domingo, 30 de agosto de 2015

El insomnio de una noche de verano


                       Cuerpos como éste han compartido mi cama a cientos o a decenas por lo menos, cuerpos de los que ya ni recuerdo su forma ni su aroma (porque a mí los olores me echaban para atrás de siempre), ni sus nombres... Cuerpos de jóvenes (siempre más jóvenes que yo) desconocidos que calentaban el otro lado de mi cama por una sola noche y a veces por unas horas de lujuria y desenfreno (todo lo que dieran de sí las copas consumidas o los porros u otra droga blanda legalizable)... Pero éste cuerpo sin nombre, sólo recordado al volver a ver su rostro aniñado en esta foto, fue especial (casi todos lo fueron, yo no me llevaba a mi casa a cualquiera) y único. Con él, junto a él, dentro de él experimenté mi primera rayita (no fueron muchas más de tres las tomadas hasta hoy); él me invitó a su fiesta particular.
Trabajaba en uno de los bares de copas del barrio de Chueca, yo había entrado a tomarme otra más para terminar de aturdirme e irme a casa a dormirla, solo mejor que mal acompañado, él estaba en la barra del sótano y me invitó a esa primera y a las siguientes copas con una sonrisa y un quédate hasta que termine mi turno...
Tenía una moto de mediana cilindrada (a mí siempre me pusieron las motos nada más verlas, el ir sobre ellas ya era el delirio) y en ella hicimos un corto recorrido por dos bares gais de otros barrios buscando algo que no me quiso decir y que en mi aturdimiento intuía que era alguna sustancia para meterse al cuerpo, quizás chocolate para unos porritos... Eran polvos. En el segundo bar, trás una breve parada sin tiempo a pedir otra copa, me asió del brazo con una sonrisa de triunfo: la tenía (una papelina, que llamaban ellos).
El viaje hasta mi casa a altas horas de la madrugada por las avenidas desiertas de Madrid en una noche agosteña que presagiaba el fin del verano fue de antología (tan solo superado por el famoso paseo por el Circuito de Montjuic a la grupa de aquel motorista suizo) con parada ante el portón del Parque de Bomberos cercano a Las Ventas y cerrado a aquellas horas, donde al abrigo de las sombras de un rincón nos bajamos de la moto y sobre el depósito mismo me cortó la primera rayita que esnifé en mi vida... Decir que experimenté algo es mentir, tampoco esperaba nada extraordinario pero sí algo parecido a mi primera experiencia con un trocito de ácido que me llevó alucinado por el Metro de Madrid en otro viaje paralelo. No, aquella vez, mi primera vez, solo sentí el aire fresco de la madrugada y más que correr, volar agarrado al paquete de mi centauro madrileño...
Llegamos a mi casa, aquella casa problemática por estar a las afueras, aquella que solían evitar mis ligues porque estaba muy lejos... ¿de dónde? Ellos decían que era el fin del mundo, pero con aquel motorista-camarero yo me habría ido mucho más lejos aquella noche. Pero allí estábamos, tumbados en mi cama, preparados para la fiesta que los vapores etílicos despejaban y quizás al primer tirito de aquella raya había disparado hacia cotas inusitadas; sí, no me sentía el mismo, era mucho más osado. Intenté -y con acierto en su respuesta afirmativa- unos juegos sado-masos. Paramos del mete-saca para otra rayita y no sé por qué me puso algo de sus polvos mágicos en el glande para engullirlo primero con la boca y luego por aquel pozo sin fondo que pedía algo más grueso, más y más... Y lo probé con los artilugios que tenía a mano por la casa, las cosas duras y turgentes más insospechadas, aparte de mi polla que ya no le era suficiente... Hasta que con un enorme rodillo de madera le hice ver las estrellas o el infierno porque me lo dejó inservible, no merecía la pena limpiarlo, directo a la basura en una bolsa de plástico, un asco, vamos -es que a mí eso del sado-maso me ha dado repelús de siempre-. Y luego me hizo introducirle cubitos de hielo por aquel pozo ardiente y palpitante... A mí aquellos polvos como que no me hicieron efecto, digo yo.
Y hoy le he recordado al ver este rostro tan parecido a él, como quiera que se llamase, al que me brindó la noche insomne más loca de un final de verano matritense. Este rostro no puede ser el mismo, él tendría ahora más de cincuenta años, entonces era un pipiolo, uno de tantos que me asediaban en busca de papás-osos. Y es que siempre he sido un hombre fácil... no he sabido decir que no ante un guapo muchacho.
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© Juan Rodort, 2015

