jueves, 31 de diciembre de 2015

Nueve horas para el final


Falta menos de nueve horas para el final de esta carrera contrarreloj en que se ha convertido la media Maratón con el culo al aire, que es como nos ha dejado 2015.
Nueve cuerpazos desnudos, nueve culazos expuestos para nuestro deleite y solaz, nueve juagadores de un deporte de élite y extranjeros ellos, que por eso enseñan el culo, o es que están hasta el culo de todo, o es que los han dejado con el culo al aire las federaciones que solo piensan en recaudar y les obligan a hacer calendarios explícitos para gays (las féminas compran menos).
Sea como sea, estos nueve hombres (posiblemente todos heterosexuales reconocidos) son y serán los nueve ding-dong-nes previos a las doce campanadas que señalarán el cambio de año...
Cuando ya ha empezado la cuenta atrás y en algunos países ya están en 2016, según los usos horarios, no queda otra que ser optimista, a la vista de los culos atléticos, de las rajas demarcadoras de meridianos cachetes, el ojo secreto que nos puede estar mirando desde su interior...
¡Y aún no he comenzado a beber!
Pues como después de la tercera copa no voy a saber ni quién es el que tengo enfrente del espejo, que siempre se parece a mí y me hace burla repitiendo todo lo que hago... pues os felicito la salida del año viejo y la entrada del nuevo:
¡¡¡Feliz año 2016 para todos!!!

miércoles, 30 de diciembre de 2015

¡Corre, corre, que se acaba!


Pues, eso, que no por mucho correr se termina cuanto antes. Pero si hay prisa por que el año termine, no hay que dudarlo ni un instante: ¡¡¡a correr!!! Que mañana será tarde, con las prisas de última hora, todos como locos haciendo las últimas promesas, anotaciones, proyectos que quedaron aislados y ya será tarde para retomarlos; arrepentimientos en el último minuto del año, a la espera de que la bola caiga, de los doce golpes de campana, del repiqueteo de los cuartos, de los estúpidos presentadores y presentadoras que tienden a equivocarnos con sus necias explicaciones de última hora para al final cagarla con balcones a la calle y comenzar a tomar las uvas en la cuarta campanada... Como todos los años, hasta que den las uvas...
¡Pues este año, no!
Hoy puede comenzar la carrera de San Silvestre para que dé tiempo a terminarla con mucha tranquilidad antes de que comience el ritual de las campanadas de medianoche, del fin de año. Hoy pueden empezar a tragar uvas, peladas y quitadas las pepitas para que no haya atragantos, comer las uvas despacio con tiempo suficiente para terminar cuando den las últimas campanadas de mañana noche del fin de año de verdad. Hoy se puede terminar el año, ¿qué más da unas horas más o menos? ¿Y por qué precisamente terminar el año cada 31 de Diciembre? Cuando en el otro hemisferio ya hace horas que terminó, cuando en sus antípodas faltan horas para que termine... ¿Y en Marte? ¿Y en el resto del Universo? Pero qué ridiculez de medir el tiempo con relojes, campanadas, días, estaciones y usos horarios. Cuando todo es un continuo espacio-tiempo, qué más da si empezamos desde ahora mismo a finalizar el maldito 2015. Y ¿qué culpa tiene el año? Ninguna, ciertamente, pero no se le va a echar la culpa al Gobierno, que ya terminó su mandato y se lava las manos (bastante sucias, por cierto). ¿Y para qué correr? El fin seguirá esperando a todos. No hay que tener prisa en llegar antes...
¡¡¡Alegría!!!
Lo mejor es poner una música relajante y alegre a la vez, música vital que hable de amor y paz, que nos recuerde nuestros mejores momentos vividos. Alguna música habrá... Aunque sea el tintinear de las monedas (del maldito dinero). ¡No! ¡¡¡Música!!! Música de las Esferas, música de la Naturaleza, música del silencio...
Un día antes del Fin de Año, corre, corre, que se acaba el día y mañana será tarde para alegrarse de seguir vivo.
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© Juan Rodort, 2015

martes, 29 de diciembre de 2015

¡Ay, el amor joven!


                     ¡Qué dulce mirada! Esperanzadora mirada la del muchachito al pasar por mi puerta, mirada cruzada hacia la puerta de su amor, al portal donde vive el objeto amado: su amigo, su antiguo novio. ¿Antiguo? Apenas unos meses de aquellas tórridas escenas atisbadas desde mi ventana, cuando vi a los dos jóvenes fusionados en algo más que un abrazo de amigos, desnudos y retorcidos como culebras en celo, fundidos en cálidos besos que no por inexpertos fueran más intensos... El mismo muchachito que se despedía acariciador el verano anterior, con un gesto que pasaba los límites de la pura amistad al amor más tierno y profundo, al primer amor joven. Y es eso, el amor joven...
                     Esta mañana he salido al portal de mi casa, entreabierto la persiana que resguarda la puerta de las inclemencias por ver si los joputas de los vecinos que sacan a sus perritos a que hagan sus necesidades justo en mi gradilla, a veces en la misma persiana -digo yo que los cerdos de sus dueños los sostendrán en vilo para que lleguen hasta tan arriba-, por si tuviera que desinfectar las meaditas caninas (o algo peor); estaba escudriñando mi acera, cuando le vi acercarse desde el fondo de la calle. Sí, era él. El antiguo novio del vecinito. Y esta es la segunda vez que le veo pasar por este tramo de calle tan alejado de su itinerario (debe dar una buena vuelta para pasar por delante de la casa de su amor) desde el año pasado en que pareció que todo había terminado entre ellos. Pero aquel reencuentro tórrido visto desde mi ventana ¿qué fue? Quizás solo un simple reencuentro, un rememorar tiempos felices... ¡Y de qué forma! Pues bien, esta mañana el muchachito venía por mi acera mientras yo espiaba a través de la persiana echada, llegó hasta mi puerta y justo en ese momento giró su cara hacia la puerta del vecinito, de su amigo, de su amante, de su amor... Porque esa mirada lo decía todo: ¿Dónde estás, por qué no me llamas, por qué me has dejado, con quién estarás ahora? Preguntas fugaces en una fracción, en un giro del rostro y en su gesto de tristeza, de amor dolido...
                     Luego de este micro-drama callejero, el muchachito ha seguido su camino por la acera hasta perdérseme de vista, dado que yo seguía camuflado tras de mi persiana; se ha dejado bigote y barba, incipientes pilosidades que en nada se parecen a la firme barba del vecinito. Los dos siguen teniendo esos estirados cuerpos desgarbados y carentes de nalgas, con arrastrados pantalones y marcas por todas partes -ellos no pueden salir sin al menos una veintena de marcas reconocidas pegadas a sus prendas de vestir-. Curiosamente, el muchachito no llevaba su telefonillo en la mano (cosa que para el vecinito es ya algo indispensable e inherente a su vestuario), iba cabizbajo, meditabundo y con las manos en los bolsillos. La carencia de protuberancias tanto de paquete como de nalgas le hace un palo andante. No es que sea feo, a pesar de esa barbita que sí lo desmerece, ni desgarbado, sino que lo parece. Tiene un cuerpo esbelto cuando se le ve con poca ropa en los meses cálidos. No estaba nada mal vestidito de ciclista -con todo el mobiliario haciendo juego-, bastante mejor que su amiguito, mi vecinito (abuso de los "itos" a propósito) que ese sí que no tiene más que un paquetazo que no se lo merece. Debe de ser su gracia: una polla como una olla.
                     Después de estos segundos de película romántica de amor juvenil gay no he podido resistirme a transcribir mis pensamientos a estas líneas. ¡Ay, el amor joven!
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© Juan Rodort, 2015

