martes, 31 de mayo de 2016

Fuera del circuito


Está claro que cuando posees un cuerpazo como el de este muchacho no te hacen falta recursos del pataleo ni darte contra la pared de ningún sitio, porque no tienes que demostrar si todavía te acuerdas de cuando tenías juventud y hermosura; menos te importará el mostrarte como él se muestra, con esos gayumbos desgarrados por alguna mano caníval que ha muerto dando zarpazos ante el intento infructuoso de conseguir los favores del apuesto mozo. No, él está ahí para enseñorearse ante todos, para humillar al feo y viejo marica que ya ni se acuerda de cuando tuvo un vientre plano y una cintura marcada. Para humillarme, directamente, al igual que lo hacen todos esos clónicos modelos de plastificadas pieles homologadas y marcadas a fuego por las modas; humillado y entristecido por quedar fuera del circuito.
.........................
© Juan Rodort, 2016

P.D.: Pero, que me quiten lo bailao... si pueden.

lunes, 30 de mayo de 2016

Belleza masculina


Pose natural y al natural. De natural hermoso, cuerpo desnudo de hombre que reposa indolente sobre un soporte mientras imagina su propio cuerpo; de ahí tal vez esa incipiente elevación del sexo. Enamorado de su propia belleza. Narcisita modelo de una foto tomada al albur de entre las páginas cibernéticas de la Red. Belleza cibernética pero no estereotipada, clásica belleza, armónica belleza, sin demasiados músculos inflados por sustancias "embellecedoras". Belleza natural. Belleza masculina.
.........................
© Juan Rodort, 2016

P.D.: Hoy he querido "protestar" con estas cortas líneas ante el abuso de la carne musculada, de las imágenes sobreactuadas de modelos masculinos repetidos, clónicos hasta la saciedad; hoy he querido hacer una breve reflexión del mito homosexual masculino: el cuerpo masculino. La Belleza tiene cuerpo de hombre.

sábado, 28 de mayo de 2016

Tomando el fresco


Mira tú que bien, ahí parado (en el doble sentido de la palabra según se dice al otro lado del charco) me han hecho esta foto y yo es que ni puedo recordar cuando ni dónde fue tomada. De lo que no cabe duda es de que tenía calor y me saqué las joyas de la corona a refrescar mientras el fotógrafo se decidía a disparar o a entrar al trapo de mis partes bajas. Llegado a este punto es que me daba ya lo mismo ocho que ochenta (literalmente)... o de cuatro en fondo, adentro. Y es que uno es muy suyo para ciertos asuntos, para airear las partes que sean necesarias al socaire de miradas jadeantes que deben salpicar las múltiples pantallas en que ahora mismo está expuesta mi imagen... Eso sí, hace ya algunos años, pues ahora las nieves del tiempo platearon mi sien, mi barba, mi pecho y no sigo enumerando lugares donde el negro vello se volvió cano; hirsuto lo fue siempre, lo sigue siendo. De lo que cuelga... ay, mejor no hablar que vivo de bellos recuerdos, de las glorias del pasado cuando no me importaba sacar la mercancía a tomar el fresco.
.........................
© Juan Rodort, 2016

viernes, 20 de mayo de 2016

Sin bragas y a lo loco


Cuando me lo contaron, se me cayeron los calzones a plomo y ahí me quedé, con los brazos cruzados sobre el pecho, sin poder hacer nada por evitar que el espectá-culo se convirtiera más bien en un espectá-pene... Y, bueno, sí, ¿qué pasa? ¿Es que nadie ha visto nunca la caída de unos pantalones? Pues antes (ya lo decía mi abuelo), el sastre, antes de cortar un traje y confeccionar los pantalones preguntaba eso de: para dónde carga, para hacer la caída del pantalón correctamente... No sé si se refería a ésta caída. No, más bien no. Creo que tal vez fuera a otro tipo de caída o de carga... del paquete (supongo), que es lo que se ha quedado ahí, sin saber si debe subir o si se tiene que esconder entre los repliegues... Y es que no somos nada con los pantalones bajados... (por eso uso gorra y gafas negras, barba y llevo además un peluco hortera, para despistar).
.........................
© Juan Rodort, 2016

