lunes, 31 de octubre de 2016

Andrés, del derecho y del revés...


Andrés, del derecho y del revés...

Desde mi ventana he visto como le daba una palmada en la espalda de forma cariñosa, esperando su aprobación o disculpándose por lo de anoche, no sabría decir qué, si era una pregunta gesticular entre compañeros que han dejado de ser amigos para pasar al siguiente escaño de algo más que amigos, cómplices de un furtivo abrazo, de una corrida compartida durante la madrugada insomne. Y ahora van juntos, paseando en medio de la familia de Andrés, su padre a la derecha, su amigo –ya algo más que un amigo- a su izquierda y seguidamente su hermana y su madre... Ellos no lo saben, ninguno de la familia adivina que entre Andrés y Pablo hay algo más que una simple y pura amistad. Ni tan simple ni tan pura. Complicada amistad la que se les viene encima después de lo ocurrido, no podrán olvidar esas caricias, ese estar por unos momentos uno dentro del otro, ese vaciarse en el íntimo orificio amistoso que ahora demandará más y más atención por parte de los dos, del ofrendante y del ofrecido... ¿O no ha sido una ofrenda sino que más bien ha habido violación? Pero en cualquiera de los supuestos casos ha habido consentimiento mutuo.
- Nunca lo habrían pensado.
- ¿Nunca? Vamos, seamos honestos, lo estaban deseando. Lo habían planeado juntos, la visita, el cuarto, la cama compartida porque no había más sitio... Pablo lo deseaba. Andrés lo deseaba. El padre de Andrés lo deseaba...
- ¡¡¡¿Qué?!!!
- Pues que el padre, Andrés-padre, también se lo ha montado con Pablo.
- ¡¡¡¿Y?!!!
- En el baño, mientras Andrés-hijo dormía agotado por la faena y plenamente satisfecho de estar lleno del néctar de su amigo. ¿Su amigo? Ahora su cómplice y quizás hasta su rival, porque ¿no es verdad que Andrés-hijo está secretamente enamorado de su padre?
- Bueno, bueno... Ya es ir demasiado lejos. ¡Incestos, no!
- Pero la elucubración es mía ¿no?
- Sí, vale, te lo admito, tú eres el que lo cuenta o te lo cuentas a ti mismo, porque seguro, seguro no lo estás y esa palmada de Pablo a la espalda encorvada de Andrés-hijo ha sido meramente por un tonto comentario que han hecho....
Pero no, no es así. Andrés no ha comentado nada, ni padre ni hijo. El que iba hablando y gesticulando era Pablo y cuando han pasado debajo de mi ventana le ha dado una palmada en el hombro-omóplato izquierdo a un Andrés ensimismado y recogido, con los brazos enlazados atrás y la cabeza gacha. Su padre, Andrés-padre, se ha percatado del gesto, ha mirado fugazmente a Pablo y luego han seguido los cinco en fila, a contraluz, con el sol de frente. La silueta de Pablo es magnífica, sus curvas idóneas para las caricias bajo la ropa, de esa piel recia y ligeramente sedosa por el vello moreno y rizado donde más se detendrá la mano para agarrar el miembro rotundo y duro (lo he visto, la llevaba morcillona). Esa piel de primeras caricias inexpertas que Andrés-hijo ha deslizado esta noche bajo las sábanas, en silencio, conteniendo los suspiros y ahogando los gritos de dolor y gozo mezclados cuando Pablo le penetró, los dos con los calzoncillos por las rodillas, uno al lado del otro. La jugada había sido muy rápida. Una vez apagada la luz y transcurridos unos minutos, el trasero cálido de Andrés ha rozado el bulto palpitante del calzoncillo de Pablo; sus manos no han tardado ni un segundo en bajárselos para depositar el húmedo glande en el abierto orificio de su amigo, ahora convertido en amante; un rápido salivazo en la mano directo al esfínter dilatado... El resto no habrán sido más de cinco minutos de escueto balanceo, mudos jadeos y un explosivo orgasmo a dúo que han dejado pringado a Andrés, del derecho y del revés...

- O sea, que lo de contar cuentos de miedo no es solo por la Noche de Difuntos sino también la víspera, como si fuera un “Jalogüín” de pacotilla homoerótico ¿no?
- Y es que en mi agenda se van muriendo las fechas de onomásticas y cumpleaños y en algo tengo que ir pasando el tiempo. ¿A quién le puedo yo escribir?
- El Viajero ya no tiene quien le escriba... ¿Le suena de algo?
- Sí, de ¿Cien años de soledad? Ya se sabe, las penas con pan son menos...
- ¿Y eso?
- Que me voy a comer, que es la hora y a falta de pan buenas son tortas. Claro, que antes no me importaría llevarme al catre a los dos muchachos (a Pablo y a Andrés, incluso al papá que tampoco está nada mal así visto por detrás).
- Usted es un misógino; lo sabe, ¿verdad?
- Por supuesto, lo sé (y retraído, tímido, ascético, místico y... ¡maricón!).