lunes, 28 de diciembre de 2015

¡Qué cagada de Navidad!

(Zurullos de Navidad, acuarela s/papel. J.R. Ortega, 2009)

              ¡Qué mejor inocentada que esta antigua felicitación navideña! Y es que viene al pelo o al peo, según se sienta el ejecutante de la caligrafía escatológica y las ganas que le queden de continuar con la parrafada calentita y humeante...
              ¡¡¡Inocente, inocente, inocente!!!
              Desde 2009 la vengo repitiendo y exponiendo a la vista del respetable. No recuerdo ahora quien sería el/la agraciado/a con este original dibujo-felicitación. En cualquier caso espero que tuviese mejor sentido del humor que otros a los que mandé dibujos alegóricos de letras de villancicos; no vean cómo se me pusieron por unos pececillos que se tomaban unas cañas en el bar Río ("Pero mira como beben los peces en el río", letra de villancico popular muy español)
Así que creo que el sentido del humor se ha perdido...
Vaya, qué lástima y ¡¡¡qué cagada de Navidad!!!


domingo, 27 de diciembre de 2015

Preludio al Día de Inocentes


                 Una inocentada previa para mi amigo Alf que posó de aquesta forma en sus años de modelo más o menos sexi. He tenido el buen hacer de no presentar las fotos explícitas que ya en su día armaron tanto escándalo, y litigios de diversa índole que no vienen a cuento ahora que lo importante es sacar a este muchacho con su lindo peluchito (era un perrito de verdad).
                 Y, tranquilo, que no pienso buscar viejas glorias del baúl con todo el retortero al aire -y está sobrado de retortero el chaval, de eso no hay duda, lo sé de muy buena tinta- que ahora es un respetable hombre de negocios y cualquier imagen inconveniente pudiera lastimar su hoja de ruta; ya se sabe como se las gastan allende los mares en el hemisferio superior de ese doble continente llamado América.
                 Mañana será otro día: Día de Inocentes. Antes, hace siglos, se celebraban ritos especiales -tengo entendido- y lo que llamaban la misa de los locos y demás festividades diversas según costumbres de cada lugar (fiesta del asno, fiesta de locos, ovispillos...) quedaron en colgar un monigote de papel sobre las espaldas de "los inocentes". Ingenuas inocentadas que en nada tienen un punto de comparación con las gamberradas consecuentes camufladas de inocentes bromas...
                 Este año puediera ser la gran inocentada el acuerdo entre los partidos políticos sobrevivientes que se pasen por el arco del triunfo los resultados del electo pueblo que no vale un pimiento a la hora del recuento de votos de diversos calibres: votos de primera, votos de segunda y votos de mierda, que no valen nada, como si los echasen a la basura directamente... La actual Ley Electoral es pura mierda democrática, esa sí que es una broma de mal gusto, una buenísima inocentada (que afortunadamente solo se celebra cada cuatro años, la inocentada mayor).
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© Juan Rodort, 2015

sábado, 26 de diciembre de 2015

Navidad sin pena ni gloria

¡Hasta el culo de la Navidad!

                      Tampoco hace falta ser un soez y un malhablado, pero cuando la sangre hierve la razón se pierde por el camino; eso es lo que le ha pasado a El Viajero en estos últimos días, que ha perdido los papeles y el saber comportarse ante los demás, el no poder callarse sus más recónditas opiniones y explayarse en ditirambos mayestáticos de muy mal gusto y aciago parecer tendente a una depresión crónica que ya es pena soportar...
                      Es por ello que la imagen que hoy nos ilustra este comentario post-navideño sea de tan explícito sarcasmo que para los malpensados no tendrá razón de ser mostrada, pero que sí la tiene para el propósito de la enmienda que El Viajero me ha dicho que piensa practicar a partir de ayer-noche mismo. Promesas bajo los efectos etílicos de unas copitas después de la cena de Navidad.
                      Pero ya avisé que por este año, por lo que queda de él, no iba a hablar más de temas navideños. Quizás sí, comentar las bolas que le cuelgan al muchacho de la foto que ya las quisieran muchos colgar de sus arbolitos de navidad (marica). Porque de lo que no he hablado (¿o sí?) es de la Navidad Marica. Y que no son quellos versitos gongorianos de mañana Marica, mañana que es fiesta... en ellos el vate se refería sin duda a una niña llamada María, que familiarmente se la denominaba Marica, Mariquilla... pero que en nada tiene que ver con la connotación moderna del marica-marica. Y Navidades-maricas no he tenido este año, que conste. Lo mínimo para felicitar a antiguos compañeros de francachelas (solo de hombres, claro). Atrás, muy atrás quedaron aquellas fiestas descocadas y desmadradas en que me podía encontrar de todo mezclado como un carnaval-navideño-orgiástico-religioso del que nunca veía el final pues no me quedaba hasta la mañana siguiente (Navidad) porque salía de najas antes de que aquello derivara en bacanal de drogatas (etílicos y psicotrópicos) o algo peor (no puedo imaginar el qué). ¡¡¡Hasta el culo!!! Era la frase definitoria de que nos habíamos puesto a tope de todo y más. Ponerse hasta el culo de... o está hasta el culo de... la droga que sea (legalizada o no). Y como para El Viajero la única droga es (ayer, hoy y mañana) el sexo... ya os podeis imaginar que se ponía hasta más allá del culo siempre... Y no es que yo sea un mal confesor, que a mí no me ha pedido nunca guardar el secreto, por más que ya es un secreto guardado a voces que El Viajero era más conocido en "el ambiente" de Chueca que el oso de la Puerta del Sol. Eso decían las malas lenguas de las maricas malas. Y que él se ganó a pulso el calificativo de "fijo" en la tercera barra del bar "Troyans", a fuer de mantener su sitio frente al video porno; pero esas son historias urbanas que entran dentro de las leyendas de Chueca. Hay incluso quien dice que El Viajero fue un componente del famoso cuarteto "The Chueca's Boys", protagonistas de jocosas anécdotas publicadas en una revistilla gai (gay, en madrileño) de la época.
                      Pero vuelvo a estas pasadas Navidades donde El Viajero desapareció hasta la fecha, salvo por una llamada al teléfono para desearme ¡Feliz Navidad!, él que este año pasó de la Navidad. Por eso debería decir que esta Navidad pasó sin pena ni gloria, sin mención significativa de anécdotas jugosas para poner en estas líneas. ¿Y de mis propias Navidades? Ah, esa será otra historia que algún día contaré, si es que queda algún interlocutor válido que la aguante. De momento, hasta aquí llegó la Navidad; ahora a preparar las inocentadas para pasado mañana... Y quien avisa...
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© Juan Rodort, 2015