viernes, 28 de agosto de 2015

Al Diablo con la Comunicación


Esto no tiene ni pies ni cabeza... 

                     ¿Comunicar, qué? Por el puro placer de la exhibición. ¿Verdad que estoy buenorro? ¿Sí, ya te gustaría, no? Y así hasta el Infinito y mucho más...
Cada quien enrocándose en su cuarto de baño, delante del espejo del lavabo, con poca o ninguna ropa encima, que el rostro quede entrevelado, cortado, a medias sacado para que nadie pueda hacer una fácil identificación, desde un absurdo anonimato dar a los cuatro vientos digitales publicidad de lo buenorro que te has puesto este verano de playas y jodiendas multitudinarias..., estaba muy borracho, no me acuerdo de nada, ¿por qué me escuece el esfínter de esta forma y tengo ese desgarro? (Yo no soy maricón, aquello ocurrió sin darme cuenta realmente...) ¿Y quién sería el que me la metió? (Pues fueron varios los que se aprovecharon de tu semi inconsciencia etílica para abusar a modo de tu rico cuerpazo de cabroncete calientapollas). Así que no vengas con esas de que nadie te quiere si vas dando desplantes por la calle y a la primera de cambio te agarras un cogorzón "para liberarte". Y bien que te has liberado esta vez. Varios puntos de sutura en el ano, hermoso. Al final tuviste que ir a las urgencias del puesto de socorro veraniego, donde trataban de paliar casos de coma etílico de gentes que como tú querían comunicarse con los demás y no sabían cómo, así que una copita tras otra para entonar y animarse terminaron en un chorreo de cuerpos tirados al relente, algunos con la ropa en los tobillos y evidentes muestras de una fiesta no deseada especialmente, a resultas del panorama de cuasi sangría-parto con dolor que debió de ser aquella orgía no premeditada en las oscuridades de la playa... Ya sabes, el que va a cazar, puede verse cazado. Y eso es lo que te ha pasado a tí, muchachito calientapollas, que has ido mandando tus fotos provocativas a diestro y siniestro y a la hora de la verdad, delante del ligue que te ha detectado vía wasap-gepeese-megusta-megusta que han recibido en un radio de acción de un kilómetro. Y por lo visto te estaban esperando agazapados en las sombras. Has sido cazado, cazador despreciativo y ninguneador. Justo castigo a lo pendón desorejado que te habías vuelto. Que si éste quiero, éste no quiero... uy no, que tiene mucha barriga... pordiós que viejarra indecente... pues no parecía así en su perfil... etcétera.
                     ¿Qué querías decir? ¿Que estabas en el mercado, expuesto para la sola admiración y contemplación-veneración de tus ardientes seguidores? ¿Comunicar? ¿Comunicar el qué? Has recibido un comunicado en forma bien explícita, como un aviso de que no hay que ir levantando vientos porque se cazan tempestades. ¡Y otra vez, pon tu cara bien a la vista, que tienes un cuerpo de muchacho pero te falta bien poco para la jubilación, hermoso! Y cuando estés restablecido de este aviso no tienes más que anuciarte con otro porno-selfie de los cojones...
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© Juan Rodort, 2015