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© Juan Rodort, 2016

viernes, 28 de octubre de 2016

¿Repetimos?...¡Repetimos!

¿Tienes azúcar para el café?
...Ya ves tú, qué tonta frase pretextada a las tres de la madrugada. Tú llamando a mi puerta, al poco de yo llegar y no darme tiempo ni de cepillarme los dientes... Alucinado por el timbre a estas horas de la noche, no alarmado sino intrigado, no sé cómo pero me imaginaba algo raro en el ambiente nada más subir las escaleras; la luz de tu casa encendida, tu puerta frente la mía con una ranura iluminada por debajo, lo noté al llegar a nuestro rellano. Desde hacía días no paraba yo de recolocarte tu ropa en el tendedero del patio común, donde cada uno teníamos el nuestro y tú te empeñabas en tender en mis cuerdas... para que yo viese tu ropita interior toda de marcas, insinuante, como diciendo: aquí he metido yo mis güevos y mi polla, aquí ha estado miculito... Ahora estabas a mi puerta pidiéndome azúcar... ¡con la bragueta abierta y la polla fuera! Y no me di cuenta al principio, pero al notar tu azoramiento bajé la vista hasta descubrir que no pedías sino que ofrecías, me ofrecías un terrón de azúcar moreno derritiéndose, porque te chorreaba al subir y bajar en movimiento autonómico o autoinducido. Pues sí, tengo azúcar, pero tú no quieres azúcar a estas horas ¿verdad? Y ahí empezaste con el ¡ay, qué vergüenza!, es que me dijeron que tú eras un chico fácil, bueno, que se le podía abordar fácilmente... ¿Y por eso me has estado restregando tus calzoncillos tendidos frente a mi ventana? Y volvías a taparte la cara colorado o sofocado que no sé yo si lo de tener vergüenza era en la letra de la canción “Clavelitos” nada más... Y no quisiste darte por enterado que yo no quería nada sexual contigo. Tú, dale que dale, manoseándote el rabo con una mano y con la otra intentando subirme la camiseta o bajar hasta mi bragueta donde el pequeño Yoni se alborotaba despertando en la madrugada ante tan jocosa situación. Sí, yo la tenía morcillona y con uno o dos de tus toques se puso a hacer de las suyas que no le bastó más que saltar afuera y tú bajarte al pilón a ponerte morado... en el quicio de mi puerta. Te agarré por los pelos y entramos en casa donde te arrinconé contra la puerta apuntalándote el ombligo con la punta de mi polla –el Yoni, como yo la llamo cariñosamente- que tocaba tu ardiente piel mientras me chorreabas una eyaculación más que precoz, fugaz, veloz, instantánea al momento de yo tocarte divertido a medias; el asunto ya no me gustó con aquella pringue resbalando por la pernera de mi chándal (¡directo para la lavadora!). Allí de pie, con los pantalones bajados hasta las rodillas, tu polla saltando como loca de arriba abajo mientras me ponía perdido y tú diciendo hasta la saciedad: ¡¡¡qué vergüenza, qué vergüenza...!!! Con los brazos en cruz contra mi puerta, para crucificarte allí mismo. Sin lubricar, en seco. Entró hasta el fondo, tú ya estabas abierto en canal antes de llamar, venías preparado e incluso te habías embadurnado bien de vaselina o similar –de marca, por supuesto- todo el agujero caliente y palpitante ahora lleno de rica miel hirviendo a manguerazos... porque no tardé ni tres segundos en dejarte empotrado contra la puerta. Dos golpetazos de tu cabeza sobre la mirilla, tus manos aferradas al marco y yo sin apenas tocarte más que por el grueso cacho de carne que te dejó clavado como un trozo de papel por una chincheta pegado al tablero de anuncios: "se alquila por horas vecino marica que pide azúcar a las tres de la madrugada, razón en el segundo derecha"...

- Pero... ¿todo ésto no me lo habías contado ya antes?
- Sí, tal vez... de otra manera. Es que las versiones cambian con el tiempo...
- Pues yo recuerdo que me dijiste que no pasó nada de nada y que al final tomasteis café ¡con azúcar! ¿O resulta que pasó otra cosa?
- Ahora que lo dices... Pudiera ser, o tal vez fue con el otro de Sevilla, el de la puerta "A través de la mirilla", ya sabes, aquel pedazo brutote en calzoncillos en el rellano pidiendo guerra...
- Mira, me da igual lo que sea, el caso es que me has puesto cachondo y después de follar tus historias de ayer y de hoy me ponen a mil...
- Entonces: ¿repetimos?...
- ¡¡¡Repetimos!!!
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 27 de octubre de 2016

Sexo sobre las olas...

