lunes, 29 de junio de 2015

Peregrino en Lofoten

 

Bajo el sol de medianoche

A comienzos de 1993 sufrí un tremendo bache emocional-sentimental. Mi vida quedó paralizada, truncada, rota. Pasé los dos primeros meses del año como un vegetal, deambulando por Madrid, ajeno a todo lo que me rodeaba. Durante ese tiempo viví en el barrio de Vicálvaro, donde hice algunos amigos, pero no bastaron para mitigar el dolor y la rabia por el abandono de Giovanni. Fue un mazazo para mi ego, mi superego pisoteado. No tuve otra alternativa que cambiar de actitud ante lo que creí el mayor drama de mi vida e intentar olvidar esa desastrosa experiencia, aunque no fuera la primera vez que era abandonado por un novio...
Mi familia todavía ignoraba que hacía dos años que compartíamos el estudio de pintura, que mi "realquilado" dormía conmigo en la única cama del piso (¿cómo explicarles que mis anteriores supuestas "novias" -eso era lo que pensaban ellos- eran en realidad novios?) y, precisamente por eso, quería estar solo después del abandono, así que no hice caso de sus consejos bienintencionados. Ahora, no podía, no me sentía capaz de soportar su escrutadora mirada y menos sus insistentes preguntas del por qué estaba en aquel estado catatónico, sin ánimos, silencioso y apático. Desde entonces iba a visitar a mis padres lo indispensable, mi madre insistía que la visitase más a menudo, que fuera a comer todos los días, que a saber qué estaba comiendo por ahí... No atinaba a ver el caos que dominaba a su hijo pequeño, aunque quizás intuía algo... Pasé los días en soledad, autocompadecido, subsistiendo a mi cabezonería, resistiendo las ganas de volver a casa de mis padres, no solo de visita alguna tarde a merendar, sino "definitivamente" como en anteriores ocasiones de otros abandonos.
Los días se suceden en altibajos pronunciados. Los meses siguientes son tiempos de cambio. Cambios en la decoración del piso y el doloroso trance de hacer desaparecer todo lo que Giovanni se había "olvidado" en su precipitada huida -porque fue eso, una huida para no comprometerse en nuestra relación; yo quería tener una pareja estable... un remedo familiar, copia bastante tradicional por cierto; él, aún no sabía lo que quería...
Pero Giovanni no va a regresar más. Me lo comunica por teléfono, en sordos llantos de traición y demandas de perdón. Y yo, como un tonto le envío sus dos maletas con las ropas que quedaron aquí abandonadas. Me quedo anonadado. Una vez más, solo.
Mi adorada casa se convierte en una prisión, paso en ella el tiempo imprescindible. Y salgo mucho, mucho más por las noches. Me desahogo ahogando mis penas en alcohol. Aturdo mis sentidos para poder volver a una casa vacía, tan llena de recuerdos. Llamo continuamente a los amigos para aliviar mi pena, mi frustración. Abuso de su paciencia. Intento otros medios.
Y viajo para olvidar.
Esta vez decido ir al norte de Noruega buscando mi lugar. Y me encuentro. Es la noche mágica de San Juan, en un islote perdido de las islas Lofoten, una reunión festera alrededor de una hoguera, según la tradición local; más arriba del Círculo Polar, bajo el sol de medianoche.
No tuve un propósito claro antes de comenzar el viaje, pero sí la necesidad de poner tierra de por medio entre mi dolor y mi casa. Lo más lejos posible para olvidar.
Estuve en Noruega antes, en 1980, porque tengo amigos noruegos. Pero esta vez no quiero que me vean en semejante estado de desolación. Viajo a la ventura, parando en albergues, improviso el viaje cada día. Comienzo en Oslo, paseo nuevamente museos ya conocidos. El Parque Vigeland es mi lugar de meditación favorito a la sombra del Monolito y sus maravillosas esculturas circundantes. Las que tanto me impresionaron aquella primera vez cuando tuvo lugar aquel nostálgico sábado en Oslo junto al estudiante norteamericano... Es el granito de las esculturas con más calor humano que conozco. A su lado siento latir la vida, como un centro neurálgico de recarga de energía, de mis propias energías recuperadas...
Luego de dos días de sosegados paseos por esta ciudad soleada, casi mediterránea por su luz y color de verano, sigo en tren hasta Bergen, otra ciudad portuaria a pie de calle, con sus mercadillos populares y donde creo sentir el sabor del norte de España en sus calles. El aire huele a mar recién pescado. La luz de la noche es un interminable atardecer azulado. No me detengo más que un día. Al siguiente, a bordo de un ferry que me lleva costeando norte arriba, me adentro por el Songfiord hasta el fiordo de Fläm. Éste es un lugar mágico. De especulares aguas que duplican las montañas reflejadas, de silencio y quietud. Hundido bajo el peso de las montañas circundantes, regado por impresionantes cascadas. El anorak sobra con este sol. La estación de tren a pie de muelle invita a seguir viaje. La máquina y dos vagones ascienden en vertiginoso recorrido por el profundo valle desde la orilla del fiordo hasta las fantásticas montañas. Desafían en la subida precipicios y cascadas alucinantes, atravesando túneles enroscados sobre sí mismos, para llegar a la cima que compone una meseta desde la que se divisan otras montañas aún más altas. Allí, a novecientos metros sobre el fiordo de Fläm, tomo el enlace del tren a Oslo. Y cierro el primer círculo.
A la mañana siguiente, vuelvo al tren para subir y subir, más de mil kilómetros al norte, con parada en Trondheim -lo justo para visitar como un peregrino más la antigua catedral de Nidaros con sus increíbles agujas en las dos torres-, para seguir otra vez el viaje en tren y llegar a Bodo en un nublado amanecer; desde allí, un pequeño ferry me lleva hasta las islas Lofoten... Se puede decir que la luz no ha cambiado sustancialmente desde la nocheanterior en que sobrepasé el Círculo Polar Ártico. Durante la travesía tengo la suerte de atisbar tres ballenas -orcas creo que son- dos grandes y una más pequeña, que en un principio confundo con enormes delfines; es la primera vez que veo ballenas. Siento una emoción demasiado especial con esta visión, como para poder expresarla con palabras. Las montañas se acercan más y más. Picachos agudos surgiendo de las profundidades del Océano, una visión entre poética y sobrecogedora.
Llegamos a un atracadero en medio de la nada, bajo montañas despeñadas y peladas, pero intensamente verdes. Desembarcamos pocos. Y, sin darme cuenta de cómo han salido del exiguo compartimento que es el local donde trato de informarme, desaparecen. Único edificio abierto que sirve de cafetería. Solo hay tres casas. Me responden en noruego. Sin enterarme de lo que me dicen recojo mi mochila y echo a andar por la carretera hasta llegar al pueblito de Ä. Desde allí se divisan muchas islas y el continente al otro lado del horizonte. El lugar es turístico, destaca una preciosa casa pintada de blanco, parece un bar; allí me indican cómo seguir el camino a Reine. En un minibús voy saltando de isla en isla por puentes vertiginosos entre estrechos pasajes sobre el Océano hasta encontrar el albergue que busco cerca de Svolvaer.
Los alberguistas son de variadas nacionalidades, simpáticos y atentos. Los encargados del albergue me invitan a pasar la noche de San Juan al modo tradicional noruego: hoguera, comida y música. Todavía estamos en la temporada del sol de medianoche, cuando el blanquecino disco solar llega rozando el borde del horizonte marino, sin ocultarse, y se eleva de nuevo para continuar subiendo en la madrugada, proyecta en la arena de la playa donde me encuentro mi doble sombra fantasmagórica.
Zarpamos en un pequeño yate para recalar en un islote; allí, al abrigo de las rocas, hacen la fogata. Sacan las vituallas, las guitarras y las botellas de licor. Una vez calentado el ambiente, salto la hoguera a la manera levantina española ante la estupefacción de los presentes; luego me pierdo solo por los promontorios de rocas tapizadas de tupidos musgos. Las luces del norte sobre mí. El cielo de medianoche bañado de solferina luz. Me encuentro bajo el sol de medianoche. Desde abajo, a mis pies, llega el sonido de las voces cantando en el aire límpido. En este azulino techo del Mundo tengo un estremecimiento, una sensación de estar plenamente vivo, de verme desde dentro de mi ser. No son los efectos de la bebida, ni de las luces, es algo interior. Formo parte del todo que me rodea. Soy Todo y yo mismo a la vez. Mis dudas se disipan...