viernes, 25 de diciembre de 2015

¿Navidad 2016?


                Los autores del dibujo han tenido una preclara visión de futuro... o ¿son las Navidades del presente? Ya sean Navidades 2015 o Navidades 2016 se parecen mucho a las Navidades del pasado (no muy lejano). Pero es un dibujo esperanzador:
                ¡¡¡El burro espera ilusionado el inminente repunte de la economía española!!!

                ¡Ea, que no vuelvan a decirme que estoy bajo de moral! ¿Moral? 
moral (R.A.E.)
(Del lat. morālis)

1. adj. Perteneciente o relativo a las acciones o caracteres de las personas, desde el punto de vista de la bondad o malicia.
2. adj. Que no pertenece al campo de los sentidos, por ser de la apreciación del entendimiento o de la conciencia.
3. adj. Que no concierne al orden jurídico, sino al fuero interno o al respeto humano.
4. f. Ciencia que trata del bien en general, y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia.
5. f. Conjunto de facultades del espíritu, por contraposición a físico.
6. f. Ánimos, arrestos.
7. f. Estado de ánimo, individual o colectivo.
8. f. En relación a las tropas, o en el deporte, espíritu, o confianza en la victoria
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                Parece que se entiende solo en el sexto o séptimo lugar de la aserción, porque hay individuos (demasiado próximos, desgraciadamente) que entienden solo La Moral, "su Moral" como: la Moral católicoapostólicorromana ultraconservadora (of course).
                Y llegados a este punto no queda otra que volver a desear PAZ, AMOR y BUENA VOLUNTAD para todos.
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© Juan Rodort, 2015

jueves, 24 de diciembre de 2015

Noche de Paz, Noche de Amor...


                      Hoy es Nochebuena y qué mejor forma de celebrarla que con un beso de amor y paz entre todos los antagonistas, ¡va, pelillos a la mar! "¡Que por una noche...!" Es la frase que se repite en la película "Plácido"; espero que con mejor final, mucho más optimista que el: "...porque en esta tierra ya no hay Caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá..." antes de que la palabra FIN salga acompañada de una musiquilla fellininesca de carrusel de pesadilla para antes de Navidad. Sí, el Ente televisivo de La2 se ha lucido, vamos, que lo ha bordado con la programación deprimente de sus películas que nos han ametrallado las meninges con imagenes e historias de lo peorcito para estas fiestas; y si, encima, te pillan en un momento crítico de especial sensibilidad... ¡¡¡nos han hundido en la miseria más mísera!!! Si es lo que pretendían (hundirnos) ya lo han conseguido por partida doble: el Ente televisivo y el Gobierno de la Nación (España)... Ahora vendrán con el llanto y el "yo no he sido".
                      Así que lo mejor para esta noche de Nochebuena es que nos demos un morreo bestial, al modo de los contrincantes de ese partido de... ¿qué más dá?; y si nuestro oponente está imponente, pues mucho mejor...
                      ¡Noche de Paz, Noche de Amor...! Hagamos el amor en paz y buena compañía. Es mi deseo para esta Nochebuena, buena, buena, buena...
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© Juan Rodort, 2015

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Plantar un pino verde

Café, té o yo mismo

Es lo que reza en el trasero del chico de la foto

Lo de plantar un pino es un dicho muy de aquí que quiere decir "ir a cagar"
un puro o un simple zurullo en forma de pino

Subirse a un pino verde es el comienzo de una copla, "por ver si divisaba" el pandero de este buen mozo que con tanto gusto adorna el árbol de su casa.
Tradición foránea la del árbol de Navidad, pero que ya está asumida por casi todos los hispanos de esta hispanidad española que es España.

Delante del árbol este macizo con botas y bragas de lana tejida en punto de cruz da los últimos toques a sus bolas para que no se caiga ninguna, que luego se llena todo de cristalitos que pueden herir ese culazo que lo más seguro es que quede libre de la prenda anunciadora de la cafetería erótica que anuncia...
Una imagen algo lejana para los que padecemos un clima primaveral en pleno invierno. Aquí sí que no le harían falta ni botas ni bragas de lana; aquí podría ir en versión original y sin subtítulos, mostrando las bolas del árbol y las suyas propias sin más pudores que los que el sistema digital permita (ya se sabe que un desnudo frontal está penado con la más explícita censura de la señal tipo prohibido el paso). Pediremos a los Reyes Magos (porque no somos de Papá Noël ni de Santa Claus) que con el próximo gobierno desaparezcan las censuras estúpidas y los cuerpos puedan lucirse en todo su maravilloso esplendor en la hierba, o debajo de un pino verde (cibernético o no).
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© Juan Rodort, 2015

martes, 22 de diciembre de 2015

La suerte está echada

(Stations Crowning, Delmas Howe)

                   ¡Nos ha tocado el Gordo de la Lotería de Navidad! ¿O es que se nos ha sentado encima? Sea como sea, el gordo de la imagen vale por mis palabras, aunque la ilustración sea de una serie de pasión y muerte un tanto a la manera gay que el autor de la obra ha resuelto expresar: Estación de Dolor, después de la flagelación... del "salvador". Un Salvador que ahora nace para asumir un Destino prefijado de antemano y repetitivo cada año. Nace y muere, en secuencias de días, meses, año tras año. ¿Y el gordo? ¿Pilatos, P.? Más que lavarse las manos, le sudan los güevos con lo que pase detrás suyo.
                   Pero la Navidad nos trae un nacimiento con anuncio de muerte (en suplicio). ¡Fastuosas fiestas! Pascuas una y otra, las Pascuas y la Pascua Florida, Nacimiento y Pasión y Muerte (luego viene lo de la Resurrección, pero eso es otro cantar). La Navidad nos trae un sorteo tradicional en el que el Gordo tiene un papel predominante (menos el % que se llevará el Fisco), un sorteo en el que la suerte decidirá quienes podrán tener unas navidades felices y quienes seguirán perdiendo como perdedores predestinados...
                   El domingo pasado perdimos todos, la suerte miró para otro lado... Pero los que sí miraron para otro lado fueron esa casi mitad de la población electoral que se abstuvo, ¿qué pretendían con su gesto?, pues no han sido suficientes y encima mal repartidos (según leyes partidistas); ningún porcentaje es suficiente para respaldar la voluntad del Pueblo. El Pueblo no ha tenido suerte, algunos se la han buscado, otros se la han encontrado, pero para todos la Suerte está echada. Nos ha tocado "La Pedrea" (apedreados estamos).
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© Juan Rodort, 2015

lunes, 21 de diciembre de 2015

Y llevarás luto por mí...