miércoles, 26 de agosto de 2015

Otro día sin historia


                     ¿Era forzoso recordar tu nombre? Lo único, tu cuerpo. Saqué esta foto mientras aún te parecía divertido que dos tíos, desconocidos hasta ese momento, se hubieran abrazado como antiguos compañeros... Pero era tan evidente que yo mentía, que por la edad no coincidíamos más que si tú fueras el hijo de algún amigo. Pero aceptaste mi precipitado abrazo y manoseo de tu forida espalda. ¿Quién será esta viejarras maricón que me está tocando el culo disimuladamente? El caso es que me suena de algo... Seguro que pensabas cosas por el estilo, mientras mi mano seguía apretando la tuya e inundándome de tu calor y fuerza, aspirando tu aroma mezclado con aceites y protectores solares, tu olor de hombre mojado por el salitre, impregnado de un viejo recuerdo que fue lo que me atrajo hasta tí y, sin dudarlo ni un instante, abordarte como a un viejo conocido, alguien que al verme con aquel horrible bañador mío -el de los claveles reventones sobre fondo fucsia de cintura hasta las rodillas- no sabía si es que un loco más se le acercaba con aquel terrible acento español que en nada sonaba como el vuestro. Y es que tú también estabas de veraneo en Acapulco, aunque eras de México D. F. (Dé Efe, para los íntimos) y ya no te espantaban parodias como aquella. Pero era evidente que la broma se hacía demasiado pesada y que el sobo a que te estaba sometiendo rayaba en el acoso sexual más descarado. Sonrientes nos desasimos de la proximidad de nuestros cuerpos. Yo te dejé mi aroma de Loewe adherido a tu piel para que me recordases hasta la próxima zamnullida en las cálidas aguas en las que tan solo mojé mis plantas hasta el tobillo -nunca nada más arriba después de la peligrosa experiencia del Caribe hacía unas semanas... Pero tú qué sabías de todo ésto, de mí, del por qué de preguntarte si podía hacerte una foto para enseñarla "a mi hija" y decirle lo guapos y buenmozos que eran los muchachos mexicanos... Era evidente que no entendías nada de lo que yo te decía apresuradamente con el mismo ánimo de que no me entendieras y quedases epatado por mi descaro de viejo marica que lo único que pretendía era tocarte y luego contárselo a los amigos durante las aburridas tardes en algún café del barrio de Chueca. Sí, te dije que era de Madrid. Y no te he mentido, porque de allí me considero después de muchos años de vivir en distintos barrios, desde mi tierna infancia... Pero eso sería contar otra historia y ésta nuestra es que ni tan siquiera es una historia sino una anécdota para maricas desesperadas. "De cómo ingeniártelas para pillar cacho" se podría titular. Pero ahora que miro tu foto más detenidamente... sí que te conocía de algo. Y los dos callamos entonces porque era preferible disimular más que reconocer que sí tuvimos una breve historia juntos, unidos por un flechazo que terminó en la habitación de mi hotel revolcados y desnudos, una noche loca después de tomarlas en un bar de la Zona Rosa de D. F. y después de nuestro fatal encuentro en la cafetería del Museo de Arte Moderno... 
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© Juan Rodort, 2015

lunes, 24 de agosto de 2015

Alguien como tú


                              Decían que el tamaño no era lo importante pero fue más que decisivo a la hora de terminar su relación. Y aquí tenía un ejemplar similar al de su ex, se diría que copiado milímetro a milímetro, igual, iguales los dos una vez más. ¿Siempre en busca de lo mismo? ¿Del mismo prototipo? Sí, una vez conocido ya no podía pasar de algo que no fuera como mínimo del mismo grosor y dimensiones en su máximo esplendor... que el suyo.
Por eso decidió que la mejor forma de consolarse era mirarse él mismo en un gran espejo; ahora era perfecto, igual a él, igual a su ex, idénticos los dos... Comenzó a trabajar y ya todo lo demás fue una sucesión de gestos e imágenes sabidas de antemano, superpuestas, consecución una de otra hasta llegar la fin propuesto, al duplo orgasmo. ¡Al fin!
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© Juan Rodort, 2015

