miércoles, 31 de diciembre de 2014

Doce campanadas de medianoche

Dibujo de la colección secreta del autor. Dos hombres desnudos luchan en orgásmico abrazo retorcido; uno le chupa el glande al otro que eyacula en chorros espesos bajo los movimientos del succionador...
(Si desean ver el dibujo no tienen más que pedirlo por email)
(J.R. Ortega, septiembre 2006 Tinta sobre papel, "El despertar", Sevilla)


Cuento malvado de Navidad

                                Eran demasiado inmaduros para darse cuenta que lo que creían que era amor solo se correspondía con sus deseos de saberse deseados y que solo era puro sexo animal producido por sus excesos de testosteronas.
A medianoche, cuando las campanadas del reloj de la iglesia vecina dieron la última y aún el eco resonaba en sus oídos, se percataron de que el año había acabado y el maleficio también. Ahora, en vez de dos príncipes encelados uno del otro, seguían siendo dos ranas o dos sapos o dos ranitas de la suerte, una encima de la otra, copulando sin parar; durante otro año seguido, hasta que las campanadas de la medianoche, dentro de 365 noches, les devolvieran su porte principesco...
La maldición intermitente
de la Malvada Bruja del Noreste:
"Un año sereis ranas y al siguiente,
príncipes, pero mariquitas siempre".
(Ji, ji, ji... Risita malévola, de color verde...)
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© Juan Rodort, 2014

martes, 30 de diciembre de 2014

Confesiones de un mariquita joven (III)

Ver la foto y opinar de la censura de Blogger:
(http://nudeandgaytwinks.tumblr.com/post/88849466355/jockbeach-http-jockbeach-tumblr-com-nude)

Fetiches
                              Son los años del acné juvenil, de las pajas diarias a escondidas en el baño rememorando a los actores cachas, ligeros de ropa, mirando las pocas revistas donde podía encontrar fotos de hombres semidesnudos: ¡las revistas de culturismo! En esos oscuros años de la represión no había forma de conseguir nada más "homo-erótico". Y mucho menos para un jovencito sin poder adquisitivo, con una escasa semanada que empleaba en ver cine. Varias veces por semana frecuentaba los cines del barrio, sesión continua sin tocones al lado, sin manos tontas viajando hacia mi bragueta. Terminaba las clases, hacía los deberes y con un bocadillo envuelto mi iba a ver películas de romanos o de Tarzán... Casi siempre había una en la cartelera madrileña. Hasta la otra punta de Madrid, en Metro, para ver las piernas y el paquete de Gordon Scott y Steve Reeves. No se cuantas veces me vi la película "Rómulo y Remo" donde salen los dos... En una sesión me masturbé en un patio de butacas casi desierto... allí mismo me limpié con el pañuelo, mirando a todos lados para ver si alguien había notado algo. Seguramente el resto de tíos que había en la sala iba a lo mismo.
Después de la movida del cine Sol evité ir a los cines de "mala nota".
¿Qué podía saber un joven maricón autodidacta?
Miraba los quioscos de prensa por si veía alguna foto de hombres en bañador. Los tebeos de Tarzán, del Guerrero del Antifaz, los del Coloso de Rodas los tenía casi todos (eran dibujos donde el protagonista iba "vestido" solo con un dodotis, una braga que le marcaba el paquete y dejaba las nalgas a la vista; en mi calentura fetichista -después de la obsesión por los calzoncillos blancos de aquel soldado- me deshacía a pajas leyendo-mirando esos dibujos, recreando historias en las que era a mí a quien abrazaba y follaba...).
Ah, el sexo. ¿Qué sabía del sexo? Nada. Por imaginar, pensaba que follar un hombre con otro era restregarse las pollas hasta correrse...
La ignorancia es la madre de todos los vicios. Y el joven maricón en ciernes vivió un infierno homo encerrado en su cabeza, imaginando hombres sin ropa, mirando las piernas de los deportistas en las fotos de los periódicos y revistas especializadas (en deporte).
Mi colección de tebeos mariquitas donde todos los héroes eran hombres semidesnudos, musculosos, guapos y con amigos comparsas con los que yo les fantaseaba historias de sexo... de esa forma particular mía.

Y enfoqué toda mi obsesión morbosa en mi amigo Pedro. Años y años detrás de él, sin obtener ninguna caricia, ni muestra física de afecto... Verle y sentirle cerca era mi recompensa. Mi adoración por sus ojos, su boca, su cuerpo que imaginaba en calzoncillos blancos, con esos vellos negros como su pelo por todo el cuerpo... así me lo imaginaba hasta que al fin le vi en bañador en la Piscina del Parque Sindical madrileño.
Aquel día me dio una fuerte calentura y me puse malo de ver tantos hombres, jóvenes y muchachos en bañador... desnudos en los vestuarios (visión breve al cambiarse de ropa).
Llevaba yo un calzón amplio de baño que me jugaba malas pasadas cada vez que me emocionaba ante la visión de tantos cuerpos de tíos semidesnudos; fue una erección tras otra, sentado o echado bocabajo en la hierba para disimular...
Al día siguiente manecí con fiebre; pasé todo el día en cama, delirando... 
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© J.R. Ortega, 2014

lunes, 29 de diciembre de 2014

Confesiones de un mariquita joven (II)



                                     Tuve una niñez precoz, en osadía para tocar a los mayores "inocentemente" en "sus partes" más calientes que, afortunadamente, se encontraban casi siempre a mi altura, no tenía sino extender mi manecita de niño -un niño bastante malvado, por cierto-. (Porque la que le podía haber caído a aquel pobre soldadito al que acosé durante noches y noches, bueno, unas cuantas noches... tres noches en total)...
Con este equipaje de mano (de mano tonta) me entró eso que llaman la pubertad, o sea, se me llenó la cara de granos y un permanente hormigueo por mis "partes pubendas", que era como se llamaban entonces a la polla y al culo... Y no sé por qué lo de pubendas. A mí me sonaba a cosa de putas, de prostíbulos y cosas sucias...
Con estas precarias enseñanzas, autoenseñanzas porque lo tuve que aprender por mi cuenta ante el silencio o el bofetón paterno-materno-filial a mis insidiosas preguntas, dejadas caer de forma inocente y a destiempo, en mitad de la comida o de la cena, cuando estábamos toda la familia reunida... ¡¡¡Plaf!!! Era la contestación. Así que tuve que investigar por mi cuenta y riesgo.
Y riesgo tuve, bastante...