jueves, 19 de mayo de 2016

El sol lame nuestros cuerpos


Como cada mañana, el sol lame nuestros cuerpos infiltrándose por entre las rendijas de la persiana y divide nuestra cama con una cálida cinta que pretende dictar un armisticio a los goces nocturnos entrelazados en pasada batalla caníval. Tú te deslizas entonces sobre mi vientre y abres el arco triunfal de mi deseo para derrocar nuevamente al rey que anteriormente abatió tu inocencia sin ningún remilgo; no te valieron súplicas ni quejas, sufriste el asalto de mi ariete-maza en toda su potencia hasta diluir la roca de tu carne en tibios arroyuelos que, ávido y avaro por no dejar el más mínimo goteo, succioné para compartirlos al instante con tu boca. El sol martillea la cama jadeante, fundida en una sola piel de sábanas y abrazos como nudos gordianos por deshacer o cortar por este rayo impaciente que ansía vislumbrar los sexos enjaulados, los más íntimos rescoldos de nuestra nocturna polución a ciegas. No existen las palabras en esta mañana tibia en que te hundes más y más dentro de mis células, profundizando en una voraz excavación que impera eclosionar en estertores aullidos, como cada mañana que el sol lame nuestros cuerpos...
.........................
© Juan Rodort, 2016

miércoles, 18 de mayo de 2016

Toda la carne en el asador...

Es difícil saber si tanta carne cabría en esta parrilla de salida, ya que el estado ansiolítico o la falta de nutrición caníval en que se encuentra el que mira tanto cuerpo apetecible pudiera ser la causa de una tremenda indigestión...





 
De momento han entrado unos pocos de cuerpos que parecen estar dispuestos a que se les hinque el diente o lo que se tercie, unos cuerpos listos para ensartar al gusto de cada cual...

martes, 17 de mayo de 2016

Aquellos días de invierno


Orán, 1980
Viernes, 28 noviembre
(“Speak to me”. The Dark Side of the Moon. Pink Floyd)

               (Ríen, ríen, ríen en la cara oculta de la Luna,
               transición de los sonidos, las palabras enroscadas fríamente a tu cuerpo).
               Aquellos días de invierno antiguo, cuando venías envuelto en lana,
               tu piel se estremecía al contacto frío de las sábanas.
               Qué olor, tu carne redonda y tersa bajo las mantas,
               y la música marcándonos bajo aquel techo negro y a rayas de colores,
               la máscara sobre el portatiesto y la estufa eléctrica cerca de la cama.
               Tú reías deslizando digital caricia cuerpo arriba,
               yo reía tu caricia dibujada
               en los cuerpos atrapados en la tarde azul fucsia de los tragaluces enturbiados.
               La música y los cuerpos recordando algún renglón perdido en nuestras cartas,
               las macetas de aspidistras llenas chorreando verdor en los rincones,
               un mueble atiborrado de trastos inservibles;
               tu cuerpo y mi cuerpo abrazados, repitiéndose tantas veces...
.........................
© J.R. Ortega, 1980 "Pretextos, diario futuro para una espera, o varias"

Después de leer estos versos perdidos por entre las páginas de "Almendras amargas" llego a la conclusión de que no sé si todo aquello fue un sueño, repetición de varios sueños o de un sueño dentro de otro sueño... Fue la clásica historia del hombre, todavía joven, que encuentra a un muchacho inexperto e intenta iniciarle en los juegos amatorios homoeróticos sin que él mismo domine el amplio abanico del tema de la piel abierta a las caricias, adentrándose en un terreno proceloso e incógnito hasta dejarse caer en las redes del discípulo que finalmente ha aprendido más que el maestro -pura intuición la suya- y le tendrá atrapado en una obsesiva red sado-maso, al amparo de una buhardilla celestina, de un gato alcahueta y unas músicas copulativas que les sirvieron de guión y guía en las tardes invernales de aquel Madrid lleno de panfletos incendiarios y consignas abotargadas que quedaron en agua de borrajas con el tiempo. Aquellas tardes de principios de invierno, al sol intruso por entre los vidrios de la claraboya, al calor incipiente de la raquítica resistencia eléctrica de una estufa que apenas les calentaba el amor imbuido entre frías sábanas de una colchoneta poblada de caricias desmayadas y al desgaire parsimonioso de lánguidos besos de dos seres que se buscaron las geografías erógenas de sus recién descubiertas pieles. Profesor y alumno aventajado, aunados en unísono aprendizaje digital, revueltos en lances de glauco romanticismo en sus entrepiernas sorprendidas... Tardes de arrullos decibélicos flotando en el oblicuo techo pintarrajeado de aquel ático-picadero.
Estas pueden ser las palabras enrevesadas que definan los primeros lances homoeróticos de un muchacho melancólico que no tuvo especial suerte a la hora del aprendizaje y se lo hubo de trabajar él solo a fuerza de encuentros casuales en lugares de alterne para tímidos maricas camuflados en oscuros rincones. Era guapo, casi de apariencia femenina en sus formas redondeadas, en sus gestos desmayados, en su dejadez y falta de iniciativa a la hora de comenzar un nuevo romance. Y los tuvo, precisamente por esta rara cualidad de retrotraerse como un caracol ante los ávidos cortejos de manos despiadadas que buscaban el final rápido sin importarles las dulces caricias participativas que tanto le habían marcado en quella buhardilla, en aquellos días de invierno.
.........................
© Juan Rodort, 2016

