jueves, 22 de diciembre de 2016

La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va...


Tampoco hay que ser ácido ni negativo en llegando estas fechas, total que por una noche... Sí, por una sola noche del resto de las noches del año, vamos a ser consecuentes y dejarnos de tonterías fatalistas, que mañana será Navidad y el muchacho de la foto brinda para que hagamos muchas buenas cosas (con él, sin ir más lejos). Así, cualquiera no es feliz, con ese cuerpazo de reno bien alimentado, con ese pechugón digno de ser el plato principal de la cena de esta noche, de todas las comidas... Comida, la que se le podría hacer por las partes bajas que no se le aprecian en esta foto pero que todos suponemos cómo serán una vez bajado el cinturón de castidad navideña que se sujeta a dos manos, sonrisa traviesa y ojillos cariñosos, un pelín achispados de vino espumoso o de alguna que otra sustancia sicotrópica que el chico haya tomado “por equivocación”, ¿cómo él iba a ser un drogata, con esa pintaza de chulazo come-hombres? Ahí está, a horcajadas, delante del arbolito iluminado como su mirada aviesa. Esas muñequeras encueradas, ese brazalete ensalzador de bíceps que se sale, esos pezoncillos juguetones... No hace falta traer una fregona para recoger las babas chorreantes del suelo, que el panorama desde esta otra orilla del objetivo es serio, mojaditos estamos todos ante este portento que no tiene desperdicio. Se le supone un cuerpo de carne tórrida, un cuerpo místico para adorarle, un cuerpo de lujo y lujuria, un cuerpo real y no de ciber-células o dos dimensiones en papel impreso. Y tendrá un nombre y un lugar donde viva, tal vez una familia, algo más que amigos y esperamos que no esté casado, prometido, secuestrado, sea hétero convencido o camuflado, que sea un chico complaciente y aplicado en sus tareas; porque no cabe duda de que es un objeto sexual para uso y disfrute del prójimo más necesitado en esta Navidad, cuando la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va...
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 19 de diciembre de 2016

Nana para dormir al sexo...



(como si de un enhiesto surtidor de sombra y sueño se tratara)

Tirado en la escalera de subida al dormitorio, no tuvo más remedio que pasar por encima de su cuerpo y, de paso, arrebatarle la estricta braga, escueto calzoncillo, slip cursi de trapo (algodón, pero de marca, faltaría más) a dentelladas; lo colgó a su cuello como un torque de esclavitud o señal sumisa de bajarse al pilón y hacer las paces con el duro-enhiesto-largo-grueso-enorme trozo ocultado a la censura cibernética que pondría mil y un obstáculos para su publicación. Abierto de piernas para que llegase cómodamente a los internos recovecos de sus ingles peludas, calientes, sudadas, lamidas, comidas, regurgitadas. Él se deja hacer, no es que le vaya el rol pasivo ni mucho menos, pero sí el de sentirse adorado, objeto expuesto, tótem místico que habría de sobrepasar antes de llegar a los sagrados misterios de la alcoba. De eso se trataba ¿no? de precalentamiento. Nota como los labios carnosos del muchacho le recorren la extremidad abierta a la lujuria ensamblada en una boca cavernosa y profunda donde se adentra hasta tocar fondo palpitante, en sístoles y diástoles bucales que le hacen cerrar los ojos e imaginarse a esa otra boca que ahora estará sabe quién dónde –él sabrá lo que se pierde, o gana-. Le ha gustado el detalle morboso y fetichista del muchacho, ese colocarse al cuello su calzoncillo (recuerda que era del otro, de ese que no quiere ya recordar ni mentar), le produce un oscuro deseo de poseer al joven cuerpo que, desnudo –salvo el trapo enrollado al cuello- le está haciendo las delicias refocilantes; ni siente en sus glúteos las aristas de los escalones, ni su espalda le chilla la incómoda postura, arqueado, apoyado en la coronilla y los talones está a merced de los labios succionadores... Cómo poder olvidar aquel otro cuerpo imagen idéntica del suyo, afín en todas las pilosidades y musculaturas; este cuerpo joven que le atenaza y ahora ya se deja dominar por la potencia de sus brazos, este cuerpito lampiño aunque superdotado en los medios-bajos, este cuerpo de promesa de hombre curtido no bajará siendo el mismo después de que él le cante una larga estrofa del poema del Gilgamés, después de satisfacer todos y cada uno de sus poros ávidos de sexo, su piel hambrienta de sexo, su pene... ¡qué portento! Cuando terminen el primer asalto, en este lecho antiguo de placeres en otro tiempo emparejados, cuando inicien el segundo asalto, el tercero o el cuarto y sucesivos... Hasta quedar exhaustos, entonces sí que le cantará una nana para dormir el sexo...
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 15 de diciembre de 2016

El duro y frío (¿sexo?) ...invierno


A todo se acostumbra uno, dicen, pero a la Belleza (masculina) del cuerpo ideal nunca es lo suficiente para la avidez febril que arrastra El Viajero. Ya le han dado un toque de atención respecto a las historias de quede y cuelgue adolescente... su eterna historia de amor por el amigo que nunca fue amante por mucho que él lo intentase. Y es que cuando la Belleza hiere lo hace más profundamente si es un hombre hétero el objeto amado. Amar a heterosexuales es perder el tiempo en fútiles caricias imaginadas, en noches en vela a fuerza de pajas mentales y de las otras, perder la conciencia y la dignidad, arrastrarse por las sombras de su cuerpo imposible. Terribles experiencias las de El Viajero que le llevaron a extremos que no quiere ya ni recordar. Pero ahí sigue, de tanto en tanto, rememorando aquel amor joven, eterno amor. Amante de la Belleza, amante de sí mismo reflejado en el amor sentido a los otros. Un hedonista incorregible. Pero a fuerza de imágenes bellas (de cuerpos hermosos y profundamente sexuales) El Viajero subsiste en su inconsciente (consciente, que no se engaña por mucho que lo intente), en los oníricos rincones de su mente en reposo acelerado, mucho más fatigado que la noche antes, cuando despierta descubre que el amigo-amante imaginado, soñado solo ha estado de visita en otro de sus tórridos sueños. Belleza compartida consigo mismo, acostumbrado a ver, a extasiarse ante las cosas bellas que la vida le ofrece. No se conforma con esos dones gratuitos, espera algo más contundente: la realización de uno de sus sueños, que no lo sean, que consiga por fin sumergirse en las profundas ondas rem de lo eterno... ¿morir soñando? Aterido de amor, pero no desatendido de amor, que amar, le aman y bien que se siente amado, pero ¿es suficiente para un obseso del sexo? Obseso de sexo en paro, que lleva una temporada de inapetencia, de falta de cumplimiento de sus obligaciones conyugales hacia su pareja. Un impedimento que ahora le parece un desnudarse ante el teclado, un pretexto más de el duro y frío (¿sexo?) ...invierno.
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 12 de diciembre de 2016