Con 13 años ya bien cumplidos, al poco de conseguir tener pantalones largos y dejar de lucir mis piernas peluditas que tanta vergüenza me daban -sobretodo las rodillas, pudibundeces de crío- conseguí que me dejaran ir al cine solo, sin las molestas compañías de mis hermanos (porque siempre había que ir a ver las películas que a ellos les gustaban... generalmente a mí, no).
La primera vez que entré al cine Sol (era uno de los cines prohibidos, junto al Carretas y el Postas; nunca me dijeron por qué, tuve que averiguarlo solo) para ver una película "de romanos" no pude verla entera. Fue sentarme en la butaca y al poco sentir una mano áspera que se posaba en mi pierna. ¡Dí un respingo! La mano se retiró... Observé de reojo que el tipo que estaba a mi lado era un viejo (con 13 años todo aquel que tuviese más de 20 ya era un viejo para mí), pero éste lo era, todo arrugado y jadeante...
Me había extrañado que el acomodador del cine me dijera, cuando me acompañó a mi localidad: "¿Pero a tí te dejan venir a estos sitios?" Yo no entendí nada y le dije que sí... Le dí la propina y el acomodador apagó su linterna y se fue. La película estaba empezada, era un cine de sesión continua.
La mano volvió a posarse en mi pierna suavemente... Un calorcillo agradable me inundó la zona tocada y un cosquilleo excitante se aposentó entre mis muslos...
¡¡¡Era la mano en mi paquete!!!
Me levanté y busqué otra butaca en otra fila... El cine estaba casi vacío, era a primera hora de la tarde y este cine empezaba desde por la mañana.
Seguí viendo las piernas musculosas de Steve Reeves, excitándome con la visión de los gladiadores... ¡zás! La mano de antes... El tío se había mudado de butaca y lo tenía otra vez a mi lado... Esta vez se encontró con algo duro y a punto de explotar. No le costó nada dejarse caer, bajarme la cremallera y adueñarse de mi erección... Pero el dulce le duró unos segundos duro para convertirse en un chorro pegajoso... Me levanté, avergonzado, abrochándome la bragueta camino de los servicios. Una vez me limpié, veo que entra un tío bastante viejo y feo limpiándose la boca... ¡Era el tocón, el de la mano tonta y el que me había chupado...!

Salí del cine sin poder ver ni el principio -pues entré con la película empezada- ni el final de "Los últimos días de Pompeya", porque hubo una explosión en el patio de butacas y no fue la del Vesubio precisamente.
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© J.R. Ortega, 2014

domingo, 28 de diciembre de 2014

Inocente lectura

¡¡¡¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaahhhh!!!!!

¡Esta mañana me desperté así, después de leer
"Friend of my youth" de Alice Munro!


Y mira que me lo advirtieron: "No te leas las novelas de Alice Munro de un tirón, que tienen efectos secundarios".
¡Pues sí, tenían razón!
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© J.R. Ortega, 2014

sábado, 27 de diciembre de 2014

Confesiones de un mariquita joven (I)

Dibujo de Josman, 2007
(http://sexwithdad.tumblr.com/image/98220790526)

L'enfant terrible


Es una expresión francesa para referirse a niños particularmente ingenuos que hacen preguntas terriblemente embarazosas a adultos, especialmente a sus padres.
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Todos me decían que estaba loco o, que, siendo un bebé, me habían abandonado a la puerta de casa... Y, por consiguiente, nunca me sentí parte de mi familia, siempre estuve apartado de todos. Decían que era tímido. Un niño huérfano, posiblemente cíngaro -mis hermanos mayores me decían que los del circo, el que plantaban en la plaza en las fiestas del pueblo, me habían dejado "de prestado" hasta que volvieran a recogerme-. Así que crecí en la creencia de ser adoptado, un titiritero... Que mis padres eran unos extraños, que los que decían ser mis hermanos eran extraños. Mis abuelos... Todos unos extraños. No es de extrañar que creciera con un sentimiento de desamparo e indefensión al no tener una base donde apoyarme. Así que desarrollé una malsana atracción por mi hermano Ramón. Era una obsesión el espiarle al salir de la ducha con la toalla enrollada a la cintura, cuando se cambiaba de ropa, cuado se paseaba por la habitación en calzoncillos en las noches de verano en que no podíamos dormir del calor... Y, como yo no era de esa familia, podía tener relaciones sexuales con quien quisiera de ellos... A mis torpes insinuaciones con Ramón recibía algún tortazo más divertido que cabreado... Y, en cierto modo a él le gustaba exibirse delante mío, si no ¿por qué siempre estaba con su polla tiesa delante de mis narices cuando se levantaba por las mañanas? ¿Para hacerme sufrir? Él debía notar que yo también me excitaba. Compartíamos la misma habitación, una cama enfrente de la otra. Nuestro hermano mayor tenía su propia habitación, lo mismo que mi hermana pequeña...
Sólamente una vez Ramón consintió en que me metiera en su cama... Fue la noche en que llegamos del cine de ver una película de terror -en realidad era de ciencia ficción- o, por lo menos eso fue lo que me pareció a mí. Estaba asustado por las feas caras de unas bestias canívales... Y el protagonista ni tan siquiera se había desnudado, como yo esperaba...
Total, que Ramón accedió a mi petición y me tuvo abrazado toda la noche. Yo, despierto, superexcitado, sin moverme, notando su calor y como se iba empalmando al llegar el día.
Se levantó de un salto y se metió en la ducha... Yo, volví a mi cama y conseguí dormir... Solo que tuve sueños húmedos y me tuve que levantar a toda prisa para no manchar las sábanas.

