viernes, 29 de abril de 2016

París-París (dos veranos para ver anos)


Dos veces he visitado París y las dos veces coincidieron en verano; uno, lluvioso y frío y el otro, muy caluroso.
La primera vez visité la torre Eiffel, el Panteón -que estaba en obras y sólo entré por ver los frescos de Puvis de Chavane, que no pude ni verlos a causa de los andamios que cubrían el inmenso espacio. Recuerdo que compré un paraguas y que agarré una medio-neumonía al tener los pies mojados durante tres días. ¡Ah, sí: ligué y follé! Comencé por el "Le Quai Sale" ("Quetzal") y donde encontré gente curiosa ante la novedad de carne española; ligué con alguien del que no recuerdo ni su cara ni su cuerpo y ni falta que hace para este relato, pero que no debía estar mal del todo porque tuve donde elegir. Él me presentó a otros ávidos bebedores de la barra del bar; de allí me llevó a unos jardines de cruissing, luego a una macro-dico gay, un antiguo cine-teatro, una enorme sala donde el fulano me dejó a mi aire y yo volví a ligar con un barbitas musculado de ojos que pedían ser follado con urgencia; tuve la osadía de despedirme del primer ligue para decirle que había conocido a otro y que me iba con él; lo dejé allí plantado sin hacer caso a sus improperios. Con este segundo ligue de nombre Lionel fuimos a su apartamento a follar como conejos en celo, todo lo que quedaba de la noche de lluvia y sexo. No recuerdo si volví a mi hotel donde se hospedaba el grupo con el que fui a dar un concierto de música antigua española (es que yo era corista por aquellos años, las tablas siempre me han ido, el teatro, los focos, los aplausos...). Lionel se quedó algo (bastante) colgado por mi cuerpo o por la sesión de sexo despiadado a que le sometí. Y es que por aquel entonces tenía yo un cuerpito (un cuerpazo, dicho sin más ambages) torneado y trabajado en el gimnasio de mi barrio; y esta historia con Lionel continuaría en plan de escribirnos calientes cartas, hasta una visita suya meses después en Madrid (otra historia más entremezclada con un medio-novio que conocí antes de ir a París y que sí que estaba enganchado conmigo -yo no sé lo que les daba a los hombres, que sí que lo sé: marcha y sexo a tope- y me montó una perejila de órdago cuando descubrió que el francés venía a verme y a algo más...). Mi vuelta a Madrid fue en un Talgo que nos paseó por media geografía hispana pasados los Pirineos, entre mis horribles toses y fiebre. Amén del cargamento secreto -o no tanto- que llevaba conmigo. Y es que conseguí un queso Camemberg de lo más apestoso del mundo, lo olí desde dos manzanas del tenducho donde lo compré cerca de la Place des Vosges y, aunque me lo envolvieron muy bien y yo lo empaqueté en varias bolsas bien cerradas, no pude evitar que sus aromas se expandieran por todo el vagón del tren. A pesar de las varias capas de bolsas de plástico en que iba el queso el hedor era insoportable y espantoso; me llamaron la atención y tuve que sacar el paquetito al descansillo donde estaban los equipajes; aún así la peste nos acompañó hasta llegar a la Estación del Norte y siguió en el trayecto del Metro hasta mi casa en la otra punta de Madrid.

La segunda vez que visité París fueron dos días, de paso camino de Bretaña, ida y vuelta de mi estancia en el norte de Francia en casa de amigos bretones. Un verano revuelto, con tormentas eléctricas que casi paralizan la nación, espectaculares batallas de relámpagos y truenos. Una estancia en la granja bretona de lo más relajante, una visita casi familiar dada mi relación con estos amigos. El motivo no era otro que ir a conocer a su primer nieto y casi nieto mío pues a sus hijas las tenía yo adoptadas desde pequeñitas o ellas me habían adoptado a mí, al tito loco que las divertía con sus cuentos fantásticos y dibujos de princesas y dragones. Unos días de comidas, paseos e inesperada visita de otro amigo suyo al que yo no conocía y del que supe que iba a conocer (bíblicamente hablando) muy pronto; la misma noche en que llegó y dejó la puerta de su dormitorio entreabierta... Casualmente yo me había levantado para ir al baño y pasé por delante, empujé y allí estaba él, desnudo sobre las sábanas, con las piernas abiertas, los brazos estirados detrás del cuello y con la polla tiesa. Me esperaba. Nuestras miradas durante la cena no cabían duda, habíamos ligado. Y no sé si mis amigos se percatarían de nuestros fogosos meneos, de si se oían los crugidos de las tablas del parqué o de si se nos escaparon algunos grititos al orgasmear juntos. Una sincronía de movimientos y gestos que terminó con fuegos artificiales al unísono, yo dentro de él y él por encima de mi vientre, enfrentados, jadeantes, sudorosos... ¿Más explicaciones? Por la mañana él se volvió a París dejándome su dirección y teléfono para vernos en unos días, a mi regreso a Madrid vía París. Regreso que se complicó al detenerme a visitar Blois. Una sola noche de hotel y otro conocimiento casual en el mismo pasillo del impersonal hotel mecanizado, donde todo era electrónico y gracias a eso pude entablar conversación con el vecino de habitación que me ayudó a introducir la tarjeta en la ranura de mi puerta correctamente... para después continuar introduciendo otra herramienta bien dura y firme en otra ranura bien lubricada... ¿Hay que dar más explicaciones? Desde luego que no las di a nadie. Ni llamé al ligue parisino cuado llegué a París, cansado de trasegar toda la noche y sin dormir más que las horas que pasé en el tren de vuelta. De nuevo en otro hotel impersonal, en un barrio que no sabía si era París o parte del extranjero. Después de descansar y ducharme salí a dar un largo paseo por el centro, por la orilla del Sena, a visitar Notre Dame y tomar un rico helado -carísimo- sentado en una terraza de la Île de la Cité. Los recuerdos se fueron amontonando a medida que paseaba delante del teatro de la ópera, debajo de la Torre Eiffel al atardecer... No hubo más encuentros, ni yo los deseaba ya. Esta vez, en Madrid, me esperaba alguien que era mucho más que un ligue o un medio-novio... alguien a quien yo había traicionado dos veces y en pocos días. ¿Cómo dar explicaciones ahora?