                   No, no es la publicidad de una novela de republicanos aficionados a la fiesta nacional, pero algo tiene que ver con el llanto y el crugir de dientes. Porque todos estaremos afectados por el triste resultado de las urnas, de las estadísticas, de la nefanda ley electoral en la que nadie se explica el reparto en función de qué, donde los que ya tienen, tienen más y los que no llegan, desaparecen del mapa (literalmente). Esas leyes injustas y rebuscadas para hacer la trampa y que los que las manejan sean los únicos que sigan arriba, pisoteando las libertades que los de abajo no consiguen tener ni queriendo.
                   En mi portada de hoy pretendía sacar una bandera republicana española con un crespón negro, o una bandera del arcoiris con un lazo negro en medio... Lo mismo da, que da lo mismo una bandera u otra. Con las dos hemos perdido las libertades. Al cierre de la anterior legislatura española hemos perdido todos o casi todos (los de siempre, esos han seguido ganando a costa de los perdedores u oprimidos). Porque de eso se trata, de perdedores y oprimidos. El bando ganador, los triunfadores (aunque sean minorías, pero fuertes minorías armadas por la decisión de joder al prójimo) siguen en su sitio; sí, han perdido algo de terreno, pero ahí siguen, al pie del cañón (el de Agustina de Aragón, película en blanco y negro y de mensaje nacional-sindicalista).
                   Hoy, es un día de luto y será largo. Así que, de Navidades felices, nada. Navidades de luto por la difunta Navidad. Porque esta Navidad que nos presentan hay que comprarla, el primer pago ha sido el del voto (de los de siempre) y no voto (los abstencionistas) que vamos a seguir pagando a plazos hasta las uvas del año que viene... o hasta que termine la próxima legislatura (4 años se pasan pronto si uno decide enterrarse en vida y guardar luto por sí mismo).
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© Juan Rodort, 2015

sábado, 19 de diciembre de 2015

¡¡¡Voto en rosa!!! (Reflexiones maricas)

Icono marica por excelencia: la raja del culo.

                  Una imagen no vale por ninguna palabra, esta imagen no quiere decir nada. Es, lo que es: un cuerpo desnudo en actitud reflexiva ante un horizonte a sus pies... Aunque la cabeza del modelo mire hacia abajo en busca o en descubrimiento de algo. No hay una lectura sexual en el desnudo, por más que se le entrevea parte del sexo en reposo y en sombra. Un culo poderoso y bien iluminado es el centro de atención de la foto. El que sea en blanco y negro le da un cierto aire de respetabilidad o credibilidad, según se mire. No hay provocación ni ademán explícito en la pose. El joven modelo es perfecto en anatomía según el más puro canon griego (moderno) y el gusto de la mayor parte de las opiniones espectadoras, masculinas o femeninas (o transgénericas y demás, para no olvidar a nadie). Ni falta hace que pose de frente; es más, distraería la atención de las miradas a ese centro colgandero que resaltaría sobre toda la belleza de su cuerpo. Porque hay cosas que bien miradas pueden parecer una cosa u otra. Esta foto, a simple vista, no es ni más ni menos que la imagen de un ser que está reflexionando. ¿Es marica? Seguramente, debería serlo, me encantaría que lo fuera, sería perfecto que nos conociéramos y que al final terminara en boda (homosexual, por supuesto)... Pero esta es una de mis elucubraciones mañanaeras. Yo, ya estoy casado y bien casado desde hace más de ocho años. Las cosas, como están, bien parecen. Pero es que a veces la sangre ebulle ante monumentos carnales como éste.
                  El modelo es rosa. Su pose es rosa. Su textura de piel es rosa. Su corte de pelo es rosa, rosa. Y, si llevase un bañador "speedo" debería ser de color rosa ilusión, rosa-chicle, rosa que me repatea los higadillos el solo mirarlo... pero rosa, al fin y al cabo.
                  ¿Y su voto? ¡Rosa, por supuesto! ¿Pero existe un voto rosa? ¿Hay algún partido rosa? ¿Hay candidatos rosa? ¿O son todos amarillos? ¿Amarillistas? Amarillo bilis...
                  Voto en blanco, voto nulo, voto azul, voto rojo, voto morado, voto color indefinido... Voto rosa: salvador de la patria marica. Porque ¿quién o quiénes van a defender la causa marica? Ninguno ¿verdad? Cada uno va a lo suyo, a mangonear, a descalificar al contrario, a politiquear... Palabras, palabras y palabras; palabrerías, palabrotas y palabros. Ninguna palabra en rosa. Entonces ¿para qué votar? ¿Tirar los votos contra nuestro propio tejado? ¿O contra nuestros propios pricipios? Pues si no se puede votar en rosa, ya me direis qué coño hacemos con nuestro voto marica...
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© Juan Rodort, 2015