El sueño de la sinrazón


Produce monstruos el sueño de cada cual, lleve o no razón. Él mismo no sabe distinguir entre sueño o vigilia; la pasada, la de la Inmaculada... ¿O eso era antes? Cuando se pasaba la noche del 8 de diciembre en vela (no recuerda haberlo hecho nunca, pero le habría gustado por el morbo malsano de pensar en qué haría allí, reunido con tanto hombre y muchacho). No, eran otros tiempos, pero en los que seguramente se la pasarían de acá para allá, que voy que vengo con el churro tieso de tanto meneo, que no cree él que todo fuesen rezos y penitencias (seguro que malas conciencias sí) por dejarse llevar por el olor de la carne fresca, sudada, inmadura, púber canéfora que no porta el acanto precisamente sino un zocotroco de órdago y muy señor mío... entre las perneras genuflexionadas en apretados bancos donde el roce, el contacto, la erección del vello de las manos se hace patente en muchos de los adoradores, adoremos... Esas noches prohibidas de Adoración Nocturna, de polución nocturna en mientes, porque aún no da la edad para ni tan siquiera poder imaginar tales menesteres. Pocos años después es un maestro en adoraciones nocturnas pero no fueron en invernales sitios sino en tórridos cuartos compartidos donde la penumbra se hace cómplice de sus torpes e inseguros gestos amatorios. Él es un visionario, a su modo y manera, claro. Un adelantado a su edad natural, pero deformado por una inmadura información tomada a girones, de aquí y de allá, fabulada más que contrastada. Él tuvo (tiene) sueños que nunca lograron convertirse en realidad y por lo tanto confunde esos estados vigiles con los oníricos, hace tabla rasa con todos ellos llegando a un potaje mental que le llevará al precipicio en varias intentonas por salir precipitadamente por la puerta falsa de esta vida atormentada por sueños ávidos de cuerpos prohibidos, de sexo prohibido, de amor prohibido: Amar a otro hombre como a él mismo (le suena a algo que leían en algún acto religioso, pero no es ese el sentido que pretenden darle, él se lo apropia a su modo y manera particular). Descubre zonas oscuras de su mente que le dan miedo y marcarán sus sueños de por vida. Desarrolla un mecanismo de autocastigo, una pauta de conducta onírica donde se niega a soñar húmedos recuerdos inventados, deseados, sueños abortados por fútiles pretextos. Sueños húmedos con cuerpos visionados durante el día, recordados, reinventados, adorados y alguna que otra vez sometidos a su voluntad... Triunfa sobre sus tapujos, mezquinos complejos sexuales que le llevan a la paranoia fetichista. La única obsesión es poseer esos cuerpos visionados, partes de esos cuerpos, ropas que esos cuerpos hubiesen tenido puesta, los contactos íntimos sublimares que su retorcida mente plagia en sueños; ahí hace suyos los objetos íntimos de sus codiciados cuerpos: es un fetichista del calzoncillo usado. Roba calzoncillos a diestro y siniestro para darse cuenta al despertar que tan solo ha sido un maldito sueño, otro más de la serie, otra noche más de poluciones involuntarias. Pero no todo es soñado. Roba ropa íntima de sus amados iconos sexuales, a veces la toma prestada para ponérsela y masturbarse en ella. La primera vez (recuerda) él tenía once años y el calzoncillo robado pertenecía a un joven soldado... Es la historia de su vida, la historia de un joven marica o de un menor acosador de mayores. Él es así, no puede remediarlo, lo intenta (lo intentaba, iba a confesarse pues todavía creía en algunos preceptos y castigos), se arrepiente... hasta la siguiente vez en que vuelve a caer en el vicio; cada vez más frecuente. Y sigue soñando, ansía soñar, que llegue la hora del sueño para poder acceder a aquellos cuerpos que no puede tener en la vida vigil: puede tocar, abrazar, chupar... y matar. El monstruo surge en algún sueño: él mismo. El sueño de la razón produce monstruos, pero ¿y el sueño de la sinrazón...?
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dos canarios, dos (pequeñitos)


La tenía pequeñita y muy morena pero no se le terminaba de poner del todo tiesa, claro que como él no era maricón... Insistió e insistió en dormir acurrucado en el suelo a los pies de mi cama, total era verano y no hacía precisamente frío en mi habitación, pero esa insistencia me dio la clave de lo que yo había estado pensando toda la tarde nada más verle, al poco de que nos presentaran y llegar a una casi total certidumbre de su homosexualidad reprimida y oculta por el aquel de que estaba entre sus compañeros de clase y amigos; total, yo era un extraño hasta ese momento y no tenía nada que perder (¿él o yo?). Después de la inauguración de la exposición colectiva nos fuimos todos los participantes de copas por aquel Madrid canalla de los años ochenta del siglo pasado. Él había venido con otros dos más de los exponentes desde Las Palmas, creo, y no tenía donde quedarse; aunque no lo conocía de nada y me lo presentó mi colega con quien compartía estudio (él no podía acogerlo porque vivía en casa de sus padres). Ningún problema, podía quedarse y compartir mi cama, mi enorme cama donde tantas juergas se habían corrido (el compañero de piso no tenía más que un sillón para descansar en su parte de estudio). Bebimos muchas y más copas y nos fuimos fraccionando en grupitos quedando nosotros tres, mi compi, el canario menudito –escultor de obra abstracta, decía él- y yo, ebrio perdido a estas alturas y sin contención en las manos para manosear a diestro y siniestro a quien se pusiese a tiro: el canario... mosqueado pero igualmente ebrio (los tres lo estábamos y mucho). Mi compañero de estudio se largó a su casa, no tenía ganas de juergas ni de repetir aquel amago homo de hacía unos días cuando se me quedó dormido, semides-nudo en mi cama después de una de tantas borracheras conjuntas; esta vez puso tierra de por medio entre mis manos y su culo... Pero el canarito estaba encantado de mi compañía, seguimos tomando vino y cerveza hasta acabar mis existencias; él más borracho que yo insistió en quedarse a dormir, pero en el suelo... Yo estaba demasia-do cansado para contradecirlo y me acosté, pero a los dos minutos me levanté y le forcé a acostarse conmigo, los dos en calzoncillos y evidentemente bastante empal-mados, así que no tuve por más que bajárselos y hacerle un homenaje en toda regla... Se me corrió a los cinco minutos. La tenía pequeñita y muy morena pero no se le terminaba de poner del todo tiesa, claro, él no era maricón... pero se corrió de gusto, yo no pude de lo borracho que estaba (creí que no era tanto, pero no). ¿Su nombre? No lo recuerdo... ¿Domingo? o lunes... coincidía con un día de la semana. Al día siguiente se chivó a mi compi, que yo era una mala persona y había abusado de él, que no quería volver a verme nunca más... ¿Y de la metedura de mi polla en su caliente culito no dijo nada? Pues parece que esa parte se le había olvidado el chaval.

Reinaldo también la tenía muy pequeña, pero eso a mi no me importó en lo más mínimo, tenía otras cualidades que en nada le hicieron ser un reprimido, todo lo contrario aunque no le gustaban las penetraciones (hacerlo o dejarse). Él sí que era homosexual, lo tenía asumido a pesar de no demostrarlo en gestos o palabras como en aquellos años era lo más habitual (la dichosa manía de hablarnos en femenino jacarandoso, en bromas o en veras, que alguno se lo creía). Rei, así le gustaba que le llamaran, era canario, también de Las Palmas. El pelo rizadísimo y largo, una barbita incipiente también rizada, unos ojos caramelo de dejarte saturado de ternura nada más mirarte, pero lo verdaderamente atrayente de Rei era su sonrisa y esos dientes perfectos. Tenía otras perfecciones más: un cuerpo de efebo que no era producto de gimnasio sino de deporte natural y ejercicio cotidiano. Él trabajaba en televisión, de eléctrico (no electricista, sin más, sino de algo especializado, no me explicó bien) y no quería ser reconocido por sus compañeros por el pitorreo a posteriori que ya sabía que ocurría con otros compañeros homosexuales declarados y reinonas. Él solo era Rei. Y le gustaban las caricias y los besos. Pero qué forma la suya de acariciar y besar... Me ligó en plena calle, cruzando por Sol hacia Arenal, muy típico. Su sonrisa fue un flechazo y dos palabras bastaron para enredarnos en una conversación y en un cambio de planes de los dos; él no iría al cine con sus amigos que se quedarían esperándole y yo no iría de copas (a ligar) porque Rei me llevó a su apartamento. Lo recuerdo porque nunca había estado en el interior de los edificios que rodean a la Plaza de Olavide. Tenía curiosidad por ver su cuerpo desnudo, los ajustados pantalones ya me estaban dando una pista, el redondo trasero, discreto paquete, hombros anchos y caderas estrechas, una chaqueta marinera con el cuello subido le daban un cierto aire de Corto Maltés madrileño; y sus ojos... Pero sus labios me envolvieron en un collar de besos, sus manos eran aleteos por mi cuerpo lo mismo que las mías por el suyo. Nuestros sexos afilados y tiesos dentro de nuestros calzoncillos, de pie todavía y a la entrada del estudio-apartamento. Ni tan siquiera utilizamos su cama, íbamos de rincón en rincón dando retorcidas contorsiones y lametones. Era muy dulce y tierno. Su voz hacía juego con lo sedoso del pelo, lisura de piel de corto y aterciopelado vello negrísimo como sus ensortijados cabellos paralelos al matojo rizado encima de su pequeño pene, pequeñito y suave, al igual que el acompañamiento, dos bolitas peludas y otras dos más duras en el trasero apretado y caliente, pero a él no le gustaba que se le trastease por la retaguardia, ni hacerlo. Ni falta que hizo, nos bastamos con nuestras respectivas bocas y manos para terminar la doble faena en un chorreante orgasmo gritado a dúo, de pie, desnudos, sudorosos, jadeantes y contentos. Reinaldo la tenía muy pequeña, pero eso a mi no me importó en lo más mínimo, tenía otras cualidades y eso nos bastó para repetir varias veces en días sucesivos. No quiso enamorarse de mí y por eso dejó de verme. Me lo dijo así, tenía las cosas claras.

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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 30 de noviembre de 2016

A verlas venir...