Cuando me preguntan si quiero volver a visitar París me sale un NO rotundo. He relacionado la ciudad con mis dos experiencias pasadas en esos dos veranos, distantes casi treinta años uno de otro. ¿París? No, gracias.
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 28 de abril de 2016

Más datos de Juan Rodort (totalmente falsos e insidiosos)

Hace 512 Blogger desde "Algunos datos sobre Juan Rodort" publicado el 04-03-2013, sin fotos, todas eliminadas para que la censura de entonces no tuviera nada que censurar
(No sabe si reír o llorar, en una revisión de 2014)
Algunas de estas fotos fueron rescatadas el 10-10-2015

(Continuación)
Este es Juan Rodort, también llamado "El Viajero", su verdadero nombre es Juan Rodríguez Ortega y firma su obra artística como J.R. Ortega y también su obra literaria, además de Juan Rodort.
Ahora está en una fase de negación, de silencio y meditación cibernética, en un no saber dónde va a poner el huevo...
Aunque no renunció a nada, son tres Juanes o quizás más en uno solo, pero han cambiado y algunas cosas ajenas a su voluntad le han transformado en otra persona bien distinta desde no hace tanto tiempo, quizás de unas semanas atrás o tal vez haya sido en estos últimos días cuando ha madurado lo que ya venía rumiando desde hace años...

Ahora ya no tiene aquella página web:
que dió de baja, por no cumplir las espectativas deseadas y por conllevarle algunos malos ratos al ver cómo eran copiadas sus obras y cómo otros se beneficiaban de sus ideas originales y que tantos esfuerzos le costaron arrancar del halo de la inspiración; página que fue en su día una carta de presentación ante la sociedad artística, una tarjeta de visita de su creador espíritu... y que debieron tirar a la papelera pues no tuvo mucho éxito, salvo de los listillos que viven a costa de sacar los cuartos al personal desesperado por triunfar en el cerrado coto del mundillo artístico...

En este blog: "Contra la pared", sigue subiendo algunos de sus textos y fotos para dejar salir su rabia, muchas veces, o sus preocupaciones ante la realidad en que le ha tocado vivir -como a muchos otros más- y de la que no sabe cómo librarse, por las buenas.
También tiene otro blog: "El recurso del pataleo (De nuevo contra la pared)":
http://juanrodriguezortega.blogspot.com.es/
que puede ser continuación de éste Blogger o un escape a su otro yo... cuando se sintió censurado y sin otro recurso que dar patadas contra la pared de su habitación (la dejó hecha un asco).

Pero es mejor continuar por el principio o por el final de lo que escribió en 2013:
 En 1982 estaba todavía en Barcelona , donde fue tomada esta foto en casa de un amigo (ahora un ex-amigo) mientras le hacía un retrato. En seis años El Viajero había perdido pelo pero ganado en experiencia con sus viajes por el norte de África y Europa. Tenía por aquel entonces un estudio en la calle San Pablo de Barcelona, a un paso de Las Ramblas. Y no es que pintase mucho por aquel entonces, pero le sirvió como experiencia -que es la madre de la Ciencia, aunque en su caso no fue así-. Vivió la vida bohemia de aquella loca Barcelona embriagada en la libertad de expresión y el floreciente catalanismo; esto último le dejó fuera del círculo -sic- catalán. Desde 1976 había flirteado con la movida catalana tratando de introducirse en sus círculos artísticos, esforzándose por ser tratado como cualquier otro artista (catalán o no) que participase en cuanta manifestación artística le fuera posible; lo intentó, participó, trabajó duramente para darse contra la pared del catalanismo revanchista. Y cuando a El Viajero se le torcía la jáquima... simplemente hacía su maleta y a caminar de nuevo. Pero volvió años después tras la égira por Argelia, viaje que le enriqueció mucho más que mil Ítacas soñadas; volvió a Barcelona ilusionado, pensando continuar con su trayectoria artística... Pero el muro se había reforzado de un catalanismo rayano en la histeria colectiva.


Viajó al norte de Portugal para hacer una exposición de dibujos y escapar de la presión catalana; siguió su camino... 
El 10-11-1989, con la cabeza rapada. Está en Madrid, en su estudio de la calle Tracia, compartido con otro joven pintor; investigando con nuevos materiales de pintura y grandes formatos en lienzos. Viaja al sur de Francia donde tiene un comprador compulsivo de su obra y al norte de Italia donde tiene un amor... Viajes por Italia que se prolongarán hasta 1992 en vísperas de la ruptura de ese loco amor que le marcaría hondamente en su estilo de pintar, de ver la vida y que a la postre le supuso otro radical cambio... Pero es adelantarse al tiempo de la historia sucinta de este artista mal interpretado, mal conocido y poco aireado en los medios artísticos internacionales.
Desde 1984 viene firmando como J. R. Ortega. Su etapa surrealista, que le siguió hasta Madrid, dió paso a otra, de una figuración casi hiperrealista. Desarrolló el paisaje íntimo, retratos de casas, casas de los pueblos de la Campiña de Córdoba. Y realiza varias exposiciones: "Tras el rastro de El Rastro", en Argel y Orán. "Paisaje del Sur-2" en Montilla y Córdoba. Cinco años de intensa actividad pictórica y de azarosa vida social en los barrios más in de aquel Madrid post-moderno que le transforma desde los cimientos, casi rehaciendo su imagen hasta remodelarla en un gesto de madurez ficticia como el que se refleja en ese espejo (su joven compañero de estudio, alocado pintor de cierta efímera fama, se lo rompió días después de tomada la foto; espejo antiguo de tradición familiar, espejo que habría conocido rostros que él mismo no conoció, espejo que guardó la memoria de tantas y tantas miradas, como ahora lo hacía con la de El Viajero). 


Después de esta foto, no muchos meses más tarde, se inicia en el diseño gráfico con un Macintosh y los primeros programas de dibujo, que le cambiarán la forma de ver el espacio y la estructura interna de sus cuadros... y que le permitirá trabajar en un prestigioso periódico nacional. Pero esto ya es al comienzo de 1990. Después vendrá la gloriosa etapa del dinero fácil por trabajos que no los consideró tales pues el dibujar ya fuera con lápices o tintas o con un ratón de ordenador era hacer su sueño... crear, realizar sus más íntimos deseos. ¡Y, encima, le pagaban por ello! Es esta una de las etapas más conflictivas del artista cibernético. En su fuero interno se batallan luchas por conservar el amor del joven italiano que de abandona por otros brazos más próximos. Se terminaron los rápidos viajes al norte de Italia. Años después se reencontrarían, años más tarde se volverían a ver cada uno con su nueva pareja, con ese poso amargo del amor roto, del primer y genuino amor loco... Y muchos años más tarde (en este pasado 2015) se romperá ese lazo finísimo de unión entre ellos...

