domingo, 24 de mayo de 2015

Almendras amargas (X) La Villa de Canastel


Almendras amargas
X
“Mojtar” La Villa de Canastel

                     El centro de la urbanización de Canastel consta de una plaza alrededor de la cual se distribuyen la pequeña mezquita y el edificio oficial con las oficinas gubernamentales donde también se encuentra la estafeta de correos, también hay un mercado que siempre parece cerrado y la tienda de Abdula, un menudo mozabita de negra y ensortijada barba que siempre lleva una túnica y gorro blancos que le hacen aún más negro. (Más adelante será mi centro de abastecimiento y mi descubrimiento del queso Camembert).
El resto de la población está dispuesto en calles sin nombre ni número, con pequeños jardines o restos de ellos delante de los chalets, ahora viviendas plurifamiliares (o sea, que una familia puede vivir en una habitación con derecho a cocina y otras lo mismo hasta completar todos los cuartos de la antigua casa unifamiliar).
Y la villa donde vivo es un claro ejemplo.
Está situada a las afueras, siguiendo la carretera a Kristel, aunque cercana a La Falaise, rodeada por robustos y altos pinos e higueras, a cuya sombra suele sentarse el viejo casero con una vaca, allí se pasan las horas “conversando”; la vieja casera está totalmente graffiteada con henna, son unos complicados tatuajes tradicionales y se caracteriza por su agrio carácter, fruto de macerar la “petit lait” (leche agria), horas y horas batiendo la leche fresca de la vaca para convertirla en esa bebida refrescante y ácida. Nuestras relaciones se basan en el bon jour y fundamentalmente en pagar (yo)-cobrar (ella) el alquiler de la planta principal.
Yo soy el “españolo”.
Toda la planta está dividida en cuartos: un gran salón –donde me he instalado- con mirador sobre la higuera del jardín, hay dos habitaciones más, una de ellas con terracita (ya la conocía de un sueño -¿premonición?- que tuve de esta casa años antes de visitarla por primera vez y la otra habitación con un gran ventanal sobre el jardín, un largo pasillo desde donde se accede a la cocina, al baño con bañera y al retrete, aparte.

PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Canastel 1979
19 diciembre

Yerba  fucsia que aspirar no puedo
rubí anochecido en humaredas. Lo siento
perimetral goce de volcanes exhalantes.
                                                                      Yo quería
en este mismo instante volar tu cuerpo arriba
discutir un largo beso
                                     en mi casa furtiva
llena de otros amaneceres y sonidos que no me pertenecen
en la casa amiga que me sueña
                                                        y me respira
en jadeantes marejadas las noches.

                    En este segundo viaje ya conozco un poco más las costumbres del país, meto la pata menos que en el primer viaje del 78 que me llegó a producir sucesivos sonrojos por el desconocimiento de los usos y maneras imperantes. Ahora soy más cuidadoso. Al entrar en la villa llamo primero para avisar que voy a abrir la puerta y que, si no quieren ser vistas, las mujeres que estén en el jardín o en el patio haciendo sus labores tengan tiempo de esconderse en sus cuartos-casas-cubiles.
Cuando tengo visitas –siempre masculinas- me avisan para que vaya a buscarles a la puerta y acompañarles en ese corto trayecto, mientras las féminas se ocultan dejando en suspenso su labor, su tarea; ves un barreño lleno de espuma y la restregadera con un trapo medio enjabonado encima, cubos a medio llenar al lado del pozo o del grifo... sillas con las tareas de costura abandonadas... hasta que la visita y yo entramos en nuestro portal, cerramos la puerta y subimos la escalera.
Desde mis ventanas veo como se reorganizan una vez cerrada mi puerta... Siempre con las “heraldo” anunciando que tengo visita y hay que bajar a buscarla y repetir el ritual a la despedida... Así hasta que la visita sea más conocida, como ha sido en el caso de Mojtar; a veces me sorprende subiendo las escaleras y llamándome con ese tono suyo de voz tan peculiar que hace que en unos instantes se me acelere el corazón... y asomo la cabeza a la puerta del salón para recibirle, al principio con apretones de manos estilo español, y más adelante con los clásicos cuatro besos de amistad casi familiar. (Yo habría deseado un solo beso prolongado y cálido mezclando nuestras lenguas, pero eso no vendrá hasta casi el final de nuestra relación).