Así es como me hubiera gustado verle, pero llevaba un traje de neopreno negro que le ajustaba y perfilaba sus redondas musculaturas. Dos globos que parecía que podrían estallarle en plena espalda, según se baja en todo el centro, para continuarle por dos columnas robustas... y yo, desesperado por no poder pasar mis manos y mis labios por ellas... Qué puedo decir de lo que no hay palabras para describir sino que son imágenes que bien hubiera podido tomar de ese trasero, de esas piernas fornidas y de su sonrisa, porque el muy cabronazo tenía un rostro (lo seguirá teniendo, total fue ayer mismo en aquella playa tan gai cercana a la capital y que tantas historias nos ha brindado) perfecto; bueno, todo él era -es- perfecto; pero su sonrisa... ¡ay!, hay ángeles que no deberían bajar o andar entre humanos para pervertirlos con su presencia divina de hermosura celestial y perderlos en los abismos del deseo carnal. Bueno, que el surfista aquel estaba de pan y moja y debería ser declarado Monumento Sexual Público, con derecho a manoseo y demás por los pobres desesperados de la vida que ya se nos escapa sin querer olvidar aquellos años fogosos de nuestras juventudes ociosas y despreocupadas... Vale, ¡lamentos fuera! El surfinero -y unos cuantos más, por cierto- estaba abrochándose el neopreno, mirando hacia la entrada del aparcamiento donde yo acababa de llegar de mi paseo por el bosque de pinos dunares. Desde lejos había descubierto los puntos juguetones entre las bravías olas de la mañana y supuse que la temporada no había acabado por el amor de las temperaturas primaverales y el viento sur cálido y que no trae nada de las lluvias tan esperadas... Pero el muchacho, lo era aún comparado conmigo, me dedicó una maldita sonrisa franca y abierta de quien está por encima del bien y del mal, de malos pensamientos, digo yo. Me miró y terminó de abrocharse estirando su torso en un perfil de protuberancias pectorales, paquete de descalificación inmediata en los Juegos Olímpicos de Río por obscena muestra de su abustadísimo paquete que le precedía un palmo de las caderas... Y por detrás... ¡ay! -otra vez otro ay- un redondo, total, circunferencial trasero sostenido por dos ciclópeas extremidades. Todo brillante al contraluz del sol, todo reluciente a su propia luz: él emanaba un resplandor propio de sensual belleza y obscena silueta. Pasó por mi lado en dos saltos, con los pies alados y descalzos con el tablero surfero en la mano diestra tapándome brevemente sus caderas, su paquetazo y sus glúteos. Me quedé epatado, descolocado, sumido en un trance de lujuria y amor carnal -nada de divino, que se supondría ante tamaño cuerpo y descomunal belleza-, me quedé allí, parado (buena aserción de la otra orilla atlántica para definir mi estado), contemplando el vaivén de aquellas curvas, de como descendían los escalones de la pasarela a la playa y de como se perdía llegando al rompiente de bravas olas espumosas como unas descomunales eyaculaciones salinas... Allí quedé, estupefacto, quieto por un momento hasta que me senté en un rellano encima del promontorio y contemplé los juegos marinos de cabalgar las olas de las diminutas figuras negras entre las cuales estaba el ángel-demonio en neopreno negro y rizos más negros que mis propios pensamientos. Por un momento me descubrí que me crecían las alas negras de mi dormido ángel subyacente hasta ese voraz momento en el que mi carne alterada le despertó para alzar el vuelo desde el promontorio; un vuelo raso hasta las espumas para raptar al muchacho provocador, en férreo abrazo concupiscente, para hacer sexo sobre las olas...
(algo así era, pero sin barba)
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 20 de octubre de 2016

¡Vivos, de milagro!


Como vulgarmente se dice: vivito y coleando... Hombre, no con el culo al aire ni haciendo estriptís-stop por esas carreteras de esta piel de Toro, Comunidad Levantina sin ir más lejos, poco antes de llegar a nuestro destino que por escasos milímetros no fue el definitivo Destino que nos alcanzó en forma de un hijoputamalpeinado que no respetó un ceda el paso y casi nos enviste -con la fatalidad de que nuestro carril de la izquierda ya venía ocupado por otro bólido desesperado por accidentar con lo que fuera-; el malpeinado infractor (la "autoridad" nunca está donde debiera estar) será de esos que piensa que llegar a un ceda el paso es que le tienen que ceder el paso a él... No quiero pensar qué pensará ante un Stop, lo mismo creerá que todos deben detenerse para que él pase igualmente. Lo que no entiendo es como a semejantes les permiten tener vehículos y mucho menos les conceden el permiso de conducir algo más que no sea un pobre rucio con más inteligencia que ellos.
Y dicho lo cual, me quedo mejor, aunque mucho mejor me habría quedado abriéndole la crisma al susodicho hideput que casi nos manda a otro barrio a 100 km/h (máxima velocidad que solemos llevar en autovía-autopista) y que en esos críticos momentos no pudimos decelerar ante el inminente peligro de colisiones laterales por la izquierda además del de la derecha que nos salió a las bravas.
Que uno tenga que desahogarse en su propia página ya es triste pero que no pueda uno ni desahogarse es lo peor. Ya lo decía Shrek: "Mejor fuera que dentro" (peo, peo, peo-eructo-eructo-eructo) y esto es lo que hago (lo que cago), que me defeco en todos los difuntos del susodicho malpeinado y le deseo que encuentre un buen camión trailer de 18 ejes cargado de broncíneas figuras para un parque de desnudos masculinos -300 o 400 mil esculturas de tamaño natural o en almíbar- y que tampoco pueda maniobrar ante la embestida del "pasante de cedas el paso" a toda leche contra sus ejes... que ya no podrá engrasar sino con su mala sangre... ¡¡¡Amén!!!
Y como no es mi talante el de dejar malos efluvios a propios ni a extraños pues ahí he subido una muestra de como se debería conducir en carretera... ¡a pelo! Y solamente permitírselo a conductores macizos, desnudos y complacientes con los copilotos normalitos, maduritos y salidillos que soliciten su servicial cuerpo para uso y disfrute de antrambos dos o tres si el piloto (mi marido) se apunta, que se apuntará, seguro...
¡Menudo susto nos pegamos el lunes pasado en la carretera alicantina! Pero aquí estamos, otra vez en nuestra casa del norte cántabro; hemos vuelto: ¡Vivos, de milagro!
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© Juan Rodort, 2016