viernes, 18 de diciembre de 2015

Condenados a ser felices


                    Después de aquella noche de sábado loco, que quedó en mi memoria como la de los siete polvos, no volví a encontrarme con Juan hasta pasadas dos semanas y fue de pura casualidad. Era también sábado, íbamos la panda de siempre -Paloma, Juanfran y Carlitos- ya de retirada porque queríamos ir al Rastro temprano para hacer alguna compra y al pasar cerca de la boca de metro de Chueca como que nos damos de morros con Juan... Los demás desaparecieron de nuestra vista, fue algo mágico, como si el mundo se pusiera en neblina y tan solo existiéramos Juan y yo. Me sonrió de una forma que se me derritió todo por dentro, me puse a temblar como un tonto. Allí estábamos los dos, sin decirnos nada, mirándonos a los ojos. Carlos fue el que nos empujó con su acostumbrada palabrería: "Chicas, aquí sobramos", les dijo a Paloma y Juanfran, a él le gustaba hablar en femenino cuando salíamos de marcha por los bares de ambiente. Entonces yo presenté a Juan a Paloma y a Juanfran que como ya sabían toda la película, que yo se la había contado un montón de veces, todo lo que pasó aquel sábado, lo comprendieron todo al momento; sólo habían pasado dos sábados y ya me parecían una eternidad... Total, que los tres se marcharon y nos dejaron a Juan y amí camino del bar de donde habíamos salido no hacía nada. ¡A la porra el Rastro y los planes del domingo!
                    Que qué lástima que no nos hubiésemos dado los teléfonos, que qué putada que no hubiéramos coincidido antes (yo no había salido de marcha desde entonces porque estaba con los exámenes parciales), que qué planes tenía para esta noche... ¿Yo? ¿Planes? Se me hacía Pepsicola el culo de solo rememorar aquel primer encuentro, yo lo que quería era repetir y repetirlo cuanto antes. Dicho y hecho. Nos tomamos las birras, nos dimos unos morreos apasionados... ¡¡¡Joder, cómo besaba a quel barbas!!!
                    En el Metro íbamos metiéndonos mano disimuladamente. ¡Yo tenía la polla que me estallaba! ¡¡¡Y el culo más abierto que el túnel del Metro!!! La media hora más larga de mi vida hasta que llegamos a su apartamento. No sé si me dijo que lo compartía con otro artista. No había nadie, mejor. El otro tío no apareció como se temía Juan que hiciera. Todo el espacio para nosotros dos. Fue llegar y ya estábamos enrollados en la cama con su polla bien dentro. Y así seguimos y seguimos. No llegamos a los siete polvos del principio pero sí que fueron cuatro. Los fui contando, anotando, memorizando. Relamiéndome del gusto a cada acometida de aquella bestia del sexo. Sudaba por todos sus poros aunque la temperatura de la casa no era para ir en bolas precisamente, pero allí estábamos, revolcados, mojados por su sudor, ametralleteado cada vez que le daba el pronto y me la metía como una taladradora. El primer y segundo polvo fue continuado, sin siquiera sacármela, se corrió dos veces dentro... Yo no podía contenerme, explotaba de placer, se me salía toda la leche... ¡Me cagaba vivo!
                    Su vos me susurraba caliente al oído palabras obscenas y tiernas al mismo tiempo. Su polla no dejaba de moverse dentro de mí y yo me corría por tercera vez...
                    Quién me lo iba a decir, enrollado con un tío mucho mayor que yo y que está como un queso (peludo). A Paloma no le hace mucha gracia, dice que es demasiado mayor para mí, que la diferencia de edad nunca son buenas en las relaciones de ese tipo... ¿Las relaciones de qué tipo? Lo nuestro es follar y follar. Aunque creo que me he enamorado, no lo sé, no estoy seguro, desde luego es algo que no he sentido antes. Pero ¿qué sabía yo del amor? Esto es solo sexo, me digo lo que me repite Paloma a todas horas. A Juanfran le da lo mismo, él ya tiene una novieta con la que no veas como se lo montan... y con el pedazo de tranca que tiene, vamos, que la tía está en-can-ta-da de que la partan en dos. Lo que le pasa a Paloma es que esta celosa... ¿Celos, de qué? Nunca hemos tenido nada, somos lo que se llama "unas buenas amigas", confidentes. Bueno, eso lo seguimos siendo, nos lo contamos todo, yo le cuento los polvos con Juan con pelos y señales. Y sí, ella se pone verde de envidia porque no ha tenido un tío que la trajine de esa forma. Oye, pero así es la vida ¿no?
                    Estamos en mi cama, muy apretados, porque esta cama es solo para una persona y no demasiado gruesa, vamos, que a punto estamos de caer. Menos mal que casi siempre Juan está encima de mí o yo encima suyo calbalgando a sentadillas. Paloma nos dice que no armemos tanto jaleo que si los vecinos, que si la cotilla del piso de abajo... Pero es que yo no puedo contener mis gritos cada vez que me siento taladrado y utilizado como un cojín, para arriba, para abajo, de lado, de perfíl... A veces lo hacemos directamente en el suelo, sobre la alfombra. Los fines de semana se nos pasan aquí metidos dale que dale. Lo justo para salir hasta la cocina donde Paloma o Juanfran han preparado algo para comer. Por la noche salimos atomar una copa y volvemos rápidamente a esta cama o nos vamos a su apartamento que es más tranquilo y no hay vecinos quisquillosos ni compañeros celosos. Porque el compañero de piso de Juan es un chaval de mi edad, un pintor que está terminando Bellas Artes y que no se entera de nada. Cree que Juan y yo solo somos amigos... y residentes en Madrid, ¡no te digo!
                    Pues aquí estamos los dos, acurrucados, tapados con el edredón hasta las cejas que la estufita esta no calienta ná. Juan duerme y resopla en mi oído. Noto su polla como juguetea dormida sobre mis muslos. Yo estoy empalmado a todas horas. Y, ahora que lo pienso, desde que nos conocemos Juan es el que me folla, yo nunca se la he metido... ¿Cómo será ese culo peludo por dentro? ¡Joder, que de solo pensarlo me voy a correr! Lo tiene caliente y húmedo... ¡Hmmm! Despacito, que no se despierte, así, así... ¡Ya está, le he metido el dedo! ¡Coño, se le ha puesto tiesa! Pues esto hay que celebrarlo... ¡hala, bajando al pilón!
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(Estracto de "Las memorias indecentes de un joven marica")
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© Juan Rodort, 2015

jueves, 17 de diciembre de 2015

¿Sólo nos queda el sexo?


                 Totalmente expuesto. Aquí estoy, ofrecido y a la espera de que me los bajen hasta la rodilla dejándomelo todo al aire para que hagan lo que quieran con mi culo; así me encuentro hoy anímicamente, como el muchacho peludo de la foto; en estas fatídicas fechas que nada bueno auguran, mejor será dejarse vencer y relajarse para tratar de disfrutar con lo que vayan a introducir violentamente por mi estrecho agujero rectal: el duro resultado de las Elecciones Generales del próximo domingo...
                 Sí, me van a joder, pero al menos intentaré refocilarme un poco con la afrenta.
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© Juan Rodort, 2015

miércoles, 16 de diciembre de 2015

El primer amor de un joven marica

(© Josman, 2007)