La pregunta vino a mediodía: "Papá, ¿a todo el mundo le sale como una leche espesa del pito?" ¡¡¡Plaf!!! Un bofetón fue la única respuesta. Se suponía que con 14 años yo debía saber por ciencia infusa el mecanismo de cómo funcionaba el Mundo. Mi mundo, mi cuerpo, desde luego que no, yo no lo sabía...
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© J.R. Ortega, 2014

viernes, 26 de diciembre de 2014

Confidencias de un niño maricón (III)

Joe Lazzo, ver para creer en la Belleza
(http://www.listal.com/viewimage/849889)

                         No fue el primero, pero sí el único amor de mi infancia. Mi amigo Pedro era además compañero de clase. Moreno, de increíbles ojos con una pobladas pestañas negrísimas que, cuando sonreía, me alteraban el pulso. Todos los días, al llegar a clase y verle, me entraba como un ahogo en la garganta... Procuraba que nadie notara lo que me pasaba... me creía un monstruo por estar lo más cerca posible de él, deseaba tocarle, besar su piel, su boca... ¿besarle en la boca? No, yo no era un maricón...
No fue hasta mitad de curso que pude acercarme a su círculo de amigos. Él era el centro de todas las travesuras en clase. Casi todas las chicas estaban enamoradas de él, los chicos le teníamos como un líder y acatábamos sus órdenes. Yo, simplemente, estaba enamorado de él, por lo menos, eso me parecía...
¿Qué sabía yo del amor a los 13 años? Lejos quedó aquel acoso al soldado, que huyó (seguramente) de casa de mis padres. Aquello no fue ningún enamoramiento, era pura y simple pasión por su sexo. ¿Qué sabía yo entonces del sexo? Y mucho menos de sexo entre hombres, o de sexo entre niños y adultos... Porque, a pesar de aparentar más edad, yo solo tenía 12 años cuando toqué a aquel soldado... Ahora, con 13 años, me creía todo un hombrecito... Incluso me había salido una ligera pelusilla sobre el labio superior que me daba un aspecto de niño-adolescente. Era alto para mi edad, delgado y ...tímido, supertímido. Culpable por mirar solo a otros niños de mi edad o a los jóvenes guerreros (los soldaditos vestidos de militar que veía en el Metro o en el Tranvía) que a mí me parecían ya unos viejos -unos diez años mayores que yo-.
Por eso Pedro fue una revolución en mi vida, mi corta vida sexual... Quería que fuera mi amigo y poder poseerlo por completo (¿tenía yo idea de qué quería hacer con él realmente?). Poco a poco me fui ganando su confianza hasta lograr sentarme a su lado. Hasta convertirnos en inseparables. Después del colegio le acompañaba a su casa.
Pedro era hijo único y yo fui recibido por sus padres como un hijo más. Los fines de semana salíamos, junto a otros compañeros de clase, al centro de la capital. Éramos unos gamberretes, hacíamos travesuras en el Metro, por la calle, o en los pocos establecimientos -cafeterías- donde nuestros bolsillos nos permitían entrar. La Bolera vino más tarde, ya éramos adolescentes, unos viejos de 15 a 16 años... Pero no voy a adelantarme.
Estas líneas tratan de la primera vez que intenté hacer algo con Pedro...  ¡Un fracaso total! ¡Casi una tragedia! Mi mano salió malparada por el tortazo que me dió nada más sentirla acariciando su cuerpo... vestido. Y mi ego sufrió todavía más el golpe. No, él no hacía esas cosas ¿pero qué me había creído yo? Aún así, no dejó de hablarme por eso. El lunes siguiente, en clase, seguimos sentándonos juntos. Bromeamos, reímos, estudiamos... pero durante unas semanas se mantuvo distante; no quiso que subiera a su casa...
Su habitación. Donde, al menor descuido suyo, (si entraba al baño) yo buscaba su ropa interior en los cajones de su armario. Poder tocar sus calzoncillos, olerlos... A punto del infarto, de tan rápido como galopaba mi corazón en esos breves instantes de saberme sorprendido. Oía la puerta del baño, el tirar de la cadena del váter, y volvía a dejar su ropa en su sitio.
Me encontraba sudando. "Es por la calefacción", le decía yo... E inmediatamente me marchaba con algún pretexto.
Al llegar a mi casa me encerraba en el baño y me masturbaba pensando elucubraciones, pensando en Pedro, en calzoncillos, desnudo... y eyaculando al momento de imaginarlo así.
¿Eso era amor, era deseo o era un vicio?

Más tarde, con los años, supe que fue un amor a primera vista, el primer amor de mi vida.
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© J.R. Ortega, 2014

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Patosa Navidad

¡Gloria, cuá, cua-cuá, cua-cuá! (*)

(*): Gloria in excelsis Deo! (traducción del Patuá al latín)
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© J.R. Ortega, 2014

martes, 23 de diciembre de 2014

Confidencias de un niño maricón (II)

(https://www.pinterest.com/pin/360499145146117363/)
Ante tamaña belleza masculina nada pueden hacer los censores pacatos

                        La primera vez que le toqué la polla a un tío yo aún no había cumplido los doce años. Después supe que aquello era un acoso (infantil), pero a la inversa: yo, un niño de once años, acosando a un adulto de 21... El pobre hombre (se debió de llevar un buen susto) estaba haciendo el servicio militar junto a mi hermano Ramón y los tres dormíamos en la misma habitación. Mis padres le tenían alquilada una cama al soldado.

Fue durante una noche de verano -mi hermano tenía guardia esa noche en el cuartel- cuando me levanté en la madrugada y me acerqué hasta la cama del soldado temblando de miedo, las manos frías. Sudando...
Él hacía rato que roncaba (eso me parecía).
Por el calor dormíamos encima de las sábanas, en calzoncillos. Los suyos, de un blanco turgente a la claridad de la persiana semilevantada, me llamaban, eran un faro (prominente montículo palpitante) para mi trémula mano que, muy despacito, se posó en la cumbre caliente... Tan solo unos segundos, o una eternidad de placer.
Un resoplido de él, inmóbil y la inmediata eyaculación mía con la mano aún sobre su caliente paquete. Volvió a resoplar y se dió media vuelta...
Avergonzado y confuso me volví a mi cama, me limpié con el pañuelo... ¿Se había dado cuenta? Tumbado en mi cama, en la penumbra, miré sus redondo culo apretado por el blanco calzoncillo... me incitaba a tocarlo. Me levanté sigilosamente y lo intenté de nuevo. Mi mano sobre la cálida tela, su olor caliente... Me volvió la tiritera nerviosa de antes y regresé a mi cama. Allí continué despierto, sin dejar de mirar su calzoncillo, esperando su erección...

Pero... ¿es que yo no me daba cuenta del peligro? No, solo deseaba tocar, sentir su calor, oler su sudor, ver su cuerpo peludo y bien formado... No sabía qué era lo que quería... Pero seguro que era pecado mortal.
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© J.R. Ortega, 2014

lunes, 22 de diciembre de 2014

Confidencias de un niño maricón (I)

(http://www.nakedspa.es/main/users/iker85)
¡Qué pedazo de auto-foto!

