pareja que debía de maltratarte a tu gusto. Te conocí otro sujeto –no se le puede llamar de otra forma a quien está jugando a dos barajas y con una familia e hijos de por medio- que no sé si tenía las cosas claras o se lo hacía; historias paralelas y para lelos... Te vi a través del escaparate hablando con tu socio (¿y amante?, seguro que sí, hay gestos genuinamente maricas) y entré ante su consternación y sorpresa o todo junto a la vez –vamos, el mundo se te cayó encima al verme-. Y no era para menos porque yo llevaba una pinta bastante innoble, no sé si aposta o por despreocupación, llevaba una indumentaria de pobre de pedir –sin ánimo de ofender a nadie-, poco cuidado y desconjuntado (eso es algo que suelo hacer a posta, odio ir a la moda). Pero hice hincapié en poner una expresión de desprotegido para ver tu reacción que cuadró todas las casillas de mi corta encuesta. Dijiste algo al oído del socio-sosías que se escabulló dejándonos solos unos minutos mientras tú hacías caja (una pasta en billetazos gordos, que estuve por darte un palo y largarme con el dinero como compensación a mis sufrimientos pasados, presentes y futuros). No, no tenías sitio para que yo pasase la noche –ya era de noche mientras hablábamos a la puerta de tu flamante tienda-, pretextando una cena de amigos (¿y yo qué era entonces?). Lógicamente ya no era ni tu amigo ni tu ex amante, ni tú tenías ganas de presentarte conmigo ante tus glamurosos nuevos amigos; una pena. Te di un flojo cachete en la cara –esa cara tan dura que se te había puesto de golpe- y me marché camino de la estación, porque lo que menos quería yo ya era quedarme bajo tu mismo cielo, cerca de donde tú estuvieras. Historias estúpidas que suelo protagonizar a cada tanto, ésta era una de ellas... Por las calles, mientras caminaba aprisa hacia la estación de tren, estaban de fiesta, no sé si era un remedo de Moros y Cristianos, yo solo pensé: “Murciano... ¡agárramela con la mano!”.

Por cierto, que me han cerrado el cibercentro y no tendré oportunidad de mandar más cositas de estas hasta que lleguen las navidades, si alguien no se apiada de mi cuerpo serrano y me trae hasta este otro centro a 8 km de casa, que hoy cayó la primera nevada del otoño (20ºC menos en tan solo dos días). Si no me encuentras en días sucesivos es que las nieves del tiempo me tienen secuestrado en casita (calentito y en buena compañía).
Lo siento, uno es pobre y no tiene medios cibernéticos acordes con su precario bolsillo, pero ¡que me quiten lo bailao! Este sosías peludo es un regalo visual para entretener la espera...

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© Juan Rodort, 2016

viernes, 4 de noviembre de 2016

Suave y sedoso como un oso (de peluche)