                   "Me llamo Javier, tengo 22 años y acabo de conocer al hombre de mi vida".
                   Este podría ser el comienzo de esta historia, pero la historia que Javier nos iba a contar ya terminó hace tiempo, ahora él se encuentra en paradero desconocido.
                   No queda otra que la cuente yo tal como me la relató El Viajero, que parece que estuvo muy cerca de los protagonistas: Javier y Juan o Juan y Javier, dependiendo de quien quiera ser el narrador. Pero es este amanuense el que lo va a hacer.
                   Se llama Javier, tiene 22 años y, según piensa, acaba de conocer al amor de su vida, al hombre de su vida... No cabe duda de que se siente enamorado, no sabe si lo está o no, nunca sintió algo parecido, nunca se encontró en una situación como esta. Está en su cama, en su habitación, en el piso que comparte con Paloma y Juanfra, un piso de estudiantes en el centro de Madrid -tercer piso sin ascensor, vecinos cotillas e incordiante vecina de abajo-. Javier ha conocido a Juan la semana pasada, un sábado por la noche cuando con su amigo Carlitos, compañero de facultad del mismo curso, tomaban la "penúltima" en aquel bar gay de Chueca. La música estaba bien, los videos también, los tíos se entreveían en la penumbra. En la barra había un tiarrazo con barba negra hablando muy amigablemente con el camarero y dueño del chiringuito, según dijo Carlos. Tenían una compenetración de hermanos, para nada que pensasen que estaban liados; ¿él y Carlitos? ¡qué disparate! Para nada le gustan los plumeras y Carlitos las tira a puñados. Pero es un buen amigo. Compañeros de facul nada más. Mariquitas en busca de ligues. Carlos conoce al de la barba. Se saludan, charlan de sus cosas (por lo visto ya se han acostado un par de veces). "¿Y tu amigo entiende?" oye que el barbas pregunta a Carlos y éste contesta "¿Tú que crees?". A continuación hacen las presentaciones: "Aquí Juan, aquí Javier" y el comentario del barbas "¿tomamos una birra en mi casa, los tres?". Directo, sin más preámbulos ni charlas, ¿para qué? él sabe lo que quiere. Juan ha visto a Javier junto a Carlos y una chispa le ha recorrido garganta abajo hasta el cóxis. Es la señal de que hay algo, de que hay posibilidades de que surja algo. Y a Javier le ha sucedido lo mismo; lo suyo ha sido un ahogo, casi un desmayo, como un medio mareo cuando Juan le ha estrechado la mano, una mano peluda y fuerte, una voz acariciadora, un aliento alcohólico y unos ojos que le han provocado ese medio mareo. Sí han surgido chispas del encuentro, porque a Carlos también le va Juan; dos veces han sido suficientes para querer repetir las veces que sean necesarias. Ha comprobado que Juan, cuando se dispara y le penetra como una taladradora repercutida le hace llegar al séptimo cielo, vamos, se caga vivo, hablando mal y pronto. Así que allá van los tres en el vagón del Metro, el penúltimo Metro de la madrugada, han tenido suerte porque coger un taxi les habría demorado mucho más. En media hora están en el apartamento de Juan, tomando tres cervezas -era verdad lo de la cerveza, después de todo- y al instante se encontraban desnudándose a marchas forzadas y metidos en la cama, una cama enorme y altísima, como si lo de abajo fuera un armario de tres cuerpos (lo era en cierto modo). Los tres enlazados en un trío abrazo. Juan penetra a Carlos, luego a Javier, alternando a uno y otro, repercutiendo, ametrallándoles hasta que se vacía dentro de Javier. Al segundo ataque Carlos se echa a un lado y les deja que sigan, él ya sabe que no tiene nada que hacer en aquel trío, aquello se ha convertido en un dúo, en un nudo de dos cuerpos que no paran... Carlos se queda dormido. Despierta y los siente dale que dale, ha perdido la cuenta, pero le parece que esta es la tercera o cuarta acometida. Vuelta a dormir, que hagan lo que quieran a él que lo dejen tranquilo cara a la pared. En la memoria fantasiosa de Javier fueron siete polvos, en la lógica de Juan no llegaron a cinco, él no puedo seguir después del cuarto, correrse, desde luego que no pudo. Javier siguió hasta perder la cuenta...
                   Es la leyenda urbana de esta historia, una noche de siete polvos. Una noche que ha marcado tanto a Javier como a Juan para seguir una historia que durará tres años, una historia que se puede seguir contando, pero no hoy; hoy queda desvelado el misterio del por qué se enamoró Javier de Juan, del por qué Juan quedó perdidamente enamorado de Javier. Esa es la diferencia: enamorado y perdidamente enamorado, un desequilibrio que llevó al desastre esta relación (¿o fue la diferencia de edad?). De todas formas, lo importante de este comienzo de historia es que Juan fue el primer amor de Javier. No le ocurría lo mismo a Juan, que su primer amor fue aquel amor imposible por su amigo Pedro (¡¡¡La Gran Historia de Amor de Juan!!!). Pero hoy el protagonista es Javier, el primer amor de un joven marica.