                         La primera vez que me masturbé tan solo tenía once años, casi doce; creí que me daba algo por la impresión de ver lo que me salía de mi pequeñísimo pene, sentado en la taza del wáter de casa...
¿Por qué lo hice? Pues porque lo vi hacer a un compañero de clase... y cómo se le ponía gordo y grande el pito; luego expulsaba un líquido blancuzco... de lo más desagradable verlo dando espasmos y poniendo los ojos en blanco. Y a todo esto, desde su pupitre, al fondo del aula; era la clase de Religión, pero el cura que nos la daba no se enteraba de nada, era miope y medio sordo; pero siempre se las arreglaba para enterarse de qué estábamos haciendo y nos arreaba un buen bastonazo... ¡menuda puntería la del cegato aquel! A este compañero masturbador nunca lo pilló en plena faena... Yo, miraba de reojo.
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© J.R. Ortega, 2014

domingo, 21 de diciembre de 2014

Último día de otoño... ¡coño!

(http://thehuncartoons.tumblr.com/post/97140725502/nickie-charles)
Good Morning! (con la polla al aire)
(© El Arte de Nickie Charles)

                                 Así, como quien no quiere la cosa, se acaba el otoño. Por demás cálido y tórrido en los escritos vertidos en estas páginas. Nunca pensé que el convertir mi blog en +18 le llevaría por estos derroteros cercanos al relato porno, homo-erótico y soez. Con esas fotos de tíos despelotados y esos dibujos secretos aireados en público... ¡Qué vergüenza!
Para los que aún no se han percatado de mi carácter, debo aclarar que todo es un juego, una larga broma diaria, un ¡más difícil todavía! cirquense. Le cirque du sexe-fou (veo que en la Red existen unos cuantos circos de esos... Nada nuevo bajo el sol de otoño que declina en invernal. Como yo mismo...
A veces me vienen pensamientos sombríos recordando viejos amores y amoríos, aquellas pieles turgentes y sus sexos prominentes, siempre dispuestos al orgasmo fácil... Chicos de orgasmo fácil. ¡Qué ocurrencia! Podría leerse como eyaculaciones precoces, pero no, no eran así. No éramos así (yo incluido).

El fin del otoño hace pensar en tiempos que se van cada vez más lejos. No hay recuerdos de las primaveras, de aquellos tiernos años de adolescencia torturada por la moral católico-cristiana a que nos sometieron en este país de charanga y pandereta. En esta sombría dictadura. No cococimos otra cosa desde nuestro nacimiento; crecimos dentro de ella, vivimos (o mal vivimos) con ella y la sufrimos en nuestras carnes cuando pudimos despegarnos de su influencia... a golpe de persecución o represión.
El verano de la liberación en Ibiza... ay, los recuerdos... El tórrido periodo de comvivencias en el norte africano... Los viajes, cuando el viajero comenzó su incansable andadura por esos países nórdicos, cuando cruzó por primera vez el charco atlántico... El choque de toma de conciencia en aquella noche blanca del Norte, pasado el Círculo Polar...

Otoño del maldito 2014, nefasto año de política errada, económicamente desastroso para casi todos los españoles... Mirándonos el ombligo, como siempre. Pero es lo que toca. No tenemos más referencias que la inmediatez de nuestros vecinos; muchas veces su estupidez sufrida en nuestras carnes, demasiado a menudo...
Bien, último día de otoño... ¡coño!
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© J.R. Ortega, 2014

sábado, 20 de diciembre de 2014

Maldito recuerdo

¿Se atreverá la censura de Blogger contra la Belleza?

("Y permanece", Kavafis-J.R. Ortega, 1979)


          Nada que contar, compartir, nadie
          a quien decir la soledad puedo.
          Sentado arriba, al borde mismo,
          siento el mismo frío de su ausencia. Puedo
          recordar un rostro y no sentir nada.
          Dos años hace que nos conocimos.
          Fueron días lejanos, furtivos días
          que nos tuvimos.
                                      Desolados días.


          Recuerdo del borroso recuerdo.
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© J.R. Ortega, 1984

viernes, 19 de diciembre de 2014

A dos manos

Mejor ver la foto:
(http://manhuntdaily.com/2013/07/spencer-and-coleman-sean-cody-bubble-butts/)


                                No sé que va a ser de mí. Ha vuelto a suceder. Un correo del vecino de enfrente con una procaz invitación-oferta: esta noche vendrá con su amigo... para repetir las jugadas maestras o tal vez demostrarme lo que han aprendido en la capital.
Durante todo el año me había olvidado de él, su persiana prácticamente ha estado echada; las raras ocasiones en que la vi subida, una cortina tupida me impedía ver el interior de su cuarto... No le di más importancia, creí que aquel rapto de pasión, aquella mini-orgía con su amigo, los tres, en un maratón de sexo libre... la mayor parte de las veces me mantuve como espectador ante sus jóvenes cuerpos desmadrados en goces primerizos... todo aquello ya había pasado, quedado como un bello recuerdo nada más. A pesar que yo sabía que me utilizaban como alcahuete, como tapadera, como casa de citas. Poco a poco se fueron distanciando las tardes-noches de lujuria a tres, luego vinieron solo las de a dos –ellos solos y yo de miranda- hasta que finalmente, una noche, su amigo vino a darme un homenaje de despedida; al día siguiente se iba a estudiar a la capital... Mi vecinito no apareció. Supe de su marcha por las persianas de su habitación, permanentemente echadas...
Hasta ayer...

Como todas las cosas, ocurren por pura casualidad. Ayer, volvía de mi paseo por la capital -faltaban pocos minutos para la salida del tren-, cuando les vi entrar muy sofocados por la puerta más alejada del vagón. Mi corazón dio un vuelco: el vecinito de enfrente y su amigo... que, con dos o tres muchachos alborotadores más, entraron apresuradamente y se aposentaron entre risas y bromas al final del vagón –yo estaba en la otra punta-. Creí que no me habían visto, pero era una falsa apreciación... con disimulo, para que sus amigos no le vieran, el amigo del vecino volvió la cabeza y me obsequió con un rápido guiño de ojo y una media sonrisa... Seguidamente le dio un codazo a su amigo, mi vecinito mirón de la ventana de enfrente que durante meses he estado mirando, torturándome con su ausencia...; se volvió y su cara de sorpresa quedó inmediatamente velada por más bromas hacia sus compañeros de viaje. Todos volvíamos a casa. Yo, de mi paseo y ellos, de vacaciones de Navidad.

