lunes, 29 de febrero de 2016

Deseos, sensaciones


HE DADO AL ARTE (1921)

Constantino Kavafis

 


No hay ninguna concordancia con las fechas de los poemas ni con las de los dibujos. Que aquella colección sobre algunos de los poemas (homo) eróticos de Kavafis era demasiado avanzada para 1979 en la Barcelona del momento que luchaba por subir al primer puesto del carro de la Cultura pero que se quedaría en simple "Cultureta" -según el modo de ver de El Viajero, que lo sufrió en propias carnes-, él no lo sabía entonces.
Y es que hace unos días lleva dándole vueltas al título del poema Kavafiano, pero a la hora de buscar una buena traducción no ha visto ninguna de su gusto. Niega que el alejandrino pusiera ciertas palabras, deseos y sensaciones de esa forma, no las habría escogido desde luego. Ya tenía buen cuidado con transcribir ciertas palabras homoeróticas que parecieran "normales", al igual que El Viajero tuvo buen cuidado de expresar en líneas, nada indefinidas por cierto, en la transcripción de las palabras a imágenes de esos poemas.
Demasiado atrevido para los jóvenes años de la democracia española y poco apropiado para un bar de encubierto "ambiente" en el casco urbano barcelonés. Ni tuvo tampoco suerte más tarde cuando en el viejo Madrid castizo pretendió colgar sus ensoñaciones de cuerpos desnudos masculinos retorciéndose en nubes de líneas vaporosas e insinuantes ("El peinador de nubes").
Pero nada insinuante eran los dibujos sobre los poemas de Kavafis; "Oiga, que son dos hombres" le dijo la airada compradora del dibujo "A la puerta del estanco" porque las figuras de dos jóvenes estaban castamente enlazadas y el resto daba la connotación erótica (homo) del abrazo. Tuvo que descambiárselo, devolverle el dinero y quedarse con el dibujo que al final terminó en paradero desconocido colgado en las paredes de un bar-cafetería madrileño en segunda o tercera muestra pública para nada aceptada ni comprendida. Habían pasado dos años de la exposición en Barcelona; el tiempo pazguato de la mojigatería ni se había movido.
Y esta historia, anécdotas breves, viene al caso del título del poema de Kavafis: "He dado al Arte" que esta mañana vuelve a la memoria de El Viajero pero ya no recuerda qué quería escribir hace dos días. Tal vez que él está ahí, aquí, dando testimonio de ambiguas posturas atemperadas; él siempre ha estado a contracorriente de las modas, iba por otros caminos o ya venía de vuelta. Ahora, que está estanco y le apetece la calma y el sosiego, tan solo le acechan los recuerdos y nostalgias de su vida que pudo haber sido pero no fue como previó o quiso. Pero ahí está, como un servidor del Arte, un esclavo de la Belleza; a ellos se entrega desde hace mucho aunque en estos áridos momentos ya no le encuentre sentido ni al uno ni a la otra en este jodido mundo revulsivo (vomitivo, purgante) y repulsivo...
Así, pretendió dejar constancia de sus antiguos paseos por el certamen-muestra-arrumbadero que es la feria-mercado-prostibulario del Arte: "ARCO" (él la llama: ASCO). Pero cómo hablar de la mierda sin sentir náuseas...
Mejor escribir sobre deseos, sensaciones...
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© Juan Rodort, 2016

domingo, 28 de febrero de 2016

Soy andaluz, ¡y a mucha honra!


Doble foto ensamblada de cuando viví en Sevilla, tomando un fino fresquito en la terraza de mi segunda casa sevillana, protegido del altivo sol por unas celosías en la florida terraza; la otra foto no recuerdo exactamente el punto de la costa pero parece ser Matalascañas (la playa por excelencia de los sevillanos). Se me ve morenito y ensanchecido...
Pero ahora no me voy a poner estupendo hablando en andalú ni haciendo el ridículo con un bailecito por sevillanas... y mucho menos ponerme a cantar flamenquito. Soy andaluz, de nacimiento y por vocación, pero eso no quiere decir que defienda a ultranza el andalucismo. No, después de mi hégira, al cabo de tantos años de viaje no voy a volver a esa Ítaca que ya no acepta a un hijo de ninguna parte. ¿Me convertí en un apátrida? Soy un ciudadano del Planeta Tierra, donde piso está mi patria y donde vivo está mi pueblo.
Pero siempre queda ese poso de nostalgia, de mirada hacia atrás -sin ira- que me hace retrotraer a mis años de infancia en aquel pueblito andaluz, cuna de tantos otros que como yo fuimos catapultados a dar más vueltas que un "polene" (voz localista de la peonza, trompo pequeño).