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© Juan Rodort, 2015

martes, 15 de diciembre de 2015

El vecino deseado


                   El nuestro era un quinto piso (sin ascensor) pero disfrutábamos de unas vistas de lujo sobre el parque vecino y sobre las ventanas de dos edificios de apartamentos. El más próximo al nuestro estaba tan solo separado por un seto y un pequeño jardín. Aquel vecino vivía en el cuarto piso y la ventana de su dormitorio estaba enfrentada con la terraza de nuestra cocina. En las noches de verano este era el panorama que se ofrecía a diario: el vecino totalmente desnudo, asomado a su ventana como si no tuviera más vecinos enfrente suyo, como si no le importasen las miradas espías que desde nuestra terraza hacíamos, bien provistos de prismáticos para no perder el más mínimo movimiento de aquel magnífico cuerpo. Porque el vecino era bastabte guapo y mostraba un pedazo de cuerpo bien torneado. Y es que el vecino era un exhibicionista redomado. Le gustaba dejarse ver y parece que disfrutaba todas las noches con el mismo ritual: llegar a su casa, encender la luz de su dormitorio, desnudarse despacio, siempre con los mismos gestos y parsimonia, dejando su ropa sobre una silla e inmediatamente después, ya totalmente desnudo, se apoyaba en la ventana y comenzaba a manosear su cuerpo lentamente. Se acariciaba con ambas manos, se detenía en llegando al sexo, se masturbaba, daba la vuelta para abrir sus piernas y agacharse un poco hasta que se le veían bien los güevos colganderos, volvía a posar de frente, la polla tiesa, pasando sus manos por el pecho, las nalgas... y, sin tocarse el sexo tan siquiera, eyaculaba al vacío de la ventana abierta (para regar el jardín de abajo, suponíamos nosotros). Todo este ritual lo hacía con los ojos cerrados, con una coreografía idéntica cada noche, a la misma hora. Después de terminada la corrida, salía -suponíamos que al baño- para al rato volver secándose el pelo con una toalla. Luego se ponía los cascos del equipo de música y se tendía en la cama ,que desde nuestra posición se veía perfectamente; allí se quedaba como un cristo yacente hasta que su pene se elevaba de nuevo y entonces apagaba la luz, dejando solo una lucecita roja como testigo de que aún seguía conectado a la música. Y nosotros abandonábamos nuestro puesto-espía para rememorar la escenita del estriptis.
                   Hubo alguna mañana en que, por simple curiosidad y de manera disimulada, desde nuestra terraza de la cocina le espiábamos porque la persiana de su dormitorio aún seguía subida y a él se le veía desnudo sobre las sábanas de su cama. Siempre a la misma hora, sonaba el despertador (no lo oíamos desde casa, pero sí veíamos como su mano se desplazaba hacia el rincón para apagarlo) e inmediatamente se levantaba, tomaba el calzoncillo, el mismo que la noche anterior dejara sobre la silla, se lo ponía y se acercaba a la ventana para desperezarse ostensiblemente, casi con medio cuerpo fuera. No cabía duda, era un exhibicionista o un provocador, o un enfermo sexual, o un vecino complaciente porque era bastante guapo, con un bien proporcionado cuerpo y un sexo nada despreciable...
                   Una vez nos lo encontramos en la calle a la salida de la estación del Metro del barrio acompañado de una chica rubia, despampanante y demasiado llamativa. Iban agarrados por la cintura, la chica le manoseaba el culo sin ningún pudor, él sonreía satisfecho de verse acompañado de una hembra de bandera, la asía de forma mecánica, sin demasiado entusiasmo, un mero juguete para mostrar a la envidia del vecindario, o un perfecto plan de camuflaje que ocultare su verdadera tendencia sexual. No había duda, lo que a él le gustaba era que le viesen sus vecinos maricas, provocarlos, saberse mirado y deseado. Vamos, era un calientapollas, eso sí, guapísimo.
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© Juan Rodort, 2015

lunes, 14 de diciembre de 2015

En paradero desconocido

(© Paul Freeman, fotógrafo)

Invierno en mi cuerpo
La ausencia y la distancia de tu cuerpo ensimismado,
rota caricia ensombrecida de tu mano recorriéndome,
solapando el marco restallado de tus besos
dulces, visionarios besos soñados. Tengo
secuestrado tu aliento en mis cosquillas, tu piel
rondando pliegues de mi piel entusiasmada de tu ronda,
tengo en guardia el sexo encabritado, hipnótico zumbido
de tu mano destronada por mi mano. Estigma de tu huella
quemando en lo profundo, adentrada indulgencia de tu escorzo
pletórico al saberse poseído. Repetido movimiento igualitario.
Llueven los besos deslizados por mi piel dormida,
oscuro manto de caricias olvidadas por tus manos,
cuando, inadvertido, el día comienza a refugiarte,
borracho de sudores absorbidos. Las prisas revestidas
con disculpas enturbiaron nuestros besos. Último reducto,
tenue rastro de caricias, portal abierto al recio viento,
tu voz, cuando marcaste la premisa en despedida.
La ausencia de tu cuerpo ensimismado, fría espera.
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                  Desde entonces no he vuelto a sentir tu presencia. Cada vez que vuelvo una esquina de este desierto en que se ha convertido el pueblo sin tu cuerpo, cada vez que imagino un inesperado encuentro, cada vez que voy a buscarte en inútiles paseos desbocados solo encuentro un vacío apretado contra mi pecho: el saber que ya no estás. Desaparecido, en paradero desconocido, sin rastro. Me queda el recuerdo de tus ojos. Esos ojos que ¿a quién y dónde miran en este instante? Tus dulces y crueles ojos que me tienen prisionero. Mi cabeza en delirio te busca y busca febrilmente por las calles como una ebria bacante, mirando en los portales de imaginarias casas donde te creo escondido, atisbando por las ventanas entrecerradas por si tu perfil se delatara, oliendo el aire de la tarde por si aún tuviera tu perfume enredado.
                  Desde aquel último encuentro ha pasado casi un año. Empiezo a pensar que todo fue un sueño, un dulce y, a la vez, doloroso sueño. Por más que tengo el dibujo de tus ojos, la foto semidesnudo y algo borracho con aquel horrible sombrero de disfraz vaquero, una botella de cerveza casi vacía en tu mano, la otra mano acariciándote el pecho, invitándome al festín de tu piel caliente y enardecida por el deseo de mis besos, tu sexo reposado y húmedo a punto de saltar al mínimo roce de mis manos... Oferente fotografía, última visión que atesoro sacrificándole libaciones eyaculatorias en tu nombre, en tu recuerdo desaparecido. La ausencia de tu cuerpo es una fría espera de kilómetros tendidos, se ha convertido en un poema hecho sangre, en un sacrificio ritual de cada tarde al ver tu foto.
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© Juan Rodort, 2015

domingo, 13 de diciembre de 2015

Soledad marica

(William Etty, Estudio desnudo masculino, óleo s/tela, s.XIX)