Será un Pablo distinto el que regrese a Madrid, semanas después, resuelto a seguir viviendo una vida que ya conoce su verdadero sitio en el Universo.
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© Juan Rodort, 2012

domingo, 28 de junio de 2015

Tórrida tarde del domingo


                            Al viajero también le gustaría estar acompañando al nereido de los mares, sireno, espuma viril del océano... o del Mediterráneo (que le cae más a mano al acalorado viajero) en esta tórrida tarde del domingo, ahora que al fin se decide a teclear en el caliente teclado de su portátil, con el ventilador cerca, agitando su rala cabeza, igual que la del fotografiado -salvando las distancias- ¡ya le gustaría al viajero!
¡Fuera textiles prendas! que obstaculizan el libre paso de la espuma salobre por entre la piel de este gigante, de este tritón griego que, pudoroso, adelanta el muslo para ocultar la belleza de su sexo. Rubio sexo desleído por el sol, acariciado, adorado. Imposible ser más hermoso, más bello, más viril, más fornido y voluptuoso... que en giro frontal ofreciera su tesoro terso a nuestros humildes ojos que rezarían mil plegarias de agradecimiento por la limosna de tamaña belleza... Y, ¡no nos engañemos más!, ese cuerpo debiera ser poseído comunalmente, compartido por todos los menos agraciados...
¡Bastante con el calor que soportamos!
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© J. R. Ortega, 2015

miércoles, 24 de junio de 2015

Felicitaciones a todos los Juanes


¡¡¡FELICIDADES!!!

                               A todos los Juanes y Juanas del Planeta Tierra les deseo que pasen un feliz día como el que yo estoy pasando, junto a nuestros seres queridos, amados, adorados y teniendo atados bien corto a nuestros enemigos, a la vista para que no nos claven su puñal envenado por la espalda... ¡Feliz día a todos!
Esta es la tarta borracha que hice ayer en la mañana (ahora queda algo menos de la mitad, jejeje... reconozco que soy un goloso de mucho cuidado).
Compré el molde de tres capas (no me dio tiempo ha hacerlo yo mismo, que es lo que me gusta) y las fui rellenando y emborrachando con una mezcla de zumo de naranja, coñá Carlos I y Vino de Málaga. El relleno de abajo consta de una buena capa de mermelada (casera, por supuesto) de melocotón, rodajas muy finas de plátano de Canarias y unas guindas troceadas; la segunda capa lleva solo mermelada de manzana (asturiana) y la cubierta (ver foto) regada con un almíbar espeso y esos adornillos de chocolate... ¡Está de rica...!
En los entretantos que escribo estas líneas, mis teléfonos no paran de llamar... este año no voy a poder poner falta a nadie... ¡Así me gusta, que se acuerden de mí! (Y que hablen de mí, ...aunque sea de algo bueno).