¿A quiénes? Desde luego no serán ningunas féminas las que vayan a venir y lo de que este mozo está por verlas llegar... ¿Entonces? ¡Ah! Difícil elección cuando hace tan solo unos días dijo que no volvería a hablar del tema motorizado... Pero es que tendría que “bajarse de la moto” si quiere que se cumpla el refrán: “A verlas venir” ¿Y qué significa? Ah, eso pregúnteselo a él, que de eso entiende... un rato largo, tanto como el tesoro que se oculta entre sus piernas y que por un mero formulismo ético no sale en esta instantánea. Y es que los tiempos cambian que es una barbaridad, que es una bestialidad, etc, etc si se sigue la letra del comienzo de “La Verbena de La Paloma” ...para terminar con un matón de la China-ná-China-ná... ¿Cómo quedará? Sí, él. El mozo sentadico en la barandilla, ¿cómo quedaría con un mantón de chulapa? Pues como una travesti loca con barba o un locazo travestido. Pero se le ve buen chico al mozo. “Las apariencias engañan”. Sí, hoy está que se sale el refranero español en boca de El Viajero. Que no es por presumir pero él estaba así de majo cuando tenía esos mismos años y el cuerpo crujiente, pero ahora habla de otra cosa; hoy ya se bajó de la moto y está a verlas venir...
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 28 de noviembre de 2016

Va de motos, va como una moto, va de sexo motorizado...

¿Erick, el de la moto? Pues no, no es él aunque se le parezca en el descosido braguero mojado... Aunque recuerde al del pasaje aquel de “ExParadís”:


“...Se dan una ducha despacio, enjabonándose mutuamente, acariciándose los sexos que aún bajo la cascada de agua templada se vuelven a levantar. Se besan con pasión dejando que la espuma corra por sus cuerpos abrazados, chorreantes... sin prisas. Luego se visten. Erick se pone los pantalones y cazadora de cuero directamen-te, sin nada debajo. Un abrazo deja notar todo lo que hay dentro del cuero. Pero la decisión es firme. Esto es una despedida en toda regla...”


Pero la verdad-verdad es que Erick, el de la moto, era solo un personaje dual de dos novelas: “ExParadís” y “El baile de las cigüeñas” de las que El Viajero ha tomado los pasajes para apropiárselos como recuerdos de su frustrada vida sexual; ya le hubiera gustado protagonizar el episodio de “Los suizos de la moto” sin ir más lejos...

Este es el verdadero Erick, el de la moto, que a decir de sus amigos sí que estuvo una vez en Ibiza pero no llevaba ninguna moto, nunca la ha tenido y mucho menos que se hubiera enrollado con ningún tío. “¿Erick? ¡Pero si es un mujeriego empedernido!”. Él nunca se ha querido pronunciar al respecto, aunque le halaga que lo tomen por un semental ya sea follando a tíos desesperados en las páginas de novelitas de sexo, drogas y ...motos o tal como él es, un muchacho serio y con novia que vive en Bélgica que no en Holanda como le ponen por esas novelitas homosexuales. De todas formas a El Viajero estos detalles no le afectan en la creencia de su propia realidad-irreal, él sigue identificándose con los protagonistas de sus fantasías homoeróticas. Él es así: va de motos, va como una moto, va de sexo motorizado...
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© Juan Rodort, 2016

viernes, 25 de noviembre de 2016

Y yo me lo llevé al río pensando que era mozuelo...


 

“Gracias por tu carta, que es de agradecer y mucho más porque la has escrito al vuelo ahora que no dispones de conexión a Internet, gracias por las fotos especialmente la de ese espécimen de macho potente que sale del agua como Poseidón, armado de semejante tridente, listo para clavárselo al que quiera para que después la víctima haga unos versos como los de Teresa de Jesús, cuando el ángel le clavaba su espada... ¡Ay, amigo!, que me has hecho recordar al muchachón ese de Cala Tarida en Ibiza hace ya muchos años cuando se metía en el agua y salía chorreando y con el slip blanco y translúcido luciendo una polla grande como una olla, que él se reacomodaba una y otra vez para que no rebasara los límites de la decencia, aunque, la verdad, no había por qué si tan solo estábamos él y yo en esa solitaria playa, yo admirando semejante portento de verga, pene, polla, cipote, pito o como quieras llamarle, allí estaba yo con la boca abierta, casi babeante y él luciendo su hermoso miembro. ¡Ay, amigo!, que me lo llevé al huerto (porque allí no había río) pensando que era mozuelo... para descubrir que era todo un maestro en eso del acoplamiento hombre con hombre ( y es que requería serlo con ese ariete que cargaba entre las piernas) y que de verdad me enseñó a relajarme para recibir artilugios de gran calado, aunque ya no me volví a encontrar armas de semejante calibre sino hasta muchos años después, pero por aquel entonces como que me acobardé; decidí solamente darle placer con la boca y por entre las piernas, bien lubricadas con aceite bronceador. ¡Mira lo que me haces decir por andar enviándome fotos de machos potentes y bien dotados!”.

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© Anonimo Veneziano (“AHC”), 2016

martes, 22 de noviembre de 2016

Otro ...con la moto


A parte de Erick, el de la moto, han pasado bastantes más motoreros por los brazos de El Viajero. Y no es que él presuma de ello y de ellos, la verdad es que a este muchacho se le arrejuntaban los más extraños tipos o es que llevaba pegado en la frente un cartel de "se buscan problemas"; desde luego que los tuvo y gordos como aquella vez de Las Ramblas de Barcelona con "Los suizos de la moto" ya pasado a estas páginas y recordado hasta la lujuria. Pero no tanto como a Erick, el de la moto, ese personaje casi novelesco -por más que saliera como personaje en aquella novela "Ex-Paradís"- que tanto impresionó a El Viajero y del que guarda tan bellos recuerdos. Ese y otro, que aunque no ha tenido moto hasta ahora él lo pintó al mando de una Harley-Davidson de catálogo, la misma que a él mismo le hubiera gustado montar y nunca lo consiguió (la moto de los suizos era una BMW).

Este es el panel que ornaba la tercera barra del extinto Bar Troyan's de Madrid, el mítico lugar de encuentros del efímero MSC madrileño, el modelo no era ni más ni menos que su entonces novio, el mismo que ahora le ha mandado una foto del rodaje de su última película... ¡Ay, este chico! Qué historias, qué personajes y qué motos aquellas. No, no hay historia, es tan solo "otro ...con la moto".
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 21 de noviembre de 2016

Un 20-N más (sin pene ni gloria)