                    PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Canastel 1979
02 febrero

Espero un silencio cuando se desnude
y una mano furtiva que lo detenga
en mitad de la tarde
                                así, quietos silencios medirán su piel oscura.
Él vendrá una tarde ventosa y con algo de siroco
acompañado a un sacrificio (él es la ofrenda),
en el altar de mis manos se abrirá su cuerpo
al rito antiguo de los dedos silbando su piel desconocida.
Ahora sé que no habrá cuerpos que alberguen mis caricias.

                    Venía Mojtar con alguna carpeta en la mano, un libro, un cuaderno que olvidaba en mi mesa de dibujo mientras tomábamos un té –por entonces ya me salía medianamente bien el té sahariano- y escuchábamos música. Yo podía seguir pintando y él leía o escribía (versos). Comíamos, hacíamos la siesta. Fueron esas siestas con el sol invernal entrando a través de las desnudas ramas de las higueras del patio lo que nos aproximó más. A veces se dejaba tocar y hacía como que dormía, otras, sin abrir los ojos, me cogía la mano y se la llevaba a su sexo abultado, donde yo me sumergía en profundas succiones hasta que con unos gemidos contenidos se derramaba caliente dentro de mi boca. Sin más caricias, sin un beso, sin mirarme. Luego, en un salto, se arreglaba y se iba casi sin despedirse, dejándome desconcertado.
Aún desconocía ese “sentimiento de culpa” después de hacer el acto entre hombres. Mucho después supe de sus propios labios los motivos: una casi violación de pequeño, estando en el hamman con un vecino mayor que él y que le asustó y dejó marcado profundamente. No se permitía ser homosexual, ni pensarlo. Pero hacía sexo o se dejaba hacer para luego salir pitando con sus remordimientos. Casi parecía católico, pero su religión materna le tenía bien cogido. Esa experiencia la tendría muchos años después...

                    PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Canastel 1979
29 diciembre

Sostuve la extremidad explosiva de tu vertical talle
succionando la noche y sus aullidos
                                                         tú mismo
me buscabas en abrazo amante-amigo
                                                              y tu mano
dialogó en mi mano caricias ciegas en aquel cuarto desconocido.
Hubo luces cuatrifocales suspendidas
                                                            como si un efecto extraterrestre fuera
a tu lado paseando la noche y los silencios comprendidos.                                                                              
A ti, hermano en soledades, que amor te diera suficiente
para tu amor sentir más que yo entre las cosas
..........................

© J. R. Ortega, 2010

viernes, 22 de mayo de 2015

Almendras amargas (IX) "Mojtar"


Almendras amargas
IX
“Mojtar”
Un príncipe en mis sueños oraneses (y otros más)

                    Seguramente le conocí en mi primer viaje a Orán y debía estar en el particular comité de bienvenida que me recogió en el aeropuerto, pero no tengo una visión clara de lo ocurrido en aquellos primeros días, de las caras sí.

                    PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Canastel 1979
02 febrero

Hay una isla donde no llegan barcos
son alados corceles los que arriban
con príncipes encantados y duendes
que saben reír en los bosques de la Tierra.
En la isla hay palacios forjados en sueños
y poca gente la visita,
son palacios suspendidos en el cielo
con escalinatas de resplandores
                                                   (siempre por la tarde y en primavera).
Yo quiero un jardín, aquel de mi niñez jugando a las casitas,
aquel jardín reverdecido veinte mayos sucesivos
y que encontré hoy (la montaña cerca, el mar abajo despeñado).
La casa tiene un jardín por techo
                                                    y a través de sus fuentes
hay una isla donde no llegan barcos,
son alados corceles los que arriban,
hay una isla que se llama Formentera
                                                            -repetida en el Sahara-
y unida por mágicos puentes y escalas tendidas hacia el cielo.
Quiero dormir y hacer el amor cada mañana
con ese alguien soñado tantas veces,
con ese cuerpo tocado en tantos sueños.
Acariciar su extensión dura palmo a palmo
recordando la noche y los sonidos.