Eres un regalo para la vista y el tacto. Y no cuento el placer del olor de tu piel cálida y suave, sedosa piel cubierta de pelillos dorados. Y esos dos botones rojos de tus pezoncillos saltarines al menor contacto de mis dedos... A la vista está, para qué más decir lo evidente, que tu pene se agiganta dentro de mis manos y explota dentro de mi boca o en esa cueva secreta de la que te he dado la llave, solo a ti. Sí, ya sé que tú venías buscando un papá castigador, un oso cavernario que te arrastrase de los pelos y te crucificara contra la pared, empotrándote su enorme polla en tu culito abierto y palpitante... ¡Qué decepción la tuya! Resultó que el osazo que tenías delante se derritió al verte desnudo. Qué distinto del modosito muchacho vestido con ropa anodina de andar por casa o por su pueblo. Porque tú eras un muchacho de pueblo, recién llegado a la gran urbe sediento de sexo, de ser maltratado, golpeado, vejado, escupido y abofeteado como una perra viciosa -eso era lo que tú te creías-. Y te diste cuenta que el osazo que te apretaba contra su velludo pecho te estaba clavando una pica en Flandes por debajo de tus ingles. Te corriste de gusto nada más sentirla apuntalada contra tu ombligo. Pero lo que no pudiste ni adivinar era que el osazo aquel se derritiera al olor de tu leche y te obligara a quitarte los manchados calzoncillos para chupetear todo los que había quedado impregnado en ellos, oliendo la tela, metiéndosela en la boca de barbaza negra e hirsuta que te destrozaba el cuello con su prolongado roce y tú estabas en el Séptimo Cielo de los masocas... Hasta que el oso se refociló contigo y te dejó abierto en canal por todos tus abiertos orificios -más de los que tú podrías imaginar allá en tu pueblo-. Pero no contaste con el brusco cambio, con el oso cariñoso camuflado dentro de aquel otro oso paternal-incestuoso. Con tus calzoncillos puestos y casi explotados con sus enormes glúteos y paquetazo, aquel oso cariñoso te pidió que le penetrases. ¡Cambio de tornas! En ese mismo instante todo el morbo acumulado se te disolvió en una flacidez espeluznante. No hubo forma de poder trempar... Lo siento, le dijiste. Y él te rodeó con sus poderosos brazos, con aquella selva peluda de antebrazos rozando tu pecho estremecido por el llanto. Pero no de impotencia sino de frustración. Tú querías un papá severo que te maltratase, un maestro que te pusiera firme o cara a la pared, o contra la pared y te diera tu merecido; tú eres al fin y al cabo un masoca pueblerino salido del Seminario Episcopal de Murcia donde te echaron por maricona viciosa, que te pillaron poniendo el culo ante una fila de oblatos trempados y ya medio satisfechos (eso era lo que tú contabas pero en la realidad eras más virgen que la patrona de tu pueblo). Ahora mismo no eres más que un juguete roto, eso sí, suave y sedoso como un oso (de peluche).
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

Cuando tú me vampirizaste


Ahora es siempre, nada cambiará esta espera eternamente desesperada; tú no volverás por más que inicie nuevos rituales cada noche de Walpurgis. ¿Que nada tiene que ver con la pasada Noche de Difuntos? Sí, lo sé. ¿Y qué? Qué más da abril o mayo que noviembre para este continuo penar sin encontrarte. Porque cuando me hiciste inmortal moriste al instante o quizás poquito a poco desangrándote. Fíjate que curioso, a mi me curaste mi enfermedad mortal (una hemofilia vulgar y corriente, vamos, en mi familia la hemos tenido de siempre y sobrevivimos a trancas y barrancas hasta hoy en que gracias a ti ya nada importa) mientras que tú quedaste contagiado, por ansioso, por tomarte hasta mi última gota de sangre. Toda mi sangre pasó por tu boca en un suspiro en que me morí... o remorí, porque yo ya estaba más que muerto, remuerto, muerto de amor, muerto de desamor, muerto a la vida porque la vida es amor. Me has privado de las dos cosas, de la vida y de la muerte, que del amor no. Del amor estoy curado, inmune. Pero ¿Quién puede vivir sin amor? Y peor aún ¿quién puede morir en desamor? en un morir para siempre sin encontrar amor, nunca ser querido, amado, siempre temido por este estigma que me has traspasado, por este funesto intercambio que hemos hecho de nuestras sangres mezcladas, degeneradas, ultrajadas... Ya no sé qué más decir. Tengo mucho tiempo para pensar, demasiado tiempo para estar a la espera de que vuelva alguien como tú, o tú mismo reencarnado a reclamar lo que es tuyo; no, no quiero tu inmortalidad, no a este precio de mendigar sangre de jóvenes que no me aman ni me amarán cuando vean a lo que se exponen, a estos muchos centímetros de pene enhiesto y sediento, hambriento, carnívoro... ¿Desvarío? Qué más quisiera que entrar en la locura o en el olvido. No puedo sino esperar que vuelvas, que gire el Cosmos otra vuelta y nos reencontremos ya sea en otra Noche de Difuntos o en otra de Walpurgis... cuando tú me vampirizaste.
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Cocinar y follar... todo es empezar


Cocinando espero al hombre que yo quiero...