No, no es él el de esta foto; sí, ya es como un viciado cuento: todos se parecen a él en calzoncillos... Pero este muchachote peludo y barbudito tiene su misma consistencia, sus manos, sus brazos, sus hombros, su pecho coronado por ese pezón erecto y ese vello salvaje que baja hasta perderse en el abultado calzoncillo (aquella noche él llevaba una camiseta blanca de tirantes a juego) del que no pudiste apartar la vista... hace treinta años de eso y parece ayer mismo, Javier. El Javier de la voz que te envuelve como un poderoso río, el Javier que te abraza con sus fuertes y peludos brazos estrechándote contra su pecho cálido y mullido de amigo, solo de amigo. Nada más que un amigo para él, eso eras tú para Javier, un amigo. Algo peculiar, difícil a veces pero un amigo más a fin de cuentas. No “su amigo” o “el amigo de Javier”, no. Uno de tantos, o casi. Pero esta misma fecha casi se te termina de pasar en blanco hasta ahora mismo en que te das cuenta del número asociado a la letra del mes... Y recuerdas que un año después de aquella anunciada (y esperada) muerte, Javier te hizo una visita sorpresiva en el piso que compartías con otro de tus amigos (en realidad era su piso y te lo había dejado para que lo cuidases mientras él estaba estudiando unos cursos en Londres). Javier llegó esa noche sin previo aviso, un timbrazo seco y largo acompañado de su inconfundible voz al telefonillo que perezosamente alzaste para enterarte de quien llamaba a esas horas finales de la tarde en que ya no esperabas a nadie ni tenías ganas de salir de marcha, estabas arrastrando una mediodepre a consecuencia de lo de siempre, nadie te hacía caso o eso era lo que tú creías; pero ahí estaba “tu Javier”, el héroe de tus sueños, el hombretón con el que habías estado soñando y teniendo sueños húmedos hacía noches sin poder adivinar que ahora mismo estaba entrando por esa puerta ¡vestido de soldado! (de cabo primero, con sus galones y todo) y con una bolsa de exiguo equipaje en la mano izquierda mientras sostenía su gorra con la derecha y empujaba la puerta porque tú te quedaste mudo y tieso ante esta imagen prodigiosa del dios guerrero con quien tantas noches habías batallado eróticos encuentros... Allí estaba, sonriéndote de oreja a oreja y dejando caer gorra y bolsa al suelo de la entrada te fundía en férreo abrazo contra su pecho. Casi estuviste a punto del desmayo. Su olor mezclado con aquellos tufos cuartelarios y su peculiar aroma subiendo por su cuello donde tú tenías enterrada la nariz a punto de desfallecer de placer (o de eyaculación súbita). Allí estaba Javier apretado a tu dócil cuerpo diciendo lo mucho que se alegraba de que estuvieras en casa porque no sabía a donde ir y una pensión para pasar la fría noche de aquel Madrid no le apetecía en absoluto; pensó en ti y aquí estaba, “perdona por no avisar”... Cerraste la puerta y recogiste su bolsa y gorra como dos reliquias bendecidas por lo más sagrado, pasasteis al salón donde tú escuchabas lamentosa música que te hacía componer poemas de lo más lacrimosos pensando en otro Javier, conocido de este también y del que nunca más volverías a saber... Allí, el genuino Javier, el que tú hubieras querido hacer tuyo o que te hiciera suyo como tú lo hiciste con el otro Javier -ahora en paradero desconocido-, el auténtico cuerpo que tú deseabas estaba allí desabotonando la chaqueta militar y aflojándose el cinto. Un mareo más de casi orgasmo cuando te pidió que si podía tomar una ducha... Para qué seguir con lo vulgar de compartir una ducha con el amigo, vestidos, chorreantes, enjabonados y empalmados... ¡te habría gustado! Pero él cerró el pestillo de la puerta del baño mientras tú agonizabas apoyado en el quicio aspirando los vapores del agua caliente mezclados con el perfume incandescente de su cuerpo en llamas (el tuyo ya lo estaba)... La salida gloriosa, como el paso de la Esperanza de Triana al abrirse la puerta a una nube de incienso vaporoso; tú quedaste traspasado por siete puñales de dolor igualmente, transido de gozo masoca: Javier desnudo... Casi. En calzoncillos y camiseta de tirantes blancos, con el pelo aún mojado avanzando hacia tu desfallecido cuerpo que yacía en sus brazos como una Pietá homófila. No, simplemente te preguntó si podía acostarse que estaba muerto de cansancio, que mañana hablaríais más despacio y te contaría; ahora, no. Le armaste el sofá-cama del salón mientras él terminaba de acicalarse en el baño. Luego esperaste hasta que tu insistencia de si quería algo le molestó porque adivinaba lo que tú querías y ya te había dicho otras veces que él solo follaba con tías, que a ti te quería como amigo... Y tú mirando aquel pene enfundado, aquel pecho camuflado, aquellos ojos y aquella boca enmarcada por el tupido bigote negro, negrísimo; todo su cuerpo revestido de pontifical vello negro, negrísimo, brillante, refulgente... “No, de verdad que no quiero nada... Dormir, gracias, hasta mañana”. Eso fue todo. Apagaste la luz mientras él se arrebujaba entre las mantas y envidiaste no ser sus calzoncillos o su camiseta blanca, su desnuda piel...
Pasaste una noche en blanco a fuerza de masturbaciones delirantes que te llevaron a cometer aquel asesinato por amor, enceguecido de amor, empuñando uno de los cuchillos de la cocina seguiste apuñalando como si fuera el convulso movimiento masturbatorio de amor y muerte... Bañado en su sangre medio espesada te abrazaste a su acribillado cuerpo para hacerlo tuyo una vez destrozado aquel teñido calzoncillo y la camiseta hecha girones. Su orificio era tan peludo como todo el resto; se había empalmado en el último estertor.

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© Juan Rodort, 2016

martes, 15 de noviembre de 2016

A mal tiempo, buena cara (de culo)


A pares, los culos mejor de dos en dos para variar un poquiño... como aquel anuncio tonto de la tele en que la guardia de tráfico para al supuesto infractor conductor y en vez de hacerle soplar por un tubito para detectar el nivel de alcohol en la sangre le hace bailar unas muñeiras ...por variar un poquiño (debía ser gallega la agente). Tonta anécdota para quitar hierro a la situación actual que es de lo más rancia y pesada, enrarecida la atmósfera socio política del planeta que a estas alturas debe de estar hasta los cataplines de aguantar tanto piojo sobre su dorso. Y queda el más tonto consuelo de : "no hay mal que cien años dure", que se lo digan a los sufridores de la "Guerra de los Cien Años" aquella, que volvemos a otro Medioevo, Edad Media más bien tirando a Baja Media, Subsuelo Media o Partida, que nos van a partir el alma (acuérdate de Machado: "españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón") que mejor nos partan el culo, ya puestos... lo mejor es relajarse y disfrutar del enculamiento de la ultraderechona que debe de tener un zocotroco descomunal... porque si no, no me lo explico como es que la votan tanto (claro que las estadísticas no mientes y siempre es una minoría-"mayoritaria" la que ha votado). Y los que no han votado que se jodan. Pero es que en este jodimiento colectivo estamos todos en el mismo saco, en la misma posición. Así que, lo dicho: "A mal tiempo, buena cara" (de culo).
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 14 de noviembre de 2016

No tengo ni idea (de sexo, sí)


Vamos, y yo que me lo creí, con ese cuerpazo de escándalo y esa mirada inocente... Pero esa era la contraseña de tu anuncio: Joven inexperto desea conocer a madurito que le enseñe todo lo necesario para salir del armario... Ropero, armario de tres o cuatro cuerpos el tuyo. Y me ha tocado el premio gordo de la lotería. Has respondido a mi tímido envío –con foto reciente- que contestaba a tu anuncio... Que me parecía más bien una trampa de marica vieja oculta que tenía ganas de cachondeo con incautos –como yo-, de pitorrearse de ellos y luego ridiculizarlos ante sus amistades (peligrosas). Pero cual no sería mi sorpresa al comprobar que el muchacho de la foto, el cuerpazo desnudo y bastante bien dotado por cierto, era de verdad. Y ahora viene el verdadero reto para este madurito “con experiencia”, no sé si la suficiente como para poder enseñarte algo que tú ya no sepas, tú que tienes un don innato, una sexualidad a flor de piel que rezuma lujuria por todos tus poros; y no es para menos que así sea, tú eres un pedazo de cuerpo, más que otra cosa. No, no dudo de tu inteligencia pero es que se me hace muy difícil aceptar que esté “enseñando” hacer sexo (queda tan cursi y estúpido lo de hacer el amor...) a una divinidad como la tuya, a un colmo de los colmos de belleza, armonía y buen hacer que sabe adelantarse a todas las posturas que comienzo, que se flexiona como un junco al viento cálido hasta adoptar posiciones que el Kamasutra-gay ni ha inventado. Y estoy hecho un lío, ¿quién es el maestro aquí? A ver, dime ¿dónde están las cámaras ocultas? ¿Cuál es el secreto por el que estamos en tu habitación? –casualmente tus padres están de viaje por el extranjero-capital, porque vives con ellos a pesar de tus 22 años gloriosos-. ¿Cómo es que me has dicho que eras virgen? Y es verdad, lo eras hasta que yo te he desvirgado. Tu primer hombre... ¿tu primer amor? Sería estar en el Paraíso-gay. O es que tienes cámaras de vídeo casero para luego reírte con tus amigos/as... ¿de qué? Del agujero sonrosado y palpitante de tu culo hambriento que más que violarte me has violado, succionado hasta hacerme llegar a tu cielo, porque no cabe duda de que eres un ángel y estamos en el Cielo-gay. Sí, me repito una y mil veces. No puedo aceptar que sea yo precisamente el elegido, el sustituto de tu padre... Porque en realidad he descubierto que las fotos que tienes escondidas en el cajón de tu mesilla no son ni más ni menos que de tu progenitor del que estás terriblemente enamorado. Desde niño. Un incestuoso amor filial que quisieras cumplimentar, que ya has culminado conmigo. Yo he sido tu padre en estas últimas horas. Ha sido tu padre quien te ha violado, ha sido con él y no conmigo con el que has estado en espíritu... Ya me parecía demasiado bonito. ¿Virgen? Tú, mártir soy yo. Me has utilizado y ahora no tendré más remedio que hacer una de dos: o matarte o marcharme para morir de tristeza... No, si saber saber, sí que sabías lo que querías. Totalmente falso tu no sé, no tengo ni idea (de sexo, sí).

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© Juan Rodort, 2016

lunes, 7 de noviembre de 2016

Murciano... ¡agárramela con la mano!