El Viajero hace honor a su sobrenombre en esta foto de su tercer viaje a Noruega en Hennigsvaer, ahora en muy buena compañía. En el entreacto han pasado miles de cosas. Desde aquella primera vez en junio de 1993 en que se vió en la cima del Mundo y conoció su lugar exacto en esta vida, El Viajero tuvo varias ciudades iconos para sus viajes: Barcelona, Venecia, Oslo, Gante... y sueños imposibles de volver a visitar Orán.
Pero en el camino han quedado los restos de su propio naufragio, restos que ha abandonado voluntariamente a la rapiña de los buitres que siempre le han merodeado alrededor de su genio. Genio y figura...
Vegeta El Viajero en un pueblito del Levante español a la espera de un pronto rescate para volver al Norte. Y es que no hay nada como perder lo tenido para darse cuenta de ello. Y ello es un paisaje de montañas verdes ondulantes, de ríos de raudas aguas y gentes silenciosas, ensimismadas en su propia contemplación, sin aspavientos festeros innecesarios.

Con las últimas luces del nublo día de anunciada lluvia que finalmente nos dió un sonoro plantón, porque a cuatro gotas no se las puede considerar lluvia, ni tan siquiera lluvia escasa... Eso sí, los cielos de nubes bajísimas nos han retrotraído a los meses fríos de cielos grises y encapotados de aquel Norte. Y es que ni tanto, ni tan calvo... Rapado estaba ahí, ese verano de nieve y frío, aunque esa mañana en Hennigsvaer lucía un sol que le dejó colorado como un fresón...
(Continuará)
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© Juan Rodort, 2016

sábado, 23 de abril de 2016

¿El mejor escritor español del siglo 21?



Denigrar a alguien que ha muerto, simplemente porque su obra casi póstuma no ha gustado, no tiene nada que ver con los calificativos superlativos con los que una sobrecubierta adorna a la última novela de Chirles, editada por Anagrama Narrativas hispanas y de dudosas cualidades a resultas de varios títulos leídos con anterioridad.
Pues decir que todo lo escrito por determinados autores es bueno por el simple hecho de que crearon alguna cosita pasable o incluso llegaron a la genialidad, no basta; hay que ser honestos con la realidad y no apartarse de ella en pro del mercantilismo que lo único que desea son cifras de ventas. Estadísticas a fin de cuentas y todos sabemos cómo se confeccionan las estadísticas y las encuestas, a base de leyes de relleno que no son otra cosa que supuestos y tantos por cientos sobre una mentira unipersonal.
Pues decir que "Paris-Austerlitz" del difunto Rafael Chirbes es una novela -no ya ni buena ni mala sino simplemente una novela a secas- es mucho decir. Porque ¿qué puedo decir honestamente después de leer las primeras 50 páginas y las 5 últimas? ¿Qué el meollo estaba entre las páginas intermedias? Aburrido, inexacto en sus juicios, deshilvanado, como de un año una página y al cabo del tiempo la siguiente... Y, sobretodo, su postura desinformativa hablando de "la enfermedad" que confunde con la infección por VIH. "La Plaga" ¿son todos los infectados de SIDA? ¿Confunde SIDA con melanomas y sarcomas? Y el ir y venir de un lado al mismo sitio, sin moverse más que un centímetro para repetir y repetir una y otra vez página tras página lo que ya ha dicho, repetido y vuelto a repetir...
O el autor estaba desmemoriado o lo hizo a propósito para dar una idea desenfocada de la realidad de los infectados por VIH o SIDA, que no son precisamente unos leprosos a los que haya que apartar a una terminal de cuidados intensivos.
Porque no todos los que en su día contrajeron la infección del virus lo han desarrollado, no todos han enfermado de cosas terribles e inenarrables y no todos han muerto terminales. Los ha habido de muerte súbita, lenta, mediana o aplazada, cual es el caso de los que aún portan el virus sin mutar y no precisan de medicación alguna ni internamientos porque sus constantes vitales son aceptables y la inmunodeficiencia está controlada. Siguen vivos.
Aparte de este tema, que el autor repite de una forma que deforma y desinforma más que aportar nada a la narrativa; el tema de la relación amorosa y sexual entre dos hombres de diferentes edades y estamentos sociales no es nuevo y se ha desarrollado mil veces mejor. Da la impresión cuasi autobiográfica del "joven" protagonista huido de una quema que más parece que lo busca la Interpol por desfalco bancario y debe esconderse hasta que las aguas se calmen. O no se sabe por qué en París. Queda muy chic el título de la estación de Metro parisina...
He pasado, de paso, por esa línea, ya ni recuerdo de dónde venía ni a dónde me dirigía. La verdad es que de mis dos estancias en París guardo pésimos recuerdos. Y el de la visita al Metro, recuerdo más la estación-pozo claustrofóbico de la Isla de Francia, no sé si por Notre Dame o alrededores. Salí allí para dar un paseo; visité la catedral, llenísima de turistas y en plenos oficios religiosos. Tomé un helado en una carísima heladería; un capricho, pero el helado resultó magnífico y exquisito, degustado sentado en la misma terraza ante las golosas y envidiosas miradas del público que hacía cola para comprar su cucurucho y seguir su paseo. No me molestó pagar un dineral porque disfruté de unas vistas únicas. Y es que París es caro, caro, caro. No sé cómo hay gentes que pueden vivir allí. Sí lo sé, los ricos y los de ingenio rápido para hacer negocios rápidos...
Pero hablaba de una novela y ya me he colado de protagonista de la mía propia. Y es que los nacidos en Leo somos así de presumidos y presuntuosos, necesitamos de público que nos mime y aplauda constantemente...
Pues decir que la última novela de Chirbes no me ha gustado sería mentir; no me han gustado las 55 páginas leídas del total. Creo que no deberían haber publicado el texto. Que tendrían que haber dejado al autor dormir en las mieles de la fama anterior sin ese poso amargo post-mortem. Por más que "Mimoum", tan elogiada por mi ídolo de las letras Carmen Martín Gaite, tampoco me gustó en su día.
Y como para muestra basta un botón, con estos dos títulos voy a dar mi veredicto: No estamos ante el mejor escritor español del siglo 21 (aunque digan lo contrario en la encuesta de ABC). ¿Envidia del que no ha publicado? Pues mira tú por dónde, cuando disponga de capital y ganas me voy a auto-publicar por el puro placer de luego regalar mis obras a mis amigos y enemigos, a éstos últimos sobretodo para que sepan lo que vale un peine...
Y como colofón: Me molesta leer novelas donde el sabio políglota autor hace gala y alarde de su don de lenguas, explayándose en versión original sin subtítulos ni mínima traducción de estensas parrafadas ya sean en francés, inglés, alemán o catalán...
Este Chirbes abusa (abusó) de los párrafos en francés sin traducción alguna al margen. Mucho peor son los escritores que lo hacen en inglés (idioma que desconozco totalmente) o en elemán... por no hablar de otros idiomas o lenguas exóticas. Quedaría genialito plasmar unos cuantos párrafos escritos en árabe dialectal (argelino, por ejemplo) o en griego (clásico o moderno), o en chino cantonés, pongamos por caso...
¿Se supone que el lector debe conocer dichas lenguas? Entonces ¿para qué hacer las traducciones? Pues que dejen todo lo escrito en su versión original y que cada cual arree con su vela. El que quiera leer, que aprenda la lengua del texto original y punto. O, mejor aún, el que quiera leer, que compre el libro y no se vaya de bibliotecas municipales a leer de gorra...
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 20 de abril de 2016