Canto a mi pueblo

          Yo soñé Fernán-Núñez como una isla pintada en un mapa de la escuela,
          afuera limitaba con los otros continentes subidos en el cielo.
          Era un país imaginario suspendido en un mar de olivos y atardeceres,
          los engullía extralimitándose con el viento
          cargado de primaveras y jaramagos, con carreras
          interminables de “cucharitas” robando flores del pecho de las mujeres.

          Fernán-Núñez era una fachada despintada y carcomida
          de rojos hierros y balcones que añoraban el mar tras los olivos;
          y yo, asomado por entre los barrotes en la ventana de mi casa
          siendo niño, imaginaba que el mundo estaba en otra parte,
          que la Tierra tenía otra Luna llamada Fernán-Núñez
          y que sólo los vencejos lo sabían.
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© J.R. Ortega, 1988
(Cucharita: dicho de los mozos que vivían en cortijos, poco cultivados y cerriles)

Al final me puse estupendísimo sacando mis poemas del baúl de los recuerdos (huúu...) y, total ¿para qué? Para decir: Soy andaluz, ¡y a mucha honra!
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© Juan Rodort, 2016

sábado, 27 de febrero de 2016

Dos poemas para un aniversario


El té saharaui

          Ríos, caminos de vapor y salitre
          que el viento surca sorprendido. A fuego lento
          cuecen alquímicas tradiciones y ebullen largamente,
          su aroma breve, inmaculado asciende hospitalario
          en tres veces sucesivas. Y allá siguen las estrellas y la lucha continúa
          hacia la Paz (rescatada con las armas, no queda más remedio).

          Sigue el rito, la infusión, según marca la costumbre
          -que no sabe de exilios ni de guerras olvidadas
          por los siglos venideros-, en tres veces sucesivas.
          Ríos, caminos de vapor y algo que no adivino,
          componen esa alquimia que no muere y nos convida
          con su aroma hospitalario, por tres veces sucesivas.

Le portrait du petit Dahha

          Tú no piensas que un desierto
          es una mancha amarilla pintada en un mapa,
          sin agua, ni gentes, tal como enseñaban en la escuela.
          Tú sabes de su noche imperialista y lo que eso significa,
          que Sahara es ya Magreb reverdecido de pueblos hermanados.
          Pero tú sabrás por siglos, fijado en tu memoria, del blanco acribillado
          en sangrante media luna abrazada a cinco puntas de una estrella...
          Tú ya tienes tu bandera y el Sahara por cabeza.
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© J.R. Ortega, Orán, 27 febrero 1979

viernes, 26 de febrero de 2016

Escenas sexuales en la Charca Verde



Que terminásemos enredados Carlos y yo estaba más que cantado; desde que llegamos a orillas del río Manzanares en su Cuenca Alta y nos despelotamos para tomar el sol, inocentemente, el grupo de amigos se fue disgregando en un ahora me voy a dar un paseo por este caminito (este era Carlos), pues yo me quedo y me quito el bañador que total no viene nadie por aquí entre semana (éste era Josemi), yo también me quedo (nuestro simpar amigo común de todos nosotros, Manu) que no tengo ganas de andar; pues yo te acompaño -le dije a Carlos- y nos adentramos en la espesura del matorral.
Y este amago de conversación, porque no íbamos hasta allí para charlar sino para tomar el sol con el culo al aire tranquilamente, sin mirones ni interrupciones de excursionistas domingueros, fueron casi todas las palabras que nos dijimos.
Muchas menos palabras fueron las que cruzamos Carlos y yo nada más despistarnos de sus miradas -si es que Josemi y Manu nos estaban mirando-.
Andamos un poco hasta un bosquecillo de retamas a orilla de la corriente, lo suficientemente alto como para taparnos de observadores indiscretos, si los hubiera; primero fueron unos sobeteos por el abultado paquete de Carlos y él por mi hermosísimo culo (no es porque sea mío, estoy muy satisfecho de las sesiones de gimnasio empleadas en su endurecimiento) hasta que nuestras pieles calientes demandaron algo más que un atornillado morreo con lengua serpentina y aquel bailoteo de manos palmeadoras...
Acurrucados en una losa de piedra más o menos plana y rodeados de una cortinilla de vegetación, bañados por un sol de justicia para estar a finales de septiembre, comenzamos o terminamos el acercamiento, más cerca ya no podía ser, aunque lo que Carlos quería era estar dentro de mi culo... ¡¡¡Y con "aquello"!!!
Llevaba él un escueto slip verde manzana que cuando su pollón estuvo preparado se le salía hasta el ombligo y con mi pantaloncito rojo brillante ajustadísimo me daba la sensación de ser un capote ante aquel pitón palpitante que me embestía sin miramientos.
Bañador y calzón quitados. Desnudos y tendidos muy juntos para no pincharnos con los ramitas ni las piedras, con las pieles chorreando sudor entremezclado; no hubo necesidad de más lubricante para la faena... ¡hasta dentro! Estocada y puntilla al mismo tiempo...
Mis ojos haciendo chirivitas del estupor, que no sorpresa, de tener todo aquel zocotroco dentro moviéndose desaforadamente; así era Carlos... y yo había escogido primero a su amigo Josemi (creo que ya relaté los escarceos escuchando el "Twist del Autobús" de Clavel y Jazmín:
"..................
Mi corazón late al compás
cuando te veo en el autobús
y no lo puedo ya parar
porque me llena de inquietud
Y no lo puedo remediar....mi corazón se pone a palpitar
...
..................
Cuando bajo del autobús
casi no puedo caminar
un cigarrillo de fumar
para calmar mi ansiedad
Y no lo puedo remediar....mi corazón se pone a palpitar
..."), pero ahora era Carlos; una vez "conocido" a Carlos, siempre Carlos (sustitúyase el Carlos por negro, por el aquel del zocotroco y se entenderá toda la letra).
Así que ¿cómo contárselo a Josemi? porque estaba bastante colgado por este que lo es -no es por nada que uno también se sabe mover por las interioridades ajenas y nunca, nunca recibí queja-, ¿cómo se lo iba a tomar?...
Fatal, se lo tomó fatal; nos descubrió in situ, en la segunda maniobra de acoso y derribo, yo ya totalmente desmadejado y que me echasen lo que fuera... Pero Josemi se contuvo bastante, no nos mató al momento, lo fue haciendo lentamente con miradas de reproches y poniendo de su lado a nuestro simpar amigo común Manu, él era como un elefante entrando en una cristalería..., muy suyo.
Volvimos de morros los cuatro, pero la mano de Carlos acariciaba mi mano por debajo del asiento de atrás, disimuladamente, como no queriendo olvidar aquellas escenas sexuales en la Charca Verde.
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 25 de febrero de 2016