Sí, tú, el mismo murciano que me dejó tirado a la puerta de su establecimiento de pesas y medidas (gais) cuando yo más necesitaba de comprensión y una palabra de afecto, cuanto menos unos minutos de íntima conversación que a fin de cuentas era a lo que iba. Porque por aquellos días estaba solo en la nueva casa mientras mi marido hacía las maletas en la otra a ochocientos kilómetros al norte, según se sale a mano izquierda...
No niego que en días anteriores estuviese indagando en los portales del ciberespacio buscando tu dirección, tu teléfono y finalmente la dirección de la tienda que sabía regentabas tú solo o en buena compañía (lo segundo, tú nunca has podido estar solo y lo de bien acompañado es un eufemismo, que tú siempre has buscado las malas compañías).
Y es que pasaba yo por unos momentos de sensibilidad tonta, de recuerdos enmascarados en viejas imágenes, fotos que no me atreví a tirar una vez que nuestra historia estuvo más muerta que muerta, no pude deshacerme de tu rostro –ese que ocultas en esta foto, sobrado de paquete, que siempre lo has tenido aunque mal utilizado-, los dibujos de tu rostro recordado e idealizado, de tu cuerpo ya desdibujado en mis manos y en mis labios. Pero hubo días en que conocía tu piel al milímetro y tu aliento me sabía a mi propio aliento. Pero no supe darte los malos tratos que tú venías buscando en pos de mi brutal aspecto carcelario. Creíste que yo era un violador implacable, el objeto idóneo para tus propósitos. Nunca te atreviste a dar la campanada allá en tu barrio –un pueblito dentro de otro pueblo- donde eras ampliamente conocido –sí, lo supe siempre y no me importó-, una locaza y ex seminarista que buscaba dolor y sufrimiento en sus frustradas relaciones, en su busca desesperada de pareja dominante para ser sometido, humillado, pisoteado. Pero no eran esos mis planes para contigo. Yo buscaba ya una pareja, un igual a igual que me acompañase de por vida. Para nada el dominátrix de pacotilla que tú buscabas en mi equívoco aspecto. Sí, lo reconozco, daba una imagen truculenta de ser un brutote pegatortas, un máster iniciador de niñitos recién salidos... del Seminario Provincial. No, no era lo que tú buscabas.
Pero la historia no es un repetir lo mismo de ayer, no. Nuestra historia está a medio contar. En aquel relato “A través de la mirilla”-Fantasías reales (a ti te podían haber ocurrido también), I, Enaceitado (bien untado de aceite)- cuento un poco de nuestra pequeña historia que se quedó pequeña esa noche alicantina en que conocí la Belleza de aquel gigoló yanqui haciendo striptease en mi cara. Mira, eso era una de las cosas que yo siempre había deseado y lo tuve ¿gracias a ti? Pues sí, gracias a que no viniste a cumplir con tus deberes de amante, ya supuestamente harto de mis mimitos y pocos-ningunos golpes y castigos mientras no te follaba, que no te dejaste nunca penetrar... ¡Encima, estrecho!
Pero la historia de ahora es de cuando me decidí a visitarte en tu ciudad, donde eras tan conocido, donde tenías una encubierta pareja que debía de maltratarte a tu gusto. Te conocí otro sujeto –no se le puede llamar de otra forma a quien está jugando a dos barajas y con una familia e hijos de por medio- que no sé si tenía las cosas claras o se lo hacía; historias paralelas y para lelos... Te vi a través del escaparate hablando con tu socio (¿y amante?, seguro que sí, hay gestos genuinamente maricas) y entré ante su consternación y sorpresa o todo junto a la vez –vamos, el mundo se te cayó encima al verme-. Y no era para menos porque yo llevaba una pinta bastante innoble, no sé si aposta o por despreocupación, llevaba una indumentaria de pobre de pedir –sin ánimo de ofender a nadie-, poco cuidado y desconjuntado (eso es algo que suelo hacer a posta, odio ir a la moda). Pero hice hincapié en poner una expresión de desprotegido para ver tu reacción que cuadró todas las casillas de mi corta encuesta. Dijiste algo al oído del socio-sosías que se escabulló dejándonos solos unos minutos mientras tú hacías caja (una pasta en billetazos gordos, que estuve por darte un palo y largarme con el dinero como compensación a mis sufrimientos pasados, presentes y futuros). No, no tenías sitio para que yo pasase la noche –ya era de noche mientras hablábamos a la puerta de tu flamante tienda-, pretextando una cena de amigos (¿y yo qué era entonces?). Lógicamente ya no era ni tu amigo ni tu ex amante, ni tú tenías ganas de presentarte conmigo ante tus glamurosos nuevos amigos; una pena. Te di un flojo cachete en la cara –esa cara tan dura que se te había puesto de golpe- y me marché camino de la estación, porque lo que menos quería yo ya era quedarme bajo tu mismo cielo, cerca de donde tú estuvieras. Historias estúpidas que suelo protagonizar a cada tanto, ésta era una de ellas... Por las calles, mientras caminaba aprisa hacia la estación de tren, estaban de fiesta, no sé si era un remedo de Moros y Cristianos, yo solo pensé: “Murciano... ¡agárramela con la mano!”.

Por cierto, que me han cerrado el cibercentro y no tendré oportunidad de mandar más cositas de estas hasta que lleguen las navidades, si alguien no se apiada de mi cuerpo serrano y me trae hasta este otro centro a 8 km de casa, que hoy cayó la primera nevada del otoño (20ºC menos en tan solo dos días). Si no me encuentras en días sucesivos es que las nieves del tiempo me tienen secuestrado en casita (calentito y en buena compañía).
Lo siento, uno es pobre y no tiene medios cibernéticos acordes con su precario bolsillo, pero ¡que me quiten lo bailao! Este sosías peludo es un regalo visual para entretener la espera...

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© Juan Rodort, 2016

viernes, 4 de noviembre de 2016

Suave y sedoso como un oso (de peluche)


Eres un regalo para la vista y el tacto. Y no cuento el placer del olor de tu piel cálida y suave, sedosa piel cubierta de pelillos dorados. Y esos dos botones rojos de tus pezoncillos saltarines al menor contacto de mis dedos... A la vista está, para qué más decir lo evidente, que tu pene se agiganta dentro de mis manos y explota dentro de mi boca o en esa cueva secreta de la que te he dado la llave, solo a ti. Sí, ya sé que tú venías buscando un papá castigador, un oso cavernario que te arrastrase de los pelos y te crucificara contra la pared, empotrándote su enorme polla en tu culito abierto y palpitante... ¡Qué decepción la tuya! Resultó que el osazo que tenías delante se derritió al verte desnudo. Qué distinto del modosito muchacho vestido con ropa anodina de andar por casa o por su pueblo. Porque tú eras un muchacho de pueblo, recién llegado a la gran urbe sediento de sexo, de ser maltratado, golpeado, vejado, escupido y abofeteado como una perra viciosa -eso era lo que tú te creías-. Y te diste cuenta que el osazo que te apretaba contra su velludo pecho te estaba clavando una pica en Flandes por debajo de tus ingles. Te corriste de gusto nada más sentirla apuntalada contra tu ombligo. Pero lo que no pudiste ni adivinar era que el osazo aquel se derritiera al olor de tu leche y te obligara a quitarte los manchados calzoncillos para chupetear todo los que había quedado impregnado en ellos, oliendo la tela, metiéndosela en la boca de barbaza negra e hirsuta que te destrozaba el cuello con su prolongado roce y tú estabas en el Séptimo Cielo de los masocas... Hasta que el oso se refociló contigo y te dejó abierto en canal por todos tus abiertos orificios -más de los que tú podrías imaginar allá en tu pueblo-. Pero no contaste con el brusco cambio, con el oso cariñoso camuflado dentro de aquel otro oso paternal-incestuoso. Con tus calzoncillos puestos y casi explotados con sus enormes glúteos y paquetazo, aquel oso cariñoso te pidió que le penetrases. ¡Cambio de tornas! En ese mismo instante todo el morbo acumulado se te disolvió en una flacidez espeluznante. No hubo forma de poder trempar... Lo siento, le dijiste. Y él te rodeó con sus poderosos brazos, con aquella selva peluda de antebrazos rozando tu pecho estremecido por el llanto. Pero no de impotencia sino de frustración. Tú querías un papá severo que te maltratase, un maestro que te pusiera firme o cara a la pared, o contra la pared y te diera tu merecido; tú eres al fin y al cabo un masoca pueblerino salido del Seminario Episcopal de Murcia donde te echaron por maricona viciosa, que te pillaron poniendo el culo ante una fila de oblatos trempados y ya medio satisfechos (eso era lo que tú contabas pero en la realidad eras más virgen que la patrona de tu pueblo). Ahora mismo no eres más que un juguete roto, eso sí, suave y sedoso como un oso (de peluche).
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