                    La primera referencia escrita a Mojtar aparece en mi cuaderno de poemas “PRETEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)” y es el primer poema dedicado a nuestra gran noche en casa de sus padres, en diciembre de 1979, pero su imagen me viene diluida en los primeros días de aquel primer viaje de mayo de 1978 participando en ese comité que fue a recibirme al aeropuerto –nunca me había esperado tan nutrido grupo de gente variopinta- y después con la borrachera de hachís y alcohol se me nubló la vista hasta la tarde del día siguiente. Mojtar ya no estaba, creo que se había marchado la noche antes a su casa, no era de los que solían quedarse a dormir en casa del viejo profesor (VP, para no repetir tanto), eso sería más adelante cuando comencé a percatarme del funcionamiento de la “corte” de VP, de las entradas y salidas vía balcón de planta baja a la calle directamente del apartamento. Aquí se apelmazan nombres que en los sucesivos viajes se me fueron quedando en la memoria, sobretodo sus caras (y sus paquetes). Mojtar era de los que se quedaban a leer o escuchar música. Aproveché su compañía para dibujarle en esos días de desconcierto y mareo de presentaciones e impactos emocionales por el cambio de las costumbres y la total inopia de todo lo concerniente a esta nueva sociedad desconocida para mí.
Llevaba en mente terminar la colección de dibujos sobre los poemas eróticos de Kavafis ya comenzada en Barcelona y Malgrat de Mar un año antes. Mojtar aparece en varios de esos dibujos junto al joven Karim. Dos personajes que coincidían cada vez más a menudo por las tardes en casa de VP. Karim se marchaba siempre a su casa vía salto por el bajo balcón, Mojtar siempre utilizaba la puerta y alguna vez se quedó a dormir en la habitación de VP.
 Otras veces se juntaban más muchachos del barrio al olor de un vaso de alcohol o unas caladitas de porro, siempre a escuchar música local o egipcia, otras, los sones de la nova canción española o los Pink Floyd. Estaba el clásico Moussa con su ganchuda nariz que le daba aquel toque de boxeador y su prominente paquete siempre tan afectuoso con el trato manual. Y Hadmed.

Mojtar se desmarca de ese grupo y me frecuentará en mi nuevo domicilio en enero de 1979, recién llegado a Canastel, en la villa que me habían dejado para que instalara mi estudio de pintura. Seguramente el VP no dejaría que me quedase solo en esos primeros días fuera de su estrecho círculo y lo envió para que me ayudara en mi instalación (y es posible que me ayudara en algo más). No. Hay una imagen clara, como un relámpago que me acaba de llegar de ese entonces. Él solo estaba de día, llegada la tarde se marchaba hasta el día siguiente y evitaba pasar la noche solo conmigo. Y yo me quedaba solo, a merced de la familia kabil que tenía la salvaguarda del edificio y su jardín lleno de compartimentos alquilados a “familiares”, ellos vivían en el piso bajo de la villa, yo en la única planta se arriba teniendo que atravesar el jardín y haciendo el mismo rito cada vez al entrar y al salir: avisar para que las mujeres se quitasen de en medio... generalmente hacía ruido al bajar y abrir mi puerta para que tuviesen tiempo de ocultarse en sus respectivos cubículos, y a la llegada tocaba el timbre antes de abrir con mi llave la puerta del jardín de la calle.

                    PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Canastel 1979
20 diciembre
                             Desterrado, asumiendo mi destierro
                             paralítico de amigos
                                                                hundido en la lluvia provocadora
                             estoy a sueldo del hastío
                                                                    Canastel, la casa, duele
                             tan llena de los otros que no es mía
                             Solo mía soledad madre-amiga
                                                                               los días grises del retorno
                             marcaron el compás terminado de la espera
                                                                               absurdo cilindro
                            fumantes tubulares de miedo y negrura desolada
                            Quiero detener la lluvia
                                                                    morir un poco cada día
                            para soñar más solo y distante de las cosas.