Un culo, dos culos, tres culos...

Alégrame el día, corazón, que tú sí que puedes hacerlo... Eres la panacea, el remedio, el premio, el deleite y todo lo que se diga de ti será poco, porque eres más que hermoso, porque más que ser, estás más bueno que el pan recién hecho en casa, calentito, calentito y tierno, crugiente, tostadito, relleno de miga esponjosa y para mojar... donde sea. Así eres tú, así estás tú de rico y jugoso como lo demuestran estas tres fotos que te has tomado para recochinearte de tu belleza ante los feos admiradores... ¡Que no nos importa! Para eso has nacido, para eso estás en este mundo, para dar testimonio de la belleza, para que las tristezas desaparezcan cuando tú apareces; estás entre nosotros como un icono santo enmarcado por tu cámara-telefonillo en autocomplacencia. ¿Y quién no se autocomplacería con semejante palmito? Tenemos que agradecerte la participación en tu belleza, que nos permitas ser testigos oferentes y devotos tendidos a tus encantos, postrados ante tu imagen iconostásica de retablo barroco angelical... porque esos glúteos... redondos, contorneados, provocativos y angelicales al mismo tiempo; ese culazo en tripatita foto es para todos nosotros sustento en las horas bajas, como las actuales horas eternas de impaciencia ante las mariconadas politiqueras -un ejemplo, sin ir más lejos- que nos traen a mal traer... Pero ahí estás tú, bello cuerpo, idolatrado cuerpo, condescendiente ante tus admiradores-adoradores-esclavos ¿qué más da? Porque si tú hubieras sido cabeza (o culo) de listas electorales, en estos momentos no habría dimes y diretes de concienzábulos y amojonamientos varios que van a terminar como El Rosario de la Aurora o como agua de borrajas, lo mismo da... Pero, ¡ay!, pero si hubieras sido tú el candidato presidenciable... Ya tendríamos un gobierno constituido y avalado por mayoría absoluta marica -por lo menos, porque somos muchos-. Pero, siempre hay un pero... está demostrado que el marica-marica no entiende ni de mecánica ni de política, solo entiende... de eso que está delante del culo. Que, por cierto, ¿cómo será lo tuyo? (hay fotos que lo atestiguan y exponerlas sería ya un acto de terrorismo visual para soliviantar la libido del más pintado). Así que, parodiando la copla aquella del programita "infantil" con globos sobre la Tierra es un globo que se me escapó... se puede transcribir lo del globo por: un culo, dos culos, tres culos...
(Sí, la Tierra es un culo que se le escapó a alguien con muy mala uva; así nos va).
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 24 de febrero de 2016