                                           Me da un poco de vergüenza salir sin camiseta... y con los pelos al aire, pero es que con la calor del día y el horno encendido con unas cosillas, delicatesen que se me ocurrieron a última hora para la comida...



lunes, 22 de junio de 2015

Orgullo Gai'86



Orgullo Gai' 86
                                 Algunos prefieren llamarlo Día de la Liberación Lesbiana y Gay, otros Gay Pride Week, otros Stonewall Parade, etc..., parece que el nombre de Dignidad Gai o Amor Propio Gai sería más apropiado, pues en el último domingo de juniro se celebra en muchas capitales del mundo el aniversario de lo que fue el inicio de la reacción de los gais ante la represión policial.
En 1969 la policía neoyorquina irrumpió en el bar Stonewall, en pleno barrio gai de Manhattan, agrediendo a los clientes y destrozando el local. Por primera vez, los gais resistieron y pasaron al ataque; la batalla duró toda la noche, hubo varios heridos, se quemaron varios coches de la policía y, lo más importante, había nacido un nuevo espíritu en la comunidad homosexual de Nueva York.
Dese ese momento los gais dejaron de ser los continuos "chivos expiatorios" de la sociedad para ponerse a la altura de ciudadanos responsabls y merecedores de su libertad y dignidad, a la altura de los demás.
A lo largo de los últimos años se ha celebrado este día en Madrid con manifestaciones en las calles, fiestas, conferencias y otros actos; este año va a pasar sin que hayan convocado ninguno de los actos que caracterizaban ese día, pero tenemos una ocasión magnífica el día 22 para demostrar nuestro peso como ciudadanos.
Tenemos la oportunidad de dar nuestro voto a quienes han demostrado interés real por nuestra situación. Si el 10% de la población votante de este país votara a un partido podríamos sentar en el Congreso a más de diez diputados y elegir a más de seis senadores.
Se calcula en más de 2.000.000 (¡¡¡dos millones!!!) el número de españoles homosexuales y lesbianas mayores de 18 años. Muchos partidos quisieran tener semejante número de votantes.
El domingo 22 de junio podemos cambiar nuestra historia. No nos fiemos de lo que dicen, comprobemos lo que han hecho y obremos en consecuencia. No desperdiciemos esta oportunidad, o tendremos que esperar otros cuarenta años más.
Cada uno de nosotros somos sólo un voto, pero juntos somos una fuerza muy seria; no permitamos que nos sigan manipulando o ignorando. No pedimos el voto para ningún partido en concreto, solamente que lo pensemos muy bien y que cada uno elija a quien crea más conveniente y luego a exigirle que obre en consecuencia.
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(Editorial, Mundo Gai nº 18, junio 1986)

                                 Este era el talante en 1986 ante la convocatoria de Elecciones Generales (Las elecciones generales legislativas de España del año 1986 fueron celebradas el domingo 22 de junio, conjuntamente con las elecciones al Parlamento de Andalucía. En estos comicios, el gobierno de Felipe González revalidaba la mayoría absoluta obtenida en 1982 aunque con 18 escaños menos. La Coalición Popular -formación política que más tarde se convertiría en el Partido Popular- se consolidaba como la segunda fuerza política tras la desaparición de la UCD) y ante las fiestas del Orgullo Gai -nótese como se alterna el Gay con el Gai, indistintamente, éramos así de chulos-, nada que ver con el macromontaje mediatizado que se montarán el próximo 5 de julio que creo hacen el Carnaval de Locas en Madrid. ¡Sí, lo que he escrito!
Casi treinta años, ahí es nada, han pasado desde este comedido Editorial de la revistilla más esperada en todos los bares gais del barrio de Chueca y aledaños, que se vendía a la módica cantidad de 100 Pesetas (unos 60 céntimos de Euro) y la tirada era de unos centenares de ejemplares; treinta años no es nada y han pasado muchas cosas.
Al viajero le ha pasado casi de todo en el entretanto, desde que hacía sus modestas colaboraciones en Mundo Gai hasta el día de hoy en que transcribe su Editorial. Papel y "ciclostil", una especie de imprentilla medio manual, refrito de alguna imprenta clandestina del franquismo. Y ya habían pasado los años crueles y oscuros. 
De la manifestación miedica, porque aún había muchísimos dentro del armario, pero simpatizante del pueblo llano, se ha pasado al espectáculo mediático y "sponsorizado". El/la cantante con barba vestido/a de chanel amenizará las soirés maricas de este año, parece ser.
Se ha pasado de un extremo a otro, pero los de siempre, la derechona siguen ahí, más fuertes que nunca, mirando hacia atrás con mucha ira. De los progresos en materia de igualdad en la época socialista estamos pasando a la época del nuevo terror, con los recortes de libertades e intentos de desbaratar lo conseguido (léase Matrimonio Igualitario u Homosexual, por no mentar la "Ley del Aborto"). Las modas políticas dan bandazos de un extremo a otro. Hoy toca azul, mañana será rojo (de la sangre que va a correr). Y, entre medias de los intereses de partido y globalización, el pueblo llano -nosotros, maricas o no- sufriendo las consecuencias.
¿No hemos aprendido nada del pasado? Pues ante el resultado de las Elecciones tanto Municipales o Autonómicas como de las Generales en que el PP se he eregido en dueño y señor del coto hispano, parece que los españolitos de a pie no se dan por enterados -o no quieren- que nos la han vuelto a meter, sin lubricante, doblada y a contrapelo...
¡¡¡Y la marica de moda saldrá vestida de mona por las calles de Madrid!!! ¡Ojo, que hay cámaras de "seguridad" que estarán grabando imágenes de todos los maricas y allegados para, más adelante, llevarlos a los campos de exterminio! Previamente marcados con una estrella ¡¡¡rosa!!!
¿Orgullo, ...de qué?
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© J. R. Ortega, 2015