                    Canastel está a unos cinco kilómetros de Orán en dirección Este siguiendo una carretera local costera que se remonta por encima de las “falaises”. La Falaise de Canastel es famosa en las tempestades de lluvia porque el agua de los arroyos se precipita en cataratas acantilado abajo y el viento del mar muy fuerte en rachas lo devuelve como una cascada invertida hacia las calles del poblado. Todos los inviernos hay público para ver este arriesgado espectáculo. Es Canastel el resultado urbanístico de una antigua colonia francesa de veraneo y aún se conservan las tapias del cerramiento y las garitas de seguridad; se accede por un rudimentario arco blanqueado en su día y ahora desconchado, fuera del perímetro hay un hotel y casino cerrados (habitados por fantasmas, porque se ven luces en la noche y es que sigue funcionando como tapadera para consumo de alcohol y otras cosas); están colgados en un saliente de arenisca blanca en difícil equilibrio, porque se va deshaciendo y un buen día terminarán tumbados abajo, en la lejana playa llena de boscosos palmitos y habitada por chacales, por lo menos; vi un zorro una vez que tuve la osadía de bajar por la precipitada cuesta, adivinando el camino de las playas que desde arriba se ven tan rubias y parecen tan cercanas. Pues parte de este casino ya está casi en el aire. Desde la carretera, viniendo de Orán se puede apreciar la mancha blanquísima de la edificación sobre el amarillo claro de la roca. Canastel no es visible hasta llegar a las antiguas garitas de la entrada, ahora tapiadas. Una zona llena de pinares y tamarindos, algunos de extraña forma en equilibrio sobre el mismo borde de la “falaise” (todos dicen esa palabra para indicar que bajan a la playa o que pasean por los escarpados bordes sorteando retorcidos pinos); está orientada al norte, todo el oeste lo ocupa la bahía de Orán, la “corniche” blanca y el puerto con el castillo de Santa Cruz encima y, muy al fondo, las costas de Mers El Kebir. Por la parte del este se aprecian los rojos acantilados que caen a pico al mar, antes de llegar a Kristel, casi hasta el cabo donde un buque de carga roto y encallado contra los acantilados señala cómo se las puede gastar el Mediterráneo cuando se enfurece; y, al sur, la meseta plana quebrada por la silueta característica en cono de la Montaña de los Leones.
La Falaise es un acantilado bastante retirado de la orilla y la playa haciendo un prolongado arco que en los últimos metros se convierte en vertical hasta el borde de la meseta. La bajada es vertiginosa, y da más vértigo observar a los muchachos correr en chancletas, con el bañador puesto en la cabeza a modo de gorro, trotando falaise abajo sin parar hasta llegar a la distante y profunda playa, y siempre gritando en su recorrido suicida.
Todo esto lo iría descubriendo poco a poco.
..........................
© J. R. Ortega, 2010

miércoles, 20 de mayo de 2015

Almendras amargas (VIII) Pas problème


Almendras amargas
VIII
Djamel "Pas problème"

                    Sólo habían pasado dos semanas. Llamaron a la puerta del noveno: Djamel con una bolsa enorme llena de comida y bebidas. Ese fin de semana los estudiantes habían ido a sus casas. ¿Lo sabía? Seguramente sí, porque venía a quedarse todo el fin de semana conmigo. Y lo hicimos. Antes de comer, comiendo y después de comer. Qué fuerzas las de aquella tarde desnudos al sol que entraba por el balcón semiabierto (por los vecinos y espías). A plena luz nuestros cuerpos se fundían en múltiples caricias. Todo giraba en torno a la cama. En aquella habitación sólo había una enorme cama (a veces, cuando había visitas y fiestas dormíamos hasta tres o cuatro juntos, solo dormir). Toda ella era nuestra vida. Le dibujé desnudo, de pié, con el sol tamizado por la persiana del balcón entre los muslos, sonriente, tumbado con una leve camisa casi transparente que había traído y el sexo al aire... Eran dibujos rápidos, pero muy trabajados. (Conservo uno en el que está tumbado mirando al frente).
Dos días sin salir, sólo para nosotros, para nuestro deleite. Y aún sabiendo que no vendrían los otros, no estaba del todo tranquilo. Siempre esa excitación, ese chute de adrenalina, pero una vez que estaba en contacto con su pelvis, su negro pelo rizado, el bronce de su talle... no existía otra cosa que mis dedos deslizándose por su piel. Su música, su olor. No hubo ningún comentario a la noche de la boda.
Durante la semana solíamos vernos. Salíamos juntos o con otros amigos y ocasionalmente se quedaba a dormir en el noveno. Aquel día fuimos a ver a un amigo suyo que hacía el servicio militar en Orán en no se que enfermería de edificio oficial... (¡Era un cuartel!). Yo no debería estar allí. Es más, si me cogiese la policía militar podría tener serios problemas, pero Djamel siempre decía: “pas problème”. Y en la guardia de su amigo nos metimos en la enfermería y allí, sobre una mesa camilla nos desnudamos y follamos. No se si fue un segundo o un microsegundo, pero parecía que teníamos un ejército de espías por todos los rincones. No se me ponía del pánico, a él no le importaba y sí que se corrió a gusto y a tiempo de que llegasen a avisar a su amigo de una urgencia... Explicaciones, miradas de desconfianza y yo saliendo por pies del edificio, ante el mosqueo de los soldados de guardia...

PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Orán 1981
sábado 31 enero

                             En Orán siempre.
                                                           Los días sucedidos
                             como un rosario de atardeceres imprevistos.
                             En el balcón diametral abierto a las palomas
                             retoza el sol jugando al escondite.
                                                                                    Siempre una música
                             del Mediterráneo antiguo me acompaña.
                             Olvidado de tu cuerpo casi materializado
                             en los cristales del crepúsculo termino por cerrar
                             los balcones.
                                                  Y ya la repetición de las cosas
                             sin tu presencia es un hastío encerrado
                             y nostálgico hasta la muerte.
                                                                            Quisiera
                             el jardín junto al mar –el mismo que tengo enfrente-
                             para mirar tu espera en los cristales
                             del invernadero y saber que no vendrás,
                             pero esperándote ya en rito.

                    Luego desapareció y no nos volvimos a ver hasta la vuelta de aquella exposición mía de Roma en el invierno de 1980. Dato significativo, porque traía liras que no había cambiado al volver a Orán. Y significativo fue el encontrarnos en una calle de Sidi Bel Abbés, yo deseaba verle. Aquella mañana llegué y directamente me pasé por los cafés que sabía frecuentaba y allí estaba, como aquella otra vez, con sus amigos. Me vio y se despidió de ellos. Imposible volver a casa de su abuela. Creo que lo sabían todo de nuestra noche de pasión... no tenía muy buenas relaciones desde entonces. Sólo nos quedaba ir a un hotel para estar juntos que era lo único que deseábamos. Cambié divisas en un banco, unas pocas liras y algún franco francés para conseguir dinares suficientes para una habitación en un hotelucho siniestro y antiguo. El conserje o dueño era un tipo casi anciano, con gafas miopes y puso mala cara por ser dos hombres, un extranjero y uno de allí (¿no tienes casa? le preguntó a Djamel o cualquier otra impertinencia que no me interesó oír). A regañadientes nos entregó la llave y pasamos por unos pasillos, que fueron diseñados estilo modernista y no habían pintado desde esos años, hasta una habitación –no se si interior porque ni subimos las persianas para ver dónde estábamos- destartalada años veinte como el hotel. Dos camas: dos hombres no podían estar en una habitación con una sola cama, era la mala cara del de la entrada. Crujían muchísimo. Así que con paciencia las desmontamos y pusimos los colchones en el suelo uno al lado del otro como un campo de batalla, ignorábamos que fuese nuestra última batalla.

                    Y no fue tan bonito como otras veces, sentía que algo no funcionaba, quizás la habitación, los muebles antiguos desgastados, el tono empolvado, el no tener más dinero para festejar nuestro encuentro... provocado. Fue una tarde-noche intentando amarnos con desesperación casi como una despedida y eso era. Guardo un triste recuerdo de aquella noche y no consigo recordar sus momentos si no son los silencios y el evitar hacer ruidos. El turbio amanecer nos despertó, habíamos conseguido dormir unas horas y debíamos disponer la habitación tal como se encontraba antes, vuelta a armar las camas tratando de no hacer ruido, como delincuentes... La mañana era fría, caminamos en silencio hasta la estación de autobuses donde nos despedimos sin ni siquiera haber tomado un café.