Es una epidemia de miseria sexual


Varias veces se lo habían dicho: Querido amigo, llevamos una vida de miseria sexual... Y tenían toda la razón. Ellos eran mucho más jóvenes que él pero bastante más lúcidos en cuanto a sus necesidades básicas, las que sus cuerpos demandaban, y el suyo todavía más, en esa cruel indecisión del consentir pero no del todo... Y para qué hablar más del tema si El Viajero no quiere ni acordarse de los días en el noveno piso de Orán. Su cuaderno de apuntes y poemas lo refleja claramente:

Orán, 1981
18 febrero, miércoles
Imposibles (imposible cuerpo insaciado), múltiples esperas
que no serán posibles; levantado en ingravidez invertebrada
mi cuerpo sobre el tuyo se despereza acariciado.
Suave anuncio de sueños en las mañanas invernales
ignorantes que la primavera entró en mis venas.
Fortísimos cuerpos pintados en otra antigüedad, como de ahora.
Pensar tu nombre y un torrente incandescido fluye
a mi piel que se sublima en la espera.

21 febrero, viernes
Para qué forzar las tardes de invierno y sus larguísimas puestas de sol deteniendo el tiempo al ver su cuerpo.
Su cuerpo musculoso y suave enjabonado junto a su amigo en el baño árabe.
Cuando rascó mi dorso conversando de sus palomas y vuelos atardecidos, sus manos enjabonaban mi cuerpo abandonado;
palomo esquivo, ladrón de mis poemas. Esperando miradas en la esquina
soslayados cuerpos majestuosos, desnudos y abiertos terriblemente para olvidar pecados que sí y no se dejan.
El balcón tan mío abierto a sus corazones y desnudas miradas
falto de caricias sin una casa que se llene de sus cuerpos soñados.
Cruel vecino robador de miradas en las tardes interminables de mi invierno.
¿Para qué forzar tu rudo corazón de acróbata sorprendido en risas y vuelos metálicos de palomas?
Tu pichón escondido tirita el leve contacto de mis manos–alas robadoras de tu inocencia.
Palomo altivo que yo quisiera degollar en esta tarde.


Y, para terminar, una muestra lapidaria de lo que le eran aquellas horas de hastío y vacío dolor:


Es una epidemia de miseria sexual...
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© Juan Rodort, 2016

martes, 23 de febrero de 2016

35 años, de golpe y porrazo


Aquel 23 de Febrero de 1981 amaneció sin ningún incidente particular en lo que ya se había convertido mi vida cotidiana en Orán. Como cualquier otra mañana bajé los nueve pisos a pie -el ascensor del edificio tan solo funcionó una vez que vinieron a "arreglarlo" y desde entonces seguía con el cartel de "averiado" puesto- y me acerqué a la panadería más próxima, una tienda al estilo de las antiguas Ultramarinos de mi niñez en Madrid. El pan estaba recién hecho, calentito y aromático; pedí tres barras sabedor de que una casi entera iba a caer a mordiscos antes de subir a patita hasta el noveno. Allí, mis compañeros de piso aguardaban mi llegada para el desayuno: café con leche para mí y té verde con leche para ellos con un buen trozo de pan bien untado en mantequilla y miel. Cayeron las dos barras de pan y más si las hubiéramos tenido entre los tres comensales hambrientos, dos jóvenes argelinos y un maduro español refugiado en su refugio de estudiantes.
Hasta ahí, nada de particular en la mañana de aquel lunes que debiera ser como cualquier otro de los vividos durante tres años consecutivos en tierras del norte argelino. Tres años de autoexilio que esa mañana presagiaba que podría ser un definitivo y verdadero exilio político y no un simple juego de posturas de niño mimado cabreado con la sociedad occidental del momento.
Hice mi cotidiano paseo por el barrio, visité los cafés de siempre, charlé con los conocidos habituales y, después de pasar por la Rue de la Bastille para ver qué ofrecía el mercado -al lado mismo del Consulado Español-, por si hubiera ocasión de comprar unas hermosas y frescas gambas confiscadas a los pesqueros españoles o una rama de dátiles recién llegados desde algún oasis sahariano, oyendo la cantinela de los niños vendedores de bolsas de plástico a un céntimo (para entonces mi dominio del francés y algo del árabe local eran suficientes como para entender sus gritos) y disfrutando siempre del aroma exótico del mercado diario, de su colorido y tipismo tal como a un "extranjero" se le ofrecía gratuitamente todos los días... 
Hacia el mediodía ya estaba de vuelta en el noveno piso, comiendo un guiso de cordero y una escueta ensalada amarga mitigada con más pan recien horneado...
La tarde del lunes, haraganeando en los cafés del barrio, esperando la hora del comienzo de la primera sesión en la Cinémathèque, esperando ver alguna película prohibida en España...
¿Quién podría imaginar que unas horas más tarde, esa misma madrugada, iba a estar yo "durmiendo"con Mojtar?
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 22 de febrero de 2016