sábado, 20 de junio de 2015

Cáscaras de almendras amargas


1980
El invierno oranés
                    Acaba el año haciendo un positivo balance. Su personalidad afianzada sube peldaños. Muy animado por la estima recibida en estas tierras del Sur. El empuje inicial, la ayuda moral y económica de una influyente familia oranesa. Le ayudan, le relacionan, le cuidan. Pero él también sabe cuidar su imagen. El pintor español liberal que lo mismo se le encuentra en una recepción oficial de algún consulado como asistiendo a los mítines de las organizaciones estudiantiles de la Universidad. Casi no tiene límites. Su timidez se ve alterada y tal vez se extralimite en el trato con la gente en más de una ocasión, sobrepasando esa barrera coartante, pero es un empuje que difícilmente puede dominar. Satisfecho de sí mismo. Ve los resultados del constante esfuerzo en esta etapa de su vida. Hay un abismo entre aquel Pablo convulso que salió de Madrid en tren nocturno y el Pablo –con el sobrenombre de Sidi- que ahora pasea relajado junto a sus amigos oraneses. Un Pablo agradecido a los amigos del comienzo. A Lorenzo sobretodo.



1981
Despedida de Orán

                    Hay situaciones que llegan a su límite y Pablo no puede mantener por más tiempo su modo de vida en esta cambiante sociedad oranesa. Con el visado de turista prorrogado al máximo. Sus pocos ahorros disueltos entre las salidas y entradas al país, en compras de material de pintura cada vez que llega a Madrid. Recibe muy pocos encargos de los oraneses, aunque hace muchas exposiciones -sin ánimo de lucro- por la causa del pueblo saharaui. Salvado del bache económico por un encargo de última hora, a comienzos de la primavera, le permite juntar suficiente dinero para volver a España. Las últimas primaveras siempre traen cambios en su vida.
Primeros días de abril, adiós a Orán. Cae la tarde azul sobre las calles doradas por los últimos rayos de sol, hoy le parecen deslucidas. Despedida de los lugares que mecieron sus idas y venidas. Adiós a los que le acogieron en este lado del Mediterráneo. Quedan recogidos en casas de amigos oraneses los enseres imposibles de transportar consigo. Exhausto, nota un vacío, una ausencia de sentimientos por más que un fiero dolor le acompañe durante la huida en el tren nocturno a Argel. Su estupefacción se eterniza en la mañana de espera en el aeropuerto Dar El Beida hasta que pasado el mediodía salga su vuelo a Barcelona.
Lleva exceso de equipaje. Su tristeza pesa más que sus maletas.
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© J. R. Ortega, 2010

jueves, 18 de junio de 2015

Desnudos censurados (1)


                        No parece que estos dibujos de la carpeta secreta de El viajero interesen mucho al público de este blog, dadas las escasas visitas obtenidas. ¿Habrá sido por el título? Pues ahí va este otro: "Desnudos censurados", que cambia bien poco de temática.



                         Pero El viajero seguirá subiendo éstos y otros más dibujos que previamente borró cuando le mandaron el aviso de ser demasiado "explícito" en sus imágenes. Pues esto es lo que hay. El viajero quiere compartir con sus visitadores aquellos momentos de lascivia y tórrida pasión que el ambiente sevillano le produjo. Y es que Sevilla es muy especial...

martes, 16 de junio de 2015

Dibujos censurados (I)


                        Comienza una serie de dibujos secretos que El viajero guardaba en una carpeta y que tímidamente fue publicando en este blog, antes de que G+ iniciase sus nuevas políticas de censuras a imágenes "explícitas".
La primera ilustración no tiene nada de particular, posiblemente la hiciera en 2006 en su estadía de Sevilla, mientras escribía aquel "A través de la mirilla" ya publicado (y censurado previamente por el autor para que no le borrasen el blog).


La segunda ilustración sí que es bastante explícita y no hace falta decir nada más sobre ella.


Y la última por hoy, sin comentarios.
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© J. R. Ortega, 2006

domingo, 14 de junio de 2015

Almendras amargas (XVII) Por las calles de Orán



Almendras amargas
XVII
Epílogo
Por las calles de Orán

                    Son los días de alcohol y olvido. Alcohol tomado a escondidas, en esos “bares” que son la trastienda de algún café donde sí sirven bebidas alcohólicas, sobretodo cervezas nacionales, tantas botellas como que te vayas a tomar, una detrás de otra, servidas a la vez y agrupadas delante de ti como un batallón dispuesto al fusilamiento etílico. Y en las mesas vecinas se repite la misma escena. Cuando hay pocas botellas delante es síntoma de que o no tienes suficiente dinero o suficientes ganas de terminar ebrio. Fumar, beber y mirar a través de los cristales la distante calle por donde pasan conocidos y apetecibles desconocidos. Como un paciente pescador de la inconsciencia hasta apurar la última botella y quedarte mirando fijo al vacío denso de humo y gritos. Y, si has tenido suerte con la dosis, puedes levantarte vacilando con las verticales hasta subir en plena nube al noveno donde un camastro espera redimirte de las urgencias que han provocado ponerte en evidencia. Está claro que lo que pides es amor y atención. Pero lo voceas en la dirección equivocada, nadie te responde.