                    Después de aquella noche no volvimos a estar juntos en la cama, no volvió al noveno, no intenté buscarle, aunque coincidimos varias veces en actos celebrados en la Universidad. Más tarde me enteré que se acostaba con un cooperante de Luxemburgo, de un amaneramiento repugnante pero con un apartamento a donde atraía a estudiantes para deslumbrarlos con discos y libros, alcohol y sexo a cambio. Y este tipo tuvo la desfachatez de explicarme cómo había sido con él, varias veces. En el trayecto de autobús entre la Universidad y Orán me contó la “traición” de Djamel con inusitado placer al ver que me destrozaba y que me bajaba en cualquier parada por no seguir escuchando su “triunfo”, a punto de vomitar. Que no era el único, que Djamel presumía de ser un “actor porno” que iba con extranjeros, ellos y ellas para hacer cine porno en la habitación de sus hoteles... “Tu amiguito es una puta...” me decía el tipo cuando bajé en aquella parada en mitad de la nada. (No se por qué, antes he escrito que fue el propio Djamel quien me confesó su traición...).

PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Orán 1981
01 febrero

                             Domingo en la tarde oranesa.
                                                                                Los balcones abiertos
                             cálidos y un sonido tropical en el radiocasete
                             anticipa el verano repetido,
                                                                             calima sostenida
                             en soledad inquebrantable, casi vitrificada
                             y azul en los atardeceres de palomas
                             y vecinos de hermosas cabelleras.
                                                                                           Pensando
                             imposibles días sin tu cuerpo adorado tan desnudo.

                     Cuando preparaba mi vuelta definitiva a España le volví a ver alguna vez por los cafés de Orán, no guardé su dirección y aunque le di la mía no me escribió nunca. Insistía en que quería venir a verme a España, que quería vivir conmigo, no le dio importancia a la historia con el luxemburgués. Yo le guardé rencor durante mucho tiempo por aquella traición, me creía el único... pero no. (Sí, conservo unas fotos en blanco y negro de una de las exposiciones mías en la Universidad de Orán, estamos juntos ante mis cuadros, también me dio otra foto suya en color que debe de estar por alguna de esas carpetas).
------------------------ 
© J. R. Ortega, 2010

lunes, 18 de mayo de 2015

Almendras amargas (VII) Palomo esquivo



(Jackes Sultana. Redondos como una bola. Óleo sobre tela 61x33 cm.)

Almendras amargas
VII
Djamel "Palomo esquivo"

                    Por aquellos días yo no pintaba demasiado. Tenía algún compromiso “oficial”, algún retrato... Y en una visita por la Universidad –a propósito de un recital de poemas- allí estaba Djamel, sonriente, con sus ensortijados cabellos negrísimos. Creo que corría sangre negroide por sus venas... tan moreno y tan esbelto; un cruce, él decía que su padre era italiano y alardeaba por ello, nunca lo supe.
Hablamos. Qué casualidad, iba después a la residencia de estudiantes extranjeros... Me pidió que le acompañara, acepté con cierto reparo, no sabía si yo podía entrar en el recinto... Ningún problema. Para él nunca había problemas, todo se desarrollaba con una fastuosa sonrisa y un “pas problème”.

Era una habitación pequeñísima, tipo Colegio Mayor. Diez o veinte personas dentro escuchando música y fumando... Chicos y chicas juntos, pero en el pabellón masculino. Aunque vivían en edificios separados la realidad era que solían vivir mezclados, siempre guardando las apariencias... Eso era fundamental.
Había jolgorio en otras habitaciones, fuimos a ver. Tocaban guitarras y cantaban ritmos francófonos antiguos. Les gustaban los clásicos franceses de los 60.
Volvimos a la anterior habitación Djamel y yo solos. Cerró la puerta con llave (no se cómo la había conseguido). No contestamos a las llamadas sucesivas que otros estudiantes hacían en nuestra puerta. Y, en aquella cama estrechísima, formamos un dúo casi desnudo. Nunca había que relajarse del todo, en cualquier momento el verdadero inquilino de la habitación podría abrir con otra llave... (¡como así ocurrió!). Porque allí estábamos, con los pantalones por los tobillos, enlazados en filigranas amatorias y exploraciones mutuas. Me fascinaba su aplomo ante la situación tan llena de adrenalina para mí. Aquello era verdadero peligro... alguien podría vernos a través de las ventanas y todo estaría perdido. Aunque todos sabían qué estábamos haciendo allí juntos, pero si nadie nos veía, nada estaba pasando... Las apariencias siempre. Y, como siempre, tras los agitadores estertores de la gloriosa corrida mutua y rápida subida de los pantalones.... la puerta se abrió de golpe con una chica y un chico que reclamaban “su habitación”. Supongo que el olor penetrante de nuestros cuerpos había llenado aquel cubículo por completo. Djamel me había acariciado casi con la veneración de un novio... Extraño. Había mucha pasión en los dos, pero también muchísima ternura y detenimiento en la suavidad de su piel, en el jugueteo por mis pelosidades. Y en la segunda vez, tan solo...

PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Orán 1980
06 diciembre, sábado

                             Nada que decir al balcón azul de la tarde
                             ni a los niños ensordecidos en sus juegos
                             ahí abajo. No queda nada por amar.

                             Decir un día iremos a la playa, en una roca
                             tostada y húmeda recostar las ropas y
                             desnudos reir con las olas de colores.

                             En la tarde el sol entraba al centro de la cama.
                             Tú eras el sol, las rocas, arena, playa
                             y cielo de olor tan a tu cuerpo nervudo que a mi
                             se apretaba
                                                  sin nada que decir

                    Caminamos y nos despedimos. Él debía quedarse en la residencia, no sé en qué habitación compartida... sus mentiras no me causaban la menor duda de su veracidad. Yo volví al noveno piso y pasaron días sin encontrarnos.

PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Orán 1980
11  diciembre

                             Aquí atado casi al balcón la tarde
                             y las palomas reverberando al sol.
                                                                                         Tu cuerpo
                             imagino un torrente azul templado y bruno
                             que a mis ojos distante  salpica.
                             Ágil – esquivo palomo de las tardes estivales,
                             decir tu cuerpo una caricia lejanísima vuelve
                             y vuelve usurpando a los rincones el sonido
                             suave de la tarde al enfriarse

                    Visitaba la ciudad natal de Djamel. De hecho iba a menudo por Sidi Bel Abbés. Extraña ciudad con un “barrio chino” famoso entre los cooperantes norteamericanos... De lo más curioso porque vivían mezclados gente normal que tenían grafiteado en sus puertas “casa honesta”, junto a los lupanares al viejo estilo con la puerta partida por un grueso palo para impedir las escapadas sin pagar, supongo. Qué cosas. Yo iba a ver a unos amigos que había hecho en la Universidad de Orán y que eran originarios de allí. Los estudiantes del noveno lo eran igualmente y también solía ir a tomar el té a casa de sus familias o a pasar varios días invitado por ellos. En aquella ocasión iba a dibujar algo y no tenía intención de quedarme a pasar la noche.
Volvía ya para la estación de autobuses cuando le vi. Estaba con sus amigos y al verme se le iluminó la cara con aquella sonrisa tan blanca, perfecta. Los otros le dijeron: “Ahí le tienes”. O sea, que en tan corto espacio de tiempo ya había hablado de mi, había contado cómo me había conocido y no se qué cosas más.
Caminamos solos y felices por aquel encuentro casual y no fui al autobús, sino a casa de su abuela –me dijo. Él era algo así como el cabeza de familia, el hombre de la casa, de una casa llena de mujeres, su abuela, su madre, sus tías y sus hermanas, él el único varón mimado. Esperé en la calle la autorización de pasar y me llevó al salón de invitados, una estancia en penumbra con montones de almohadones apilados en los rincones, alfombras gruesas y ventanas cerradas al calor de la calle. Era la hora de la siesta y les había contado que yo venía a una boda y que me iba a quedar allí esa noche... Nos dejaron tranquilos rodeados de mullidas alfombras, mesitas de té y pilas de cojines hasta el techo. Trajo un cassette con cintas de música melancólica que le gustaba y así nos tumbamos uno al lado del otro entre tapices y mantas de colores... Al principio solo cogidos de las manos escuchando la música. A medida que Djamel se puso más nostálgico nos abrazamos en fuertes besos (le gustaba besar profunda y cálidamente, dilatando las lenguas en un abrazo húmedo). Y comenzamos a quitarnos prendas, ante mi temor de ser espiados o que nos descubriesen. No le importaba en absoluto, él era el dueño y había dado orden de que no nos molestasen hasta una o dos horas más tarde para tomar el té. La excitación del momento hizo que nos corriésemos casi sin tocarnos. No hubo penetración y no creo que yo hubiera podido en aquel estado de ansiedad y miedo a ser descubiertos.
Entraron con el té. Hacía poco que dormíamos y rápidamente nos lo tomamos. Teníamos que ir a la boda.