Casto lunes de resaca (sexual, por lo menos)


Aquí te quería yo ver...
Desmadejado, con un tambor lleno de redobles por cabeza y la piel reseca por chorreones que anoche fueran perlas gozosas cayendo en surtidores de plasma vulcanizado y restallante; tu piel hambrienta sí que lo recuerda, te lo muestra en sus rincones más inusuales. Apelmazada piel resacosa al igual que todas tus células...
Y es que esta mañana más pareces un ectoplasma de tí mismo, un lento recuerdo del ¿qué he hecho? ¿y con quién? Para terminar en la evidencia de que tus apetencias sexuales se dispararon anoche hacia otros derroteros inimaginados -¿tú crees que lo fueron? y ¿no era eso lo que estabas esperando?- y ahora piensas a duras penas que la frugal disculpa que se te viene en ciernes es el consabido: yo no quería, estaba muy borracho... pero ésto no debe repetirse, nadie lo tiene que saber... y otras perogrulladas por el estilo.
¡Basta ya de cojudeces! ¡Tú eres maricón! (Marica, vamos, como yo).
No te valen más excusas. Y anoche hiciste sexo -por cierto que varias veces y bastante satisfactoriamente por cierto, ¡fiera!- con otro hombre (yo, el que escribe este alegato imaginario).
Por mí, ¿qué quieres que te diga? podemos repetirlo cuantas veces tú quieras... ahora mismo, si tu cabeza no te estalla, porque, ¿sabes?, eres una esponja sorbiendo cubatas y me has dejado seca la reserva de ron y ginebra. Así que no te hagas el estrecho ni el supermacho conmigo, que sé lo que te gusta... ¿o es que fingías entre mis brazos? Conmigo no tienes por qué hacerlo (fingir), creo conocerte (bíblicamente ya lo he hecho) lo suficiente como para darme cuenta que hoy no vamos a tener una mañana de casto lunes de resaca (sexual, por lo menos).
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© Juan Rodort, 2016

P.D.: Todos los lunes la misma vaina del paripé heterosexual metido en el armario.

domingo, 21 de febrero de 2016

Sexo con Domingo cada noche de domingo


Aquello ya se estaba convirtiendo en una costumbre... o en un rito. ¿Casualidad? Bueno, la primera vez que nos encontramos en el "búho" de nuestro barrio seguramente que lo fuera, pero al siguiente domingo lo consideramos pura casualidad coincidir en el bus nocturno y a la misma hora.
Para mí no era extraño tomar ese autobús, ya que mis horarios de trabajo me obligaban a salir en la madrugada de todos los domingos, días laborables extraordinarios por la doble paga -por eso consentía aquel maldito horario-. Regularmente salía siempre de la redacción a la misma hora, el bus de la empresa me dejaba próximo a la parada del bus nocturno en la Plaza de Cibeles; siempre a la misma hora, salvo que se retrasasen en llegar los demás "búhos", salíamos en dirección al extrarradio, al barrio, a mi casa. El bus lleno hasta arriba, a veces conseguía asiento pero las más de las veces hacía de pie la escasa media hora de trayecto. Aquella noche pillé un asiento en la parte de atrás, justo al lado de un chicarrón barbudo y muy, pero que muy mirón. Pasamos todo el camino tocándonos con la pierna de forma más que casual, intencionada, presionando con las rodillas y sintiendo el calorcillo de nuestros cuerpos a través de las telas de los pantalones; yo, por lo menos lo sentía y él, supongo que igual por los rítmicos movimientos de su pierna caída al desgano sobra la mía, buscando mi contacto en cada giro del bus y aquel trayecto era de lo más movidito y curvo, sobretodo en los últimos minutos, poco antes de llegar a nuestra parada. Él se bajó delante mío. Íbamos calientes a pesar del frío de aquel febrero y nos fuimos persiguiendo... lentamente; él remoloneaba ¡como si mirase escaparates en plena madrugada! Total que no tuve más remedio que abordarle, porque este tío parecía de esos que hay que dárselo todo mascado y bien comido. Me acerqué al escaparate (era una tienda de ferretería) y entablamos el clásico: hola-hola, ¿vienes mucho por aquí? y gilipolleces de esas para terminar con lo fundamental: ¿tienes sitio?, preguntó él y yo le agarré del paquete y tiré hacia casa.
Desde que abrí el portal ya me puso burro al sentirlo tan cerca, su calor, su perfume -no demasiado estridente-. Era un corpachón grandote y duro, peludo en lo que dejaba ver y a la luz del portal con unos ojos amielados de esos que tanto me gustan que ayudaron e incitaron a que nuestros labios se fundieran nada más cerrarse la puerta del ascensor. La entrada en casa la hizo con los pantalones por las rodillas; cayeron nada más llegar al dormitorio.
Tenía yo entonces una altísima cama-armario-cajonera; allí quedó tumbado, de un empujón, con los pantalones por los tobillos y una considerable erección bajo el blanco calzoncillo. Ni que decir tiene en qué estado me encontraba yo...
El resultado fue rápido e inmediato: un voltearlo y bajarle el calzoncillo bastante mojado de mi saliba para dejarlo con el culo expuesto y empotrarlo seguidamente contra el colchón... sin miramientos, como una taladradora. Así, de sopetón, a pelo, sin más preámbulos... Terminamos, yo dentro suyo y él directamente al suelo. Mientras se vestía, sin limpiarse siquiera, me dijo que vivía a dos manzanas, que ya me había visto otras veces por el barrio y que se llamaba Domingo. Tenía mucha prisa por llegar a casa de sus padres. Nada de dejarnos teléfonos, solo los nombres; él ya sabía donde estaba mi casa, obviamente, y yo me encargué de informarle de mis horarios, por si acaso.
Coincidimos al siguiente domingo-madrugada, a la misma hora, en el mismo "búho", pero esta vez sin paripés ni entretenimientos de prolegómenos: directamente a mi cama, con una rápida follada, sin tan siquiera desvestirnos del todo; martilleo contra el armario-cama y corridas (dentro y fuera); después, un buenas noches que tengo mucha prisa... nos vemos.
Al tercer domingo consecutivo, la cosa ya empezó a ser un rito. Pero esa vez insistí en desnudarlo totalmente... ¡Bello cuerpo! El resto, como siempre, con las prisas y el que no podía quedarse; no hubo forma de hacerle cambiar de opinión.
Y durante una buena temporada hice sexo con Domingo cada noche de domingo.
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© Juan Rodort, 2016