Otras tardes te sumergías en el “sofisticado” mundo cosmopolita, sentado en las terrazas de las heladerías aturdiéndote con el sabor de exóticos preparados líquidos con bolas multicolores de helado flotando en su interior. Allí la visión de los paseantes te calmaba más que en los sórdidos bares-cafés donde pareciera que eras un apestado y nadie debiera verte. Pero en este último viaje a Orán ya es tarde para la temporada de terrazas. Te decantas por los restaurantes donde es posible beber pesados tintos impunemente con las insulsas comidas "internacionales". Pero esta opción no la resiste tu flaca economía. Y vuelves a los sitios ya paseados, buscando sexo como una loca bacante acorralada por el miedo y la angustia de saberse en la cuesta final. Tienes poco más de treinta años y ya te parece todo el final... Ingenuo.

                     (Visto desde la perspectiva de la reescritura digital que ahora mismo, en el verano de 2010, estoy haciendo, vistos y recordados otros detalles, que van surgiendo de la perezosa memoria de aquellos años, ¿qué puede saber todavía el viajero del dolor por abandono y de las soledades? Tres años le faltan para acometer ese tan anunciado suicidio que no llegó a ser tanto y ahí seguirá escribiendo como un amanuense de su propia existencia. Amores y desamores siguieron pasando por su viajera vida, que más que maletas debiera tener un carro tirado por la acémila de su inconsciencia). 

                    Un torrente desbordado imposible de retener es el recuerdo de estos meses últimos en Orán. Se suceden entremezclados los silencios, los encuentros, las largas noches de alcohol y música escribiendo tus miedos solitarios... Intentas sobrellevar ese peso con una vida lo más caótica posible para no tener que afrontar lo inevitable: punto y final de la historia que es ya imposible de estirar más. No puedes agarrar ningún fantasma de amor. Mojtar se te escapa no bien ha llegado hasta ti, Djamel es un divertimento entre sus huidas.  Los viajes por las regiones del interior del Sahara son un cuaderno de postales dibujadas y anécdotas trágicas para contar en tono de humor años más tarde. Tú mismo eres una tragicomedia solitaria que se refugia en los ricos vinos en las noches invernales, cuando empiezan las tormentas. Los estudiantes huyen igualmente para que no les contagies tu abulia o la miseria sexual que arrastras. Los raros espejismos de sexo con Mojtar o Djamel son tu último asidero.
Así salen esos poemas desgarrados de recuerdos de otros amores, sin saber qué es el amor verdaderamente. Sí, dibujas y pintas mucho. Te atreves con los grandes formatos al óleo, en exposiciones ruinosas. Como siempre vas a contracorriente de las modas o las tendencias comerciales. Tus temáticas homos (aunque encubiertas) recargadas de simbologías sexuales no pueden salir de tus carpetas, tus escritos son un diario de supervivencia...
El tiempo se precipita, comiéndose los días en soledades y borracheras. No sabes cómo pero llega el trágico paso del fin de año. Te invitan a una fiesta familiar donde asistes como sonámbulo; allí les dejas después de la medianoche y  vuelves a la soledad  del noveno donde dibujas tu autorretrato por no suicidarte en salto desde uno de los balcones...

                    Entre esas tinieblas, los rayos de luz de Abdallah y sus muchachos -los alegres estudiantes del noveno- que te animan, son tu último asidero. Todavía te quedan más amigos dispersos por los alrededores de Orán a los que sueles visitar con la esperanza de que te inviten a comer. Tus ingresos se agotan y haces un plan meticuloso de visitas a dos o tres amigos para comer día a día... apareciendo por sus casas unas horas antes de las comidas... 
Eres patético. Y llegas a una situación límite.

PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Orán 1981
31 marzo

                             Tu espalda brevemente suspendida en mis ojos
                             rastreadores de tu cuerpo. ¡Qué redondas sensaciones
                             tu mano en mi mano recuerdan tan deprisa!
                                                                                                    El mediodía
                             sin dinero suele ser corto cuando no hay casa
                             de nosotros y el cuarto del hotel barato queda
                             en una sonrisa de: “otra vez...”
                                                                                 Ahora quisiéramos
                             olvidar que aquello es un café y que los otros
                             ni se enteran del dolor de no tener ni casa, ni dinero,
                             ni esperanza en la tristeza
                             de mi voz, de tu voz hablando de otras cosas
                             para no doler mi no tener casa, ni dinero
                             (casi alegría) que ofrecerte.
                                                                          ¿Tú sabías
                             que explosión de llanto interior cuando te fuiste?
                             Tu sonrisa dolía-quemaba, yo no sé, mi cara,
                             si también miraba reflejada en ti mi tristeza.
                             No vi tu espalda despedirse. Tu mano leve
                             acarició mi mano en: “otra vez...” (“une autre fois”).


                    Y después llega el final definitivo. La salida apresurada del noveno para refugiarte en el apartamento de un profesor de la Universidad, un coleccionista de cuadros, que te tiene pintando como a un mercenario del arte, a tanto la pieza pintada y entregada; comida y habitación incluidas en el mismo precio... Patético.
Solamente te queda Mojtar y el ver como os destrozais en un adiós sangrante una tarde en un popular café “de entendidos”, sin sitio para abrazaros íntimamente. (Une autre fois... ).  Esa otra vez será la de tu despedida y no ocurrirá hasta años después, en tu casa de Barcelona, cuando él vino a morir en tus brazos. Literalmente.
Abdallah te recogió una vez más en los dos últimos días antes de tu partida, cuando tenías tus maletas refugiadas en casa de un amigo suyo y el noveno ya era historia. El profesor coleccionista se fue de vacaciones y tú no podías quedarte en su casa, sólo eras un asalariado, un mecanismo para incrementar su colección de pintura.
Salías de Orán en una noche insomne y de pie en un tren abarrotado hacia el aeropuerto de Argel donde te trasportarían a Barcelona, tú no estabas presente, tal vez tu cuerpo pero no tu corazón que se quedó vagando en solitario por las calles de Orán.
Uno año después volverías a recoger los restos del naufragio oranés.