Días repetidos de noches inauditas


Días repetidos de noches inauditas. Quiero
besar tus rudos nervios enjaulados,
cárcel de retamas perseguidas tantas veces
por voraces montes de musculatura ígnea.
Tu cuerpo resentido, esquivo e idolatrado
tantos días, que decirlo ahora es desidia,
falso temor a tu fiero castigo, dura penitencia
el tenerte lejos de mis brazos, huido
en las noches que no son mías, en los días
que ya no me pertenecen sin tu abrazo.
Espejo infiel de la memoria suplantada,
vuelves desleído de promesas y ropajes de otras células,
vuelves desnudo como tantas otras veces, desnudo
de mis besos olvidado, de mis dedos escurrido, vuelves
deslizando levemente la cortina del sueño amortajado,
vuelves a infiltrarte en mis redes impolutas,
en mis sueños de tus sueños tantas veces repetidos;
vuelves a darme la paz o la muerte con tu sola mirada,
canción repetida en días repetidos de noches inauditas.
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© Juan Rodort, 2016

martes, 19 de abril de 2016

Luz rosa de otro siglo

(William Etty, "Estudio de un desnudo masculino de espaldas", óleo s/tela, s.XIX)
(William Etty, "Modelo masculino desnudo", óleo s/tela, s.XIX)
 (William Etty, "Estudio desnudo académico masculino", óleo s/tela, s. XIX)
(William Etty, "Estudio de hombre tumbado y desnudo", óleo s/tela, s. XIX)

Muchas veces sobran las palabras, éste es uno de esos casos en que no hay nada más que añadir, sólo disfrutar de la visión de tanta belleza...
O leer un viejo poema de El Viajero:

De mi exacta huella, molde blando,
alzada contorsión circunvalada, tu pecho endurecido.
Extensión regada del cabello ensortijado-exorcizado-exonerado,
curvo ademán, incandescente púlpito cutáneo, pubis de enhiesta cabellera
adormecido en profundos círculos concéntricos.
Tibia indulgencia plena ganada a exvotos de caricias,
inaudito latir unísono, goznes que el éxtasis expande al girar sobre sí mismo.
Dos cerrados ensamblajes piel a piel.
Timón que navega mis profundidades de abiertas olas.
Tersa jaculatoria reclinada en mi regazo estremecido,
suplantación de estrictos ademanes. Impronta digital
en robados cirios candentes, chorro cálido que moldea tu cintura
con llamaradas salobres.
Especulares goces fundidos sobre pieles de contrabando; lo prohibido
resuena a trompicones desbocados en álgida cueva ofrecida.
Tuyos mis resquemores inauditos al saberme sorprendido
en cúpula estrellada de inhóspitos jardines, lloviendo fuego,
derrotando la fortaleza en arietes golpes sucesivos. Velos
de noches insomnes, cálidas luciérnagas en tus ojos,
rumor del néctar deslizado a mis labios de tus labios,
clamor húmedo de golosas lenguas serpentinas enroscadas.
En la acuosa calma del lecho intercambiados cuerpos
entreabren secretos goces sin sonidos; ojos en las manos
para vislumbrar la piel, bocas en los dedos para deglutir la piel,
lenguas derretidas de sabor secreto.
................................... Muro, 19 Abril 2011
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© Juan Rodort, 2016

sábado, 16 de abril de 2016

El vuelo raso de la Muerte

(La muerte pasó volando por encima de mi frente hace treinta y seis años)

               Nadie esperó mi llegada, nadie vino. Esperé el paso de la Muerte
               o de un dios furtivo a las cosas que me acompañaron
               y el olvido de las caricias también furtivas
               de aquellos días en que nos amamos.
               Hoy tengo un espejo pequeñito delante de mis ojos
               y estoy triste, a punto de llorar, por eso escribo.
               No quisiera llantos ni recuerdos después de muerto,
               amaré ahora mientras pienso en mis amigos (si los tuve)
               y algo en la familia (suena extraño). Inaudible cuerpo,
               mi joven amante encadenado, perseguido, acosado en otros
               cuando ya era imposible tener tu cuerpo muerto,
               virginal caricia, la noche antes del suicidio tan sabido y ahora mío.
               Noveno piso asesino de locuras y puerta falsa del fracaso.
               Noveno piso en que ahora vivo y reclama saltos de un segundo hacia el asfalto.
               Las moscas, luego, lamerán mi sangre en cuajarones por la acera
               y los niños del barrio dirán exclamaciones en otra lengua no aprendida;
               yo, tal vez les oiga piar como otras tardes...
               Quisiera quitarme la piel si fuera eso lo que yo quisiera
               y así quitar los restos de todas las caricias de falso amor a mí tenido,
               gestos animales que te regala el gato sin hacer historias de un beso.
               Haciéndome compañía, un espejo y una música de Mozart por la radio;
               la noche, durmiendo a los otros...
               Sobre este papel (en el original) escribió Hassan Boujeroua
               no sé qué cosas de su retrato apenas comprendido.
               ¡Maldito sea! Qué injusto e intransigente,
               queriendo a toda costa que yo acepte sus creencias
               y viejas historias de maldiciones, tabúes y retorcimientos.
               Hace apenas cuatro días y me llenó de sus reproches.
               Sus ojos se perdieron y todo él transparentó su máscara para dejar al aire
               su corazón aterido, torturado y algo niño. Quisiera
               haberle roto la cabeza y guardar aquellos ojos
               reidores por la mañana. Estoy más que nunca perplejo de mí mismo (esperando).
               Nadie esperó mi llegada, ni vendrá por la mañana a mi corazón aterido
               de sueños y erotismos cristalinos que se romperán al primer soplo tranquilo de mi gran-yo, que al fin despierta.
................................... Orán, 16 Abril 1980
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© Juan Rodort, 2016