viernes, 14 de octubre de 2016

Otro largo, largo, extralargo... fin de semana


Sí, aquí tenemos un largo, largo... y también grueso fin de semanero que quien lo pillara o pillase para llevárselo al catre durante estos largos, largos días del fin de semana.
O también este otro largo, largo y turgente por demás... miembro de alguna congregación que bien se pudiera o pudiese ofrecer como entretenimiento para poder llevar mejor este largo, largo fin de semana.
O... un extralargo (ni idea de lo que pone, ni falta que hace que se lo imagina uno solo de verlo), pues un extralargo aparato para sostener entre pecho y espalda o nalgas y esternón (lo de que no sé lo que dicen es verdad que me prohibieron aprender inglés porque "usted ya es demasiado viejo para que la empresa invierta en su aprendizaje" y me quedé sin saber más que lo que entiendo y "traduzco": Guau, guau, guau - De acuerdo, dame un minuto vaquero- pero en mi vida he visto una "salchicha" justo tan gorda, yo diría que es una Reina Size (pero no tiene sentido, ¿verdad?). Y así es como me quedé sin poder perfeccionar mi inglés tan literal y no saber qué hacer en este largo, largo... extralargo fin de semana.
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© Juan Rodort, 2016

¡Oye, que yo no soy maricón!


Y es que no me lo podía creer, te estaba viendo a pocos metros, allí, casi desnudo, con un leve-breve-obsceno calzoncillo color carne o sucio sin más; parecías un fauno con los pies enfangados, los pelos revueltos y aquella pelambre por todo tu cuerpo... y aún no me lo creía, me decía que eras una visión o un espejismo, o un producto de la insolación –por más que el día estaba nublo-. Allí, apoyado en el quicio de la barraca de utensilios de trabajo, aquel cobertizo que nunca me llamara la atención antes hasta esta tarde en que la puerta abierta de par en par mostraba las mercancías y secretos de su interior... ¡Oye, que yo no soy maricón!

Despacio te bajaste los calzoncillos. No, no estaban sucios pero sí sudados y de cerca eran del mismo color de tu piel canela. Despacio los fuiste deslizando por tus piernas mientras me incitabas a seguirte al interior. ¡Oye, que yo no soy maricón!


Ahora ya no había duda; tú no querías nada de mí, simplemente estabas jugando un necio juego de equívocos, a ver quien era el primero que perdía los papeles. Desnudo me mirabas mostrando tu carne salpicada del barro escurrido por el agua de la ducha, mezcla de olores, de insinuantes movimientos de tus caderas y tus nalgas prominentes que tocabas abriéndolas para que yo pudiese ver tus secretos rincones; por más que ya te habías mostrado desnudo de frente, ahora querías provocarme con tu trasero chorreante... ¡Oye, que yo no soy maricón!

Total, el juego del ratón y el gato terminó dentro de tu casa, porque tú no eras un empleado que estuviese arreglando nada en el jardín, tú eras el vecino al que yo tantas noches espiaba con los prismáticos desde mi ventana, echada la persiana a medias y a oscuras para que no supieras que te miraba, que me pajeaba al verte desnudo enseñoreándote libremente por toda tu casa encendida y abiertas las ventanas, subidas las persianas; deteniéndote en cada una de ellas porque sabías que yo estaba masturbándome en tu honor... O quizás lo adivinaras... Pues ya no hay más que mirar ni hablar, solo el subir y bajar de mis nalgas sobre el mástil encapotado con ese horrible condón de hule blanco que me dilata con sus pequeñas estrías... O es que te has puesto dos o tres capotes para evitar contagios...
¡Oye, que yo no soy maricón!
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 13 de octubre de 2016