sábado, 20 de febrero de 2016

Ensalada lujuriosa de palabras


"Reina Zanahoria" era el título de una película española, si la memoria no me falla. Pero no, veo que la confundo con "La Reina Anónima" que es de la que recuerdo alguna extraña escena, quizás el atuendo de Marisa Paredes tirando a color de pastanaga (vaya, se me coló la zanahoria catalana de cuando estuve viviendo en Barcelona). Ay, las zanahorias... De ellas me nutrí fundamentalmente durante magras épocas en que mi pecunio no podía distraerse para deleites gástricos. Manzanas y zanahorias eran mi dieta primordial en aquellos días del hambre atrasada en que debía ingeniar el magín para comer caliente al menos una vez al día echando mano de mi agenda de amistades peligrosas. Pero esos días acabaron aunque dejando un amargo poso de angustia de haber degustado la pobreza más negra de espíritu y cuerpo. Porque cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por una ventana... o similar. Y tener hambre física y anímica es demasiado para aguantarlo mucho tiempo.
Empecé a comer zanahorias en mi época jipi de Ibiza. No sé el por qué de mi ignorancia sobre la hortaliza color naranja hasta bien entrados los años 70 del siglo pasado. ¿Su morfología fálica? ¿Que en la dieta alimenticia de mi casa natal no se estilaban esas cosas? Recuerdo haber visto ejemplares pequeños de zanahorias dispuestas para su guiso, siempre en escasas cantidades, ignoro su por qué. Tal vez algún tabú familiar... pero no creo, porque los rábanos tienen la misma forma aunque sean de otro color y sabor y se consumían a modo en su estación correspondiente. Eran tiempos de cosechas a su hora y según el tiempo. No como ahora que hay de todo (malo y dudosamente clasificable de comestible o bueno para la salud) en los mercados por el aquel de la globalización (curiosamente los globos no tienen nada que ver con esta palabra y sí los lobos, los depredadores económicos).
Pues este potage de palabras viene a cuento ante las lecturas diarias de noticiosos y demás cotilleos cibernéticos. Ayer, sin ir más lejos, silencié y denuncié una de esas páginas de "opinión" en la que se vertían todo tipo de insultos y descalificaciones hacia una mujer (una entre las muchas que ahora son noticia) de la que tengo oído todo lo contrario; todo, porque no comulga con las ideas de la que escribía el panfleto lapidario. Lo denuncié a Google como una página de acoso (y mal gusto). Pero ¿eso qué tiene que ver con la lujuria? Parece que poco, pero creo que tiene mucho que ver si nos paramos a pensar en la fatua cara de los que se explayan en verborrea suma contra sus enemigos de partido, secta, opinión, etc... porque es el rostro del orgasmo dialéctico, echando por sus boquitas todo aquello que les pete -incluidos esputos-.
Y ensalada mental, la que tiene un servidor esta mañana. Y eso que la lujuria hace tiempo que no me visita por mucho que la nombre y la desee. Las palabras se las lleva el viento, salvo que se escriban en el ciberespacio... entonces se utilizan como arma arrojadiza del baúl de los recuerdos, del año la polka, desempolvadas y zaheridas delante de la narices o las cámaras para levantar polvaredas donde no las haya. Que ya lo dice el dicho: calumnia, que algo queda. Y cuidado con lo que decís... como amenaza subliminal de propios y extraños. Pero siempre está el soltar un: "No tengo ni idea" tan socorrido como inútil porque te dejará en evidencia de bobería camuflada en todo me la suda o que me quiten lo bailao... Total, ¿qué son las palabras? Sonidos, soniquetes, sonajeros, sonarse las narices sin pañuelos...
El poder de la palabra. Curioso que un ministro de la palabra no crea en ella, en su poder al lanzarla contra viento y marea como quien no quiere la cosa. ¿Que todo esto es una concatenación de palabras hueras? ¿Y qué es el hablar por hablar? ¿Qué son los telediarios? O las noticias de la radio... o los cotilleos del mercado. Vacuidad de las palabras, ensalada lujuriosa de palabras.
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© Juan Rodort, 2016