sábado, 22 de agosto de 2015

Cuando no hay nada más que decir


                               Hay personas que no se quieren enterar de que una relación ha terminado para siempre. Que cuando se dice adios es que no se piensa volver atrás, que se da la espalda a esa situación y que comienza el olvido... Todo acabó. Punto. Así de simple.
Pues no, ellos tienen que saber, quieren, necesitan que se les expliquen los por qués de ese final, cuando son precisamente ellos los causantes del fin, los que lo han buscado con sus actos y con sus silencios; las más de las veces con sus excesos de palabrerías y reproches. No se dan cuanta, no quieren darse cuenta que el ser que les amaba sobre todas las cosas ha cambiado su parecer. ¿De golpe, así de pronto? No, muriendo de a poquitos con los desprecios del que no quiere ahora ser despreciado. ¡A buenas horas mangas verdes!
Sí, hay personas que no admiten un no tengo más que decir por respuesta, aunque esa respuesta sea el silencio, el olvido. Pero tampoco se puede olvidar una relación (de cualquier tipo, si ha sido intensa) y esa fue demasiado intensa y dolorosa en su final. Un final no deseado y que a estas alturas es incluso beneficioso; con su corte de relación, esas personas hacen un gran favor al objeto de su desamor. Pero será más tarde cuando se den cuenta de lo que han perdido, de lo que han dejado y que ya es imposible de recuperar.
                               Aquel joven indeciso, aquel muchacho que recién estrenaba un amor, un amor por una persona mucho mayor que él y que entonces no le importó y que entonces luchó contra los consejos de los suyos por conservar ese amor, ese amor correspondido entonces, ese gran amor de sus vidas, ese amor que les marcaría para siempre en un antes y en un después. Pues aquel joven, hoy maduro cuerpo traqueteado por las circunstancias, pretende que le den explicaciones del por qué él mismo ha sido el causante de este final. Y es que nunca se dió cuenta de que tenía ante sí al hombre de su vida, al hombre que renunciaba a todo por él, que pretendía hacerlo pero en el último momento no tuvo por qué hacerlo ya que el todavía joven indeciso le abandonó. Un doloroso abandono que aquel hombre mayor guardó en los restos de su corazón partido.
Pero ¿terminó realmente? Parece que no del todo, que ahora el despecho le hace ser soberbio a este hombre demasiado mayor para enfrentarse a sus posos envenenados, a sus restos amargos que quedaron adheridos al cántaro roto de su alma. Un amor roto que quiso transformar en una amistad y que no tuvo lugar ante los desplantes y reproches de aquel joven -ahora maduro- que mereciera su amor y después su amistad (como si eso fuera posible; no se puede amar y luego quedar como amigos). Frialdad que terminó por congelar los rescoldos que aún quedaban encendidos y ocultos por los restos del naufragio casi olvidado.
                               Y sí que tiene más que decir, mucho más pero no lo desea más. La amargura queda, más que en la boca, marcada en el alma. Y las cicatrices del corazón no restañan del todo. ¿Nada que decir? No, después de estas líneas que el viajero ha tecleado casi sin respirar, ya no hay nada más que decir.
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© Juan Rodort, 2015