El correo viene acompañado de una auto-foto (“Selfie” le dicen ahora) explícita y cuatro palabras: ¿Esta noche los tres?... que más que una pregunta es una confirmación, que a las diez de la noche estarán aquí, él y su amigo... Y a buen entendedor...
Es lo que me toca: ¡¡¡A dos manos!!!
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 © Juan Rodort, 2014

jueves, 18 de diciembre de 2014

Quejas de quejosos (osos que se quejan)

Dibujo de un Papa Noel desnudo, tan solo cubierto por el gorrito, que se folla a un joven tirado en el suelo que lleva un bastón de caramelo en la mano mientras se corre de gusto ante el regalo de Santa...

                               No voy a ser yo siempre el que esté dando la nota discordante sobre las tendencias de la moda actual. Que cada cual aguante su vela. Y a los que nadie les dió vela en este entierro, pues que San Pedro se la bendiga...

¡¡¡Antiguo!!! ¡Carroza! ¡Viejarras!... Sí, y a mucha honra. Porque quien tuvo, retuvo. Y el aquel de: "Por mi puerta pasarás... si es que pasas", es mi venganza. Pero...

Una vez que dejo la acidez y la mordacidad a flor de piel, me doy un baño de humildad y recojo velas (no las de alumbrar, sino las de navegar). Donde dije digo, digo Diego...

No. El disculparse siempre fue de caballeros y este es un pacto de eso que ya no se lleva, ser un caballero, tener palabra de tal. Y bajo mi cabeza, para pedir que me disculpen los que se han molestado por mis palabras llenas de epítetos homosexualoides que en nada ayudan a ver la realidad...
¿La Realidad? ¿Y quién quiere ahora ir tras las monarquías pasadas de rosca y de moda?

¿Hay que cambiar las palabras? Porque algunos se empeñan en decir homosexual como definición de una persona, cuando no emplean nunca heterosexual (Se dice de la relación erótica entre individuos de diferente sexo -según la RAE-) para definir lo "normal" de esta sociedad atrasada que, en pleno siglo 21, todavía se espanta de ciertas cosas y deroga leyes que no hacen más que retrotraernos a siglos anteriores o épocas ¿superadas? de no hace tantos años... Nada nuevo bajo el sol.

Bien. La Realidad (Verdad, lo que ocurre verdaderamente -según la RAE-) está trastocada, según el color del cristal con que se mire... Volvemos a lo de antes, a viejos dichos. No avanzamos nada, más bien retrocedemos.

El tema de ayer era pelos sí o pelos no... ¡Pelillos a la mar...! El tema de hoy es: ¿Por qué ese empeño en mostrar solo lo juvenil y lozano? Mintiendo en los perfiles definitorios de los asiduos a la Red, con fotos de sus ídolos suplantando sus rostros no deseados (¡¡¡Ah, bueno, pero es que ese es mi tipo ideal...!!!). Y es que todavía se sigue prestando demasiada atención a unos bellos ojos o cuerpo desnudo puestos como reclamo para un determinado blog o página ávida de seguidores...
Pero... ¿Quién se engaña? O, peor aún, dar datos falsos para despistar al enemigo; qué más da, todo es un juego. Y este no es de Tronos, sino de destronados...
(No he podido remediarlo, sigo quejoso)
...................
© J.R. Ortega, 2014

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La noche, mi sexo y tú

Dibujo de tema onírico con desnudo masculino y tres rostros de hombres (¿el mismo?) fundidos en ave con las alas desplegadas sobre el paisaje familiar de Figares
(© J. R. Ortega, 2007 Tinta sobre papel, Serie dibujos secretos)

                     Hoy bajé por el río de la noche
                     con el roble endurecido y recto
                     al triangular abismo palpitante,
                     tierna sonrisa vertical del sexo.

                     Hoy bajé por maduras tierras cálidas,
                     pantanosas riberas deyectantes,
                     al centro de tu universo de células
                     impelido por un volcán de sangre.

                     Hoy bajé por el nivel de tu cuerpo,
                     rasante, en vuelo picado de besos
                     y sembré hondamente tus praderas
                     subterráneas con perlas.

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© J. R. Ortega, 1972

martes, 16 de diciembre de 2014

Tatus, tattoos... tantos, tontos

(el recibo del tatu, la lista de la compra...)


                              Es todo cuanto pueden leer, los tatus-escritos. Esa moda horrenda de tatuarse la piel con leyendas (y no de pasión precisamente) en letras góticas, chinas, foráneas, numerales y cardinales, lo mismo da, con tal de llenar medio torso musculado, el brazo –derecho o izquierdo, nunca los dos a la vez-, vientre, polla, piernas... y les queda inscribirse la declaración de los derechos humanos en el esfínter, previamente decolorado. La moda.
Ya no bastan con los enrevesados dibujos y grecas vikingos, celtas, galácticos o grecorromanos... No, ni tan siquiera los coloridos dragones, quimeras u otras bestias del panteón del muestrario de la tienda de tatuajes, o un potaje de variadas imágenes y textos en negro, azul, rojo y verde... Los colores preferidos.
Gimnasio especializado para fortalecer los músculos a tatuar después, para modelar los músculos del tatuaje predeterminado, clónico.
Tiempo atrás se llevó la moda aquella de la delgada greca, cadeneta o cinta alrededor del hombro y bíceps como un falso sujetador-pulsera. El más difícil todavía por el más extravagante, que no el más original, porque todos lo copiaron en sus carnes. Cuerpos clones-tatuados. Culto a la belleza (así, en minúsculas) serigrafiada, seriada, musculada, de horma, de gim recién sudado. Miles y miles de modelos iguales. Fotos, se diría la misma, del mismo cuerpo con diferentes caras...
Y pensar que hace cincuenta años yo mismo pensé en hacerme un pequeño tatuaje en el dorso de la mano izquierda, un símbolo zodiacal: el de Leo. O, igual que la otra moda de llevar pendiente, que siguió a mi horadarmiento –me dolió una barbaridad- de oreja izquierda (de activo, la derecha se la perforaban para los pasivos) para llevar un pequeño aro de oro, en símbolo de amor por alguien que nunca lo mereció. Agujero semitaponado ahora, cicatriz del alma visible solo en mi oreja... ¡Ay!
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 © Juan Rodort, 2014

lunes, 15 de diciembre de 2014

Fumando espero al hombre que yo quiero...