lunes, 16 de mayo de 2016

Siempre con 17 años


Encuentro esta foto de modelo desconocido que aparenta unos 17 años, aquellos mismos años en que yo era casi igual a él, muy parecido de cara, algo más velludo en pecho, brazos y piernas. Mi porte era atlético, espigado, de cintura breve y apretado paquete. Por qué iba a negarlo ahora. Sí, al verle hoy me he acordado de aquel yo, de cuando pasaba aquellos turbios y cruciales primeros 17 años y me obsesionaba con el amor prohibido, con el vicio contranatura, con la pasión malsana y la obsesión por poseer a mi mejor y único amigo... ¿Ya estamos rememorando? Pues sí, ya estoy recordando los viejos, viejos, viejísimos tiempos en que sentía la testosterona fluir por todos mis poros; fue entonces cuando comenzó el proceso de alopecia, cuando mi frente empezó a despejarse del tupé "yeyé" (así se les decía a los niñatos modernos). Con esta misma pose tengo una foto, vestido a la moda de entonces: pantalón ajustado, camisa de cuellos largos y un frondoso tupé ondulado que casi me llegaba al entrecejo. Hacía poco tiempo que había asistido al único concierto de The Beatles en la Plaza de Toros de Madrid y de ahí puede ser ese aire ensoñador, desafiante, díscolo y a la vez compungido ante el fracaso sentimental que me producía aquel amor de juventud, aquel primer amor que ha durado toda mi vida, como un dilatado surco de vinilo rayado en la misma cara, repitiendo: amor, amor, amor... doloroso, dulce, plácido amor, con rotunda melancolía. Y no es mi intención refocilarme en pasados amores imposibles de los que ya he hablado, escrito, versificado y recordado hasta la saciedad y mucho más; no, mi intención es la de subir a mi página cibernética el sentimiento de aquella belleza que se mostraba por primera vez ante mis atónitos ojos de post-adolescente enamorado del amor mismo. Aunque el primer objeto amado fuera aquel amigo hetereosexual hasta la médula al que no pude arrancarle ni una sola caricia y sí unos cuantos vapuleos físicos y dialécticos ante mi frustrado intento de tocarle... el paquete al acostarme a su lado la famosa noche aquella. ¡Ya he vuelto a recordar! Esta foto se asemeja a como era yo antes de toda esa vaina que me precipitó por un canal sin retorno hacia la encerrona de un armario que tardaría muchísimos años en abrirse a patadas desde afuera, sin mi permiso, pero que dejó un cúmulo de telarañas mojigatas pegado a mi piel enclaustrada durante tantos años. Quizás sea este el motivo de repetir y repetir siempre las mismas cosas, de revolcarme en mi propia mierda. Pero no voy a seguir por más con ese poso de amargura de mis antiguas frustraciones, sino que debo ponderar el descubrimiento de la belleza masculina, del de mi propia belleza reflejada en los objetos amados, esos jóvenes de 17 años de apariencia, hombres aprendices de hombres... Tal vez por eso quisiera estar siempre con 17 años...
.........................
© Juan Rodort, 2016

domingo, 15 de mayo de 2016

El cuerpo de Rachid



Aquí atado, casi al balcón; la tarde
y las palomas reverberando al sol. 
Tu cuerpo:
imagino un torrente azul templado y bruno
que a mis ojos distante salpica.
Ágil–esquivo palomo de las tardes estivales,
decir tu cuerpo: una caricia lejanísima vuelve
y vuelve usurpando a los rincones el sonido
suave de la tarde al enfriarse.
(Pretextos, diario futuro para una espera, o varias. J.R. Ortega. Orán, invierno 1980)

...Rachid tenía novia. Él decía que era una prima rica que vivía en Mostaganem, que se casarían y que tendría doce hijitos –se le iluminaba la sonrisa cuando ponía sus manos muy juntas para indicar lo pequeños que serían al nacer todos, como si fuera una gran camada de gatitos-. Era su pretexto, siempre lo decía antes de empezar nuestros acercamientos con táctiles caricias. Lo decía como para indicar que si ella, su lejana prima rica, estuviese presente sería el objeto de su deseo y no yo. Yo era un mero sustituto en el entretanto... Nos gustaba tomarnos de las manos y deslizar nuestros dedos, yema con yema, en suaves e interminables caricias; luego vendría una pulsación ligera y perturbadora, enturbiando sus ojos, imponiéndole un gesto de hambre caníval en los labios. Le seguía un desnudarnos con violencia que precipitaba su cuerpo sobre el mío hasta aquellos inesperados desenlaces de su huída nada más correrse. De alguna manera él me utilizaba y después que se marchaba me hacía sentir mal por no verle disfrutar. Y es que lo que yo quería era hablar después de corrernos, seguir entrelazados y disfrutar del momento dulcemente... Ahora, pasados tantos años es difícil reconstruir aquella atmósfera, solo me vienen desdibujadas imágenes y entrecortados perfumes. Aquel ambiente era sobretodo perfumado, con un denso sol acariciador; no quiero redundar con la cita del sol protector, remedo de otro cielo protector, pero sí, esa es una definición justa de cómo me sentía yo al estar junto a Rachid: protegido.
(Almendras amargas. J.R. Ortega, Asturias 2010)