P.D.: Toda esta palabrería venía a cuento del resultado estadístico de seguidores de Blogger que no sé si se miran sólo las fotos o se dejan llevar por el sentido de algunas palabras empleadas en los titulares, sobretodo de las que hacen referencia a obscenos pensamientos.

viernes, 19 de febrero de 2016

La espuma de los días

(Hombre mojado esperando que alguien lama su piel caliente...
Traducción libérrima de: "Islak erkek vucudunu emme istegi")

El baño turco, maravillosa obra de connotaciones románticas y dramáticas. Fue providencial ver la película semanas antes de visitar Estambul. Pero no visité ningún baño turco. Me bastó el ambiente contradictorio de la ciudad a caballo entre la tradición y el "progreso". Fueron pocos días de estadía como para pensar en filigranas reivindicativas de tiempos pasados en otra orilla mediterránea, en otros baños: los baños de Orán. Allí sí que la espuma de los días corrió por mi piel caliente y peluda, codiciada o repudiada por los otros parroquianos del hamman. Frecuenté distintos baños en diferentes barrios populares; en todos tuve una espectación manifiesta nada más desnudarme y aparecer en versión original peluda de pies a cabeza (bueno, no hasta la cabeza que por aquellos años la llevaba afeitada). Era yo un contraste rudo y mudo entre cuerpos rutilantes de todas las edades y bellezas. En la desnudez del agua transpirada éramos todos una misma masa sudorífera en busca de expulsar nuestros humores en el cálido recinto, tratando de mantener la compostura de aviesas miradas soterradas dirigidas a entrepiernas bien adornadas... Corrían regatos de agua peluda de aquellos que habían rasurado su pubendos vellos; bellos cuerpos desnudos integrales cara a las paredes y piletas que eran los únicos autorizados a mantener la visión recatada de esos acuclillados cuerpos chorreantes de espuma, en aquellos días de estupor del extranjero, de El Viajero metido a personaje clásico de novela de aventuras. Baños de Orán, inspiradores de tantos y tantos dibujos y pinturas cuanto menos o más que homoeróticas. Belleza masculina esclusiva en los penumbrosos rincones vaporizados, bajo el techo de minúsculos lucernarios estrellados, por estrechos pasillos entre cámaras de calor y frío, atisbada por entreabiertas puertas de cabinas de masaje, esperando que sucediese algo más que una lipotimia por exceso de calor y exudación. Pero hubo ocasiones en que todas estas ilusiones y deseos fueron sobradamente cumplidos, de la forma más inverosímil e imprevista... El amigo que enjabonaba mi peludo dorso y que reculaba hasta otra estancia con una más que notoria erección. La erótica del masaje, del enjabone, del manoseo de las pieles calientes y mojadas. Y a El Viajero le ocurría otro tanto de lo mismo cuando debía corresponder a la misma oferta de enjabonar al amigo o al vecino del barrio que solícito le ofrecía esponja y jabón para comenzar un calvario represivo que terminaba con la huida de El Viajero hasta el servicio y allí poder desahogar la tensión erecta acumulada.  Recuerdos de invernal luz esperando el rito de cada viernes para visitar el hamman de barrio y cumplir con la erótica fiesta de la espuma de los días...
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 18 de febrero de 2016

Sexo bajo las estrellas

(Paul Freeman.com)

