jueves, 28 de julio de 2016

¡¡¡Al agua, muchachos!!!


Algo así podría haber sido ayer a mediodía en la Placita de la Virgen... Pero no, eran siete muchachitos (menores de edad todos) en calzoncillos variados de colores transparentados por el agua -para los que gusten de deportes de riesgo (mirar a mozalbetes impúberes canéforos)-... Pero no, eran esos chavales que se ponían a remojo en la fuente pública, una de esas que los chorros salen directamente del suelo haciendo dibujo con el pavimento. Ahí estaban refrescándose del calorazo que caía fundido del firmamento derretido que era lo que teníamos por cielo, blanquecina espesura que los rayos perniciosos transpasaban como cuchillos cancerígenos, directos a las pieles... Bueno, bueno, que no van por ahí los tiros. Que, a parte de lo peligroso de estar expuesto a la luz solar a mediodía sobretodo, lo importante era que esos chavales se lo estaban pasando de muerte refrescante y chorreante. Me habría quedado a verles saltar, correr, chapotear como locuelas foquillas en su medio. Y es que ayer era eso lo que se apetecía. Y me habria quedado a mirarles y a divertirme con sus cabriolas, a espiarles a alguno de ellos que ya despuntaba algo más que la adolescencia por el muestrario. Pero, morbos aparte, no me quedé por el aquel de que no se confundiera el personal: un viejo mirando a niños que juegan en el agua inocentemente... De inocentes nada, la inocencia es una edad de la que ellos ya ni se acordarían haber pasado. Pero el caso es que les envidié por el descaro y el valor de despelotarse (casi) en público y dar saltos y gritos en franca alegría contagiosa... Eso es lo que me faltaba a mí, que me contagiasen de esa sana alegría del ocio gratuido y sin malicia. Pero quedé satisfecho con los escasos segundos que sus imágenes mojadas refrescaron mi retina acalorada. Y seguí mi lento camino, total ya estaba casi a la mitad y yendo por la sombrita podría llegar sin ninguna lipotimia intermedia hasta mi refugio en la soledad de mi casa vacía...
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 27 de julio de 2016

Entrenamiento futboerótico

Si me los hubiera encontrado de aquesta guisa correteando por el verde sintético del campo rotulado de líneas blancas y amarillas para delimitar el juego de fútbol y el de futbito... el impacto no habría sido tan tremendo, porque fue a medida que yo entraba por las gradas semivacías del estadio municipal cuando me percaté de la erótica del baile que ejecutaban los muchachos en el terreno de juego. Entrenaban, era evidente, a las férreas órdenes de un compacto entrenador cuadrado, rotundo y amo y señor de vidas y concupiscencias de su alumnado obediente y sumiso... Lo eran, sumisos muñecos que repetían una y otra vez las jugadas maestras hasta estar en la disposición que el tirano del silbato ordenaba a gritos, corrigiendo, deteniendo, rehaciendo las posiciones bien dibujadas sobre el terreno. Y es que en mi modesta visión del juego veía sus dibujos y alineaciones en grupos en movimiento. Yo los miraba desde un plano más elevado, el que dirigía las operaciones estaba a su mismo nivel óptico ya que icluso era más bajo que alguno de los muchachos sudorosos que correteaban con dorsales verdes y rojos para diferenciarse en los supuestos equipos. Varios balones en juego, echados a la palestra por auxiliares daban continuidad a aquel tormento de Tántalo de repetir una y otra vez las mismas posiciones, lanzando balones, rematando balones... y utilizándolos como objetos de deseo bajo sus vientres en apartadas esterillas en la sección del córner donde hacían juegos pélvicos con las entrepiernas alzadas un grupito que me llamó mas la atención y allí me dirigí para estar cerca de lo que mis ojos intuían desde el otro extremo del saque de banda... (dominio de lenguaje futbolero el mío). Estaban tendidos mirando a las gradas y cuando alzaban sus piernas podía verles el inicio del blanco calzoncillo y una línea de paquete que ya me prometía sudado y jugoso... Tanto como la puerta abierta de los vestuarios donde un cuadrado y rotundo corpachón de masajista le estaba dando... masaje a unos muslos robustos desnudos hasta las ingles, aunque de espaldas... Yo ya me imaginaba las manos masajeando los glúteos redondos y calientes, bajando por la entrepierna hasta la erecta posición encerrada bajo el peso de aquel adonis tumbado. Una hora masajeando un muslo, a eso lo considero yo una masturbación en toda regla... Y si no lo habría sido, cuando terminó su turno ante las insistentes llegadas de otros muchachos con deseos de usurpar esa tendida posición para ser ellos el objeto del deseo del fornido cuadrangular cuerpo peludo que atenazaba aquellos más que maduros músculos, macerados debían de estar ya... Pues esta erótica fue subiendo de tono cuando el masajeado primero se levantó en todo su esplendor de piernas depiladas hasta las ingles, pronunciando los bellos músculos y algo más que no distinguía del todo pero que él disimulaba con rápidos toques de atención para que no se desmadrase de su rincón camuflado... Del mismo talante estaba otro rubio y guapo cuerpo tocando la punta de su paquete bien definido en tienda de campaña alzado, como disimulando y mirando al recién masajeado que se desperezaba en la puerta del vestuario... Y el clímax de la jugada homoerótica lo dieron tres de los del grupito que se flexionaba-contorneaba tendidos en sus esteras; subieron  a la misma altura donde yo me encontraba sentado espiando sus movimientos, haciendo como que seguía el baile del centro del campo, pero solo en periférico, miraba yo a aquel rincón del vestuario donde una tina cúbica esperaba a los desnudos cuerpos de aquellos maravillosos jóvenes que se estaban quitando sus ropas deportivas quedando en calzoncillos: blanco, rojo burdeos y negro muy ajustados a sus redondos, duplicados glúteos. Las espaldas trapezoidales sin vello, las piernas columnarias sin vello... ¿Lo tendrían entre el triángulo mezquino de tela que les cubría el púbis? y todo lo demás que no pude alcanzar porque estaban de espaldas... pero daban grititos por el agua fría de la tina o por la excitación de estar los tres mojados, próximos, cachondos perdidos, rozándose los muslos... como si no lo hubieran hecho nunca... Farsantes. Al griterío melindroso se les unió más comparsa y yo ya no pude aguantar tanta carne abierta y expuesta ante mis ojos ávidos de una poca de piel pero no tanta... Inicié la retirada; uno ya no está para muchas más emociones, porque aquello más bien me pareció un entrenamiento futboerótico...
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© Juan Rodort, 2016