Y, lo curioso del caso, es que en el entretanto de aquel medio mariconeo mío con Rachid, él seguía viéndose con Lorenzo Ramos. Sí, ya sé que venir ahora con estos correveidiles es sacar las cosas de quicio, rebuscar en el baúl de los trapos viejos, en la cesta de la ropa sucia de los recuerdos casi olvidados. Pero es que Rachid supuso un gran paso para aceptar mi homosexualidad. Yo me entregaba a él sin reparos, pensando que tal vez pudiésemos formar una pareja como muchas otras de amigos que conocía en Madrid o en Barcelona. Una pareja formal. Crear una "familia". De hecho él me tenía prácticamente adoptado, integrado en su familia; me llevaba a casa de sus padres a comer, a cenar y a "dormir". Nunca pudimos dormir mucho en aquellas noches de continuo manoseo y succión; terminaban bruscamente cuando él alcanzaba el orgasmo y salía disparado a lavarse, luego ya no aceptaba más caricias y dormía; él dormía, yo me pasaba el resto de la madrugada en vela tratando de tocar su cuerpo. Pero él no era marica, ni se consideraba homosexual; él tenía novia, lejos, en Mostaganem y era su intención la de casarse y tener hijos. Yo era el marica, el homosexual que le servía de moquero cuando a él le apetecía, nunca cuando yo se lo solicitaba. Esa era la regla.
El resultado de aquella relación fue que a la larga Rachid se fue enamorando de mi cuando yo estaba lejos, cuando la prima rica se casó con un viejo potentado. Él vino a España buscando rescoldos de aquellos días nuestros en Orán, pero yo estaba en una relación seria con el que hoy ya es mi marido; no atendí a los ruegos de Rachid de quedarse en mi casa, no podía alojarlo ni caer en la tentación de recordar los viejos tiempos. Él había cambiado, se había casado con otra novia que guardaba en la recámara y no sé que me explicó de que no le funcionaba el matrimonio; había tenido solo tres hijos de los doce que soñaba cuando yo le amaba todavía. Ahora ya era imposible. Nos tomamos una cervezas como lo hiciéramos antes en aquellas traseras reservadas de los cafés de Orán, pero esta vez no continuamos con ninguna caricia, tan solo un apretón de manos sustitutivo de los cuatro besos que nos dábamos en señal de ser casi hermanos, incestuosos hermanos...
Pero ¿no iba yo a escribir sobre algo más jocoso? Bueno, también es muy agradable el recordar el cuerpo de Rachid...
.........................
© Juan Rodort, 2016

sábado, 14 de mayo de 2016

Dar explicaciones de lo evidente...

(Esto no es lo que parece...)

Lo del que nunca llueve a gusto de todos es verdad porque hay gentes que piensan que "el buen tiempo" significa que haga sol y que no llueva, cuando es todo lo contrario porque los acuíferos hispanos se están secando o ya lo están algunos y el agua no nace del grifo de la cocina sino que nos llega desde el cielo, hay ríos que no traen casi agua o simplemente se queda a mitad de camino de su nacimiento. Y no hay quien les meta en la cabeza a estas buenas gentes esta evidencia climática. Y dado el parte metereológico no me queda más que comentar que estoy en una etapa ácida y mordaz, vengativo contra los machitos que me han puteado a lo largo y ancho de mi carrera marica (y antes incluso de tener conciencia marica). Por eso, las historias que cuento, los apuntes que rememoro no son los hechos verídicos ni forman parte de mi verdadera vida vigil; ya sabeis o adivinais, queridos lectores y seguidores, que soy de natural travieso y me gusta rizar el rizo. Solo son cuasi-ensayos, muestras de un juego lingüístico que en estos momentos me apasiona. Me gusta jugar con el poder de las palabras. Pero la reiteración del tema marica-dramático cansa y prometo darle un giro menos drástico y resentido a mis próximos relatos de orientación mariquiteril (no lo puedo evitar por mucho que lo intente). Me escucho y no me creo. Y es que ya lo habreis adivinado: no soy lo que se llama un verdadero escritor, sino que expreso y trato de plasmar mis ideas con palabras, como cuando pintaba con pinturas. Y es que dejé el oficio de pintar allá por el 2009... Pensándolo bien, estoy dándole vueltas a la cabeza como un trompo (o un polene, que decían en el pueblo donde nací, una trompa pequeña con rabito para hacerla girar) y volviendo sucesivamente al mismo punto de partida. En todos estos años no he ido ni he vuelto, no me he movido del sitio... Me sigue patinando la neurona, la única que queda libre por mi cerebro y aledaños; es algo así como dar explicaciones de lo evidente...
.........................
© Juan Rodort, 2016