(Quinn Cristopher Jaxon desnudo ante una escalera de mano de madera sobre la que apoya la polla tiesa)

                              Mi querido amigo, me tienes muy, pero que muy preocupado desde la última conversación. Yo no sé si estabas de broma, pero me pareció que no. Y eso es lo grave. Que no eras tú, no parecías tú el que hablaba. No el Carlos que yo conozco. No el que creía conocer. Ya sé. Todos cambiamos. Yo he cambiado. Mejor dicho, no he cambiado en lo sustancial. Mi aspecto sigue su camino, como las horas del reloj biológico ese que llevamos colgado en alguna parte, pero mi yo me parece que no ha cambiado, sigue siendo el mismo y más amplio con los añadidos adiposos de los últimos años. Pero el Pablo aquel de nuestros años dorados -cuando tú y yo éramos dos felices tortolitos- sigue aquí dentro, haciendo algunas tonterías cuando se tercia, sacando los pies del plato, a mis la-tira-limonera-de-años...

Eso no tiene nada que ver. En lo que se nota es en la cantidad de achaques que se me van acumulando. Esos no perdonan. Me levanto todos los días con alguno nuevo. Ya me gustaría que fuesen millones de euros o dólares cada día en lugar de dolores nuevos...
Miro mis manos con las gafas de cerca y me las veo arrugadas. Hace tiempo que las gafas las utilizo para leer y cosas muy precisas. Prefiero mirar con turbidez las cosas que aparecen ante mis ojos, como la media de seda que le ponían delante del objetivo de la cámara cinematográfica para que enfocase difuminado al auténtico rostro de doña Sara Montiel... siempre terso y sin arrugas (esperando, sentada en la cheslón, fumando un faria...).
Pero tampoco es de eso de lo que quería hablarte...

Preocupado me tienes. ¿Qué es eso de que estás en “relaciones” con una mujer? ¿Mujer biológica, auténtica mujer-mujer? Pues chico, no lo entiendo. O el golpe que te han dado en la cabeza ha debido ser muy fuerte o ya me dirás cómo has llegado a ese extremo...
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© Juan Rodort, 2012

domingo, 14 de diciembre de 2014

Tu cuerpo

Clásica foto en blanco y negro de un desnudo masculino de cuerpo entero de espaldas
(http://cdn.gayboystube.com/galleries/504bf2b584f06/9.jpg)

Quisiera sentir tu cuerpo apacible,
aquel gran dios rubio que tuve un día
suspendido en duda de no saberse
                                                  ni saberme abrazado,
cuando tu sonrisa fue puerta franca
de mis dedos cabalgando el paisaje
                                                    de tu cuerpo reposado,
abierto a la mañana de mis brazos.
Ahora se que no habrá cuerpos que alberguen mis caricias.
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© J.R. Ortega, 1979

sábado, 13 de diciembre de 2014

Incesto: ¿hacer un cesto de paja?

Ver para creer
(http://www.redtube.com/gallery/7174#pic=172604)

                 Mi hermano Ramón me adora, desde siempre, es un coleguita... ya me hubiera gustado hacer todo tipo de cochinadas con él...
Bueno, sé que eso es una monstruosidad, según como se mire. Yo a Ramón le quiero con locura y él otro tanto, no sé como explicarlo...
Mi hermano es un pedazo de tío, desde siempre. No tengo un recuerdo en el que él fuera un niño o un adolescente, siempre me pareció un hombretón con pelos... ¡ay, pelos en el pecho y por todas partes del cuerpo! Y parecía que se recreaba en que yo le mirase cuando salía del baño enrollado en su toalla. Compartíamos cuarto...
El piso de mis padres, allá por el barrio de Simancas -en los confines de Madrid-, no es que fuera un palacio. No era grande, ni pequeño. Lo justo para los cuatro -mis padres y nosotros dos- y un cuarto de costura que sigue teniendo mi madre; hace vestidos y arreglos no solo a las vecinas sino a una amplia clientela del barrio, incluso hay alguna parienta de las vecinas que vienen desde Carabanchel Alto para que les arregle sus trapitos...
Bueno, al trapo, o al lío -como dice mi amigo Pablo-. Que mi hermano siempre se enseñoreó de una forma creo que muy natural, no tenía reparos en que yo le viese desnudo mientras se cambiaba los gayumbos por la mañana. Él dormía solo con el pantalón del pijama. Yo nunca pude quitarme los calzoncillos en su presencia. Me daba corte. Yo dormía en la cama de al lado, separados por una gran mesilla de noche, y, a veces me despertaba antes que él, con los primeros claros del día y veía el monte que se elevaba en medio de su cuerpo, debajo de las mantas o de la sábana, cuando hacía mejor tiempo... o, simplemente, sin taparse en las noches de verano... Entonces le espiaba antes de que se despertase y me quedaba muy quietecito mirándole la tienda de campaña que tenía montada en mitad del pantalón del pijama, su pecho peludo subiendo y bajando acompasadamente al sueño profundo. Luego se removía como si tuviera un resorte y abría los ojos. En ese preciso instante yo los cerraba y me daba media vuelta. Muy excitado. Pero no sabía que aquello fuese malo, lo sentía así.
No me tocaba ni nada por el estilo; no tenía ni idea de esas cosas, yo era un crío bastante inocentón... Solo que ver a Ramón trempando me entusiasmaba y sentía como un hormigueo subiendo desde atrás de mi culo hasta la nuca...
Inocente de mí, creía que hacerse una paja o que un incesto era algo así como trenzar cestos o capachas de paja o mimbre...
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© Juan Rodort, 2012

viernes, 12 de diciembre de 2014

Paisaje azul en tus ojos

Dibujo de dos figuras masculinas desnudas fundidas en una sola
(J.R. Ortega, 2006 Tinta sobre papel, "Ojos de cielo")


Al paisaje azul de las montañas
dormido el sol cae en brillos siempre únicos.

Hay tantas primaveras colgadas del cielo
que no es sed de piel ya lo sentido, tan ancho
mi corazón palpita esas nostalgias antiguas del viaje;
renovada su música cada tarde, hoy más.

De anochecida tu piel se dilata por campos erógenos,
tu cuerpo y tus ojos tan azules, de un tostado contraste.

Tu cuerpo duro y ocultamente blanco
esperando esta primavera que inicia las corrientes,
los arroyos derretidos y aquellos montes rosa,
aquellos montes planimetriados, multicolores,
como tu piel sobre mis manos.

Como tu cuerpo no se olvida ni el viaje–noche a casa
de una negrura azulina de agujero lunar.

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© Juan Rodort, 2012

jueves, 11 de diciembre de 2014

Aniversario de boda igualitaria


(J. R. Ortega, 2006)


                               Hace ocho años, tal día como hoy, a las nueve de la mañana llegamos al salón de actos del ayuntamiento del pueblo. Nos esperaban tres personas más. En total fuimos cinco los participantes en el evento: La primera boda igualitaria del municipio.