viernes, 15 de abril de 2016

Memorias desmemoriadas de un viejo marica


Bien mirado, no se le parece tanto a aquel Abdalah que yo conocí hace treinta años; ni tan siquiera podría ser él, el de la foto, ya que ahora rondaría los cincuenta años... Treinta años, se dice pronto, han pasado ya más de esos treinta años desde que nos conocimos en la terraza de un café de Orán; nos presentó un amigo común.
Yo no había oído hablar de ti hasta ese momento pero tú sí que me conocías de verme pasar por la Rue D'Arzew casi a diario. Estábamos destinados a conocernos, a compartir el mismo techo y a veces la misma cama. Pero contigo fue distinto, nunca intenté aproximaciones de torpes intenciones encaminadas a satisfacer ansias de soledad y falta de amor envueltas en falsos movimientos sutilmente deslizados en las entrepiernas de los otros estudiantes con los que compartimos aquel noveno piso en el Groupe de Lattres de Tassigny, en aquella mezcolanza de antiguo-nuevo, francés y argelino todo fundido en un mismo lenguaje complejo.
La desmemoria me pasa factura al no recordar ahora ni el día, ni la hora, ni el lugar exacto de nuestro primer encuentro, tan sólo un atisbo de tu rostro tan igual al de esta foto, con la única diferencia que llevabas un pelo rizado como una coliflor negra. Tus amigos estudiantes, como tú mismo, estaban también en aquella primera cita. Faltaba uno, que decías hablaba español, de visita a su familia en Sidi Bel Abbes, que hacía el cuarto habitante del noveno; y conmigo seríamos cinco. Ese mismo fin de semana me ayudasteis a subir mis cuatro cosas, si bien el frigo y la cocina heredados de la anterior casa en Canastel, fueron un verdadero poema de ingenio. Gracias a la ayuda de algunos jóvenes vecinos realizasteis la tarea de subir dos veces los dieciocho tramos de escaleras. Aquel maldito ascensor estuvo averiado hasta un año después en que misteriosamente lo arreglaron y volvieron a cerrar para que no se estropease. Tuve yo ocasión de subir una sola vez en aquel memorable día. El resto, a pie, cargando las bolsas de la compra y mi maleta cada vez que iba y volvía de visitar a mi familia en Madrid. Tenía un curioso sistema de bajada de basuras y desperdicios en cada rellano entre los dos tramos de escaleras entre planta y planta: una trampilla que más bien era una trampa para incautos. Por allí bajaban las basuras hasta un cuartucho donde nadie las recogía, no a diario por lo menos... Afortunadamente la peste de la escalera se amortiguaba por la falta de cristales en todas las ventanas de los 14 pisos de la torre. 28 tramos de escalera que subí de una tacada una noche de borrachera en que no supe distinguir la puerta del noveno y seguí subiendo hasta llegar a la puerta de la azotea...
Pero eso sería adelantarse mucho en este relato.
Allí estábamos sentados en la terraza de aquel café próximo a Les Arcades, el sanctasanctórum del paseo y el tonteo de la muchachada, donde los pilares de cada arcada longitudinal en varios tramos de calle eran sostenidos por los pies y las espaldas de aquellos jóvenes indolentes recostados o sosteniendo su desidia o la de la vida misma que pasaba por los pórticos. Sentados, en torno a una de las mesitas plantadas al costado de los virtrales de observación del propio café desde donde éramos observados por desmayados contertulios hipnotizados ante el escaparate en movimiento de la avenida.
¿Qué hablamos? Posiblemente de la situación en España -el tema político y deportivo interesaba sobremanera a estos muchachos- y de mis motivos para continuar viviendo en un país que ellos tenían como de paso, esperando terminar sus estudios para salir pitando a trabajar al extranjero; quizás pensaban volver para casarse con la prima lejana que su madre ya le tuviera preparada o tal vez con la secreta idea de encontrar su media naranja allende las fronteras, en una rubia teutónica o de más arriba de Europa, tampoco descartaban cruzar a la otra orilla del Atlántico. No tenían ilusión por luchar en su propio terreno, no todos; Abdalah tenía claro que él se iba a quedar después de terminar sus estudios para trabajar en su país, para devolverle el favor de sus estudios, para casarse con su medio novia Fátima, una chica moderna de familia liberal y con miras franco-europeas. De aquella primera entrevista saqué la conclusión de que Abdalah era el hermano pequeño que no había tenido y él me adoptó desde ese momento, como uno más de su familia. O eso pensé yo...
La noche de la gran tormenta que destrozó el puerto de Orán con sus enfurecidas olas, aquella noche de lluvia en que tuvimos que achicar el agua que se colaba por las rendijas de los ventanales del piso, después de secar los charcos formados en el salón terminamos rendidos y asustados ante la fuerza de los rayos, el ruido del viento y el bramar de las olas rompiendo el espigón del puerto, terminamos recostados en los bancos-camas donde a veces dormíamos cuando el piso se llenaba de inesperadas visitas. Ahora estábamos los dos solos, los demás estudiantes se habían ido nada más empezar los truenos cada uno a casa de sus familias en ciudades cercanas a Orán. Enfrentados, cada uno de nosotros en un camastro. Abdalah se manoseaba el sexo con una mirada de deseo mal contenido, provocándome con sus gestos a que le masturbara, incitándome a chupar su grueso pene erecto y fuera del calzón corto (los dos estábamos en paños menores debido a la urgencia de salvar los muebles de la inundación que se nos estaba infiltrando por las ventanas, los dos semidesnudos y sin darnos cuenta hasta ese instante, los dos demasiado sobreexcitados), pero la cordura me pudo más que la lujuria. No es que no desease estar junto a Abdalah, dentro de él, que él me poseyera salvajemente allí mismo, revolcados en nuestro sudor, haciendo sexo por primera vez... No. Imposible hacerlo con un hermano, imposible incesto; no con él. Pero insistía, siguió masturbándose hasta conseguir saltar en gemidos y su eyaculación formar parte de los restos de la inundación de la tormenta. Doble tormenta la nuestra. Me quedé mirando como se iba tranquilizando, cómo él mismo me daba las gracias por no haberle tocado, confesando su cariño más que su amor carnal o desvarío de una noche de locura...
Otra noche más loca que la de la tormenta fue la que tuve al final de mis días en Orán y Abdalah volvió a ser el protagonista al consentir acostarse con un profesor conocido de ambos que nos dejó pernoctar la noche antes de mi partida que, con el pretexto de que el sofá de su salón era muy pequeño, mejor compartir la cama ellos dos... Ese era el trato secreto que Abdalah aceptó, el pago por el favor: su propio cuerpo. Fue humillante oírles jadear en la madrugada, sentir el olor a sexo eyaculando, llorar por mí, por mi joven hermano violado (o violador, nunca lo supe). Esta foto me lo recuerda con la misma inflexión en la mirada de dolor, reproche y amor. ¿Dónde estás, hermanito?
La otra turbia historia, aquella del asesinato de Yanclod en la Cité Radieuse, dicen que protagonizada por él, víctima propiciatoria del momento, incauto nostálgico de amores imposibles; una historia que no voy a repetir ahora.
La memoria desmemoriada de este viejo marica toca hoy a su fin, a su punto y seguido; tal vez mañana pueda continuar con el doloroso sabor del rostro de Abdalah en mi retina...
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 14 de abril de 2016