viernes, 13 de mayo de 2016

Horas bajas del sexo


En estos momentos ya no te crees el rey de todo el mundo y lloras y te humillas ante la evidencia de sentir tu virilidad forzada, ultrajada, mancillada, rotos los precintos de eso que tanto apreciabas como  síntomas de tu hombría ("A mí, nunca me van a dar por detrás", decías). Pues, ¿sabes que te digo?: ¡Que te jodas!, amigo. No siento ninguna lástima por tu estado en esta amanecida de sábado. No me apena que te sientas jodido (literalmente). ("Que te den por culo", era una de tus frases preferidas). Ahora ya sabes lo que se siente cuando te dan por el culo. Aunque eso ya te lo han hecho suficientemente anoche ¿no? Ahora mismo, aparte del dolor de ano, que te parece lo hayan desgarrado con cuchilas al rojo vivo, de lo único que te preocupas es de aclarar tu cabeza apelmazada. ¿Qué fumaste? ¿Qué bebiste? ¿Qué mezclas no recuerdas que hicieras anoche? ¿Lo hiciste a propósito? Más lo parece aunque la cama revuelta de la que acabas de levantarte no sea la tuya, pero bien que la conoces de otras veces, estás en la casa de tu mejor amigo. Y él no está solo, sino que a su lado hay dos enormes maromos; los tres están desnudos y empalmados, siguen durmiendo la cogorza que parece que os pillasteis anoche. ¿Fue a propósito? De entre tu turbia cabecita una débil luz te está diciendo que fuiste tú quien les invitaste a unirse a vuestra particular fiesta. Querías tener una secreta venganza con tu amigo, harto de que siempre te acosara, de que se insinuase constantemente; aunque eso bien que te alagaba en tu fuero interno. Tú siempre lo habías deseado, secretamente. Si no, a qué tantas parrafadas para hacer eternas vuestras despedidas, a qué tanto echarle el brazo por los hombros y darle de palmadas si dices que te desagradaba la abierta militancia marica de tu amigo, tu mejor y único amigo. Porque ¿cuántos años llevais de "relación"? Desde los trece años en el colegio; luego en aquella academia preparatoria de la Universidad, después los años en la Escuela Superior de Arquitectura donde lo arrastraste a seguir una carrera que a él no le gustaba si no fuera porque tú estabas en la misma clase, porque juntos ibais y volvíais en su coche cada día, porque las tardes y los fines de semana los pasabais en tu casa repasando... y bebiendo y jugando al estrip-póker que, casualmente, tú solías perder para quedar desnudo ante sus ávidos ojos... Luego, ahora no me vengas con esas, no me seas lo que no eres: un macho herido (literalmente). Definitivamente lo has conseguido, sólo que se te ha ido de las manos y ahora ni recuerdas si el que te ha violado era tu amigo o han sido los otros o los tres, a la vez, consecutivamente, implacablemente... Es lo que tienen las horas bajas del sexo.
......................... 
© Juan Rodort, 2016