POEMAS ARQUEOLÓGICOS (1966-1988)
1984
Almazán, febrero
A Mojtar (aún, todavía)

          Estoy tan lejos, desterrado de tus besos,
          a esta orilla sur del Duero.
                                                     El frío
          del paisaje y de mi yo pernocta infranqueable.
                                                                                     Tengo
          dormida el ansia, helado casi el recuerdo de tu imagen.
          Voy sonámbulo.
                                     Las calles con sus fríos redondos azotan
          mi cuerpo que cada vez más se vence a las noches no soñadas,
          torturadas por fantasmas (y presagios de muertes).
          Quisiera dormir la playa del sol sureño.
                                                                          Mis brazos
          extendidos de costa a costa uniendo un puente...
          Anoche soñé tus besos y una casa lejana (en la otra orilla),
          eran vísperas de nuestra boda y algo mató (sedujo), destrozó
          (igual que entonces) nuestros cuerpos.


Sin reproche

          Algo más tarde. La luz desperezaba mi casa.
                                                                                   Llegaste
          con un timbrazo imprevisto (sabías, casi, tu muerte). Ya venías
          preparado.
                            Y dejaste convulso tu cuerpo agujereado
          aquí, sobre mi cama, tu cuerpo hecho un ovillo.
                                                                                       Llorabas;
          y una oración en tu idioma materno me dio el aviso:
          que a chorros te morías.
                                                  Ya sabes, tú mejor que nadie, el resto.
          Me dolió tanto que ni una carta, ni una postal siquiera viniese
          a decirme algo desde entonces.
                                                    Tuve, no me jacto en decirlo, tu vida
          en mis manos y un mechón de mi barba (aquí en la mandíbula)
          encaneció al mismo tiempo.
                                                        Nada quedó, sino un sueño de anteanoche
          que volvíamos a rodar, en dúo suicidio, abrazados...
          Sin reproche.

                    No bien ha transcurrido un año, ya tienes otra casa en Barcelona, cuando Mojtar te sorprende con su inesperada visita, con la urgencia de quien se sabe muerto si se quedara un día más entre los suyos. Os alegrais de veros en algo que ya era tuyo (después de intentos de reconstruir tus amores perdidos sin mucho éxito y no tener un lugar para decir esta es mi casa), es un piso alquilado en el centro, a pocos metros de Las Ramblas, convertido en vivienda-estudio. Allí se presentó Mojtar, tan delgado a pesar del poco tiempo separados. No te dijo la causa pero lo descubriste al día siguiente. Habíais tratado de recordar los antiguos lazos afectivos esa noche y, por la mañana, empleaste tus últimas reservas de dinero en prepararle una buena comida. No llegó a probar ni un bocado de ese guiso de cordero hecho especialmente en su honor (a pesar de que a ti no te gusta su sabor). Cayó fulminado por el dolor de su vientre ya partido desde su casa...
Le cosieron en urgencias, donde le llevaste con la ayuda de un buen amigo que se ofreció al transporte pues tú no tenías ni para un taxi. Aquella noche, esperando en la sala de urgencias, envejeciste en un mechón blanco en tu hasta entonces negrísima barba. Después del post-operatorio Mojtar había encontrado a quien le rescatara... Era una antigua amiga suya española que fue solícita a buscarle a tu casa.
En el entretanto, trabajaste mucho y aprisa en los días que él estuvo internado en la UVI y cobraste tus apresurados dibujos. Mojtar empleó ese dinero en regalos para los suyos, a los que tú también querías, pero con la condición de devolvértelo cambiado en dinares en Orán, en ese viaje que tenías proyectado para recoger el resto de tus pertenencias asiladas en casa de tus amigos.
Mojtar se marchó vivo, con una bonita costura en su costado, sostenido por su amiga. Tú ya te habías quedado sin él la misma noche en que le operaron. Dos días de sufrimientos esperando si viviría te dejaron vacío. Cuando ya estuvo a salvo -en su inconsciencia le habías oído orar en su lengua materna, con un fervor nunca antes en él visto- tú te fuiste directo a una discoteca gay de moda, a bailar y aullar tus miedos. Allí conocerías a alguien que sería su relevo...
Mojtar se marchó con su amiga, ignorabas a dónde se dirigían o cuáles fueron sus días siguientes en España; pero, en algún momento que ahora no recuerdas, recibiste una postal o una carta comunicándote la vuelta a casa de sus padres. Empezaba a trabajar en un periódico local... o en algo por el estilo.
Reuniste el dinero suficiente para comprar tu billete de ida y vuelta a Orán para ir a buscar tus cosas exiliadas en las casas de tus amigos. Y en esa vuelta a Orán, exactamente un año después de la casi tragedia de Mojtar en Barcelona, él no quiso devolverte ni un dinar de tus convertidas pesetas. Y te dejó en una situación apurada y con rencor para muchos años...
No os visteis la última vez que visitabas Oran, cinco años más tarde, a resultas de una exposición tuya, la última exposición en Argelia y tu última visita a la otra orilla del Mediterráneo. Después, siguieron los años del silencio.
Pero Mojtar volvió a tu vida en Madrid, cuando ya él se había casado con aquella amiga española samaritana y era ¿feliz? con una nueva familia. Tenía hijitos, no los doce que él pensaba; se había convertido en un gordito medio calvo del que solo le quedaban intactos sus ojos y su sonrisa (ahora, con un halo de tristeza). No le quisiste ayudar cuando te pidió que, al menos, le dejases dormir en tu piso. No querías saber la causa de su huida familiar... Tú ya tenías tu propia familia, una relación de pareja que empezaba a fraguar después de varios intentos fallidos, de nuevos amores y desamores.

PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Madrid 1986
21 enero

Distanciado de las cosas y las gentes que yo quiero
voy a decir el silencio acumulado en estos años
a mí tan solo.
                       Que no espero ya el fluir de sus amores
ni el halo-perfume de sus cuerpos.
                                                       Distanciado
estoy de mí, de mis pensamientos. Tengo deseos imperiosos
de amar violentamente, volver a re-amar todos los recuerdos.
Una visión fugaz del tiempo, mis casas volanderas,
(la misma siempre) con sus jardines secretos y sus playas justo detrás de un muro blanco (siempre estando el mar Mediterráneo al otro lado de mi cuarto).
Los recuerdos, distantes, como si de mí no fueran.
Su voz perdida en laberintos, de otra lengua, ayer
(cuatro o cinco años) y se diría que ayer casi olvidado.
Repaso los cuadernos y sus rostros enigmáticos preguntan qué olvidé yo en el tiempo.
Qué días aquellos (imprecisos) en que toqué sus cuerpos y un aleteo vivísimo de reproches y más complacencias incitaban el deseo.
            Penes de enhiestas cabelleras surgiendo como mástiles en las sábanas de tantos cuartos compartidos (que sí y no se dejan, pero consienten). Sus manos buscadoras, mis manos-cepos, los talles encabritados al contacto imprevisible de mis dedos.
           Su piel y mi piel en salto (¿lo recuerdan?). Indefinido el rostro, sus ojos y su pene, alguna vez su voz imperativa, quedan.
............................ 

                    Tantísimos años de silencios y olvidos se despertaron al releer estos versos comenzados con aquellos dedicados a “el Javi”, en estos PRETEXTOS, que han sido un verdadero pretexto para contarte una parte de mi vida.
Guardados en una gruesa carpeta están los dibujos que me quedaron de aquellos años, ayer volví a verlos, los pasé ceremoniosamente uno por uno, separando los más afectivos. Aquí están casi todos. Son la punta de ese iceberg de tres años extendidos, de las vivencias que tanto me marcaron, los restos y no los mejores de los que hice, ya vendidos o regalados en todo este tiempo. Dormidos en este carpetón hasta ayer mismo. Aquí están los retratos hibernados, los escritos en sus páginas originales arrancadas del cuaderno azul de anillas, las pinturas al óleo sobre papel o cartulina, para que abultasen poco. Aquí han reposado las viejas postales de Orán y las fotos de algunos cuadros que están en paradero desconocido.

                    ¿Y ahora qué?
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© J. R. Ortega, 2010

viernes, 12 de junio de 2015

Almendras amargas (XVI) Noche de sábado en Oslo


(© J. R. Ortega, 1980 Barca roja Óleos/papel 60x50cm.)

Almendras amargas
XVI
Noche de sábado en Oslo

                    A la vuelta de Clairefontaine me encontré solo en el noveno, los estudiantes se habían ido de vacaciones, incluso Mojtar volvió a visitar a su famosa prima. Y yo volví a Madrid. Llevaba conmigo una gruesa carpeta con mis atesorados últimos trabajos hechos en Clairefontaine.
No encontré a nadie en Madrid. Pareciera que el mundo se despoblaba allá a donde yo llegaba. En casa de mis padres me aguardaba la correspondencia atrasada que todavía no me habían reenviado a Orán. Una postal de Noruega con un recuerdo de invitación a las islas del Círculo Polar ártico... Habíamos mantenido correspondencia el noruego y yo desde que llegué a Orán, pero él solía mandarme las cartas a Madrid y mis padres me las reenviaban a Orán; ésta había llegado recientemente y afortunadamente no nos habíamos cruzado.
Aproveché un viaje en coche, acompañando a unos amigos que iban de vacaciones a Italia y debían coger el ferry a Génova desde Barcelona, por salir de Madrid, aunque llevaba conmigo la postal de mi amigo noruego.
Mis amigos embarcaron y yo me quedé en casa de una vieja amiga californiana. Hablando con Dana, entre vaso y vaso de vino del Penedés, se fue fraguando el resto del viaje a Noruega, ella conocía a gente en Ámsterdam. Llamé a casa de KFR y le dije que aceptaba su invitación, que estaba en Barcelona y que en unos días llegaría a Oslo. Pero no. Él me contestó que en tres días debían tomar un transporte hasta las islas del norte, de yo debería llegar antes a su casa...
Y hacia allí me encaminé, trotando en un autobús veraniego que paraba en todos los lugares de moda de la Costa Brava para recoger a más y más jóvenes nórdicos bronceados hasta que quedó completo. A medida que subíamos de latitud -más o menos pasados los Pirineos-fui necesitando ropa de abrigo que no llevaba. Parecía un refugiado envuelto en mi toalla de baño encima de una chaqueta vaquera que en nada me abrigaban. No se me ocurrió que en el norte hiciese frío estando en pleno verano y no llevaba nada de ropa de abrigo. Pero sí mi carpeta repleta de dibujos para vender. Mi aspecto era extraño, con unas barbas rizadas y largas, el pelo largo recogido en una coleta, estaba muy moreno de tomar el sol norteafricano en la playa desde principios de año; vamos, que parecía un argelino del sur, ah, y no llevaba casi nada de dinero, algo que tampoco le había dado importancia acostumbrado como estaba a ir de casa de amigos a casa de otros amigos. Pero las normas fuera de España eran otras. Tuve problemas en las sucesivas aduanas, que fui solventando con imaginación para seguir el viaje desde Holanda hasta Alemania. Llegué en tren a Hamburgo y en seguida me puse en carretera haciendo autostop en dirección a Dinamarca y con la intención de tomar un ferry. Me pararon tres italianos, dos chicos y una chica que iban a Aarhus, pero... en la frontera la policía danesa me hizo un interrogatorio, que cuanto dinero llevaba, que a dónde iba... Hasta llamaron a Oslo, a casa de mi amigo que les aseguró que me esperaba y que se hacía cargo de mí... Yo temía que me no me dejasen pasar. Pero pasé con los italianos. Ellos siguieron su camino y yo, finalmente llegué al puerto de Hirtshals haciendo auto stop. Saqué mi billete para un ferry a la costa noruega, a Kristiansand, sin saber si me dejaba cerca o lejos de Oslo, pasando un frío negro toda la noche sentado en un sillón de la cafetería del barco. Y nada más llegar a Noruega volver a hacer autostop y, finalmente tomar un tren hasta Oslo donde ya me esperaba KFR (ya sabes que le conocí en el tren Madrid-Alicante en mayo del 78). Él y su familia se marchaban al día siguiente de vacaciones a la tan mentada isla del norte. Yo podía subir en tren dos días después, ya me había comprado los billetes, y avanzado dinero para gastos. Se marcharon dejándome solo en la casa, dos días solo en Oslo haciendo rutas de turista y perdiéndome por barrios antiguos...