martes, 26 de julio de 2016

Culos vampirizados

Pero no son estos cuatro culos los que he vampirizado, no. La foto que les tomé a aquellos incautos muchachos no ha salido bien, está como velada, transparente, sin cuerpos... después de sodomizarlos en plan vampírico hasta dejarles sin jugos, con hambre para siempre de sexo barato en las esquinas, de chupar penes en urinarios públicos que no sean de pago -ahora ya tan difíciles de encontrar-, de saciarse de semen más que de sangre en una sed ávida de cuerpos de otros muchachos afines a sus gustos: joder la vida al prójimo durante las horas nocturnas de descanso. La Banda del Moco Motorizado va bien servida por esta madrugada. Han crecido y ha merecido la pena la espera de un par de años más de aguantar sus chácharas estúpidas al pie de mi ventana. Pero ahora que me mudé a esta cripta porque el calor de las noches me derretía el plasma, ahora ya no volverán a molestarme en mis tranquilas noches de músicas enlatadas y recuerdos de tiempos dorados en penumbras de otros brazos ausentes por el aquel del resurgimiento o redención a que nos someten algunos pervertidos estaca en mano para dejarlo todo perdido de excrementos de sangres mal digeridas...
Y es que duermo mal ultimamente. Primero fueron las calores y luego las visitas inoportunas de grupúsculos variados de niñatos y niñatas. Los últimos han sido esta extinta Banda del Moco Motorizado (lo de Motorizado se lo he añadido porque anoche todos llevaban casco de motoreros aunque sean vespinos ruidosas lo que usen entre las piernas ya que otra cosa...). Venía con ellos una muchacha inexperta que hasta puede que esperara una demostración de hombría por su parte, pero ellos estaban demasiado sumidos en sus batallitas, en liarse esos porros de mala calidad que le destruyen las neuronas, o la única neurona con que nacieron, mareada y famélica por la corriente de baja inteligencia...
Esos mocos de hombre que ya tuvieron su merecido sicario, que tantos esfuerzos me costó pagar a cómodos plazos -eso hay  que decirlo- que los matones de hace años estaban de rebajas. Pues estos mocos secos ahora ya ni podrán sentir ni por delante ni por detrás; les he dejado intactas sus bocas para que succionen los fluidos de pajilleros de urinarios o en los parques de ligoteo de mala muerte... Muerte en vida les he dejado, sodomizados vampíricamente, culos vampirizados...
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 25 de julio de 2016

Dani, de nuevo...