miércoles, 11 de mayo de 2016

Ahora no me digas que no lo sabías


Que era un sueño húmedo, que aún no te habías despertado, que no sabías lo que hacías o que estabas muy borracho... Pero no recuerdo que hubiésemos bebido nada de alcohol aquella noche, ni tan siquiera unas cervezas por la tarde. Todas estas escusas y muchas más te puedes formular esta mañana en que amaneces con el pelo alborotado y con la cabeza apelmazada, acorchada después de los esfuerzos por demostrarme que no eras lo que estabas demostrando ser, un consumado amante homoerótico; de nada te valió el inventar que tú hacías sexo por puro placer, sin importarte quien estuviera a tu lado, sin distingos de cuerpos, de edades o de tendencias sexuales. Que eras un espíritu libre me lo estabas demostrando con tus caricias a ojos cerrados, antes de darte cuenta realmente que ya estabas despierto. Que querías lo que habíamos hecho durante toda la noche era algo que tus ojos no pudieron camuflar durante el trayecto de tren desde Barcelona a Calella... Al poco de la salida de la Estación de Francia nos encontramos enredados; nuestras miradas convergían a través del corto espacio del pasillo del vagón hasta que uno de los dos inició las primeras palabras de acercamiento. Yo me senté a tu lado pasado El Masnou, supe entonces que tu destino era Canet de Mar; el mío, Malgrat de Mar. Pero me bajé contigo al llegar a tu estación; mientras fuiste a dejar la mochila en casa de tus padres yo te esperé en el bar de la estación dudando si volverías, si vendrías a lo que ya era una cita formal. Tomamos un refresco para romper el hielo y tus nervios, pues no querías que nos viesen juntos, por el aquel de las habladurías en el pueblo. Al siguiente tren proseguimos hasta Calella para dar un largo paseo por la playa, de vuelta a tu casa... Pero no bien hubimos emprendido el regreso por la playa cuando me cogiste del brazo para guiarme hasta unas barcas; allí destrás, parapetados de las curiosas miradas de los pocos paseantes y pescadores, casi me obligaste a iniciar el primer abrazo al precipitarte entre mis brazos, hundiendo tu rizada cabeza en mi pecho. No hubo más que comenzar un dilatado beso que no fue otra cosa que apretar tus labios entreabiertos como un joven gorrión pidiendo su comida; mi lengua se esforzó en anunciarte lo que tú deseabas desde hacía tiempo, lo noté en el fuerte empujón que tu entrepierna palpitaba. Dimos media vuelta hasta la estación para esperar el próximo tren hasta Malgrat de Mar donde tú ya sabías que te iba a llevar desde el principio. Así que ahora, después del torbellino de esta noche pasada entre mis brazos, del penetrante inicio en el duro oficio de recibir un ariete desbocado, oferente y abierto a todas mis instrucciones de uso; venga, ahora no me digas que no lo sabías...
......................... 
© Juan Rodort, 2016

martes, 10 de mayo de 2016

Días de playa... en el Más Allá

¿Santa Pola, Jávea o Mazarrón?

Tú ni te acordarás, principalmente porque hace años que estás muerto, pero si te vieses en esta foto creo que no sabrías dónde te despelotaste por aquellos años en que yo moría por tu cuerpo... Pasados los tonteos de la adolescencia, eclosionando hacia un esplendor del cuerpo que, en tu caso, fue deslumbrante; tú lo sabías, me lo restregabas al más mínimo intento mío de demostrarte mi pasión, mis deseos de tocarte, de poseerte, de dejarme poseer y todo quedaba en un amago de: lo verás, pero no lo catarás. ¿Era nuestro acuerdo tácito? No, lo era solo para ti, yo no me daba por enterado, ciego como estaba por verte a todas horas, espiando tus salidas y entradas, emboscado cerca del portal de tu casa cuando me decías que ibas a una cita o que no podía acompañaros como otras veces. Y es que ya me había acostumbrado a ser parte de vuestra familia, a