jueves, 20 de agosto de 2015

Verano termina en ano


                     Hasta el ano está ya el viajero de tanto verano. Antes, cuando tenía su casa en el norte se quejaba del corto verano, el veranín de frescos días, los más, lluviosos o nublados; aquellos veranines de cuatro o cinco días de tímido sol, aquellos finales bruscos del verano norteño que, de un día para otro, dejaban tiesas a las pobres plantas de su jardín florecidas por la tarde y heladas a la mañana siguiente... No hay términos medios para los veranos del viajero. Templados veranos de temperaturas que no sobrepasen los 25 grados, frescas tardes y noches más frescas que sea necesario echarse una ligera manta en la cama y buscar el calorcillo del cuerpo vecino y acurrucarse entre sus brazos...
Por eso el viajero continúa buscando su casa en otro lugar; vino al Levante, cerca de las costas del Mediterráneo buscando el calorcillo y la sequedad que solucionara sus problemas de articulaciones. Pero el cambio fue a peor, porque en los veranos siguientes el tiempo cambió y las noches húmedas se sucedieron como en el norte astur, orillado al Mar Cantábrico. Ya, ya... que el viajero se pasa de un extremo a otro, pero ¿dónde encuentra una zona intermedia que no tenga extremadas temperaturas ni saltos bruscos de una estación a otra? Quizás en las Islas Canarias. Pero al viajero le aterra vivir a nivel del mar o en una isla (encima, una isla volcánica). Ya tuvo aquella terrible experiencia de vivir en Ibiza y salir en un avión para pisar tierra firme en Madrid (luego regresó, pero duró poco su estadía a causa de otro cambio climático en que las lluvias lo echaron literalmente de las Pitiusas).
El viajero va paseando su particular Ítaca por toda la geografía española y parte del extranjero. El viajero está ya más que harto de cambiar de casa cada tantos años para encontrar los mismos inconvenientes en la siguiente no bien han pasado los años de rodaje reglamentarios.
                     Y, después de pasar varios veranos viviendo (sobreviviendo más bien) en Sevilla, el viajero no quiere más verano que empiece meses antes de lo establecido y termine pasado el otoño o que el año se divida en tres estaciones: verano, invierno y la Estación de Santa Justa -la estación de autobuses sevillana era de un cutre que para qué-). Después de tamaña experiencia el viajero se retiró al norte astur al "calor" del verde, pero el verde paisaje de Asturias es verde porque llueve mucho y hay escarchas y rocíos que conservan la hierba fresca y verde. Precioso, sí, pero sólo para unos días de verano. Lo mismo que el Sur andaluz, precioso para una fresca Primavera de días de jaranas y ferias o procesiones -igualmente jaraneras y como una feria sacra, pero feria al fin y al cabo-. Lugares para ir de visita nada más. Así que el viajero que ahora recala en este lugar seco, sequísimo últimamente, cálido y paradógicamente húmedo cuando le pete al tiempo, está más que harto del largo, largo, larguísimo verano alicantino. Recientemente visitó a su familia que recalaba en Cantabria; fueron unos días de frescor y lluvias vivificantes cuando en su casa alicantina se cocían las plantas de su jardín o eran masacradas por un inoportuno pedrisco que casi las aplasta.
                     Y hasta el ano está el viajero de quejarse del calor reinante.
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© J. R. Ortega, 2015

martes, 18 de agosto de 2015

Aguanta que ya queda poco (verano)


Concierto de verano (con la indumentaria a juego con la temperatura reinante)

                       Dice un dicho muy nuestro que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo aguante y este es el tonto consuelo que el viajero se aplica para paliar las altas temperaturas padecidas desde hace ya tantos días seguidos y tantas noches de insomnio a ventilador puesto que su cabeza desvaría al contar y le parece que este verano comenzó a primeros de aquel febrero templadito que no traía nada bueno como luego se vió. Y como también hay otra variante del dicho que dice no hay mal que por bien no venga, he aquí el bien visual por el mal temporal (aguanta el temporal). Y es que el de hace tres semanas fue de órdago: un pedrisco como pelotas de tenis que ha dejado nuestro pueblo como una superficie lunar en los chasis de los autos que se encontraban en ese momento en las calles y a descubierto. Ese es el mal, que no llueve y cuando lo hace es a pedradas de hielo... Mal nos quieren por ahí arriba los elementos, por no pensar en otras cosas (es como una maldición programada, vamos).
Y hoy he encontrado a este buen mozo jugando con su violín (el violinador le he llamado). En las ingles no tiene otro violín pero seguro que si se le trastea será cosa de echarse a temblar por el calibre y tensión en arco que llegue a cobrar esa adormecida vida para hacer un dúo de violines o violín y trompeta o fagot o mamporro. Ésto último me recuerda aquella vez en que el viajero cantaba en un coro medianamente profesional y el director, harto de las pantomimas de unos mozalbetes que hacían burla de sus gestos a sus espaldas, mirándoles de refilón, no tuvo otra que volverse, pues estaban muy cerca del coro, y en un rápidísimo giro pegarles dos sopapos a los cabecillas y darse la vuelta para seguir dirigiendo el Amén del Mesías de Haendel... Un concierto para tortazo y coro lo bauticé yo cuando el viajero me lo contó.
Este concierto de violín será en modo frescales y nada convencional, más que nada porque el intérprete me está haciendo señas disimuladas y me parece que lo que quiere es ligar conmigo para cuando acabe que vaya a su camerino para que le diga lo que opino de sus partes medias, no ya de sus bajos. Concierto para violín y ligoteo.
Luego sigo, que el violinista termina su número y saluda para retirarse...
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© J. R. Ortega, 2015