¿República Anal?


Te vamos a coger en el sentido más mejicano de la palabra... y te vamos a dejar vuelto del revés. Sí es lo que piensan estos muchachotes muy pagados de sí mismos -y hacen muy requetebién- que se van a abalanzar sobre el espectador ansioso, a la de tres.
¿Repúblicas? Sí, pero Muy Maricas, donde las fuerzas del orden y el desorden sean morlacos como los ocho de ahí arriba: 8 morlacos, 8 para un asolo marica. Esa es mi idea de una República Anal o de ser Republic-Ano. Si no hay meneo, no hay votos. Y los memos que ahora pretenden pactar lo imposible pensando en sus ombligos y posaderas -carteras de sillones ministeriables- sin tener en cuenta a los votantes que les hemos aupado a donde están. Pues se olvidan -¡ay, la débil memoria electoral!- de que hay un gran porcentaje de voto rosa o lila (más bien lilas hemos sido los votantes por dar nuestro apoyo a botarates de aqueste tamaño, que sólo tienen grande la boca para formar grandes pompas de jabón en vez de enjabonarse sus partes y quedar tan limpitos para ocasiones imprevistas, que el bajarse los pantalones, o las faldas, tampoco es un desdoro si la "dicha" es buena).
Así que hoy, 85 aniversario de la proclamación de la última República Española (legítima y legal hasta que unas elecciones libres digan otra cosa) no me queda más que subir un crespón negro a la bandera tricolor (prefiero que sin escudos antiguos dentro), declarar un día de luto por los 77 años del Republiquicidio perpetrado aquel primero de Abril del siglo pasado, de infeliz memoria y ya olvidado, con el beneplácito de las potencias extranjeras europeas, sobretodo: ¡¡¡Muchas gracias, joputas gobiernos de entonces!!!
Diez años después de aquel atropello (violación) a la Historia de España nací yo, El Viajero, aunque unos meses más tarde de este aniversario (entonces era de la "Victoria") que marcó mi vida y la de tantos y tantos españolitos que, como yo, hemos optado por votar en rosa:
¡¡¡VIVA LA REPÚBLICA MARICA!!!
¡¡¡VIVAN LOS REPUBLIC-ANOS!!!
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 13 de abril de 2016

Otro 13 de Abril más...


Aquel 13 de Abril de 1931 cayó en lunes; el día anterior hubo elecciones en su segunda fase, un proceso complicado de seguir y que, después de 85 años de enemistades fratricidas, aún sigue ahí haciendo de las suyas, de las de todos. No ganó nadie y perdimos todos.
¿Volverán las oscuras golondrinas? Los vencejos sí han anidado cerca, dos casas más abajo, sobre un recodo del canalón -espero que mis vecinos lo respeten-.
Y, ante la que se nos viene encima (de nuevo, sí), lo mejor sería refocilarse con una bella imagen de carne, pulsión de palabras y deseos, ausencia de iconos contradictorios, esencia misma de la Belleza, que es la tirana y dictadora única que debería regir nuestras pobres vidas...

Un genio travieso de la lámpara mágica robada de la cueva de los ladrones nuestros de cada día asomados a los noticieros desviadores de atenciones primarias con falaces noticias-cortinas de humo; lo mismo que las partes que le asoman de la entrepierna a este muchacho, que nadie se fija en si es calvo-alopécico o rapado a secas, pero que mirado más de cerca se diría que es el vivo retrato del que suscribe -una vez más mi ego me va a perder-.
Por eso no sabría si lanzar una vez más el grito de:
¡¡¡VIVA LA REPÚBLICA (MARICA)!!!
o dejar que pase otro 13 de Abril más...
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© Juan Rodort, 2016

viernes, 8 de abril de 2016

El hombre y el oso...


...Cuanto más feo, más hermoso. El refrán no miente nunca, porque hay gustos para todo... y a ti te encontré en Internet. Ni la menor idea de quién puedas ser. Eso te pasa por subir tu foto y no poner referencia o cualquier otra cortapisa que impida copiar tu imagen peluda, con ese rostro de niño de la selva criado en la colonia gorila más cercana de donde te escapaste o te secuestraron unos vendedores ambulantes de calzoncillos-faja-braga-boína. El ejemplo lo llevas puesto a modo de dodotis, no se sabe si relleno de algún material que no sea tu propio zocotroco y acompañamiento que lo expones en abultado escaparate para ver qué pasa... Y lo que pasa es que la banda está borracha.
La referencia más cercana que he conseguido en la Red es en el G+ de Bill Thomas, 27 de Febrero de 2016 en la Comunidad Hung Proud donde dicen que esta foto se tomó el 1/1/70 a las 00:00 sin más detalles. Pero no es para ponerse así de bordelero con este peludito con carita de bueno y que está muy bueno (sin descubrir la sorpresa que lleva dentro). Y es que si yo he copiado esta foto será por algo ¿no? Porque si me gusta, me gusta... y punto. Que el muchacho es menudito de cuerpo, muy velludo -mejor-, y con un prometedor paquete... Bueno, tampoco hay que ir al toro directamente, que tiene un mirar de querer entablar una amistad ...o algo más, que eso se le ve en los labios entreabiertos y en ese gesto de las manos dispuestas a tocar, en reposo de aquí estoy, esperando órdenes. Tú dime lo que te gusta y yo seré complaciente. Pues, eso, que no es no es feo ni un oso cavernoso, sino más bien un osito de peluche mimosito que desea las caricias de otro oso (yo, por ejemplo) que sí que es cavernoso y feo, pero hermoso.
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 7 de abril de 2016

Tú me acostumbraste

Tú me acostumbraste, 
a todas esas cosas
y tú me enseñaste
que son maravillosas;
sutil llegaste a mi
como una tentación,
llenando de ansiedad
mi corazón.