                    PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Orán 1981
11 enero, lunes por la tarde (16:00 h.)

Quisiera inventar otras palabras que definan
soledad y tristeza
                             en casi todas las tardes esperando
que el sol baje y la ciudad se convierta
en un basurero de sexos podridos esperando en las esquinas.
Quisiera besar tu pelo de olor a resinas y lavandas
otro sábado por la tarde arropados en la buhardilla;
qué dolor viajero el corazón destila.
Y tú habrás recibido mi postal hace semanas
sin comprender quien te ama doce mil quilómetros distante.
Dos puntos brillantes unidos en la noche,
cuando todas las noches son aquel sábado en Noruega.
El jardín silenciaba nuestros besos y la casa
dormitaba en las caricias girando enloquecidos y posesos.
                            
Envejecido en cinco meses, aquel verano en Oslo
me resulta irreconocible; y, sin embargo, quisiera
una postal tuya y saber que aún recuerdas
un sábado por la noche hasta muy la madrugada
de amor como ninguno.
                                     La soledad reiterativa destruye
lentamente los recuerdos de tus caricias. No sé
otras palabras que definan que estoy triste.
La tarde avanza en horizontal ángulo de diademas soleadas,
un arco de cristal y azulinas nieblas pone final silencioso
repetido. Quisiera inventar otras palabras
para escribir la misma tristeza. Estoy solo
y alejado de las cosas, desposeído e ignorado
                             (creo que a propósito).

                    Él era norteamericano, no recuerdo su nombre, solamente su barba y su pelo rizados y rubios, casi cobrizos. Estaba dibujando el monolito del Parque Vigeland. Yo le observaba. Su cuerpo enfundado en vaqueros ajustados, con la camisa abierta ofreciendo una mata rizada de pelo rubio dorado... y unos ojos azules que me enamoraron al instante en que nos miramos... No sé qué pretexté para entablar una “conversación” con él. Yo no hablaba casi nada de inglés y él casi o nada de castellano, chapurreaba el italiano. Atajamos con frases y palabras sueltas en italiano. Risas y entendimientos sin palabras bebiendo cerveza.
Pero cometí el anterior pecado de Clairefontaine, le invité a la casa que KFR compartía con otros, también de vacaciones.
Aquella noche, el norteamericano y yo solos en la buhardilla de la casa silenciosa, bebidos y fumados –él tenía unos porros-. Y sin problemas a la hora de dormir muy juntos y desnudos en la misma cama; entonces mi mano se deslizó por su entrepierna creyéndole ya dormido, pero no lo estaba, esperaba el primer gesto mío... Dijo que era bisex pero se aferró a mi sexo con frenético deleite y me hizo ver el Olimpo de los orgasmos dos veces seguidas, sin que en ningún momento dejase de succionarme. Luego me dejó hacerle los honores. Todo su cuerpo estaba recubierto de un vello dorado. Olía su pelo a una especie de almizcle mezclado con Pachulí. Y su extremidad circuncidada me llegaba hasta la garganta y de allí bajó toda su explosión bajando hacia mi estómago, ahogado en su pubis de oro recio y perfumado. Aquella fue la famosa noche en Oslo.
Al día siguiente él continuaba su viaje por Escandinavia y yo debía coger el tren esa noche para enlazar con un ferry más arriba del Círculo Polar.
El sol de media noche ya se ponía un poco en el horizonte, pero la luz del norte en esas madrugadas despertaron en mí nuevas ideas impensadas...


                    Después de un mes en Noruega, visitar muchas ciudades, a miles de kilómetros de Mojtar, vender casi todos los dibujos lo que llevaba en mi carpeta desde Orán y hecho algo más de dinero sobre la marcha con mi facilidad para los retratos infantiles, pude devolver todo lo prestado y regresar a Madrid con mucho más dinero en un larguísimo viaje en autobús.
Regresé a Orán dos meses después de este inesperado y larguísimo viaje al Norte. El tiempo transcurrido, las experiencias acumuladas me habían cambiado bastante.
De momento seguía compartiendo el noveno con los estudiantes. Luego se sucederían los episodios con Djamel, intercalados con los de Mojtar en esa habitación, con ese sol invernal oranés. Largo periodo de estancia para ser el último (sin saberlo hasta casi el final), meses parecidos a años en sus vivencias...
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© J. R. Ortega, 2010