domingo, 16 de agosto de 2015

Así que pasen 37 años...


Madrid
Julio

                             Volví de aquel desierto por mi soñado
                             y no pasan dos amores (ya los días ni cuentan)
                             para poner su retrato ante mis ojos
                             y así amar otra vez y otra vez más poder amarle.
                             Un dios rubio me enamora. Yo pinté sus azules ojos
                             y su boca.
                             Ese dios repetido en los espejos (que siempre he retratado)
                             y que ahora doble (porque pinté sus dos caras) me mira.
                             Él tiene nombre y apellidos (y una familia que lo ame),
                             su retrato idolatrado sigue aquí enfrente mío;
                             ahora que puedo amarle libremente, sin mentiras.
                             Lloraré los amores rotos, en él reconstruidos,
                             y forjaré nueva espera de días tediosos hasta su vuelta;
                             y si no viene –como ya ocurrió con otros- violaré su doble risa
                             con cuchillos de lápices afilados
                             que rasgarán sus dos caras de lado a lado
                             y así saber que amar-morir (matar retratos) puedo.
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                             El cuerpo recio, sufrido de acariciar siempre,
                             dulce, como un abrazo de piel sumisa y el bozo rubio.
                             Cuando amanecieron los relojes de la sangre
                             y extendí mis brazos de sueño y prisas,
                             la luz rodó las cortinas pintadas de día nuevo
                             recordando insomnes noches a él debidas.
                             Yo soñé por caminos ajardinados y muertos al oleaje
                             de nuestro sitio esperado.
                                                                       Cuando su boca es
                             principio de tantas vidas.
                                                                       Cuando su boca es
                             surco cálido aprisionado de varillas doradas
                             y algo fresco que no es la mañana ni el sueño,
                             quizás títilos preciosos coagulados y un rosal
                             inesperado agitanando melenas de oro y contrabando.
                             Él despierta y no despierta. Su piel
                             dejó volcar caricias que ni sé cómo surgieron.
                             Sustitución de cuerpos que ya no importan
                             (morir por él todos los amaneceres) hoy.

Agosto

                             Yo soñé su espacio misterioso
                             y un compás de alumbre inmaculado
                             que Dios jamás imaginar pudo, ni muerto
                             en mil conjuros por resucitarlo.
                             Sucede mansamente, imagino el sueño y aparece,
                             doble por ser birretrato imaginado-escrito
                             en su piel adormecida, violáceo reflejo mío.
                             Yo soñé su sueño y un espejo de hambre suspendido
                             para no querer amar nunca otro cuerpo, nunca amor,
                             morir en sueños por él o quién sabe qué recuerdos.
                             Nunca supe soñar o imaginar que amo,
                             cuando voy camino del sueño imaginado; horrible amor
                             que no sentiré nunca, que amar no sé ni en sueños.
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© J. R. Ortega, 1978