                       Y es que no me lo puedo creer, lo miro a mi lado, ahí tendido, desnudo, dormido aún con lo tarde que es... ¿tarde, para qué? ¿Para volverse atrás? No, ya no hay más remedio que mirar hacia adelante, a lo que surja, porque no puedo pedir más. El haberlo tenido ya es suficiente satisfacción y orgullo por mi parte, que un viejarras como yo se haya traído a la cama a un muchacho como él. Dani, sí. Estoy acostado a su lado, mirando su cuerpo perfecto, tibio, con restos de la pasión de anoche aún pegados y resecos en su tersa piel....
                       ¿Anoche? Pero si no hemos parado durante todo el día, desde que llegó, desde que entró por esta puerta como un desafío a las risitas de sus amiguitos... Sí, muchas risas pero Dani levantó la persiana de la puerta de la calle para comprobar que detrás estaba yo espiándoles, como tantas otras veces, pero esta vez con la sorpresa de ser yo el espiado. Sí, estaban al tanto de todo, de mis miraditas, de mis persistentes quedadas detrás de las persianas de la casa para verles enfrente, en sus reuniones improvisadas o despedidas dilatadas. Y sí, los otros dos amigos están liados desde el instituto. Los tres fueron compañeros de clase, pero Dani ya lo tenía claro desde mucho antes, que a él le iban los tíos, pero los verdaderos hombres, mayores, nada de muchachos de su edad. Y sufría cada vez que veía a su propio padre en ropa interior por su casa; es hijo único y la madre los abandonó ni hace ni tanto así, que tenía que ir a por tabaco... muy lejos. No ha dado señales desde entonces. No, nunca admitió la homosexualidad de su único hijo, siempre culpabilizó al padre de ir por la casa con poca ropa, de ser demasiado mimoso con el chaval, que se les veía tan unidos y ella estaba quedando excluida de su mundo, de un mundo de hombres solos donde no cabía nada más que ellos dos. Porque Dani adora a su padre, en todos los sentidos, un amor casi rayano en lo incestuoso, fantaseando a veces con él, avergonzándose por ello porque sabe que no está bien, socialmente no. Pero sus jóvenes células es lo que le piden, carne madura, ya hecha. Ay, Dani, Dani, Dani... le decían sus dos amigos y confidentes –el vecinito lo es mucho más, con quien se confiesa más a menudo, con el otro tiene sus cosas pero por su carácter es más distante porque tal vez se sienta amenazado ya que está enamorado del vecinito; yo no sé qué les da este muchacho delgadísimo, escurrido, guapito de cara cuando se deja barba a la moda, como ahora, pero escuálido de miembros... ¡como no sea el del bajovientre!-. Pues eso, Dani, que vas por mal camino, que no te puedes enamoriscar de viejos, que lo tuyo con tu padre raya lo enfermizo... Y Dani les llorisquea que no lo puede evitar, él es así desde hace mucho y los mayores le ponen...
                       Desde ayer en que llegaron a las siete de la mañana de las fiestas del pueblo de al lado. Llegaron en el coche del vecinito, Dani en el asiento del copiloto, cosa rara pues es el sitio fijo del otro, del novio eterno; en el asiento trasero una chica, la mariliendres de turno que no se entera pero que es muy amiga de Dani, junto al otro que venía muy contento y destapado, los tres venían demasiado puestos y se han despedido ante mis narices –salvo por la persiana de la puerta que nos separaba; ellos ya lo sabían, han tardado en parar el motor del coche, han cuchicheado dentro, han reído y luego parado el motor-, Dani ha sido el primero en salir. Se ha estirado levantando los brazos y dejando todo su bajovientre al descubierto, plano, con ligeros pelillos del ombligo para abajo entre la camiseta y el pantalón largo súperajustado que le marca todo mucho más; el resto han ido saliendo y desperezándose pero menos ostentosamente que Dani, han recogido los restos del botellón que traían en el maletero del coche, bolsas con botellas y algo que el vecinito ha tirado en la papelera más próxima, algo que no desea que vean en su propia casa donde ha entrado después de despedirse rápidamente; el otro amigo se ha ido por la derecha hacia su casa, lo mismo, sin volver la cabeza y Dani y la chica han echado a andar en dirección contraria –a mi izquierda- y yo me he quedado como hipnotizado mirando a través de las rendijas de la persiana, sin saber qué hacer, degustando la bella imagen del cuerpo de Dani al pasar casi rozándome... Pero al poco, quizás unos segundos, aparece ahí mismo, levanta un poco la persiana y me espeta un ¿me esperabas? entrando sin más y cerrando la puerta tras de sí... Ahí mismo en la entrada hemos comenzado el zafarrancho de combate, el volar de las pocas prendas de vestir que ambos llevamos encima, las suyas, sobretodo el pantalón cuesta más sacarlo y lo hacemos estando él ya tumbado de espaldas en esta cama. (Porque tengo todo aquí abajo, a mano, las mesas, las sillas, la cama, la ducha... para no tener que utilizar la planta de arriba que está totalmente vacía a la espera de que venda esta casa).
                       Es la primera vez que me ocurre algo así. Que se me echen encima de esta forma porque siempre he sido yo el acosador, el que ha iniciado y dado el primer paso, pero esta vez como que no me ha sorprendido, como que ya me lo esperaba y no han hecho falta muchas explicaciones. Después de nuestro último encuentro el otro día en la calle, él paseando a su perro y supuestamente atento a la pantallita, resulta que me espiaba en periférico; no es astuto ni nada este chico. Chico no lo es y de cuerpo menos, aparenta ser más frágil de lo que sin ropa es. Tiene un cuerpo muy bien formado, se diría que reforzado por sesiones de gimnasio, pero es natural, hace la gimnasia justa para mantenerse en forma. Un cuerpo para medirlo al milímetro no solo con la vista sino con los dedos, con la lengua... Recorrerlo entero y seguir envolviéndolo en un mar de caricias que Dani se ha dejado hacer antes de empezar él mismo al ataque y he sido yo el objeto pasivo, el que ha recibido sus atenciones... Así nos anocheció. Nos hemos levantado lo justo para ir al baño juntos donde hemos seguido ejercitando nuestros cuerpos en un juego bajo el agua de la ducha para volver a tumbarnos mal secados sin importarnos que la cama, las sábanas o lo que de ellas quedara encima de la cama se mojasen. Hemos parado a comer algo, a beber algo, desnudos, comiéndonos con la mirada, bebiéndonos con nuestros labios una y otra vez; nos ha anochecido, Dani ha hecho dos llamadas en el entretanto, para decir a su padre que se quedaba donde el vecinito y a él para advertirle de la mentira entre risitas de sí, ya te contaré, maravilloso, no te lo puedes imaginar... y demás que me han dejado algo mosca. ¿Es una apuesta? ¿Se han puesto de acuerdo para ponerme en evidencia? Pero ¿de qué? Más evidente que mis constantes sesiones de espionaje. O sea, que ellos estaban al tanto, que me veían, me intuían a través de las rendijas de las persianas... Dani se ha tendido a mi lado y me ha contado su historia, sus gustos, un poco de todo. Luego hemos seguido con el siguiente asalto... Y así durante toda la noche, en una maratón como hacía tiempo que yo no tenía.
                       Y hoy, Santiago y abre España, amanece en el cuerpo de Dani a mi lado, desnudo, dormido, con evidentes muestras de nuestras lujurias resecas en la piel. Abre los ojos, es un segundo amanecer para mí el verle. Sonríe, dice un murmurado bondía y se me sube encima para cubrirme de besos y caricias que una vez más me saben a poco cuando termina.
                       Porque ha terminado, se ha vestido, sin ducharse ni pararse a desayunar. Se ha ido con un finsdesprés a media sonrisa, no antes de mirar a izquierda y derecha y el frente hacia las ventanas del vecinito. Se ha ido...
                       He estado poniendo un poco de orden en esta estancia polivalente donde hago mi vida, he desayunado y estaba sentado ante el teclado cuando un timbrazo largo me ha hecho saltar del sillón hacia la puerta. Abro y... Dani, de nuevo...
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© Juan Rodort, 2016

viernes, 22 de julio de 2016

Por mi puerta pasarás... Y pasé. (Epitafio)