Harto de tanta Hispa-anidad

Dos Hispa-anos de la historia de la España Negra.
Y otro Hispa-ano más o menos normalito, no sé quien será pero el ano peludito viene que ni pintado para la ocasión; al tipo se le ve con cara de buena persona, mejor.
Ano glorioso y portentoso como un oso aunque esté pelao pero a cachetadas le van a salir más pelos que yo tengo en mi espalda. No será Hispa pero Ano sí que tiene de sobra.
Y puestos a ser malvados, he aquí una imagen que vale por muchas palabras de como se puede interpretar esa fiesta de la Hispa-anidad: un intercambio de pareceres de arriba a abajo, de dentro a afuera, empujando y expulsando, sístole y diástole anal... O Hispano-anal, como se prefiera.
Bueno, bueno... ya sé que es una gran ordinariez esta imagen, por más que bastante gráfica, del significado para muchos de la Hispa-anidad, de como se la metieron hasta el fondo a muchas culturas autóctonas que se las ven y desean para conseguir rescatar sus raíces. Pero tampoco hay que echar la culpa a los "conquistadores", los conquistados, o sea, todas las actuales poblaciones y sus abuelos tiene parte importante y mucho que maldecir(se) a ellos mismos. Que no me vengan ahora con aquellos de: es que vosotros, los españoles, nos habeis hecho esto o aquello... Mira tú, mi familia no estuvo nunca allende los mares atlánticos y yo hasta 1984 no pisé tierra amerinda (afortunadamente, porque me encantó; no así algunos de los llamados autóctonos recalcitrantes que revindicaban no sé qué de sus raíces cuando sus raíces seguramente estaban en Galicia o Extremadura por no decir Andalucía o Cataluña), pero más vale callar que el zocotroco que sale del agujero negro no es moco de pavo para obviarlo. Así que no he celebrado ni pienso celebrar esta festividad tan "hispana". Estoy harto de tanta Hispa-anidad.
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© Juan Rodort, 2016

martes, 11 de octubre de 2016

Altura de sexo... h(j)artura sexual


(Con el debido respeto y permiso de esa marca de la izquierda: WF 2013)

Pero es que llega uno a hartarse de comer siempre de lo mismo, a todas horas... hombre, esto ya es una monotonía que no tiene nombre: sí lo tiene Hartazgo (de sexo) por más señas. Y es que uno ya no está para estos trotes ni cabriolas. Sí, está muy bien eso de los escarceos amorosos (él, o sea: uno, siempre lo hizo por amor). Atrás quedaron los días del látigo y los correctivos en cuero y en cueros... los adminículos, los culos en franca dilatación hasta barreras sin barreras franqueables a todo trapo, puño o aplauso interno. Aquello era un tiempo de orgías y desenfrenos, de poppers seudolegales tomados a modo y que a alguno desgraciadamente le corriera nariz arriba y abajo hasta el pulmón, la tráquea y el píloro... Vamos, hasta el culo de todo y, claro, así se terminaba, como unos zorros (aquellos trozos de cuero atados a un palo que servían para sacudir alfombras, allá en el siglo pasado y antes incluso, nada que ver con la caza del, "deporte" muy inglés). Ahora ya está uno hecho unos zorros de tanta vida de zorrón viejo a pie del camino, para el arrastre (término taurino, mal que le pese a los antitaurinos), para el descabello (ídem de lo de antes), para tomar sopitas y buen caldo... directamente de eso mismo que están pensando (un zocotroco duro y chorreante).
Pues ¿cómo se ha llegado a estas alturas a semejante h(j)artura? (con jota aspirada para dar énfasis a esa muda hache). Pues al visionado diario de foto tras foto de muchacho escultural, bragado (tapado con braga o similar) y depilado, musculado y más "ados" y hados del Destino que llega a cansar tanta carne rutilante. Lo poco, gusta; lo mucho, cansa. Algo así. Pero de lo que no se puede uno cansar es de esa altura de sexo, del sexo alto, gordo, enhiesto surtidor de sombra y ensueño de placeres para el embeleso y deleite de la boca, los ojos, la mano y todo lo demás, que uno no solo acaricia con los dáctiles sensitivos sino con toda la piel a flor de ella misma. Pero de todo se termina uno cansando hasta llegar a una h(j)artura sexual...
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 10 de octubre de 2016

Escalera al Paraíso


Quién lo habría de decir, que encontraría la entrada secreta del Paraíso...
A la salida de un pueblo de Cantabria, buscando un lugar para el retiro definitivo
Pero lo que el viajero no logró adivinar es que ese lugar ya estaba ocupado por alguien que se le adelantó en el tiempo...
Recoleto sitio donde pasar el resto de su vida en paz y total tranquilidad. Acompañado por los árboles de la fidelidad y de la sensibilidad.

Bienvenido a casa, dice uno; reposa bajo mis ramas, toma mi fruto jugoso dirá el otro...
Y el viajero descansará y se detendrá por mucho tiempo, quizás por todo el tiempo que le reste andar por este camino temporal...
La espera habría merecido la pena si la casa estuviese libre para este viajero que no podrá sentarse a su puerta, en ese jardín soñado tantas veces a lo largo del camino...