Y era verdad, había una boda. No se lo había inventado. Yo no iba con ropa de repuesto y no había tiempo para volver a Orán a cambiarme, así que nos dirigimos directamente a la casa de la boda. Llegamos ya avanzada la tarde y las músicas, bailes y comidas estaban en pleno apogeo. Yo sabía que también se fumaba hierba y se bebía alcohol, pero sin ser vistos por el resto, eso habría sido una ofensa gravísima. Allí estaban sus amigos de antes, hablamos, me preguntaron lo clásico, si me gustaban las bodas, cómo eran en España y que si quería fumar y tomar una copa con ellos en el salón reservado... Uno de los amigos era primo de la familia que festejaba, porque me parecía mucha confianza. Y allí estuvimos hasta más de la medianoche medio borrachos de alcohol y hachís, creo que me hicieron bailar para reírnos todos juntos por mi mascarada.
En ese estado casi etéreo volamos hasta la casa de Djamel, incluso nos besamos en plena calle (por supuesto aprovechando la oscuridad y que a esas horas las calles estaban desiertas). El la casa nos habían preparado dos colchones con sábanas y mantas sobre las alfombras, los juntamos y puso música con poco volumen. El abrazo se hizo intenso y sus ojos, en la semipenumbra, brillaron al decir algo así como que me amaba y que se me ofrecía en matrimonio... (¿?) o que él estaba en el lugar en que ahora debía estar la novia del casamiento y que igualmente nos podíamos sentir igual. Le penetré por primera vez y después fueron alternativas las penetraciones hasta corrernos uno dentro del otro alternativamente. Era como un símbolo. No me daba cuenta del fabulador que tenía en mis brazos. Aquella noche él era la novia, tomaba el “rol pasivo”.
Esto es muy significativo. Se entregaba a mí, estaba en mis manos y se me ofrecía como lo más preciado que poseía. No se si me emocioné, estaba bastante borracho y él también, pero me impresionó y durante muchísimo tiempo recordé aquel momento. No pudimos seguir follando por una cuestión de exceso de alcohol y sueño...

Amaneció en mis brazos. No se si habían entrado ya para traernos un café. Nos vestimos y salimos al baño. Tenía la cabeza espesa y el sol me hacía daño en los ojos. En el hamman me enjabonó como era costumbre entre amigos y jugueteó conmigo. No había mucha clientela esa mañana y en algunas de las dependencias nos encontramos solos, pero no quise hacer nada, ya me parecía el máximo de peligro: en un sitio público. No le importaba. No me hartaba de contemplar su cuerpo moreno y terso. Bajo mi mano la esponja y el jabón se corrían de gusto y él ronroneaba... El baño para nosotros solos, desnudos aunque yo atento con la toalla a mano por si acaso entrara alguien.
Después del ritual de secarnos y pasar a la sala de descanso, nos vestimos y salimos radiantes. Tomamos té y bollos en un café enfrente del hamman y después me acompañó al autobús. Insistía en que me quedase, pero yo no llevaba dinero para alquilar una habitación en un hotel. Él como estudiante tampoco disponía de dinero... así que volví a Orán. Estaba desconcertado por las palabras de Djamel la noche anterior. Dormí durante el trayecto y no pensé más en el asunto.

PRE-TEXTOS (Diario futuro para una espera –o varias-)
Orán 1981
01  marzo

Lo mismo que mi cuerpo aprisionado mecido entre tus muslos
de mercurio
                     mi sexo ingrávido se agita en saltos prodigiosos al recordarte.
Apareciste hacia la esquina de la plaza.
Tus amigos te dijeron: “Ahí le tienes” y yo era otra vez tuyo.
Tan delgado tu cuerpo en esta espera tan sufrida.
Te contaba que el sol inunda al atardecer la cama
y sus caricias me adormecen suplantándote.
Palomo esquivo en las tardes futuras de esta primavera.
Yo quisiera tenerte aquí escondido, que no existiera el tiempo
entre estas dos últimas veces
y aquel cuarto de hotel tercermundista lleno de espejos se repitiera
en sortilegio esta tarde al sol invasor de mi balcón
personalísimo abierto a los vecinos y sus palomas.
------------------------ 
© J. R. Ortega, 2010