Ausencia, ausencia
Termina el jubileo de nostalgias asesinas de especular asombro
cuando paso ante su puerta ignorante de caricias a él debidas.
Cuerpo ausente en la memoria incierta de los días portentosos,
de aquellos días en fuego pervertido en su presencia,
cuerpo desleído de insustancial recuerdo, ofuscado en hostigarlo;
paseo ante la puerta de su tumba pretérita.
Mórbido recuerdo de sus besos repintados adorna mis heridas
rezuma hiel por los costados aparcados a su vera,
calle desierta sin su nombre anclado ante su puerta,
calle canal de extensos puentes sucumbidos al pasarlos,
quisiera no llevarle nunca más curtido indomable a mi piel atado,
opúsculo premiso de las tardes inhóspitas cuando se iba.
El aire promiscuo de su calle inunda mi aliento en salpicones
y espuma de otros días suspendida en sus rincones,
en algún oscuro pliegue de caricias uncidas a mi grupa dolorida,
en voraces viajes táctiles, sus dedos y trémulas manos
dubitativas en aquellos días aprendidos de memoria implantaron
una carne dilatada de su piel a mi piel profética, terminante.
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© Juan Rodort, miércoles 20 de julio 2016

jueves, 21 de julio de 2016

Pero tus ojos siguen siendo azules...


Y es que desde que fuimos novios en aquella lejana (ahora) juventud (suya, más que mía), desde entonces ha llovido mucho en diferentes partes del mundo donde nos hemos movido ambos, sin encontrarnos más que de puritita casualidad en aquel Madrid que nos vió amarnos y desearnos con tiernos ojos al más puro estilo "Mujercitas"... No, no me arrepiento de tamañas cursiladas. Eran otros tiempos. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando una buena tarde me lo descubro tal que así (en la foto de arriba), ¡¡¡moreno y peludo!!!
¿Qué fue de aquel muchacho fuertote pero no en demasía, rubio como la cerveza alemana, de azulina mirada (que es lo único que le queda)? Le pregunté, qué hacía él en la Red de redes, ahí suelto a la vista de cualquiera... con malas intenciones. Me lo explicó, que en tiempos de economía flaca tuvo que hacer ciertas fotos ad hoc para ganarse unos dineros (o dólares, pues no ha vuelto desde entonces).
Y la última, la de caerse muerto es la foto que me ha mandado (solo para mis ojos) del personaje de su última palícula... Porque debo presumir de haber sido el amor de este hombretón (antes, más asimilable) y que le debo versos como los siguientes:

13-14 enero 1989

 

Escribo en mis rodillas
antes de acostarme,
la una de medianoche.
    Escribir algo en tu memoria.
    La memoria tiene algo tuyo,
    memorizo tu nombre.
Quedan las palabras:
    azul – azulina – azul iridiscente,
    rubia jaculatoria – rubia oración carnal,
    la proeza de tu nombre susurrado al oído.
Quedan las fechas, los días,
    flores secas por toda la casa
    recordando frescos atardeceres
    cuando tú venías con unas rosas
    y un beso ardiente en mi piel.
Oscuros murmullos, ensoñaciones, palabras,
nos quedan los relojes vigilantes
marcando el rito de antes de las diez,
siempre la espera de tu casa,
    los adioses,

   un vals de porcelana,
   níveo cuello, portentoso talle...

Pero tus ojos siguen siendo tan azules...
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 20 de julio de 2016

Una noche loca

Al fondo se ve Torremolinos en el reflejo del mar, los Chicos de Chueca suben por una carreterita de montaña entre urbanizaciones pioneras de la escalada libre hasta donde se pueda construir. Van a la espera de encontrar un sitio de ligue de lo más selecto según les anuncian en una dudosa guía gay que uno de ellos ha comprado. Pero cual no será su sorpresa cuando la carretera termina a las puertas de ¡un balneario! que encima está de lo más cerrado por reformas que se pueda imaginar: "El Niño del Remedio" "Aguas milagrosas". Hay un parque alrededor que se pierde en la oscuridad. Oyen aleteos de aves y graznidos despavoridos de patos, ánades, cisnes, grajos, cornejas... aves en la noche. Y ellos. La sorpresa redunda con el descubrimiento de un muchacho alocado, mojado, sudoroso, lelo, que corre y salta por medio del cenagal de una charca-estanque donde se pretendía celebrar un remedo del "Lago de los Patos" venido a menos en la coreografía y en la música de grillos y gritos de hombres desnudos jugando al que te pilo, que te pillo, por el hoyo que la costa forma abajo... Todo eso sin mediar palabra, que cuando indagan del por qué de tanta patosería, el noi o xiquet, según se diga en su pueblo del alto Castellón de la Plana, de donde misteriosamente viene el menda, entablan una cordial entente social que se traduce en un pass a cinq tras alocadas aves que no se transcribe lo que ellas dicen-graznan porque siempre hay un cierto pudor al escribir horrorosos tacos en sánscrito... La escena termina con un alocado quinteto chorreando verdinas y caca de pato. No se sabe si al final fueron cazados los patos o hubo una rebelión de ánades cabreadas. Esta es la historia (real como la vida misma) que vivió El Viajero cuando pasaba unos días visitando a unos amigos en Arroyo la Miel, esto es lo que aproximadamente les pasó en una noche loca.
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© Juan Rodort, 2016

martes, 19 de julio de 2016

Tú, alguien como tú en la mañana...