(Publicado en “De nuevo contra la pared”, miércoles 24 de septiembre de 2014)

Y dos años después de este providencial evento, quién lo habría de decir, el viajero sube los peldaños de su nueva casa en Cantabria donde procurará descansar del largo, largo y cansado viaje...
La espera ha merecido la pena para este viajero que podrá sentarse en este jardín soñado tantas veces a lo largo del camino...


Viendo como maduran las uvas... sin ira
Y a verlas venir, que suban por la escalera al Paraíso...

viernes, 7 de octubre de 2016

Sabroso sexo

 Sí, es lo que parece y están haciendo. Inútil comentar nada. Las palabras sobran

Y no es que sean mis preferidos a la hora de espiar sus escenas amatorias, pero no voy a despreciar la visión de un buen agujero negro en expansión... y no hablo del ciberespacio sino de un músculo que se dilata al impulso de un beso apasionado. Cursi, a más no poder, pero qué le voy a hacer, al fin y al cabo uno también es un empedernido romántico... sexual.

Y ya para colmo de lo obvio y explícito... Titulé a esta foto subida del proceloso mar de Internet y de Google por más señas libre y diáfano, claro como la luz que les calienta entrambos culos, uno al sol y el otro al sol que más calienta: el ñaca-ñaca (así titulé esta foto). Pero no deja de tener un sabroso sabor a pieles calientes y húmedas, un sabor áspero o dulce según sea el ñaca-ñaca (aquí parece que despacioso, tomándose su tiempo, sin prisas); no deja de ser un sabroso sabor de sabroso sexo...
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 6 de octubre de 2016

Sabor a mí...



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Tanto tiempo disfrutamos de este amor,
nuestras almas se acercaron tanto así
que yo guardo tu sabor, pero tú llevas también
sabor a mí.

(fragmento de bolero)

Y hoy, mirando esta foto que ayer rescaté de una página de Internet, no dejo de pensar en ti. Tú eras como el cuerpito de la derecha de esta foto, el muchacho que dulcemente me pasaba el brazo por el hombro y sonreía mientras los dos mirábamos al mar después de prometernos amor eterno... o algo así; una promesa que se fraguaba después de la alianza de ponernos un pendiente en la oreja, un arito de oro como muestra de nuestro amor, como un compromiso. Gestos, anécdotas, recuerdos. Solo quedan fragmentos de aquel aire marinero que inundó nuestros cuerpos después de hacer el amor verdaderamente, porque lo que hacíamos antes de esa tarde era follar salvájemente, como dos animalitos sedientos de amor y de sexo, todo hay que decirlo. Tú me soltaste una vez, después de mis envestidas orgásmicas, que te gustaría ser también el que penetrara en vez de ser el penetrado sistemáticamente... Y yo te dije que no había problema e inmediatamente intercambiamos nuestras posiciones. Los dos iguales, los dos mezclados en un nudo que creímos indisoluble... Un año, ¿dos? No llegó al tercer año cuando tú decidiste buscar nuevas formas de satisfacción porque lo nuestro estaba ya muy visto y sabido. No en vano fue una repetición de aquella noche después de nuestro verdadero compromiso, no porque hubiésemos hecho el signo de los pendientes como señal de alianza casi matrimonial... ¿Quién pensaba entonces en eso? Ay, la cabeza se me va en un maremágnum de recuerdos apelotonados que ahora ya no podría saber si son ciertos o me los invento acomodaticiamente para adormecer mi dolor. Un dolor antiguo que tiene tu sabor, un sabor amargo de la derrota, de cuando tú decidiste dejarme para navegar por otros cuerpos más jóvenes que el mío, más iguales al tuyo... para caer en brazos o bajo el peso de otro que, dicho sea de paso, era más viejarras que yo y más feo (no lo niegues, perdiste con el cambio). Ahora qué más da. Si ni siquiera sé si vives o dónde andas. Solo me queda aquel sabor a ti. Pero ¿tú guardas algún sabor? Sí, estoy seguro. Fui tu primer amor. O el único amor paseado por otros. No, no me envanezco de mi hazaña. Tampoco me creo que fuese el desvirgador de turno. No, tú ya tenías cierta experiencia, pero no en amar. Amar aprendiste a hacerlo en mi cuerpo, escribiendo caricias con el tuyo, sorbiendo las mías... Así que ahora, donde quiera que estés tú también llevas sabor a mí...
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 5 de octubre de 2016

Cóctel de sexo (bien agitado, pero no mezclado)