Esa mañana nos levantamos temprano, como cualquier otro lunes. Nada en especial para vestirnos. Ropa de entretiempo, luego haría más calor. Y para aprovechar el viaje, desde el apartado lugar donde vivíamos hasta el pueblo, llevamos el carrito de la compra en el coche. No sería una ceremonia larga: nuestra boda, una cuestión fiscal, sin más. Sin desayunar siquiera, ya lo haríamos después en alguna de las cafeterías del pueblo. En la aldea donde vivíamos no había más que establos y huertos. En total éramos unas quinientas vacas y cincuenta personas... 

El concejal de cultura ofició al otro lado de la reducida mesa del despacho. La habían decorado con un ramo de flores silvestres y un libro de fotos de la comarca, un regalo de boda del ayuntamiento. Y no hubo más porque no quisimos que el ayuntamiento nos montase un circo, como pretendian, con fotógrafos, la prensa... y hasta algún vecino curioso -pensaban anunciarlo- de ver la primera boda gai del pueblo. No, no lo consentimos, pedimos que fuera en un discreto despachito, apartado de miradas indiscretas...
Los dos testigos -en este caso fueron testigas, dos féminas- eran otra concejal conocida nuestra y una vecina suya que no tenía nada que hacer esa mañana... Y nosotros, sentados juntos, enfrente del oficiante que leyó los textos e hizo las preguntas pertinentes... ¿Quién recuerda ahora lo que dijo? Formularios, firmas, parabienes y la invitación al desayuno a los presentes.
El despacho quedó vacío, el ramo de flores en la mesa, el sol inundaba la estancia hasta la puerta por donde salíamos...

Saludos en la cafetería de la plaza, sonrisas medio cómplices de las testigos y el otro concejal-oficiante; estoy seguro que ya todos los presentes sabían o adivinaban lo ocurrido minutos antes. Café con leche para los cinco, tostadas con aceite y jamón para nosotros dos y con mantequilla y mermelada para ellas; el concejal, solo tomó café con leche y sacarina, estaba haciendo un régimen de adelgazamiento.

Saludos y despedidas en la acera. Como dos nuevos esposos (marido y marido) cruzamos la calle para ir al supermercado a hacer la compra. La flamante acta matrimonial en el bolsillo. Y, ya que estábamos allí, aprovechamos para sacar dinero del cajero del banco, tal vez por la tarde nos apeteciera salir a dar un paseo... como viaje de novios.
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© Juan Rodort, 2012

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Pidiendo en la calle limosna de amor

(J.R. Ortega, 2004 Tinta sobre papel, "Ladrillo")


Tal vez un año sea eternidad celular sin ver tu rostro abierto,
heladas manos de olvidadas caricias, suspendidos besos dilatados,
dúctil carne deglutida en antropófagas penas. Tu cuerpo,
escorado el dorso, arrodillado casi en la acera... –hacías tu trabajo-
sublime visión explota en mis sentidos. Un año, desaparecido cuerpo,
reencontrado a medias. Paso de incógnito, sin que me veas. Quiero
tocar tus nalgas recogidas en abierto anuncio de recuerdos,
tu espalda curva sobre el ingenio averiado –es tu oficio-. Paso
en un suspiro por tu lado absorto. Tus ojos no verán mi desmayo;
muerto-caminando, mi corazón quedó volcado junto al tuyo
hace tiempo. Tal vez un año sea eternidad sin ver tus ojos.
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© Juan Rodort, 2014

martes, 9 de diciembre de 2014

Amado mío...

(http://www.modelmayhem.com/list/595611)
Sí, ya se que el joven no está totalmente desnudo, que lleva un recatado calzondillo que le cubre lo "explícito", pero su pose es tal sensual...



Amado mio
love me forever
and let forever begin tonight...

(Amado mío 
ámame por siempre 
y deja que el "por siempre" comience esta noche...)


                              ¿Era el mismo muchacho que conociera en 1976 en Ibiza? No, no podía ser que en 38 años transcurridos él siguiera teniendo aquellos 16 años de juventud perniciosa que me enloqueció... en aquel loco verano de Ibiza.
Y aquí está, en la pantalla de mi ordenador portátil, en una porno-sesión, con cuatro cuerpazos más; dos de ellos, maduros, con barba y pilosidades abundantes. Los cuatro, con músculos para poder comérselos más de una vez al día, durante una semana o más...
Pero él sigue siendo aquel muchacho de 16 años que yo tuve en mis brazos, el mismo que me tuvo en los suyos, porque fue él quien me sedujo...
Y no puede ser que el tiempo se haya detenido. Esta filmación es de hace apenas un año, tal como dicen en los créditos...
Pero los pactos con el diablo deben ser así, atemporales. Y él lleva la marca disimulada en uno de sus tatus... igual al que yo llevo.
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© Juan Rodort, 2014 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Cosas de críos


                                       Una vez tuve un rollito con una titi del cole. Nada del otro jueves, unos morreítos y manoseos. Me ponía cachondo tocarle las tetas. Eran una tetitas pequeñas y duras, sin sujetador. Éramos dos críos, como todos. Hacíamos campeonatos de tetas con las tías de clase. Uno se las medía y otro iba apuntando. Ellas se dejaban hacer muy orgullosas para ver quién era la que tenía más delantera. Cosas de críos.
También había un chaval que me ponía tope. Era verle y sentir como un ahogo. Algo distinto a lo que sentía al ver desnudo a mi hermano Ramón. Pedro era otra cosa. Me ponía nervioso a su lado, sudaba por las palmas de las manos, tartamudeaba y eso me encorajinaba no veas, cantidá. Es que había que demostrar que éramos unos machitos.
Pedro decía que solo le iban las tías. Me lo dijo la noche en que intenté meterle mano al paquete. Joder, lo tenía a güevo, solo estirar mi mano y estaba encima de su polla, en la otra cama. Y la tenía dura, ¡encima! Una tontería del verano.
Sus padres tienen una casa en el campo, pasado Cogolludo (jo, que nombre también el del pueblecito). En verano me invitaban o, yo solo, me agregaba a la excursión. Tenían piscina, el agua estaba fría de cojones, pero yo a lo que iba es a ver a Pedro en bolas. Nada, no hubo manera de verle despelotado, solo en bañador o en la cama, con el calzoncillo puesto, que no se lo quitaba nunca. Lo llevaba de esos pequeños, ajustado y que me mareaba verle el culo apretado y todo aquel paquetazo. Hay que ver, no es que yo no tenga lo mío, pero ver el paquete de Pedro me ponía a cien. Él lo sabía. Dormía encima de las sábanas en calzoncillos y por las mañanas se levantaba con la tienda armada. No veas. De morirse. Pues nada...
Un sábado que hizo un calor bochornoso estábamos acostados ya hacía un buen rato, cuando le oí respirar profundo. Miré la sombra de Pedro recortada en una tenue claridad de la ventana, abierta de par en par. ¡Joder!, mi mano salió disparada a tantear el terreno...
El muy cabrito estaba despierto y esperando que yo hiciera eso precisamente para decirme: “Oye, que a mí solo me van las tías” y darse media vuelta y dejarme de lo más cortado. No pude mirarle a la cara a la mañana siguiente. Todo el domingo escaqueándome para no estar juntos.
La vuelta a Madrid fue en silencio por mi parte. Luego se pasó el verano, volvimos a clase y no hablamos nunca del suceso. Pero a mí se me quedó bien grabado... Pedro fue mi primer gran amor.
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© Juan Rodort, 2012