Era alto y rubio como la cerveza, como la buena cerveza belga servida en copas altísimas de sofisticados diseños de esas que dicen que cuando te las llevan a la mesa el camarero te pide en prenda el zapato... Nunca me ocurrió nada semejante en mis visitas por el territorio belga pero es que ya esas copas antiguas solo estaban de adorno como un improvisado museo codicioso de las miradas de los coleccionistas compulsivos, los que , como yo en aquellos días, compraba, robaba si fuera preciso, el objeto encaprichado por mis ojos que son y serán mi perdición. Sí, casi lo fueron en aquel enredo de miradas por las Ramblas barcelonesas, en una de esas mañanas de domingo en que yo salía de casa -entonces vivía en la calle San Pablo, pasado el hotel España a unas cuadras del Liceo-, digo que salía sin propósito fijo, a verlas venir... Y helo, helo por do viene el infante vengador... ¡Sanjesúsbendito del big power! ¡¡¡Qué belleza rubia!!! Pavoneándose, contoneándose, sabiéndose lo que era!... un putón suizo. Eso lo supe luego, en días sucesivos. Pero primero me lo pasé por la piedra. Sí, estaba tal como el rubio de esta foto. Sí, tú, alguien como tú en la mañana del lunes siguiente al encuentro con fuegos artificiales en nuestras miradas... a la altura del rosetón de Miró en el pavimento de las Ramblas. Su moto poderosa me había llamado la atención un poco antes, unos metros antes del fogonazo de aquellos ojos en mis ojos; saltaron chispas incendiarias que pusieron más que mosqueado al contrincante, el novio, un armario ropero de cuatro cuarpos enfundado en cueros moteros, que le venía a la zaga pero en aquel instante yo no lo vi más que con la vista periférica... La historia la he contado por activa y por pasiva. Hoy toca contarla desde la otra orilla, desde el punto de vista del rubio, sí, tú, alguien como tú en la mañana...

Volvíamos de mirar una pensión en donde quedarnos Tomás y yo. Ya estábamos cerca de nuestra moto que dejamos estacionada en mitad del paseo que llaman Las Ramblas, cuando le vi aparecer por un costado de la máquina; era un tipo moreno, muy peludo como me gustan a mí, con el cabello revuelto y terminado en una coleta, vestía... la verdad es que solo me fijé en su cara, en sus ojos que se cruzaron con los míos a dos metros de la moto. No sé, fueron segundos o eternidades, pero nos lo dijimos todo con la mirada. Yo deseaba tocarle, que él me poseyera salvajemente y no con las tiernas caricias de Tomás que ya me tenían un poco aburrido... Le deseé tanto como vi que él me deseaba a mi. Nos volvimos prendidos aún por la mirada hasta que Tomás me llamo la atención, creo que estaba algo mosca por mi ensimismamiento por la visión de aquel tipo... Le vi alejarse entre la multitud y nosotros nos montamos en la moto; no sé por qué, pero todo el mundo nos miraba, quizás por la máquina que llevábamos entre las piernas, puede que por todo el conjunto nuestro. Al bajar por el paseo le volví a ver en la gran acera central bordeada de árboles gigantescos y abigarrada de paseantes que se entrecruzaban arriba y abajo como una especie de ritual. Luego supe que era el sitio más emblemático de esta ciudad. Llegamos a la pensión cerca del puerto, por los alrededores porque el puerto es extenso y alargado, pero estaba bien situada, en un primer piso con una habitación discreta, total no fue muy caro el precio que Tomás pagó; él siempre es quien paga todo, a mi no me importa, ya se lo dije desde el principio de nuestra relación: tú pagas, yo obedezco. No, no es que sea un puto ni que me venda por cuatro francos, no. Pero el guapo soy yo y si alguien quiere disfrutar de este cuerpo tiene que pagar mis caprichos. Y uno de estos caprichos era la Costa Brava, pero Tomás se ha cabreado conmigo porque me dejé llevar por mis bajos más que por mi cabeza cuando me enredé con aquellos dos holandeses en la disco de Lloret de Mar y a la mañana  siguiente salimos para Barcelona sin más explicaciones suyas que el silencio durante el viaje. Pero es que no lo puedo remediar, es ver un tío peludo, grande, o mal encarado y se me corre el rímel de gusto... Soy como soy, ya se lo dije en Zurich cuando le encontré arreglando coches en aquel taller donde mi entonces novio llevó el suyo y a mí, pero yo no sabía que me llevaba para que me arreglasen el cuerpo como lo hizo Tomás en los servicios del taller, mientras mi novio discutía el precio del arreglo del coche con el dueño del taller... Desde entonces estoy con Tomás, un gran tipo, bueno y metódico; el primer polvo fue muy apasionado máxime que él estaba manchado de grasa y se lubricó con ella toda su excitación para poseerme violentamente contra la puerta del servicio. Luego no ha sido más feroz que hasta la noche de Lloret de Mar en que me desgarró la ropa para decirme que era una puta mientras me pegaba y me besaba al mismo tiempo... ¡Es lo que me gusta! Ahora estamos camino de encontrar un restaurante donde comer algo, que ya es demasiado tarde incluso para aquí que comen a horas extrañas; subimos caminando por Las Ramblas y ¡nos volvimos a ver! El mismo tipo electrificante, la misma mirada, las mismas palpitaciones y castillos de fuegos artificiales al verle... No cuento ya lo que sentí cuando se nos acercó y nos preguntó si nos podía ayudar... Tomás le preguntó por un sitio donde poder comer y él nos dijo que le siguiésemos, que debajo de su casa había uno... Caminamos en silencio, yo no podía decir nada porque el corazón se me salía por la boca... Llegamos pronto al sitio: "El Pollo Rico" se llamaba; el tipo nos dijo que vivía en el segundo piso, nos señaló el timbre de su puerta y que si después queríamos tomar café... Yo me olvidé de todo ante un plato de polo que, era verdad, estaba muy rico. Después de comer, al salir me sorprende Tomás conque va y llama a la casa de aquel tipo del que no sabíamos nada salvo que yo me ahogaba solo de verle... Se asomó al balcón, con una cara de estar durmiendo la siesta y dijo que bajaba... Al poco abrió el portal y subimos a su casa por una oscura escalera antigua. El piso era luminoso, casi vacío de muebles pero lleno de cuadros porque Paco -así nos dijo que se llamaba- era pintor. Y nos hizo café... Hablamos, Tomás más que yo que solo le miraba con una tremenda erección que se me debía notar. Y quedaron en que Paco nos serviría de cicerone durante la tarde, que nos iba a enseñar Barcelona... pero yo lo que quería es que Paco me enseñara era otra cosa...
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 18 de julio de 2016

Dani, el otro amigo...