¿Qué hacen ahora mismo los miradores de España, Australia, Canadá, Reino Unido y Emiratos Árabes Unidos conectados a esta página?
Pues lo mismo que estos muchachos, una cama redonda pero visual...
Y es que es de agradecer la asiduidad de ciertos sectores miranderos que no cesan de abrir páginas sobre todo si traen sustanciosas y jugosas imágenes, porque ¿quién lee hoy en día los textos de los Blogger? El tiempo justo de apretar la tecla y que salga la imagen que, si es del gusto o epata al mirador, seguirá enganchado a la red cibernética como la mosca despistada atrapada en la telaraña. Y ahí es donde estamos todos atrapados, miradores y mirados, en el ciberespacio, donde quiera que sea que esté, se encuentre, se almacene, se ubique o se transmute píxel a píxel hasta formar esta imagen orgiástica de muchachos enlazados, abrazados, retorcidos, reconfortados y acostados que más bien parecen posar para la foto familiar que gozar del momento lujurioso. Y es que a estas alturas del visionado ya estamos más que hartos de cuerpos desnudos, o casi. Porque ahora ya no dejan asomar la pilila, el pene, la polla, el zocotroco enhiesto y duro que es lo natural cuando hay una reunión sedente y despelotada de tíos que no están nada, pero que nada mal formados y dotados (se les supone) para las artes amatorias (homo). Y si no que se lo pregunten al barbitas de la primera fila según se mira la foto a la izquierda, el morenazo peludo, no el rubito o pelirrojo (que tampoco está mal del todo pero tiene otro tipo de morbo); el muchacho de la barba negra está en un séptimo cielo del placer y el obnubile a que le tienen sometido los otros seis acólitos a su espalda enroscados para que no se escape (él ni lo piensa hacer). Porque, ya puestos, lo mejor es hacerse un septeto o un cóctel de sexo (bien agitado, pero no mezclado).
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© Juan Rodort, 2016

martes, 4 de octubre de 2016

Otra historia de marica viejo


La oscura tarde de un otoño en ciernes...

Anochece en los rincones recién mudados, desconocidos muros,
la casa se enfría de miradas cálidas que esculcaron sucedáneos versos
en montones de papeles que no saben su lugar y desconfían,
memoria arrinconada y descosida; imposible buscar su nombre,
ir en pos de su sonrisa impresa en fotos también guardadas,
fotos testimonio de otros días que nostálgico recuerda a medias,
días de lejanos jardines resecos en la distancia de los días;
anochece sin tregua para buscar ni un atisbo de su rostro.
Nuevos días, nueva casa, novedosos rincones y ventanas ofrecen
una perspectiva insólita si no fuera ya sabida;
inútil engañarse, dejándose llevar por la penumbra de otra tarde,
la oscura tarde de un otoño en ciernes...
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© Juan Rodort, domingo 1 de octubre de 2016

Y quién quiere ya tirar la piedra de las ofensas olvidadas o a medio olvidar... Supone que a estas alturas de la película ya nada le puede importar o afectar a su vida, al final de su vida, pero está bien equivocado y ofuscado en su desmemoria paulatina de aquellos días de rutilantes rostros y pieles sedosas como gamos en pleno salto; así era él y los muchachos de quienes se rodeaba o buscaba compañía. No es que fuera tras de los imberbes cuerpos desnudados, es que éstos se le echaban literalmente encima por un necio afán de aprendizaje, de verle como a un padre-Pigmalión. Y él aceptaba de buen grado estos escarceos, estos acosos a que era sometido en los lugares públicos menos oportunos. Como aquella tarde en que unos muchachitos revoltosos subían las escaleras del Metro desde el andén de la estación de Chueca haciendo bromas a su costa y entablando atrevidas apuestas que él mismo estaba deseando que realizasen... ¡Y lo hicieron! Haciendo como que se caían en tropel encima suyo, uno de los mozalbetes se le agarró al culo y le dio un descarado repaso de nalgas y cintura tratando de meter las manos en zonas bien cubiertas pero abultadas a simple vista, mientras los otros niñatos reían y subían corriendo adelantando al chusco encuentro del joven con el adulto madurito que agradeció en el alma notar que era deseado, que tampoco le hacía falta saberlo por ya sabido y comprobado en los bares de ambiente que solía frecuentar. La frase para la historia marica la dijo el muchachito agarrador: "¡A mí, un hombre como este me lleva a su chalé de Cercedilla y me caigo muerta del gusto!". Precisamente tenía que ser Cercedilla, no CIempozuelos (el viejo manicomio) o simplemente al chalé de la sierra (que debía de dar por sentado que tendría al estar tan sobrado de todo lo que había palpado y más). Por eso, ahora mismo qué poco le importa si aquel rostro que buscara en la oscuridad cerniente de la tarde otoñal no es como él lo recuerda, lo importante es que lo tuvo entre sus brazos y ahí le quedan restos de sus células mezclados en las suyas...
Y no deja de ser otra historia de marica viejo.
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© Juan Rodort, 2016


lunes, 3 de octubre de 2016

Al que le gusta, repite...