ser el otro hijo, el gemelo que yo quisiera haber sido tuyo. Pero ¿a qué mentirme más? Yo te deseé desde el primer día que te vi en el colegio; éramos dos imberbes, tú más que yo. Tonteabas con las chicas de nuestra clase, eras el rey de la risa fácil, del ligoteo y manoseo disimulado a sus cambiantes formas femeninas, atisbo de las mujeres que serían más tarde y que nosotros no conoceríamos, salvo a una de ellas de la que tú intentaste ennoviarte y yo simplemente quedar como muy amigo, envidioso y celoso de estar en su puesto, de gozar las caricias que tú le regalabas, los besos y torturándome con peores pensamientos. Fue por esos años cuando tú floreciste y tu cuerpo comenzó a transformarse en el de esta foto. Uno de aquellos veranos en que comenzasteis a ir a Mazarrón, un lugar que yo me imaginaba paraíso del sexo cálido entre amigos, un sitio que soñaba en húmedos despertares vergonzosos, manchado de semen y aún anhelante de tus besos... Un lugar que tú me relatabas a la vuelta de vuestras vacaciones. Fue allí donde te hicieron esa foto tus amigos y vecinos de al lado de tu casa de Madrid, esos que yo odiaba porque tú les conocías de antes de nuestra amistad, esos a los que yo trataba inútilmente de alejarte de su influencia; pero en los veranos de Mazarrón era imposible y allí estaban, disfrutando de tu compañía, disfrutando de la vista de tu cuerpo, de tus ojos, de tu voz... Ay, tu voz acariciadora y reconfortante cuando regresabas del veraneo, cuando me contabas tus escarceos con alguna extranjera y yo enfermaba de celos y te odiaba pensando que eras un traidor de nuestra amistad. ¿Amistad? Yo quería algo más, que aún ni sabía lo que era. Enloquecido por tu cuerpo, por cada instante compartido contigo, hacía eternas las despedidas cada tarde o noche antes de dejarte volver a tu casa, sufriendo por no poder meterme en tu cama; porque me sabía de memoria cada rincón de tu cuarto, las veces que iba a escuchar música en el equipo cuadrafónico de tus padres, las veces en que nos eternizábamos en partidas de dados en el salón de tu casa, aprovechando que tus padres habían salido al cine o de compras. Conocía tu casa, sabía donde guardabas tu ropa, espiaba los cajones de tu cómoda esperando encontrar algún calzoncillo tuyo a la vista, tocarlo, robarlo para masturbarme en solitario en el baño de mi casa... Locura adolescente que se volvió demencia paranoica rayana en esquizofrenia sexual. Eras un ídolo sexual establecido, el objeto de mis pensamientos en pleno orgasmo solitario... Y tú estabas ajeno a todo eso, pero quizás sospechabas que no era el clásico amiguete, que mi amor era más profundo. ¿Amor? Más bien deseo, turbio deseo de hacer... aún no sabía el qué. Y en una de esas vueltas de tu veraneo en Mazarrón me enseñaste fotos y entre ellas apareció esta tuya despelotado, venteando una toalla de playa, con una profunda marca del bañador blanqueando tu hermosa piel, ahora peluda y fuerte después de tanto ejercicio de natación. ¿Recuerdas que tus padres no estaban ese día en casa? Yo te esperaba en la salita para ir a dar una vuelta, como hacíamos otras otras tardes después de clase; mientras tú pasaste al baño para arreglarte entré en tu habitación y rápidamente miré en el cajón donde sabía que guardabas las fotos; allí estaba y, en un rápido movimiento, pasó a mi bolsillo. Aquella noche me masturbé mirándola. Desde entonces pasó a formar parte del ritual de mis masturbaciones. Desde entonces esta imagen tuya, desnudo en la playa de Mazarrón, me ha acompañado en todos los equipajes con los que he recorrido medio mundo; muchas veces recordándote, otras olvidándote; las más de las veces acariciando tu recuerdo dormido. Ahora, soñando contigo en los días de playa... en el Más Allá.
......................... 
© Juan Rodort, 2016