 

Venía yo de dar mi paseo matutino-dominical, tan ufano por haber conseguido levantarme de buena mañana y aprovechar los dormidos rayos de sol antes que ellos igualmente se despertasen –cosa que una vez de vuelta en casa hicieron, con los resultados de encerrona a cal y canto, ya eran las nueve de la mañana-; aproveché la fresca brisa arremolinada en esquinas y escondida en las sombras de los olivos y demás arboledas sedientas del camino, una antigua vía de tren que estuvo en servicio hasta mediados de los años 80 del siglo pasado. Venía yo, de vuelta de ese paseo, con mi bolsita con 4 churros –aquí le llaman así a lo que en Madrid dicen “porras”- que esperaba descerrajar a fuer de mojarlos en un bote de azúcar blanco alternativamente con la taza de café con leche migado de cereales...Un desayuno “ligero” para después de una larga caminata interrumpida mucho antes de su primera meta: el pueblo de al lado a unos 4 km (no creo que hiciera yo más de 2 km en cada trayecto de ida y vuelta); y aquí estaba, de vuelta, callejeando por las sombras de las calles aún llevando mi gorra de larga visera puesta en la cabeza, evitando el sol desperezado e indolente que no iba a tener otra que ponerse rabioso a mediodía (lo está mientras escribo estas líneas, supongo porque ni intento asomar la cabeza al exterior, me basta con ver su brillo y tocar los dobles cristales desde dentro para comprobar que están tibios). Y tibio me he puesto con el encuentro del muchacho. Venía él de frente, ensimismado en su pantallita, la cabeza gacha, casi metida la nariz en el cuadradito luminoso, muy atento a lo que fuere; venía él con ese artilugio de atontamiento en la mano derecha mientras de la izquierda le colgaba la correa del perro, un negro y lustroso perro grande de raza la que sea que no tiene que ver con mi relato, pero mucho más inteligente que su dueño y paseante –aunque no sabría decir quien paseaba a quien-; el animal al descubrirme desde la otra esquina miró hacia la cara del chico para recabar instrucciones y como no vio respuesta en la pose hierática gacha y oferente de adorador de pantallitas por la vía pública en procesión automática, el perro me miró como diciéndose: éste ya no tiene remedio. Era el comienzo de mi calle, donde los chaletes tienen su jardín privado y cerrado delante de la fachada de la calle con una acera interior a otro jardín público que va entre otra acera que ya da a la calzada (creo que me he explicado, que yo iba por un vergel de plantas semitropicales en flor, exultantes de aromas y frescor porque aún no le había dado el sol; ese pasillo de verdor y belleza enmarcaba la silueta del muchacho desconocido de la cabeza gacha. Llevaba un pantalón corto hasta las rodillas, unas piernas velludas y recias enfundados los desnudos pies en chancletas cantarinas a cada paso, entre la cabizbaja cabeza de corto y revuelto polo castaño oscuro vestía una camiseta amplia de rayas multicolores conjuntadas en tonos ocres y marrones, los brazos dorados y con un vello de oro viejo... Ya enfrentados, yo temía-deseaba un encontronazo para agarrarme rápidamente a su culo diciendo eso tan socorrido: ¡ay, que me caigo!, pero no, el muchacho levanta la cabeza... me mira y mi corazón se detuvo en un segundo eterno de admiración ante aquellos ojos adivinados tantas veces de espiarlo desde mi casa hasta la puerta del vecinito de enfrente –el de los amiguitos que he relatado-fantaseado en otras ocasiones-, unos ojos que ahora los tuve a escasos centímetros de los míos, un cuerpo que pasó casi rozando el mío, una voz dulce y tímida que me saluda dando los buenos días ante mi balbuceo nervioso y admirativo. ¡Era Dani! El tercero en discordia o concordia, el único del que sé su nombre pues los otros lo dicen recriminatoriamente ante sus comentarios y salidas, seguidos de esas poses de ojos ce carnero degollado mirando al cielo, de esos levantamientos de hombros como que le da lo mismo lo que ha dicho, de aquella noche en que, lloroso, era consolado por el larguirucho de mi vecinito (que debe tener algo entre las piernas de cierta admiración entre sus coleguitas porque normalmente se la pasa cabeza gacha mirando su telefonito y riendo tontamente ante cualquier mensaje recibido, largo, seco, sin culo, pero con paquete abultado... quizás ahí esté la clave de su éxito entre sus coleguitas y amigos: dos, el fijo, el novio de siempre desde que eran menores de edad (de la mental creo que siguen siéndolo). El mismo Dani que suele ir de non en los paseos en coche, en el asiento de atrás. El Dani cadencioso en sus andares felinos y coquetos de modelo femenina años 50 del siglo pasado. El mismo Dani que chorrea pluma en ademanes y voz pero que denota poseer más inteligencia que sus dos coleguitas juntos ensamblados. El Dani que siempre me ha intrigado y deleitado remirar desde mi oculta atalaya entre persianas semiechadas. Ese es. Dani, el otro amigo...
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© Juan Rodort, 2016


viernes, 15 de julio de 2016

Ábrete de orejas

(Un 9 de julio de 2014, 21:43 y un jueves 14 de julio de 2016, 18:47)

La tarde termina y en la noche se olvidan los amores desdichados,
secretos sueños de esperanzas y de nuevos amores del día nuevo,
oscuros deseos revoloteando en mi ventana velan mi sueño,
se introducen bajo las sábanas para contarme los besos olvidados
en cuerpos del día antiguo.