domingo, 7 de diciembre de 2014

Policía del sexo


(Quinn Cristopher Jaxon desnudo con botas u sombrero de vaquero haciendo el gesto de disparar con imaginarias pistolas. La polla lacia pero morcillona ¿será objeto de censura de Blogger?)

                              Pero dime, ¿qué te ha impulsado a cambiar tan radicalmente? ¿Lo has hecho? ¿Cuántas veces? ...¿A que parezco tu confesor?
Esa es otra. Ya hace tiempo que me hablaste de tu “reconciliación” con la religión. ¿Qué religión? Nunca te creí muy religioso. Sí con tus peculiaridades santeras, esas que todas las maricas llevamos a cuestas de una forma natural. Las capillitas, las devociones a los santos desnudos... Pero de ahí a meterte en la boca y el estómago del lobo...
¿Qué te han hecho? Mira que todavía es tiempo de replantearse el camino, mira que luego terminarás apaleando maricas en los parques (que, por otro lado, se lo tienen muy bien merecido por capullos e insolidarios).

¿Que has encontrado el amor con una mujer? Esos misterios son así. No me voy a dejar ir por la misoginia, no. Yo, en mi más tierna juventud, tuve encandilamientos con mujeres que me parecieron el amor de mi vida. No lo fueron, era mi eterna búsqueda del amor. Y me encontró, sin buscarlo... No hace falta que te repita que mi actual relación con Manuel funciona estupendamente. Por esa parte te puedo comprender, por tu necesidad de completar tus afectos. Pero no porque tengas que dar la cara. O que tu mamá te lo “exija”. Las mamás son así...

No sé por qué me acuerdo ahora de la historia con aquel chulazo masoquista... y, por supuesto, de nosotros como pareja abierta. La escena sado -que no tiene desperdicio- en el sótano de tu casa... Cuando saqué un cepillo de raíces que tenías para quitarle el barro a tus botas y se lo pasé por los güevos al chulo -un muchachito masoca que tú te habías ligado o al que le habías pagado, no quiero saberlo ahora- que teníamos sujeto al sling con los ojos vendados mientras nos gritaba más, más, como un poseso...

Perdón, perdón si ahora no quieres oír o leer estas cosas... Ya es historia, Carlos. Pero también es mi historia... y no por eso me he vuelto heterosexual de golpe.
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© Juan Rodort, 2012

sábado, 6 de diciembre de 2014

Violación (en traje caqui)


Con el uniforme puesto

Quemé su cuerpo
solo con mirarlo
y ya no tuvo fuerzas
para huir de mí.
Le destrocé con mis caricias,
a flor de piel su sangre
irritada por mi contacto.
Desgarré el velo virginal
y ultrajé su castidad viril.

Aquel mozo avergonzado y desnudo
junto a mi piel,
compartiendo un mismo lecho,
una boca y un solo abrazo.
Su sexo junto a mi sexo
en sábanas de mortaja
para su espíritu abatido
y nuestros cuerpos agotados.

Noche eterna en un instante,
cuando penetré su piel
calurosa y fugitiva;
en la fusión del movimiento
arrítmico de los quejidos, su voz.
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© J.R. Ortega,1972

viernes, 5 de diciembre de 2014

Con unas copas de más...

(Quinn Cristopher Jaxon)

Con unas copas de más...

                         El Pablo Urabayen que conocí en el verano de 1976 en Ibiza era el típico tío que cuando tomaba cuatro copas seguidas te echaba el brazo por el hombro y se ponía melancólico. Con veinte copas era un desastre y tenías que despegártelo de encima, apartarle la cara –se ponía en plan besucón- con un aliento que de solo olerlo ya te embriagaba de la carga etílica que emanaba. Y que debías llevarlo hasta su hotel y acostarlo después de sostenerle la cabeza en el baño para que echara la pota a gusto... En las copas intermedias, entre la cuarta y la vigésima, llegaba un momento en que te metía mano descaradamente o te hacía proposiciones indecorosas sin importarle el lugar donde nos emborrachásemos -casi siempre era el mismo bar, una mierda de sitio-. Nos conocían. Clientes asiduos una noche sí y la otra también. Pero la forma de ser de Pablo, a pesar del pedo que se agarraba cada noche, le caía bien a todo el mundo, creaba un halo de indefensión y no había más remedio que protegerle –de sí mismo-. Él era así cada vez que tomaba una copa de más... o sea, a la quinta; era la vencida, sistemáticamente...

¿Quién era este Pablo Urabayen que tenía enfrente mío diez años después?
Los mismos ojos grises azulados, el mismo corte de pelo crespo y muy corto, la misma sonrisa ligeramente ladeada a la izquierda, mostrando un colmillo de forma casi traviesa... Pero esta cara en nada concordaba con el mastodonte que había debajo... De un volumen multiplicado, en nada parecido al enjuto y nervudo cuerpo de Ibiza. ¿En tan solo diez años? Y, sí, era él, de eso no cabía duda. Y, lo peor de todo...
(¡Lo odié al momento que hizo el ademán!)
Este Pablo Urabayen de hoy arrastraba un gallinero de plumas locas al más mínimo movimiento de sus manos, acompañando cada gesto con palabras de tono impostado y siempre terminadas en femenino...

¿Y con este tío me había acostado yo hace diez años?
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© Juan Rodort, 2014
(Quinn Cristopher Jaxon)