Martes 1 de Noviembre de 2016, sentado ante el teclado de su viejo y obsoleto ordenador relee antiguos escritos ya publicados en estas páginas internacionalmente leídas o por lo menos revisadas a causa de las fotos de muchachos destapados y de hermosuras rayanas en la obscenidad... El Viajero ha escrito mucho desde hace pocos años en que cambió sus lápices y pinceles por estos cuadraditos saltarines del teclado de su Windows XP, marca Acer... etcétera, etc... Ha dejado de pintar, ya no dibuja, tan solo escribe y no demasiado porque le da pereza comenzar, una vagancia que ya se le está contagiando hasta a su pareja que ha dejado algunas de las tareas domésticas de las que venía ocupándose para que El Viajero pudiera dedicarse a pintar, a dibujar o a escribir más libremente. Una pescadilla con la cola mordida que va siendo hora de romper o de comer otra cosa... Mira por donde, hoy toca hacer una seudo-pizza, porque la pasta hojaldrada que El Viajero hace con cosas por encima excepto quesos que le dan una textura demasiado grasa para sus gustos, una pasta que alguien “entendido” calificó de “tosta” porque no llevaba queso rayado por encima, queso de leche de búfala, se entiende... Y de eruditos a la violeta está El Viajero más que harto, de opiniones para todos los gustos y de hacer dulces que él se come porque a su compañero (y marido legal) no le hace mucho tilín el dulce... Dulcísimo dulce de membrillo el que ha confeccionado hace dos días, que le ha dado un amago de infarto glucósido, que el almíbar resultante ha sido un espeso líquido que más bien es veneno, dulce veneno y ahí lo tiene arrinconado para mejores momentos, para endulzarse las penas que ya vendrán a este Valle de Lágrimas que le sentenciaron hace años y del que él se revela constantemente a su falaz suerte negra, lo intenta, se levanta, se arrastra, continúa caminando y a veces vuela a fantásticos lugares de su mente para olvidarse de la realidad cotidiana. Como es el caso de esta fría mañana más acorde con la estación que los días precedentes que jugaban a ser veraniegos días ya que no primaverales días ante la floración de algún enloquecido arbusto y revuelo de mariposillas locas que han tomado el calorcillo otoñal como una falsa primavera. Y como esa falsa primavera ha alterado también a El Viajero que da palos de ciego ante el teclado en esta fría estancia de su casa, su última morada quisiera que fuese que ya está harto de corretear por esos caminos cargando con la casa a cuestas, cambiando cada tanto de domicilio, enloqueciendo a propios y amigos con sus constantes nuevos datos que ya no saben cómo anotar en las arrasadas agendas (a lápiz les recomienda que lo hagan para poder borrarlas cómodamente luego, al cabo de no muchos años). Una agenda que el mismo Viajero lleva borrando desde hace muchos años, desanotando amigos y conocidos, olvidando a tantos otros de los que ya no quiere saber ni los recuerdos conjuntos, no por ahora. El Viajero está en una fase de borrado de memoria parcial. Estornuda. El tibio sol de la mañana de Todos los Santos no le llega aún a esta estancia orientada al norte; escogido cuarto para tener mejor luz con la que poder pintar... esos fueron sus pensamientos iniciales, esa su intención cuando vieron la casa hace escasamente un año de eso. Recuerda que las uvas de las parras que la rodean estaban aún verdes y demasiado ácidas para comer; las dueñas de la casa los obsequiaron con varios racimos que tuvieron que dejar hacerse pasas y aún así eran demasiado duras de roer, pero cayeron mezcladas en un rico pastel de pasas y almendras. Y es que El Viajero sigue siendo un dulcero empedernido, que no descansa en probar nuevas fórmulas para dulcificar su vida. Ahora mismo tiene en mente hacer una miel de uva que ha visto en un recetario de mermeladas y dulzainas varias. Uvas moscatel que adornan en copiosos racimos sobre platos y fuentes el comedor aromatizado de la casa. Bien, ha llegado la hora en que debe iniciar la preparación de esa pasta lisa (seudo-pizza) de día festivo (¡¡¡Felicidades a todos!!!) mientras canturrea: “Cocinando espero al hombre que yo quiero...
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© Juan Rodort, 2016