Esta tarde recomienza con retazos de amores suspendidos,
inmersos en nostalgias y ensoñaciones de otros amores olvidados,
oscuros deseos que revolotean por mi sueño
y comparten la butaca donde recuesto mi abulia; siento,
deseando, que tu cuerpo retorna a mi regazo.

Cierro los postigos del día antiguo, esperando –tu cuerpo, siempre-
oníricos deseos hechos carne cuando te pienso
en oscuros pliegues recostado –tu cuerpo, antes-
del sillón dormido que entrelaza nuestros desnudos cuerpos,
los restos de sus células, en él atrapados. 

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© Juan Rodort, 2014-2016

jueves, 14 de julio de 2016

Allons enfants de la Patrie, le jour de gloire est arrivé!

 
Pues como algunos vecinos de por ahí arriba estarán ahora cantando eso del alonsanfándelapatrie leyurdegloriesontarrivé no voy a decir mucho más que no se haya ya dicho en otros 14 de Julios pasados, presentes o futuros... Lo mejor es dejarse llevar por el fresquito de la brisa marina (la de donde sea, siempre que esté lejos del mundanal ruido y pocas nueces). Esta foto que acabo de visionar de otro compañerito del G+ me viene peripintada para mis propósitos de refrescar la mente demente, que he pasado unos días acalorado y sofocado y sudoroso como todo oso que se precie con tanto vello que es bello, quizás no tanto como el vello del bello tipo del bañador rojo -cegador al sol, no hay otra cosa en esa playa a la que dirigir la mirada, salvo quizás al mozo del bañador verde azulino que aparece por el fondo; sí, tendrá menos pelitos pero con una cara de rubito desprotegido me vale para refocilarme cibernéticamente con su cuerpo. Y es que estoy a base de pantallazo de tío bueno retenido en la retina que se conforma con poco, luego ya le hará funcionar al resto de las células como es debido hasta llegar a algo, no mucho, que con las calores no me llegaba la sangre a determinados rincones... Y para qué voy a relatar intimidades que en vacaciones a nadie interesan... Pues, a mirar al trapo... y embestir, aunque sea de esa forma torera tan en menosprecio ahora, pero este es un toreo de salón, sin sangre a primera vista, luego... ya veremos a dónde van a parar los ríos. A mí, desde luego, ya me gustaría ir a parar al lado de este morlaco, encima, debajo, al lado, de través, como sea, pero a su vera y a la del otro diestro que se aproxima por la siniestra (según se mire). Así que, lo dicho: 
Allons enfants de la Patrie
Le jour de gloire est arrivé !
Contre nous de la tyrannie
L'étendard sanglant est levé... 
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 13 de julio de 2016

Lo más preciado


Lo más preciado que tú tienes -dices- es tu joven cuerpo, moreno, musculoso, turgente... Pero tu piel no eres todo tú. Tienes unos ojos reidores que en lo profundo enmarcan cierta tristeza. Y es que piensas que ese cuerpo tuyo es lo único que posees. No te aprecias lo que vales.
Bien mirado, si buscamos las referencias en que te has criado, si vemos con quienes frecuentabas determinados ambientes para sacar dinero rápido... a cambio de unos manoseos de tu preciado cuerpo... es la respuesta a la situación en que ahora te encuentras: acorralado.
Hay quien te llamará prostituto, puto u otra mala palabra para despreciar tu arte de vivir, de sobrevivir. Pero es una tristeza que solo vean en ti a ese joven cuerpo tuyo que se debate entre la más cruda miseria del barrio donde naciste, donde te criaste a duras penas, sobreviviendo en diaria lucha por sobreponerte a la degradación a que te abocan los que te rodean.
No, tú no eres solamente tu cuerpo. Esos ojos tuyos dicen muchas más cosas que llevas dentro. Pero, claro, lo fácil es exponer tu carne al comercio de ésos que, una vez te han utilizado, te despreciarán por ser una barata mercancía para aplacar sus bajos instintos.
Algunos compañeros tuyos no tuvieron tanta suerte, algunos perecieron a manos de crápulas viciosos que los destruyeron físicamente con sus manos a fuerza de malos tratos sádicos mal pagados, nulamente pagados; actos que no debieran tener ni precio ni comercio, ni víctimas como ellos...
Tienes un bello cuerpo. Lo sabes y lo utilizas. Más bien lo malgastas en bagatelas. Tú eres un dios joven de cuerpo endiabladamente perfecto. Tú eres la Belleza misma hecha efebo. Tú posees un don en esos ojos cuando miran como solo tú sabes hacerlo. No malgastes tu hermosura en fáciles intercambios, apuesta mucho más alto, como tú bien te mereces...
Si tú quisieras, podrías ser mi dueño. Bien lo sabes, pero en el fondo me desprecias. Porque tú no eres marica, eso me has dicho. Tú solo comercias con tu cuerpo. Pero ¿es ese tu don más preciado?
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En "De nuevo contra la pared". Viernes, 24 de abril de 2015 
© Juan Rodor