viernes, 14 de agosto de 2015

66 años y un día


                     ¿Qué hacer después de un cumpleaños? El día después es un trauma porque se piensa en lo pasado y en la rapidez del tiempo vivido. Y cuando se está a las puertas del siete, -el Número de los Números- entonces comienzan a desfilar pensamientos negros, grises y deslizantes hacia una depresión o desánimo que termina en abulia y aquello de ¿para qué hacer nada si ya falta tan poco...? ¿Para qué? ¿Para el final de los días? ¿Para el fin de año?
Y es que este annus terribilis que afortunadamente ya concluye... pero no ha terminado y el viajero se teme que la traca final en este septiembre turbulento o en el otro evento, cuando elijan la fecha para hacer los Comicios, será de campeonato. ¡Será La Traca!
Mientras tanto el viajero no se encuentra en óptimo estado anímico. En sus alacenas se acumulan los dulces, bombones, chocolates y bollos que le han regalado o que él mismo ha confeccionado para autofelicitarse por el duplo número (afortunadamente no se repetirá para formar un triple seis).


                     Esta mañana (el día después de los 66 años recién cumplidos) el viajero se ha topado en la Red de redes con esta foto de un antiguo novio. Foto de no debe hacer muchos años que revela el cambio y la transformación verificada por la voluntad de supervivencia y superación de A. S. Él fue su novio durante dos o tres años de turbulentos meses afectivos y resurgimientos pasionales. Una historia de trágico final. Otra historia más. Otro novio más... Pero, cuando ya creía desaparecido en combate a este rubio púgil -en aquellos años dorados lo era-, el viajero se lo encuentra de nuevo, radicalmente transformado en morenazo y musculado, a la par que velludo y rasurado de cabeza, en un irreconocible cuerpo si no fuera por esos ojos. Los azules ojos que le enamoraron desde la primera mirada furtiva en aquel autobús nocturno que les devolvía a sus respectivos domicilios en la noche veraniega matritense. Fue un mes caluroso de julio, un mes de turbulencias amorosas y de rupturas más que dolorosas, humillantes (porque se le fue rompiendo de a poquitos aquella relación con el muchachito follador que había descubierto el mundo fuera del abrazo del viajero, una relación que había dejado aniquilado al viajero -o eso era lo que él pensaba entonces-). Y allí, en "el búho" Nº 2, estaba A. S., rubio, majestuoso, provocativo y a la vez tímido, esperando la invitación a una cerveza en el estudio del viajero que se bebió con ávidez para pasar a la acción, una acción que duraría dos años seguidos hasta los comienzos del cambio de A. S. que buscaba más, mucho más... Y lo encontró, trágicamente, pero lo encontró en otras tierras... Otra historia. Muchas historias que ahora le vienen a la mente al viajero, cuando se enfrenta a la foto del peludo y fortachón hombretón maduro en que A. S. se ha convertido. Moreno y peludo. ¡Já! Aquel rubio queribín, fortachón ángel de cielos azules por ojos, de inocencia desvirgada recientemente, ingenuo y rebelde. Un ángel del verano que duró muchos meses más de velante compañía del viajero...

                     Esta mañana repasaba el viajero sus correos, sus blogues, sus perfiles de G+ y sus comentarios... y ¡las fotos de macizos! Y una idea le ha ido reconcomiendo durante todos estos minutos: ¿por qué sólo tíos guapísimos, bellísimos, plastificados, musculados a cincel, de ojos embriagadores, de bocas de deseo y frenesí, de culazos prominentes y aterradores de sólo pensar que se puediesen tocar, morder, acariciar... penetrar, en suma; cuerpos para visionar y calentarse, con lo poco que hace falta el calor en este ya de por sí tórrido verano. ¿Por qué sólo bellezos? ¿Dónde están los hombres y muchachos "normalitos", del montón, graciosillos, resultones, no demasiado guapos ni demasiado feos, proporcionados, pero siempre mayores de la edad legal y no esos escuálidos cuerpecitos que rayan en la ilegalidad visual y denuncia de acoso cuasi-infantil. ¿Dónde hay muchachotes como los de esta foto de A. S.? Cuando tenía 22 añitos y era fuego y era pasión y era deseo y era inocentón y voluptuoso y pícaro y mucho más...
Al viajero le gustaría encontrar alguna página de fotos de gais "normales". Él se considera uno más del montón, fondoncete a sus años, sí, pero normalito, sin estridencias salvo sus pícaros ojillos que tanto han cautivado a grandes y menos grandes. Claro que el viajero se encuentra ya fuera de juego y del "mercado". Felizmente casado. ¡A sus años!
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© J. R. Ortega, 2015