Yo no comprendía,
cómo se quería
en tu mundo raro
y por ti aprendí;
por eso me pregunto,
al ver que me olvidaste,
¿por qué no me enseñaste
cómo se vive sin ti?


Frank Domínguez. Tú me acostumbraste (1957)

Tú me acostumbraste a todas esas cosas... muchos años después de la creación de este bolero, he repetido la misma letra a base de sufrimiento tanto al principio como al final de aquel romance. Aunque la canción que dominó nuestras noches de pasión fuera otra, más acorde con los años locos del Madrid alcahueto que nos cobijó bajo su cielo posmoderno.
Tenías quince años menos que yo. Hay que decirlo para comprender que no eras tú el alumno, por mucho que todos así lo creyeran; era yo el enseñado por tu pericia en las artes amatorias. Nunca te pregunté por tu experimentado repertorio en aquella cama nuestra que crugía bajo nuestros cuerpos; tu ojos reflejaban un profundo valle oscuro que yo lo confundía con el deseo manifestado por todas tus células ardiendo bajo las mías... Paradójicamente tu nombre, Abel, era un chiste que me tenía reservado el destino; serías tú quien me diese muerte el día que te negaste a seguir con aquella farsa de prestar tu cuerpo a mis torpes caricias que tú mismo fuiste perfilando.
Tú me enseñaste todas esas cosas porque el sexo entre hombres (o entre un hombre y un muchacho) era tierra incógnita para mis sentidos, demasiado atrofiados en el mundo heterosexual impuesto que viví hasta el día de nuestro encuentro.
Tú me acostumbraste a todas esas cosas desconocidas para mi piel que sabía poco de placeres homoeróticos, salvo los principios exploratorios de mi masturbación adolescente y a escondidas. Quedé liberado, impelido por tu fuerza salí de mi escondite, dejé mi casa y a mi familia, caminé tras de tus pasos hasta el santuario de tu cuerpo ofrecido como premio o como altar donde sacrifiqué mi hombría rancia de pacata educación, donde descubrí el néctar prohibido y que sabía en lo profundo de mi ser que existía, que no podía ser el placer cosa de dos cuerpos distintos sino de un cálido espejo derretido, piel con piel masculina, ahondando en la carne, perforando el orgullo de antiguos prejuicios machistas retrasados.
Tú fuiste mi lazarillo y mi maestro en el dúctil arte del orgasmo retardado, cuando la urgencia inexperta afloraba en los sentidos y se obstinaba en desparramarse antes de tiempo, dejando un poso de frustrante camuflaje en los ojos...  Críptica enseñanza la tuya, que no descubriste tus ases guardados en la manga; querías mi influencia para acceder a otros medios que te auparan a cotas más altas que las de un vulgar oficinista, lo que yo era; después de tu partida, fui un despojo ambulante por las aceras de un Madrid que se me hacía tumba abierta u osario plebeyo y para estúpidos...
Ya ves que el rencor sigue en su nido, ponzoñando amargas lágrimas por tu recuerdo... ¿Cómo podría seguir viviendo sin ti? Pues ya lo ves, a base de esos recuerdos: "Tú me acostumbraste..."
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 6 de abril de 2016

Un veneciano anónimo


Eras demasiado joven para enredarte en noviazgos y lo nuestro fue tan solo un combate cuerpo a cuerpo entre dos hombres sedientos de sexo, atrapados en una ciudad que no era la nuestra. Un italiano y un español coincidentes en Orán. Nos presentaron al final de la noche en aquella boda en el tejado... ¿Recuerdas? Curiosa fiesta en la azotea de un edificio de cuatro plantas en el corazón de la ciudad, en la parte más emblemática -eso nos dijeron-; tanto tú como yo estábamos de paso por motivos diferentes. Yo, huía de una inspección burocrática en la entidad bancaria donde hasta no hacía poco desempeñaba mi labor, dudosa labor de la que no voy a hablar, por cierto. Tú, huías de una apresurada boda no deseada por tu parte; equivocados impulsos te habían dejado a la merced de una mujer sin escrúpulos que lo único que pretendía de tí era que la dejases encinta para pescarte de la peor forma posible, a la manera siciliana. Dos huidos, dos indecisos en el sexo, dos camuflados en sendos armarios empotrados hasta las trancas, dos víctimas de desamores primerizos, dos engañados por diferentes caminos: un joven compañero de trabajo fue mi iniciador y el tuyo, el que debiera ser tu joven cuñado puesto como cebo para la pesca de marido para su hermana mayor. Dos historias rocambolescas. Perseguidos por la justicia administrativa y por esa otra justicia de rancia tradición. Aparcados en aquella azotea, queriendo olvidar nuestras historias, nos enredamos en otra bien distinta, en una tonta discusión de ¿religión? Llegamos a un tácito acuerdo: terminarnos el porro que nos habían pasado, apurar nuestras copas y dejarnos llevar por el brillo de nuestras miradas que nos conducirían hasta la casa de nuestros anfitriones en el barrio de Gambetta. Ninguno de los dos había oído hablar del otro hasta esa noche y sin embargo compartíamos idénticas amistades; dos amigos comunes, conocidos en ciudades de países diferentes y que ahora nos juntaban en esta variopinta ciudad mestiza del Mediterráneo, anfitrión de razas y culturas, puente de escalas tendiadas hacia el cielo sobre las olas... Es lo que diría nuestro común amigo Lorenzo Ramos si nos viese ahora estrechamente unidos en un abrazo que no deja lugar a dudas de lo que estamos haciendo. Común encuentro y coincidencia ¿el destino? Dos ciudades que empezaban por eme: Madrid y Mestre, dos hombres bien distintos en edad y aspecto físico; nuestras mentes conectaron al instante mágico de calar el primer porro en la azotea de la boda de Karim, el hermano de Moussa, el chico enamorado de Lorenzo -por mucho que él quisiera disimularlo-. Y dos nuevos elementos en aquel dédalo de historias: nosotros, un Juan y un Giovanni -Juanes al fin y al cabo-. No por decir nuestros nombres podrían pensar que nos estábamos delatando. Hay muchos Juanes viviendo por el ancho mundo, pero sí, atando cabos es posible que pocos coincidan con nuestras disparatadas historias... Y, a estas alturas de la película, ¿qué más nos da? Han pasado más de treinta años, nuestros deslices ya fueron olvidados pero nuestra común historia de amor tórrido y precipitado, esa no se podrá olvidar ni tan siquiera por los que nos conocieron en aquel desconocido Orán de 1981. Una boda en el tejado, un amor entre cuatro paredes que fue el cuarto que nos dejaron para escondernos del mundo y sus rencores. Una habitación orientada al Mediterráneo desde cuyo balcón se olía el puerto y el viejo castillo español delimitaba el horizonte por donde debieran estar las costas españolas e italianas enfrentadas, abierto balcón que amplificaba nuestros besos en la tarde, cuando los últimos dorados rayos de sol entraban hasta la cama, esa cama que sería nuestro altar de continuo desposorio, un altar de cotidiano sacrificio donde tu cuerpo y el mío se ofrecían como víctimas propiciatorias para un ritual caníval. Pero los días del Paraíso en esa orilla norteafricana llegaron a su precipitado final cuando sendas cartas conminatorias indicaban que habíamos sido descubiertos... Alguien, algo fue el detonante de esa delación. Los celos de nuestro anfitrión, o de su amigo, o entrambos tal vez sintieran envidia de nuestro amor... Es mezquino pensar eso de Lorenzo o de Moussa cuando fueron ellos los que dieron muestras de arroparnos y protegernos de las insidias de la pequeña comunidad de amigos y conocidos. Éramos famosos muy a nuestro pesar, se nos veía juntos a todas horas y en los sitios más inverosímiles, en reuniones y conciertos, en las terrazas de los cafés, en los baños, paseando ensimismados por las largas avenidad ajenos al bullir de la ciudad y sus almuédanos. No, las cartas eran ajenas a celos o envidias de aquel precioso joyel que fue Orán para nosotros; vinieron de parte de nuestras familias, avisando que un soplo había dado con nuestro paradero... A eso se le llama coincidencia. Doble coincidencia, juntarnos y separarnos en poco tiempo. De aquellos días nos quedaron algunas fotos y varios dibujos que yo te hice -aún los conservo guardados en carpetas que miro a veces, cuando la nostalgia aprieta-. De cómo volvimos a encontrarnos pasados los años... Tal vez lo escriba, otro día que no estés presente. Este regalo del tiempo no debe dilatarse más en la espera de juntar nuestros envejecidos cuerpos anhelantes de viejas caricias y de antiguos besos.
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 4 de abril de 2016