lunes, 11 de julio de 2016

Acalorado estoy


No lo voy a negar, Ibiza era así de refrescante hace cuarenta años... ¡¡¡Cuarenta años!!! Dos generaciones de muchachos como el de la foto... Incluso podría ser yo mismo si por aquel entonces hubiera encontrado un bañador igual. Cosas peores hice en aquella Ibiza loca de interregnos de jipis a tecnos pop... ¿A quién le importa ahora? ¿A quién le importaba antes? A mí no me importaba en absoluto llevar una braga-bañador, que no llevar nada; mi bañador favorito era un calzón cortito por debajo de las ingles, de un rojo brillante que me marcaba lo que no tenía, afirmado por dos líneas blancas en los costados; por detrás debía tener una estampa de caerse de espaldas, por los comentarios y miradas lujuriosas que me llegaron en mis diarios paseos por las playas de Cala Bassa, Cala Tarida o la doméstica Cala Grasió donde retozábamos antes de ir a comer al hostal. También podría ser esta foto la de otros de los muchachos que conocí en aquellos días: Manel, Santi, Pep... y tantos otros que tuve en mis brazos o debajo de mi cuerpo... al lado, encima... Frescos cuerpos salados y chorreando sensuallidad por todos sus poros, cuerpos hermosos en sus primeros veinte años -yo siempre fui el mayor del grupo, apenas unos años más-. No voy a negar que la nostalgia me invade entrechocando las espumas de los días transcurridos hace cuarenta años... Se dice pronto: ¡cuarenta años! Casi he triplicado aquella tierna edad en que me despelotaba sin tapujos ante propios y extraños, en que me dejaba acariciar por distintas manos sin distingos de sexo ni edades (tuve un acoso sexual por un menor que intentó -no lo consiguió, afortunadamente para los dos- llevarme al catre). Y es el calor que me pone como nostálgico, así como místico-revoltoso de las partes medias-bajas que se elevan solas al menor pensamiento lujurioso de otra época que no sabe de edades ni respeta canas ni fuerzas... Porque ya no estoy para estas cosas, tan solo para contemplaciones místicas del Verbo hecho Carne entre las Espumas de Afrodita, tan en carne viva como este muchacho de la foto... Ay, acalorado estoy...
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© Juan Rodort, 2016

viernes, 8 de julio de 2016

De entre los muertos...


Bueno, ya sé que se me parece un poco, que yo no puedo competir con este modelazo, pero por ahí van los pelos... o los tiros, porque esto se está poniendo como para salir a la calle en calzoncillos blancos, de esos por la media pierna faldones, con un cuchillo de carnicero descomunal en la mano, dando alaríos y haciendo aspavientos con los brazos mientras los ojos inyectados en sangre se salen de sus cuencas y echo espumarajos por la comisura del labio inferior... La gente me mira sin extrañarse ya de nada, pues después del resultado de las últimas elecciones en este cutre país ya no se puede nadie extrañar de nada. El recurso del pataleo, es lo que me queda (mi otro Blog), para desfogarme del tabardillo que llevo dentro. Ay, cuando era como el de la foto ut supra los tiempos transcurrías de forma más lógica, incluso yo mismo era así de macizorro y atlético. No es que me avergüencen mis carnes redondeadas y para nada atléticas -aunque dicen que el que tuvo, retuvo... pero, no-. Pues eso, que vuelvo de entre los muertos, como un Lázaro apestado de ignorancia y desidia por saber qué pasa, qué ha pasado, qué pasará... Atrás, muy atrás queda aquel combativo Viajero que mandaba a  tomar vientos a cualquiera a la primera de cambio. Ahora ni me  atrevo a dirigirle la palabra al prójimo salvo para el saludo escueto del bon día mañanero camino de la biblioteca de este pueblo. He vuelto a mi casa vacía, vacío de esperanzas a medida que pasan los días sin llamadas de los compradores. ¡Cómo echo en falta a los gemelos de la tele, esos que arreglan casas y las venden en un pispás! Yo haría esa jornada de puertas abiertas con gusto, pero para que vengan las vecindonas a curiosear y ver cómo vivían los maricones de la esquina... Bastante tengo con que el perrito -lo llaman Norit- de la vecina (falsa ella como ella misma) se me ha meado esta mañana en mi esquina impoluta. HE echado salfumás, polvos antiparásitos, lejía, vinagre... agua, sal y un poco de ajo, porque ya puestos podría quedar una ensalada de lo más guarrona. Estoy medio enloquecido y no es para menos porque esta tarde cierra la biblioteca en horario de verano -solo abren de mañanas- y tengo que venir a teclear al centro cibernético juvenil; no sé yo por qué lo juvenil tiene algo que ver con lo hortera o lo desconsiderado; pues parece que lo tiene, ahí está el monitor con la música hortera de una emisora local a todo gas. Y es que hay que decir que al cierre de la casa el 17 de junio pasado le tocó cancelar el teléfono y el internet. Dejé un símil de celda trapense para subsistir a la vuelta y hasta que logre vender esta casita que tantos desvelos nos ha costado y tantos empeños hemos puesto en su cuidado para ahora -no voy a contar la historia, claro- tengamos que deshacernos de ella. Y es que no se pueden mantener dos casas y para qué mantener una casa en el infierno si ya tenemos otra en el paraíso fresco y verde del Norte. Porque el verano levantino ha cambiado de talante, ya no es como antes, este caloret superlativo no hay cristiano que lo aguante, tal vez los moros puedan (Moros y Cristianos es el tema). He vuelto de entre los muertos albares del gran norte, tampoco hay que enfatizar; en todas partes cuecen garbanzos y los cambian por crudos... Eso era antes: ¡Al cambio crúo! gritaban los vendedores de garbanzos tostados cuando yo era más niño que ahora mismo que vuelvo a esa niñez impertinente de los viejos con bastón y que nos creemos con derecho a bastonear al impertinente, sin mirarnos ni darnos por aludidos. Pues no doy la lata más, que hace calor para  tanta letra. Me digo un bienvenido bajito para no incordiar al prójimo, unos muchachos que juguetean con los videojuegos en las otras pantallas de la ludoteca...
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Juan Rodort, 2016