La noche anterior no la recuerdas ni la querrás recordar por mucho que lo intentes ni yo voy a despejar tus dudas de qué pasó entre nosotros... Tú sabrás si pasó lo que debía o que tenía que pasar cuando alguien se emborracha a conciencia para perder la ídem y quedar a mi merced, previamente hecha la jugarreta de meterte en mi cama mucho antes de que la reunión de amigos terminase... ¿Qué no te acuerdas? Pues yo sí. Cuando todos se hubieron marchado casi a empellones al darme cuenta de tu desaparición y encontrarte tendido-desmayado-inconsciente encima de mi cama, justo con esa camisetita de tirantes y aquel pantaloncito rojo que tanto me emputecía –y tú bien que lo sabías, no vengas ahora con disimulos-. Allí estabas, abierto de piernas mostrando parte de tu sexo adormecido no mucho más de lo que tú ya estabas. Al darme cuenta de tus necias intenciones, até cabos e hice cuentas... pero me sobraban dedos de una mano para saber que eran dos los que tenían que lidiar aquel toro alcoholizado que por mucho que quisiera disimular su enredo al final saldría bufando y diciendo eso de yo no sé lo que me ha pasado, he bebido mucho, no recuerdo nada...

Una vez la casa vacía de mirones, recogí los restos de la reunión y dejé todo amontonado en el fregadero para otro día con más calma hacer los deberes de la casa, ahora tocaban otros deberes impuestos por un niñato que quería aprender el oficio de aprendiz de brujo... Y yo todavía estaba en edad de enseñar a párvulos imberbes o ya barbados los rincones ocultos de sus mentes, desdoblar sus remilgos y exponerlos desnudos a la cruda realidad de sus intenciones: follar con un tío (ser follados, las más de las veces). Y eso era tu intentona, inhibirte de responsabilidades, dejarte hacer; te di la vuelta para poder meterte entre las sábanas y tal cual estabas te arropé no bien te hube quitado el calzado. Vestido con tu camisetita de tirantes y aquellos calzones cortos –que tanto me emputecían y tú bien que lo sabías, no me canso de repetirlo- que más que taparte te dejaban al descubierto el montículo de tu sexo encabritado, porque tú estarías muy borracho pero en los medios se notaban las ganas que tenías de jolgorio y de ordeño... a mano. Algo así, no tan soez, te conté que había pasado y tú te preguntaste cómo amanecistes desnudo si yo te había dejado vestido la noche antes... Misterios gozosos. No quise dar más explicaciones, pero tú bien que sabes –y no trates de disimularlo por más tiempo- lo que pasó entre nosotros aquella noche. Efectivamente, te metí entre las sábanas pero después de quitarte los deportivos, el pantaloncito rojo –no llevabas nada debajo- y esa camisetita de tirantes que también sabías que me emputecía; todo fuera, en bolas te dejé para mi regocijo y manoseo. Sí, me harté de pasar mis manos por tu cuerpo caliente y contorsionado; no parecía que estuvieses muy dormido después de todo porque respondías contorsionándote a cada andanada de caricias mías... Tu sexo agigantado, palpitante, batiente en vaivenes laterales o por un instante recto, duro y rezumando una leve gotita por el glande... Mi lengua absorbió ese néctar de dioses tan esperado. Mi boca ofreció cabida a toda tu embestida pues ¿creías que follabas? Tu pelvis subía y bajaba en rítmicos compases. No, no podías estar tan borracho, por más que tus ojos siguieran cerrados... No, tampoco fue así exactamente. Esto era lo que yo siempre hubiera deseado, pero no, lo nuestro fue más complicado. No fue fácil desnudarte ante tus protestas y manotazos, pero lo hice. Desnudo por fin en mi cama y a mis expensas. Un sueño realizado. Lo siguiente fue más difícil, darte la vuelta... Quería yo trastear por tu orificio, palpar bien esas redondas nalgas tuyas peludas y que fueron un regalo para mis dedos, para mi lengua, para mi sexo encabritado que no pudo contenerse y se coló hasta dentro sin ninguna resistencia...

¿Tampoco te gusta esta versión de los hechos? Pues seguimos: tú echado en mi cama, semidesnudo; ya te habías quitado todo menos el calzón rojo –ese que tanto me emputecía y tú bien que lo sabías- y esperabas que los demás se marcharan para hacerte el dormido so pena de estar muy borracho; hiciste bien tu comedia, pero te salió un drama. Violación. No querías, te arrepentiste a mitad de la faena... te entró el miedo, el pánico anal. Pero te ensarté como esperabas y apretaste el culo hasta que no pude aguantar por más y te llené, justo en el momento en que tú te vaciabas a espasmos, los dos dando brincos y haciendo crujir la cama. ¿Tampoco lo recuerdas? ¿Cómo es que a la mañana siguiente estábamos los dos desnudos y abrazados con evidentes muestras resecas de nuestros respectivos orgasmos. Varias veces durante la noche, por cierto. Y parecías muy a gusto cuando yo insistía en embestirte con mi ariete enloquecido... Ya, tampoco lo recuerdas. Pues es una pena, o un pene: el tuyo, redondo y terso, descapullando fácilmente cuando comienza a echar los chorretones de lefa, una fuente con surtidor espástico. ¿Qué soy un guarro? Sí, lo sé. Igual que tú, no creas que porque tengas novia (que vive muy lejos, por cierto) te salvas de la quema. ¿Te ha gustado? Pues ya sabes, al que le gusta, repite...
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© Juan Rodort, 2016