Cuando tú me vampirizaste


Ahora es siempre, nada cambiará esta espera eternamente desesperada; tú no volverás por más que inicie nuevos rituales cada noche de Walpurgis. ¿Que nada tiene que ver con la pasada Noche de Difuntos? Sí, lo sé. ¿Y qué? Qué más da abril o mayo que noviembre para este continuo penar sin encontrarte. Porque cuando me hiciste inmortal moriste al instante o quizás poquito a poco desangrándote. Fíjate que curioso, a mi me curaste mi enfermedad mortal (una hemofilia vulgar y corriente, vamos, en mi familia la hemos tenido de siempre y sobrevivimos a trancas y barrancas hasta hoy en que gracias a ti ya nada importa) mientras que tú quedaste contagiado, por ansioso, por tomarte hasta mi última gota de sangre. Toda mi sangre pasó por tu boca en un suspiro en que me morí... o remorí, porque yo ya estaba más que muerto, remuerto, muerto de amor, muerto de desamor, muerto a la vida porque la vida es amor. Me has privado de las dos cosas, de la vida y de la muerte, que del amor no. Del amor estoy curado, inmune. Pero ¿Quién puede vivir sin amor? Y peor aún ¿quién puede morir en desamor? en un morir para siempre sin encontrar amor, nunca ser querido, amado, siempre temido por este estigma que me has traspasado, por este funesto intercambio que hemos hecho de nuestras sangres mezcladas, degeneradas, ultrajadas... Ya no sé qué más decir. Tengo mucho tiempo para pensar, demasiado tiempo para estar a la espera de que vuelva alguien como tú, o tú mismo reencarnado a reclamar lo que es tuyo; no, no quiero tu inmortalidad, no a este precio de mendigar sangre de jóvenes que no me aman ni me amarán cuando vean a lo que se exponen, a estos muchos centímetros de pene enhiesto y sediento, hambriento, carnívoro... ¿Desvarío? Qué más quisiera que entrar en la locura o en el olvido. No puedo sino esperar que vuelvas, que gire el Cosmos otra vuelta y nos reencontremos ya sea en otra Noche de Difuntos o en otra de Walpurgis... cuando tú me vampirizaste.
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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Cocinar y follar... todo es empezar


Cocinando espero al hombre que yo quiero...

Martes 1 de Noviembre de 2016, sentado ante el teclado de su viejo y obsoleto ordenador relee antiguos escritos ya publicados en estas páginas internacionalmente leídas o por lo menos revisadas a causa de las fotos de muchachos destapados y de hermosuras rayanas en la obscenidad... El Viajero ha escrito mucho desde hace pocos años en que cambió sus lápices y pinceles por estos cuadraditos saltarines del teclado de su Windows XP, marca Acer... etcétera, etc... Ha dejado de pintar, ya no dibuja, tan solo escribe y no demasiado porque le da pereza comenzar, una vagancia que ya se le está contagiando hasta a su pareja que ha dejado algunas de las tareas domésticas de las que venía ocupándose para que El Viajero pudiera dedicarse a pintar, a dibujar o a escribir más libremente. Una pescadilla con la cola mordida que va siendo hora de romper o de comer otra cosa... Mira por donde, hoy toca hacer una seudo-pizza, porque la pasta hojaldrada que El Viajero hace con cosas por encima excepto quesos que le dan una textura demasiado grasa para sus gustos, una pasta que alguien “entendido” calificó de “tosta” porque no llevaba queso rayado por encima, queso de leche de búfala, se entiende... Y de eruditos a la violeta está El Viajero más que harto, de opiniones para todos los gustos y de hacer dulces que él se come porque a su compañero (y marido legal) no le hace mucho tilín el dulce... Dulcísimo dulce de membrillo el que ha confeccionado hace dos días, que le ha dado un amago de infarto glucósido, que el almíbar resultante ha sido un espeso líquido que más bien es veneno, dulce veneno y ahí lo tiene arrinconado para mejores momentos, para endulzarse las penas que ya vendrán a este Valle de Lágrimas que le sentenciaron hace años y del que él se revela constantemente a su falaz suerte negra, lo intenta, se levanta, se arrastra, continúa caminando y a veces vuela a fantásticos lugares de su mente para olvidarse de la realidad cotidiana. Como es el caso de esta fría mañana más acorde con la estación que los días precedentes que jugaban a ser veraniegos días ya que no primaverales días ante la floración de algún enloquecido arbusto y revuelo de mariposillas locas que han tomado el calorcillo otoñal como una falsa primavera. Y como esa falsa primavera ha alterado también a El Viajero que da palos de ciego ante el teclado en esta fría estancia de su casa, su última morada quisiera que fuese que ya está harto de corretear por esos caminos cargando con la casa a cuestas, cambiando cada tanto de domicilio, enloqueciendo a propios y amigos con sus constantes nuevos datos que ya no saben cómo anotar en las arrasadas agendas (a lápiz les recomienda que lo hagan para poder borrarlas cómodamente luego, al cabo de no muchos años). Una agenda que el mismo Viajero lleva borrando desde hace muchos años, desanotando amigos y conocidos, olvidando a tantos otros de los que ya no quiere saber ni los recuerdos conjuntos, no por ahora. El Viajero está en una fase de borrado de memoria parcial. Estornuda. El tibio sol de la mañana de Todos los Santos no le llega aún a esta estancia orientada al norte; escogido cuarto para tener mejor luz con la que poder pintar... esos fueron sus pensamientos iniciales, esa su intención cuando vieron la casa hace escasamente un año de eso. Recuerda que las uvas de las parras que la rodean estaban aún verdes y demasiado ácidas para comer; las dueñas de la casa los obsequiaron con varios racimos que tuvieron que dejar hacerse pasas y aún así eran demasiado duras de roer, pero cayeron mezcladas en un rico pastel de pasas y almendras. Y es que El Viajero sigue siendo un dulcero empedernido, que no descansa en probar nuevas fórmulas para dulcificar su vida. Ahora mismo tiene en mente hacer una miel de uva que ha visto en un recetario de mermeladas y dulzainas varias. Uvas moscatel que adornan en copiosos racimos sobre platos y fuentes el comedor aromatizado de la casa. Bien, ha llegado la hora en que debe iniciar la preparación de esa pasta lisa (seudo-pizza) de día festivo (¡¡¡Felicidades a todos!!!) mientras canturrea: “Cocinando espero al hombre que yo quiero...
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 31 de octubre de 2016

Andrés, del derecho y del revés...


Andrés, del derecho y del revés...

Desde mi ventana he visto como le daba una palmada en la espalda de forma cariñosa, esperando su aprobación o disculpándose por lo de anoche, no sabría decir qué, si era una pregunta gesticular entre compañeros que han dejado de ser amigos para pasar al siguiente escaño de algo más que amigos, cómplices de un furtivo abrazo, de una corrida compartida durante la madrugada insomne. Y ahora van juntos, paseando en medio de la familia de Andrés, su padre a la derecha, su amigo –ya algo más que un amigo- a su izquierda y seguidamente su hermana y su madre... Ellos no lo saben, ninguno de la familia adivina que entre Andrés y Pablo hay algo más que una simple y pura amistad. Ni tan simple ni tan pura. Complicada amistad la que se les viene encima después de lo ocurrido, no podrán olvidar esas caricias, ese estar por unos momentos uno dentro del otro, ese vaciarse en el íntimo orificio amistoso que ahora demandará más y más atención por parte de los dos, del ofrendante y del ofrecido... ¿O no ha sido una ofrenda sino que más bien ha habido violación? Pero en cualquiera de los supuestos casos ha habido consentimiento mutuo.
- Nunca lo habrían pensado.
- ¿Nunca? Vamos, seamos honestos, lo estaban deseando. Lo habían planeado juntos, la visita, el cuarto, la cama compartida porque no había más sitio... Pablo lo deseaba. Andrés lo deseaba. El padre de Andrés lo deseaba...
- ¡¡¡¿Qué?!!!
- Pues que el padre, Andrés-padre, también se lo ha montado con Pablo.
- ¡¡¡¿Y?!!!
- En el baño, mientras Andrés-hijo dormía agotado por la faena y plenamente satisfecho de estar lleno del néctar de su amigo. ¿Su amigo? Ahora su cómplice y quizás hasta su rival, porque ¿no es verdad que Andrés-hijo está secretamente enamorado de su padre?
- Bueno, bueno... Ya es ir demasiado lejos. ¡Incestos, no!
- Pero la elucubración es mía ¿no?
- Sí, vale, te lo admito, tú eres el que lo cuenta o te lo cuentas a ti mismo, porque seguro, seguro no lo estás y esa palmada de Pablo a la espalda encorvada de Andrés-hijo ha sido meramente por un tonto comentario que han hecho....
Pero no, no es así. Andrés no ha comentado nada, ni padre ni hijo. El que iba hablando y gesticulando era Pablo y cuando han pasado debajo de mi ventana le ha dado una palmada en el hombro-omóplato izquierdo a un Andrés ensimismado y recogido, con los brazos enlazados atrás y la cabeza gacha. Su padre, Andrés-padre, se ha percatado del gesto, ha mirado fugazmente a Pablo y luego han seguido los cinco en fila, a contraluz, con el sol de frente. La silueta de Pablo es magnífica, sus curvas idóneas para las caricias bajo la ropa, de esa piel recia y ligeramente sedosa por el vello moreno y rizado donde más se detendrá la mano para agarrar el miembro rotundo y duro (lo he visto, la llevaba morcillona). Esa piel de primeras caricias inexpertas que Andrés-hijo ha deslizado esta noche bajo las sábanas, en silencio, conteniendo los suspiros y ahogando los gritos de dolor y gozo mezclados cuando Pablo le penetró, los dos con los calzoncillos por las rodillas, uno al lado del otro. La jugada había sido muy rápida. Una vez apagada la luz y transcurridos unos minutos, el trasero cálido de Andrés ha rozado el bulto palpitante del calzoncillo de Pablo; sus manos no han tardado ni un segundo en bajárselos para depositar el húmedo glande en el abierto orificio de su amigo, ahora convertido en amante; un rápido salivazo en la mano directo al esfínter dilatado... El resto no habrán sido más de cinco minutos de escueto balanceo, mudos jadeos y un explosivo orgasmo a dúo que han dejado pringado a Andrés, del derecho y del revés...