lunes, 2 de mayo de 2016

Aquella noche de Mayo...

(Este corazón late...)

Tal vez el corazón de letras de esa camiseta latiera y puede que incluso el corazón de su pecho latiese, pero a mí lo que me importaba más en aquellos momentos es que el corazón oculto bajo su enjuto calzoncillo latiera frente a mi cuerpo.
La imagen de la foto quedó congelada en mi memoria, el momento exacto en que se levantó la camiseta para dejar a la vista esos minúsculos calzoncillos de encantadoras rayitas azulinas que prometían palpitaciones y elevaciones de su escondido paquete de carne caliente, peluda e invisible para mí. Cuando comenzó a desvestirse no pude sino quedarme quieto como una estatua de sal esperando... ¿esperando, qué? ¿Qué podía esperar de este Javier? Sí, otro Javier más para mi colección particular de Javieres. ¿Qué podía esperar de él? ¿Que se dejase manosear? ¿Qué confesara que él también quería lo mismo que yo?
A qué engañarse entonces, a qué esperar como un pazguato que me calentase las retinas y las partes bajas más de lo que ya estaban ante semejante visión copulativa... Javier era de los que sí, pero no. El clásico calienta pollas. Él lo sabía, sabía cómo me estaba poniendo con sus despaciosos gestos de estriptís; primero los vaqueros abajo, las zapatillas desabrochadas fuera y dejadas de cualquier forma a su vera, el vaquero caído hasta debajo de las rodillas... la camisa de cuadros desabotonada para dejar paso a esta camiseta. ¿Qué significa? le pregunté, dado mi nulo conocimiento del inglés. Y él me lo dijo. Pero ¿tu corazón también late? le pregunté con bastante intención. Él me contestó que sí, que debajo de aquellas letras su corazón latía fuertemente. Ahí me dió un ahogo, un subidón que casi me marea. Y más cuando él siguió sacándose la ropa. Quedó en calzoncillos y camiseta, esa camiseta que le tapaba lo justo para dejar al descubierto el bajo del pronunciado paquete, del esperado, del imaginado, del deseado paquete de Javier. Y es que más que sus ojos, más que sus labios enmarcados de espesa barba negra, yo estaba enamorado de su culo y de su paquete. Me enfermaba mirarle el bulto del pantalón, los dos bultos... Y ahora lo tenía ahí enfrente...
Con un displicente gesto desmayado se alzó la camiseta para dejar a la vista el boscaje peludo de su pubis, su bajo vientre codiciado... Siguió sacándose la camiseta dejando a la vista dos redondos pezones sonrosados semiocultos por aquel matojo negro y rizado de su vello pectoral. Yo ya estaba al borde del infarto...
La camiseta con las letras latentes de mi corazón desbocado cayó al suelo, encima de los vaqueros, encima de las zapatillas, cayó como un terremoto en mis oídos atronados por mis propios latidos; mi corazón no era ya una loca válvula desbocada y a punto de estallar, era un tren sin frenos, una locomotora fuera de control... Me faltaba el aire, se me empezó a nublar la vista. Javier me sonreía, casi desnudo, con aquel sucinto calzoncillo que le marcaba el enorme paquete que yo diría había engrosado en pocos instantes de aquel premeditado estriptís para un solo agonizante: yo. Me sonreía de una forma manifiesta del aquel ya sabido de antemano, sí, pero no... Mira pero no toques. Contempla, adora, muere ante esta sublime belleza que es mi cuerpo; lo sé, tengo un hermoso cuerpo y es un regalo para tus ojos. Soy tu amigo, te quiero, sé que me amas, que deseas poseerme o que yo te posea... pero eso no podrá ser. No esta noche, así que mira y empápate de mi piel distante. Estoy caliente, ardo en deseos de follar, pero no podría hacerlo contigo, no con mi mejor amigo... Esa era su mirada, ese era su discurso telepático. Éramos amigos, los mejores. Él sabía que yo le adoraba, que estaba loco por su cuerpo... y por conseguir algo más.
¿Necesitas algo más? le dije y él me respondió que no, que muchas gracias por dejarle dormir en mi casa, que el sofá-cama estaba muy bien, que buenas noches y hasta mañana.
Yo no pude dormir en toda la noche, dando vueltas en mi solitaria cama en la habitación de al lado, sabedor de que Javier estaba tendido, tapado o semitapado con una sábana, en calzoncillos... Trémulo pasé la noche masturbándome varias veces, levantándome disimuladamente hasta su puerta entreabierta; allí estaba él, dormido (eso era lo que parecía) y a medio tapar hasta la cintura, con un prominente bulto agarrado por su mano derecha, la otra oculta detrás de su cabeza. ¿Esperaba algo? Yo no pude ni transpasar la puerta, allí me quedé observando su silueta a la débil luz que entraba de las farolas de la calle. Quieto estuve varias veces en la noche detenida ante Javier dormido. Jadeante estuve varias veces en la noche sofocada en mi cama rota de eyaculadores sueños en donde Javier me poseía, en donde Javier se dejaba someter a mi dominio... aquella noche de Mayo...
......................... 
© Juan Rodort, 2016

domingo, 1 de mayo de 2016

Tu rincón florido


Reposas un instante del acoso y derribo recibido a cuatro manos por dos fornidos osos, dos papás asilvestrados que han entrado de improviso en tu habitación pillándote desprevenido y sin haber echado el pestillo, un diminuto cerrojo que al menos te habría librado del susto, al abrirse la puerta de sopetón con la abrumadora aparición de dos armarios de tres cuerpos de carne peluda y practicamente desnudos que ya venían preparados para realizar las más bajas y abyectas de las pasiones, dispuestos a violentarte por las buenas o por las malas... Con tu secreto consentimiento al dejar entreabierta la puerta al acostarte, sabedor de que ellos volverían esta noche también ebrios como las noches anteriores cuando les oíste luchar en un cuerpo a cuerpo que hizo retemblar el tabique de separación de vuestras habitaciones contiguas; luego de su batalla tuviste húmedos sueños en los que eras aplastado por sus sudorosos cuerpos, poseído salvajemente...
Pero ahora ya es tarde para lamentaciones y no hay remedio a lo que te han hecho, ni tú se lo has impedido, ni tan siquiera has levantado la voz para gritar un tímido ¡socorro que me violan!; has dejado que manoseen tu abierto cuerpo dispuesto desde hace tres noches a este sobresalto...
Has realizado tu sueño. Te han dejado humedecido y entumecido, no han respetado turno para poseerte y lo han conseguido a dúo de tan abierto como te ofrecías a sus estoques desembainados. Han rematado la faena varias veces consecutivas, no era un simple ensayo de otro húmedo sueño, era un descabello, la puntilla (las dos puntillas) repercutidas...
Y secretamente lo has disfrutado pero sin ninguna demostración cuando se han ido rezongando y un tanto avergonzados de su osadía; te has quedado sentado en un rincón del cuarto, recogido y sin aliento, tratando de tapar tu desnuda piel, pensando y rememorando cómo ha quedado de marchito tu rincón florido...
......................... 
© Juan Rodort, 2016