                      Esta mañana he visionado un video donde un chaval pide ayuda para poder curar la enfermedad que padece. Mientras lo escuchaba, analizaba sus gestos comedidos, los repetidos cortes de las tomas que posiblemente hizo ante la imposibilidad de contener el gesto y sus emociones. Y mientras avanzaba su petición yo pensaba y dudaba de su veracidad ya que a estas alturas de mi vida me es difícil creer todo lo que me presentan como veraz. Cruel diagnóstico para alguien que sufre. Pero debe entender mi parecer después de haber sufrido timos y dejarme llevar por sentimentalismos que resultaron un fiasco. Mi experiencia personal me impide ser crédulo, cada vez me veo más cauto en mis tomas de decisiones. Incrédulo. Duro de pelar.
                      Esta mañana me resulta especialmente triste a pesar del radiante sol, a pesar del silencio invernal que rodea mi casa. Es un sentimiento causado por un poso de soledad que no termina de irse. No puedo entenderlo. O no quiero entenderlo. Esa tristeza no deja de ser más que frustración por no tener resueltos ciertos problemas domésticos, por no tener solución inmediata a unos problemas familiares de salud. ¿A quién puedo pedir ayuda? ¿A quién puedo ir a llorar mis soledad y tristeza? Te ha tocado, lector. ¿Por qué a tí? Pues porque no puedes sino seguir leyendo y pasar a otra página. Y como bien dicen que "ojos que no ven, corazón que no siente", si llegado a este renglón has decidido pasar de mi lectura, yo no lo voy a saber. El consuelo de verter en letras mis pensamientos me vacía de ellos y los deposita en este ciberespacio. Ahí queda mi penar. ¿Es la soledad marica peor que la Soledad, a secas? Definitivamente, sí.
                      ¿A quién le importa mi soledad? Desde luego a los otros maricas, nada. Marica que pena, vacío que crea a su alrededor. Nadie quiere oír penas. La vida es una continua jarana, los tristes no tienen cabida en los anuncios televisivos. Compra y sé feliz. Consume y disfruta. ¿Que estás solo? Ah, pues se siente, con las nuevas tecnologías no tienes por qué, las múltiples aplicaciones que te venden llenas de coloridos señuelos te harán feliz; solo, pero feliz. O atontado, pero feliz. Jilipollas, pero feliz... Y no hay peor soledad que la soledad marica. La soledad del corredor de fondo (marica). Solo y discriminado. Sin entrar en más detalles sociopolíticos que edulcoren esa soledad crónica (marica).
                      ¿Por qué tanto repetir marica, marica, marica? Pues para que se note, que aún se sigue discriminando por la mera opción sexual. Y si, encima, hay una enfermedad relacionada solamente con esa opción (cuando es bien conocido que nadie está a salvo de contraer una infección por la forma más peregrina e inimaginable: "¿Sida? ¡que yo no soy marica, oiga!") pues peor todavía. No, el que suscribe no está infectado, ni quiere ya saberlo. Pero siente una gran tristeza por aquellos que sí lo están y que se sienten solos, apartados mental y físicamente de la sociedad. Haz la prueba, dí que eres seropositivo/a y comprobarás el vacío a tu alrededor, de forma inmediata, cuado no de forma violenta: te echarán de sus vidas esos seres que tú creías que te querían. Te querían sano, a un miembro enfermo de la sociedad se le amputa o se le olvida, o se le niega la existencia. No existes, no hay problema. Y te quedarás realmente solo/a (seas o no marica).
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© Juan Rodort, 2015

sábado, 12 de diciembre de 2015

Tolerancia, cero


(Jean-Jacques Henner, «Christ en croix»
óleo s/lienzo 64,5 cm x 53 cm, Musée Jean-Jacques Henner, París)

                      Seguramente que el modelo debió posar desnudo y el paño de pudor le sería añadido posteriormente para que las mentes puritanas de la época (hacia 1850) no pudieran decir que la pintura era pornográfica o sacrílega... Lo mismo, lo mismo le ocurriría antes al divino Miguel Ángel con sus cristos desnudos pintados y esculpidos en mármol de rotundas curvas masculinas que evidenciaban la humanidad más que divina de la escultura. A sus pinturas las cubrió el llamado "Braghettone" hasta que una limpieza moderna les devolviera su desnudez primitiva. Lo mismo le ocurre todavía al "Cristo de la Minerva" (hacia 1521) que lleva un paño de bronce atornillado sobre el desnudo mármol que muestra debajo unos bonitos genitales por demás tampoco demasiado prominentes ni para llevar a escándalo salvo que sea para decir que qué poca cosa tenía el Redentor, fíjate tú. Y así sucesivamente. No sé dónde leí o ví que en algún perdido y secreto escondrijo vaticano había cajones y cajones llenos de penes mutilados de esculturas. La censura genital. La censura, la "tolerancia", el dejar correr, el no querer aceptar las cosas tal como son sino tal como se quisieran que fueran. O vinieran. Ir o volver. Inamobibles opiniones. Ni van ni vienen, no se han movido de su posición desde hace siglos (siglos de oscurantismo forzado por la tiranía pacato-religiosa-mogigata-cateta e ignorante que se escandaliza por tan poca cosa como son unos genitales masculinos al aire, a la vista. ¿Pornografía? Tal vez si están enhiestos y eyaculando... los penes podrían ser o resultar pornos; todo depende de la mirada del espectador/a.
                      La intolerancia o la "tolerancia cero", que a mi parecer es lo mismo, es la causa de que las personas que dicen que te quieren (te van a hacer llorar, seguro) te "toleren porque te quieren". Dos palabras incompatibles a mi entender: O se quiere o se tolera. La primera está ligada al amor, la segunda se emparenta más con el odio. Y cuando tus seres queridos (o eso era lo que creías) te dicen que  te toleran porque te quieren, lo que realmente te dicen es que si no existieras serían más felices, que tan sólo eres un problema o una incomodidad para su estatus social... Más claro... ¡Ojalá que lo fueran! "Mira, que no te queremos, que no nos gusta ni tu forma de vida, ni tu opción sexual, ...ni tu perfume." (Lo del perfume tiene su aquel, porque hay perfumes que provocan odio al/a la que lo lleva puesto).
                      No, no me toleras, ni me quieres. No me aceptas tal como soy, no soportas que sea "diferente". No me dices lo que realmente piensas. Mejor que no me trates como si fuera tu hermano apestado, que dejes de hablarme y verme, que dejes de ser mi familia o que yo os deje, que para el caso es lo mismo y así yo seguiría siendo el rarito y la oveja negra: el hermano maricón, a fin de cuentas.
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© Juan Rodort, 2015

viernes, 11 de diciembre de 2015

Nueve años y nueve horas... de casados


                Hoy hace nueve años que nos decidimos a contraer matrimonio ("Ahora se puede", nos dijo la empleada del Juzgado de Paz de aquel perdido pueblo del norte español).
                Aquel 11 de Diciembre de 2006 cayó en lunes. A primera hora de la mañana habíamos quedado ir a firmar nuestro compromiso ante la sociedad (ahora ya se podía) para regularizar nuestra situación ante las leyes, en igualdad de derechos con otras "parejas normales". Éramos y seguimos siendo -en el fuero interno de nuestros vecinos- una pareja anormal, por no decir y escribir lo que realmente piensan y dicen de nosotros -aún, después de pasados nueve años de supuesta apertura democrática-.
                Hace nueve años (y nueve horas) el día amaneció despejado y frío. Ya que íbamos a ir al pueblo (vivíamos entonces en plena Naturaleza) a firmar nuestro contrato matrimonial, ¿por qué no aprovechar el viaje para hacer la compra de la semana? Dicho y hecho. Después de la "ceremonia" (tuvieron a bien hacernos un bonito regalo -dos, si contamos las flores que al final quedaron sobre la mesa del escribiente-oficiante-) invitamos a los presentes -tres funcionarios, oficiante y testigos- a desayunar (era su hora del bocadillo, de todas formas). Y acto seguido nos acercamos al súper a llenar el carro de la compra, corretear por los pasillos desiertos a esas horas de la mañana y así hacer nuestro "viaje de novios" empujando el carrito por los pasillos del supermercado.
                Hace nueve años, nueve horas, nueve minutos y nueve segundos, exactamente, de nuestra boda homosexual.
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© Juan Rodort, 2015