- O sea, que lo de contar cuentos de miedo no es solo por la Noche de Difuntos sino también la víspera, como si fuera un “Jalogüín” de pacotilla homoerótico ¿no?
- Y es que en mi agenda se van muriendo las fechas de onomásticas y cumpleaños y en algo tengo que ir pasando el tiempo. ¿A quién le puedo yo escribir?
- El Viajero ya no tiene quien le escriba... ¿Le suena de algo?
- Sí, de ¿Cien años de soledad? Ya se sabe, las penas con pan son menos...
- ¿Y eso?
- Que me voy a comer, que es la hora y a falta de pan buenas son tortas. Claro, que antes no me importaría llevarme al catre a los dos muchachos (a Pablo y a Andrés, incluso al papá que tampoco está nada mal así visto por detrás).
- Usted es un misógino; lo sabe, ¿verdad?
- Por supuesto, lo sé (y retraído, tímido, ascético, místico y... ¡maricón!).

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© Juan Rodort, 2016

viernes, 28 de octubre de 2016

¿Repetimos?...¡Repetimos!

¿Tienes azúcar para el café?
...Ya ves tú, qué tonta frase pretextada a las tres de la madrugada. Tú llamando a mi puerta, al poco de yo llegar y no darme tiempo ni de cepillarme los dientes... Alucinado por el timbre a estas horas de la noche, no alarmado sino intrigado, no sé cómo pero me imaginaba algo raro en el ambiente nada más subir las escaleras; la luz de tu casa encendida, tu puerta frente la mía con una ranura iluminada por debajo, lo noté al llegar a nuestro rellano. Desde hacía días no paraba yo de recolocarte tu ropa en el tendedero del patio común, donde cada uno teníamos el nuestro y tú te empeñabas en tender en mis cuerdas... para que yo viese tu ropita interior toda de marcas, insinuante, como diciendo: aquí he metido yo mis güevos y mi polla, aquí ha estado miculito... Ahora estabas a mi puerta pidiéndome azúcar... ¡con la bragueta abierta y la polla fuera! Y no me di cuenta al principio, pero al notar tu azoramiento bajé la vista hasta descubrir que no pedías sino que ofrecías, me ofrecías un terrón de azúcar moreno derritiéndose, porque te chorreaba al subir y bajar en movimiento autonómico o autoinducido. Pues sí, tengo azúcar, pero tú no quieres azúcar a estas horas ¿verdad? Y ahí empezaste con el ¡ay, qué vergüenza!, es que me dijeron que tú eras un chico fácil, bueno, que se le podía abordar fácilmente... ¿Y por eso me has estado restregando tus calzoncillos tendidos frente a mi ventana? Y volvías a taparte la cara colorado o sofocado que no sé yo si lo de tener vergüenza era en la letra de la canción “Clavelitos” nada más... Y no quisiste darte por enterado que yo no quería nada sexual contigo. Tú, dale que dale, manoseándote el rabo con una mano y con la otra intentando subirme la camiseta o bajar hasta mi bragueta donde el pequeño Yoni se alborotaba despertando en la madrugada ante tan jocosa situación. Sí, yo la tenía morcillona y con uno o dos de tus toques se puso a hacer de las suyas que no le bastó más que saltar afuera y tú bajarte al pilón a ponerte morado... en el quicio de mi puerta. Te agarré por los pelos y entramos en casa donde te arrinconé contra la puerta apuntalándote el ombligo con la punta de mi polla –el Yoni, como yo la llamo cariñosamente- que tocaba tu ardiente piel mientras me chorreabas una eyaculación más que precoz, fugaz, veloz, instantánea al momento de yo tocarte divertido a medias; el asunto ya no me gustó con aquella pringue resbalando por la pernera de mi chándal (¡directo para la lavadora!). Allí de pie, con los pantalones bajados hasta las rodillas, tu polla saltando como loca de arriba abajo mientras me ponía perdido y tú diciendo hasta la saciedad: ¡¡¡qué vergüenza, qué vergüenza...!!! Con los brazos en cruz contra mi puerta, para crucificarte allí mismo. Sin lubricar, en seco. Entró hasta el fondo, tú ya estabas abierto en canal antes de llamar, venías preparado e incluso te habías embadurnado bien de vaselina o similar –de marca, por supuesto- todo el agujero caliente y palpitante ahora lleno de rica miel hirviendo a manguerazos... porque no tardé ni tres segundos en dejarte empotrado contra la puerta. Dos golpetazos de tu cabeza sobre la mirilla, tus manos aferradas al marco y yo sin apenas tocarte más que por el grueso cacho de carne que te dejó clavado como un trozo de papel por una chincheta pegado al tablero de anuncios: "se alquila por horas vecino marica que pide azúcar a las tres de la madrugada, razón en el segundo derecha"...

- Pero... ¿todo ésto no me lo habías contado ya antes?
- Sí, tal vez... de otra manera. Es que las versiones cambian con el tiempo...
- Pues yo recuerdo que me dijiste que no pasó nada de nada y que al final tomasteis café ¡con azúcar! ¿O resulta que pasó otra cosa?
- Ahora que lo dices... Pudiera ser, o tal vez fue con el otro de Sevilla, el de la puerta "A través de la mirilla", ya sabes, aquel pedazo brutote en calzoncillos en el rellano pidiendo guerra...
- Mira, me da igual lo que sea, el caso es que me has puesto cachondo y después de follar tus historias de ayer y de hoy me ponen a mil...
- Entonces: ¿repetimos?...
- ¡¡¡Repetimos!!!
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 27 de octubre de 2016

Sexo sobre las olas...