miércoles, 12 de agosto de 2015

Pensamientos viajeros


"...Enhiesto surtidor de sombra y sueño..." (G. Diego)

                     La vida continúa, sigue su curso, no importa que muramos, nazcamos, estemos o no, siempre habrá vida de alguna u otra forma. No hace falta que esté basada en el Carbono, la Vida es, ha sido y será... Un flujo que importa poco cómo empezó, cómo tuvo su principio, su explosión... ¿Es la Vida una anomalía dentro del Caos? El Cosmos es caos en continua reorganización, una contradicción sin leyes ni principios. Y mucho menos sin unas leyes inventadas por raquíticas mentes humanas.
¿Para qué hacer preguntas? ¿Para qué buscar respuestas? En el entretanto el latido de vida se pasa sin vivirlo, pensando en el por qué late o existe.
Así pues, el viajero ya no se hace preguntas ni ansía conocer las respuestas. El viajero vive y disfruta del momento de vivir, de cada instante, porque a medida que vive va haciendo pasado con el instante vivido y futuro con el siguiente latido, con la continuación...

                     En esta tarde de domingo, en la montaña santanderina, bajo un fresco cielo ornado de correderas nubes, el viajero recapacita sobre las horas pasadas en compañía de sus seres queridos .por llamarlos de alguna manera-. Y es que la familia hay que tenerla bien lejos, como la tenía aquel famoso escritor inglés del que ahora se dice que ni fue él quien escribía o era una simple tapadera -el hombre de paja, bastante homosexual por cierto- de otro famoso escritor oculto bajo supuesta y falsa muerte...
Los caminos son muchos, escoger uno, cambiar a otro, detenerse o desandarlos es tarea del viajero. Así pues, hoy le ha dado por pensamientos simples; hoy, después de asistir a un triste espectáculo social donde se tomaba el aperitivo, hablando a vuelahoja de las noticias publicadas en portada y ampliadas en páginas interiores del periódico afín con las ideas del grupo donde el viajero recala junto a sus familiares y queda atónito comtemplando a los suyos y a los ajenos oyendo sus comentarios frontalmente cruzados y contrapuestos con su pensamiento, porque el viajero piensa que él es un progresista de ideas liberales...
Todo el grupo toma el vermú, sentado alrededor de la mesa con sombrilla para paliar el extraordinario sol de mediodía que se ensaña en esta ajardinada terraza de un hotel a orillas del río Pas enfrente del famoso Balneario -es aquí donde el viajero pasa unos días junto a su familia-; este grupito no se diferencia en nada de los otros grupos que les rodean, en similares mesas, bajo sombrillas, gritando naderías que chocan en contraposición con el rumor de las frondas del bosque de ribera circundante. Todos ellos se creen muy originales, todos ellos van vestidos de marcas, con pantallitas adheridas a los dedos digitalizando mensajes, todos ellos toman bebidas similares y comen raciones de lo mismo -a precios desorbitados, según opina el viajero que es mal visto por sus comentarios contra el consumismo, le dicen que es un rácano-... Alrededor del viajero se comentan las noticias de portada, de cómo una pareja de multimillonarios ha salvado a miles de pobres emigrantes indocumentados llegados hasta cerca de sus dominios -una isla particular, o una cala, o una playa privada-, mezcladas con esas historias de los nuevos invasores del túnel del Canal que las noticias tanto gritan en los mediosdías veraneados...
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© J. R. Ortega, en Cantabria, 09/08/2015