Sin pelos en la lengua


No se me parece realmente en el rostro, nada en su mirada refleja la mía, ni la expresión de sus labios; tampoco algunas particularidades más íntimas se asemejan a las mías. Pero hay un algo que sí se diría que somos, que hemos sido fieles imágenes de otra época. Sí, las cosas hay que decirlas con claridad; no es mi vivo retrato, de acuerdo, pero me da un cierto aire de hace treinta años. Tenía yo entonces los treinta y seis cumplidos y era una mala bestia, sexualmente hablando, un producto tardío que aún tenía medio cuerpo metido en el armario. Y era deseado por unos y por otras pero con nadie permanecía más de lo preciso, de lo justo y necesario, sin complicaciones; o, al menos, eso es lo que yo me creía. Pensaba que no me complicaba la vida cuando se la estaba complicando a varias personas, seriamente a un par de ellas... Y es que dar falsas esperanzas, aún sin darnos cuenta, es nefasto para una mínima relación ¿de amistad? ¡Iluso! Todavía creía yo en la amistad, en el concepto básico de ser amigos, en la complicidad sana, sin más. No, no existe posible amistad al menos entre hombres y mujeres. Supongo que ellas lo quieren todo o esperan casi todo, o creen que lo pueden conseguir, hacernos cambiar de bando, de acera, de gustos, de pareceres... El eterno femenino que también impera entre lo masculino de nosotros hacía su labor de zapa. Y no era la primera mujer decepcionada, frustrada de verse simplemente utilizada por el momento especialmente delicado que yo mismo atravesaba, una duda de no saber a ciencia cierta a qué bando dejarme caer, cayendo a cada lado, dando bandazos y zarpazos. Me desvirgó, fue la primera, pero comprendió que conmigo la batalla estaba perdida de antemano; hizo su triunfal salida pero discretamente y desapareció, nunca he vuelto a saber de ella. La siguiente, pasados unos años, era amiga de las de siempre, camarada de juergas entre compañeros de clase... y algo más que ya me advirtió uno de mis amigos, uno de los íntimos, que tuviera cuidado, que me adentraba en terreno resbaladizo. Y pegué el patinazo. No sin antes liarla de la peor manera posible, después de intimar más de lo debido, de dar esas falsas esperanzas por mi parte que significaban lo contrario por la suya. Y así pasó, que a mi vuelta desmadrada de Orán, encontré a una mujer despechada que me la tenía jurada (no en vano me lo advirtió aquella echadora de cartas en un barrio del puerto oranés: "hay una mujer que te quiere mal", dijo y yo no caí en la cuenta de mis continuados ninguneos y desplantes) y, efectivamente, ahí estaba, esperando su venganza servida en plato frío, pero antes de eso dio muestras en gélidos avisos que yo no supe interpretar pues estaba demasiado eufórico con mi tercer amor de hombre -eso era lo que yo creía entonces-. Había destrozado los sentimientos de un chaval, primero. Me destrozó los míos, el segundo. Y el tercero estuvo esperando entre un viaje a Orán y el del año siguiente, cuando,a mi vuelta, se desató el drama. Mujer despechada, hombre dejado y dolido. Y yo, vivaqueando por sus entresijos, no lo vi llegar; y, de golpe, furioso, llegó el amor ¿de nuevo?... ¿Que a qué viene contar este culebrón romántico? A mis pelos corporales, a eso viene el cuento. El hombretón de esta foto, que no es mi tipo realmente porque soy de los que unos ojos deben ser definitorios de los sentidos y éste no me dice nada en su bonachón mirar, quizás parece algo resabiado por amantes que se le han ido (sí, realmente se parece a un ligue de otros tiempos locos, era un muchacho menos peludo pero con un rostro muy parecido; es posible que por eso me haya atraído la foto desde un principio y que no fuera por sus pelos), pues ese cuerpo de oso sí que se encarnó en fiel reflejo de este otro oso: los dos nos encontramos e inmediatamente nos enamoramos una noche de San Juan de hace ya más de veintiún años y aquí seguimos, enredados y por fin casados desde no hace tanto -al final pude convencerlo-.
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© Juan Rodort, 2016