En pleno mes de agosto las noches madrileñas daban pie para atrevimientos como el nuestro: pasar la noche-madrugada follando como conejos en pleno Retiro, al amparo de unos setos de boj, al borde del paseo y a pocos metros de la entrada por la Puerta de Alcalá. ¡Qué osadía la nuestra! O la mía, porque el muchacho que me acompañaba no solo era forastero sino extranjero -no recuerdo su nacionalidad, hablaba en un inglés colonizado-, los dos sin sitio para desahogar nuestro ardor, un ardor visto y no visto a resultas de unas miradas en plena calle de Alcalá; bajando yo de retirada para mi casa, él subiendo de forma despistada...
Una de esas tontas noches en que los ligues en los bares de Chueca se hacían los escurridizos e interesantes, para luego más tarde, cuando cerrasen las discos y darse cuenta de que no habían ligado por un desmedido afán de ningunear a todos los pretendientes, de un éste no quiero y aquel tampoco, terminar espectantes al otro lado de la acera en pose de rebajas... o, directamente a hacer la carrera alrededor del "Pincho" (los jardines del obelisco).
Pues, una de esas noches vacías, de miradas esquivas y calor sofocante, harto de cervezas sin compañía, de ir de barra en barra, de bar en bar, terminé por salir camino de Cibeles para tomar el primer "Búho" que llegase y dormir en casa de mis padres -que era la única opción que tenía aquel verano-. Bajaba sudando por la calle de Alcalá y deteniéndome en algún escaparate para ver la decoración (una de esas fijaciones absurdas en las madrugadas ebrias) cuando le vi reflejado y cómo se volvía a mirarme, unos pasos más arriba. Nos miramos frente al escaparate de la tienda Loewe, los dos, momentáneamente mudos de asombro, calor, sudor, borrachos... sin poder apartar los ojos el uno del otro. Luego balbuceamos palabras ininteligibles en diferentes lenguas intermedias para llegar a una medio comprensión: él estaba de vacaciones con su familia y dormía en un hotel en habitación compartida; yo iba camino de la casa de mis padres y sin ninguna posibilidad de salir del armario de sopetón delante de ellos sin matarlos del disgusto... Me siguió calle abajo, pasamos la glorieta y las paradas del autobús, subimos hacia la Puerta de Alcalá y nos adentramos en El Retiro como bastantes otros noctámbulos ávidos de experiencias y de sexo bajo las estrellas...
El resultado del fogoso encuentro ya lo he relatado otras veces, y no sé si en este mismo sitio, pero lo volveré a contar.
Su nombre... no sé si me lo dijo, no sé si hablamos. ¿Cómo hacerlo con las lenguas entrelazadas? ¿Su cuerpo? ¡Un portento! una vez le despojase de sus escasas ropas: una camisa holgada de manga corta, un pantalón corto y un calzoncillo blanco tradicional... amontonado junto a sus chancletas y mis propias ropas. Los dos desnudos, ensortijados en retorcido abrazo de piernas y brazos, de bocas y sexos que se introducían alternativamente en cualquier orificio nuestro oferente, cálido, abierto, lubricado, sediento de sexo bajo las estrellas...
Me desperté al tímido resplandor de la Aurora entre las ramas del boscaje. Estábamos desnudos, yo aún lo tenía bien apretado y con la dureza propia del despertar ensamblado a su joven cuerpo; me llevó pocos movimientos para rematar la faena y dejarle todo mi ardor dentro. Él siguió dormido-desmayado como un hermoso pelele a mi lado. Me incorporé sobre el codo para contemplar la imprudencia de nuestros actos. Desparramadas por doquier estaban nuestras ropas, su cartera abierta con la documentación al aire y asomados billetes de dólar (estuve por fisgar sus datos y ganas me dieron de sustraerle algunos billetes; locos pensamientos fugaces, menos mal); ningún condón en mi polla chorreante de semen, ninguna precaución la nuestra porque notaba mi propio culo lleno de su leche... Brutal descubrimiento cuando la resaca se termina de golpe al evidenciarse lo irremediable. Debo confesar que fui malvado. No, no le robé nada pero le dejé allí dormido y olvidado para que otros fueran los culpables de su muerte...
¡Qué fuerte! ¿No?
No, no fue así... ha sido una elucubración momentánea. Ocurrió de otra forma.
Le desperté, nos vestimos y recogimos los restos de monedas y demás objetos pequeños que se habían desparramado por nuestro improvisado lecho y en donde habíamos hecho sexo bajo las estrellas.
Salimos en silencio del parque, yo tomé un autobús en dirección a casa de mis padres y él siguió caminando lentamente hacia el hotel donde sus padres seguramente ya le habían echado en falta.
No hubo más intercambios que de nuestros respectivos fluidos. Solamente fue sexo bajo las estrellas.
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© Juan Rodort, 2016