Así es como me hubiera gustado verle, pero llevaba un traje de neopreno negro que le ajustaba y perfilaba sus redondas musculaturas. Dos globos que parecía que podrían estallarle en plena espalda, según se baja en todo el centro, para continuarle por dos columnas robustas... y yo, desesperado por no poder pasar mis manos y mis labios por ellas... Qué puedo decir de lo que no hay palabras para describir sino que son imágenes que bien hubiera podido tomar de ese trasero, de esas piernas fornidas y de su sonrisa, porque el muy cabronazo tenía un rostro (lo seguirá teniendo, total fue ayer mismo en aquella playa tan gai cercana a la capital y que tantas historias nos ha brindado) perfecto; bueno, todo él era -es- perfecto; pero su sonrisa... ¡ay!, hay ángeles que no deberían bajar o andar entre humanos para pervertirlos con su presencia divina de hermosura celestial y perderlos en los abismos del deseo carnal. Bueno, que el surfista aquel estaba de pan y moja y debería ser declarado Monumento Sexual Público, con derecho a manoseo y demás por los pobres desesperados de la vida que ya se nos escapa sin querer olvidar aquellos años fogosos de nuestras juventudes ociosas y despreocupadas... Vale, ¡lamentos fuera! El surfinero -y unos cuantos más, por cierto- estaba abrochándose el neopreno, mirando hacia la entrada del aparcamiento donde yo acababa de llegar de mi paseo por el bosque de pinos dunares. Desde lejos había descubierto los puntos juguetones entre las bravías olas de la mañana y supuse que la temporada no había acabado por el amor de las temperaturas primaverales y el viento sur cálido y que no trae nada de las lluvias tan esperadas... Pero el muchacho, lo era aún comparado conmigo, me dedicó una maldita sonrisa franca y abierta de quien está por encima del bien y del mal, de malos pensamientos, digo yo. Me miró y terminó de abrocharse estirando su torso en un perfil de protuberancias pectorales, paquete de descalificación inmediata en los Juegos Olímpicos de Río por obscena muestra de su abustadísimo paquete que le precedía un palmo de las caderas... Y por detrás... ¡ay! -otra vez otro ay- un redondo, total, circunferencial trasero sostenido por dos ciclópeas extremidades. Todo brillante al contraluz del sol, todo reluciente a su propia luz: él emanaba un resplandor propio de sensual belleza y obscena silueta. Pasó por mi lado en dos saltos, con los pies alados y descalzos con el tablero surfero en la mano diestra tapándome brevemente sus caderas, su paquetazo y sus glúteos. Me quedé epatado, descolocado, sumido en un trance de lujuria y amor carnal -nada de divino, que se supondría ante tamaño cuerpo y descomunal belleza-, me quedé allí, parado (buena aserción de la otra orilla atlántica para definir mi estado), contemplando el vaivén de aquellas curvas, de como descendían los escalones de la pasarela a la playa y de como se perdía llegando al rompiente de bravas olas espumosas como unas descomunales eyaculaciones salinas... Allí quedé, estupefacto, quieto por un momento hasta que me senté en un rellano encima del promontorio y contemplé los juegos marinos de cabalgar las olas de las diminutas figuras negras entre las cuales estaba el ángel-demonio en neopreno negro y rizos más negros que mis propios pensamientos. Por un momento me descubrí que me crecían las alas negras de mi dormido ángel subyacente hasta ese voraz momento en el que mi carne alterada le despertó para alzar el vuelo desde el promontorio; un vuelo raso hasta las espumas para raptar al muchacho provocador, en férreo abrazo concupiscente, para hacer sexo sobre las olas...
(algo así era, pero sin barba)
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© Juan Rodort, 2016

jueves, 20 de octubre de 2016

¡Vivos, de milagro!


Como vulgarmente se dice: vivito y coleando... Hombre, no con el culo al aire ni haciendo estriptís-stop por esas carreteras de esta piel de Toro, Comunidad Levantina sin ir más lejos, poco antes de llegar a nuestro destino que por escasos milímetros no fue el definitivo Destino que nos alcanzó en forma de un hijoputamalpeinado que no respetó un ceda el paso y casi nos enviste -con la fatalidad de que nuestro carril de la izquierda ya venía ocupado por otro bólido desesperado por accidentar con lo que fuera-; el malpeinado infractor (la "autoridad" nunca está donde debiera estar) será de esos que piensa que llegar a un ceda el paso es que le tienen que ceder el paso a él... No quiero pensar qué pensará ante un Stop, lo mismo creerá que todos deben detenerse para que él pase igualmente. Lo que no entiendo es como a semejantes les permiten tener vehículos y mucho menos les conceden el permiso de conducir algo más que no sea un pobre rucio con más inteligencia que ellos.
Y dicho lo cual, me quedo mejor, aunque mucho mejor me habría quedado abriéndole la crisma al susodicho hideput que casi nos manda a otro barrio a 100 km/h (máxima velocidad que solemos llevar en autovía-autopista) y que en esos críticos momentos no pudimos decelerar ante el inminente peligro de colisiones laterales por la izquierda además del de la derecha que nos salió a las bravas.
Que uno tenga que desahogarse en su propia página ya es triste pero que no pueda uno ni desahogarse es lo peor. Ya lo decía Shrek: "Mejor fuera que dentro" (peo, peo, peo-eructo-eructo-eructo) y esto es lo que hago (lo que cago), que me defeco en todos los difuntos del susodicho malpeinado y le deseo que encuentre un buen camión trailer de 18 ejes cargado de broncíneas figuras para un parque de desnudos masculinos -300 o 400 mil esculturas de tamaño natural o en almíbar- y que tampoco pueda maniobrar ante la embestida del "pasante de cedas el paso" a toda leche contra sus ejes... que ya no podrá engrasar sino con su mala sangre... ¡¡¡Amén!!!
Y como no es mi talante el de dejar malos efluvios a propios ni a extraños pues ahí he subido una muestra de como se debería conducir en carretera... ¡a pelo! Y solamente permitírselo a conductores macizos, desnudos y complacientes con los copilotos normalitos, maduritos y salidillos que soliciten su servicial cuerpo para uso y disfrute de antrambos dos o tres si el piloto (mi marido) se apunta, que se apuntará, seguro...
¡Menudo susto nos pegamos el lunes pasado en la carretera alicantina! Pero aquí estamos, otra vez en nuestra casa del norte cántabro; hemos vuelto: ¡Vivos, de milagro!
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© Juan Rodort, 2016

viernes, 14 de octubre de 2016

Otro largo, largo, extralargo... fin de semana


Sí, aquí tenemos un largo, largo... y también grueso fin de semanero que quien lo pillara o pillase para llevárselo al catre durante estos largos, largos días del fin de semana.
O también este otro largo, largo y turgente por demás... miembro de alguna congregación que bien se pudiera o pudiese ofrecer como entretenimiento para poder llevar mejor este largo, largo fin de semana.
O... un extralargo (ni idea de lo que pone, ni falta que hace que se lo imagina uno solo de verlo), pues un extralargo aparato para sostener entre pecho y espalda o nalgas y esternón (lo de que no sé lo que dicen es verdad que me prohibieron aprender inglés porque "usted ya es demasiado viejo para que la empresa invierta en su aprendizaje" y me quedé sin saber más que lo que entiendo y "traduzco": Guau, guau, guau - De acuerdo, dame un minuto vaquero- pero en mi vida he visto una "salchicha" justo tan gorda, yo diría que es una Reina Size (pero no tiene sentido, ¿verdad?). Y así es como me quedé sin poder perfeccionar mi inglés tan literal y no saber qué hacer en este largo, largo... extralargo fin de semana.
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© Juan Rodort, 2016

¡Oye, que yo no soy maricón!


Y es que no me lo podía creer, te estaba viendo a pocos metros, allí, casi desnudo, con un leve-breve-obsceno calzoncillo color carne o sucio sin más; parecías un fauno con los pies enfangados, los pelos revueltos y aquella pelambre por todo tu cuerpo... y aún no me lo creía, me decía que eras una visión o un espejismo, o un producto de la insolación –por más que el día estaba nublo-. Allí, apoyado en el quicio de la barraca de utensilios de trabajo, aquel cobertizo que nunca me llamara la atención antes hasta esta tarde en que la puerta abierta de par en par mostraba las mercancías y secretos de su interior... ¡Oye, que yo no soy maricón!

Despacio te bajaste los calzoncillos. No, no estaban sucios pero sí sudados y de cerca eran del mismo color de tu piel canela. Despacio los fuiste deslizando por tus piernas mientras me incitabas a seguirte al interior. ¡Oye, que yo no soy maricón!


Ahora ya no había duda; tú no querías nada de mí, simplemente estabas jugando un necio juego de equívocos, a ver quien era el primero que perdía los papeles. Desnudo me mirabas mostrando tu carne salpicada del barro escurrido por el agua de la ducha, mezcla de olores, de insinuantes movimientos de tus caderas y tus nalgas prominentes que tocabas abriéndolas para que yo pudiese ver tus secretos rincones; por más que ya te habías mostrado desnudo de frente, ahora querías provocarme con tu trasero chorreante... ¡Oye, que yo no soy maricón!

Total, el juego del ratón y el gato terminó dentro de tu casa, porque tú no eras un empleado que estuviese arreglando nada en el jardín, tú eras el vecino al que yo tantas noches espiaba con los prismáticos desde mi ventana, echada la persiana a medias y a oscuras para que no supieras que te miraba, que me pajeaba al verte desnudo enseñoreándote libremente por toda tu casa encendida y abiertas las ventanas, subidas las persianas; deteniéndote en cada una de ellas porque sabías que yo estaba masturbándome en tu honor... O quizás lo adivinaras... Pues ya no hay más que mirar ni hablar, solo el subir y bajar de mis nalgas sobre el mástil encapotado con ese horrible condón de hule blanco que me dilata con sus pequeñas estrías... O es que te has puesto dos o tres capotes para evitar contagios...
¡Oye, que yo no soy maricón!
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© Juan Rodort, 2016