domingo, 30 de noviembre de 2014

Con la mano derecha... (uno)


Con la mano derecha...

Con la mano derecha tomo el bolígrafo de tinta negra para escribirte estas líneas, lo mismo que hace unas horas empuñaba la dura verga del muchachito de enfrente...
¿Por fin se decidió!
Vino anoche, sobre las once pasadas, amparado en la oscuridad (¡!)-es un decir, porque un derroche de farolas iluminan esta calle y la plaza de atrás-.
Oí dos timbrazos cortos en la puerta de la calle y, extrañado, abrí, no dando crédito a mis ojos ni a mi polla que se puso tiesa al momento...
El muchachito de enfrente. Es un decir lo de muchachito, es un pedazo de tío, con barba ya cerrada y esos 18 años bien surtidos de todo lo necesario para darse un buen atracón de carne fresca...
Le hice pasar aprisa y cerré la puerta. Nos quedamos en el vestíbulo, uno enfrente del otro, sin palabras. Llevaba puestos unos vaqueros de esos que el culo se le sale, que asoma bajo los calzoncillos blancos con la goma negra –unos Calvin, por supuesto- bien a la vista, un chaquetón de piel abierto a pesar del frío de la noche y una camiseta de manga larga de color crema con letras en no se qué lengua que le marcaba el pecho agitado; los clásicos tenis de la misma no-se-qué marca con calcetinitos cortos blancos... Y su cara colorada por el frío, por la carrera o por la emoción. Su boca entreabierta no acertaba a decir nada, solo resoplar...

La calefacción estaba puesta a tope, le hice pasar al salón que era lo más caliente de la casa. Mi equipo estaba aún conectado a internet, con la pantalla detenida en una escena de peli-porno-gai... Se quedó mirando la pantalla y noté como su bragueta se abultaba a ojos vista. Así que le saqué la chaqueta y la camiseta. Él se dejaba hacer. Los pezones erectos y jugosos, sonrosados y turgentes, con pelitos entre los pectorales y en los sobacos... negros como su pelo despeinado y su barba de algunos días... Sus ojos verdes –o ¿eran marrones?- cubiertos de tupidas pestañas le hacían irresistible. Su boca se humedecía de deseo, sin atreverse a pedirlo, estaba esperando que le besara, le tocara, le empalara... Pero todo llegaría a su debido tiempo.
Le di al play de la pantalla y siguieron los jadeos de los dos tíos, uno comiéndole el culo peludo al otro. Los dos peludos y sudorosos. Él no apartaba la vista de la imagen. Le senté en mi silla, delante de la pantalla, y empecé a acariciarle lentamente el pelo, el cuello, los hombros –se estremecía a mi  contacto y su piel se erizaba-, bajé mis manos hasta sus tetillas y jugueteé con los duros pezones. Me deslicé frente a su cara y le besé fuertemente en la boca, metiendo mi lengua en su caliente saliva y moviendo su lengua con la mía, lamiendo sus labios, su cara rasposa y caliente...
Él tenía los ojos cerrados. Le alcé y abracé su cuerpo... Era fuego. Besé cada rincón de su piel desnuda y fui bajando hasta los pelos de su pubis que sobresalían del Calvin, ensortijados y negros.
En rápidos movimientos le desabroché el cinturón del pantalón y lo bajé... ¡Qué bulto! Tenía su calzoncillo un cerco húmedo, encima de su polla, lo chupé y mordí. Le bajé del todo los pantalones y le cogí a dos manos por los cálidos glúteos, metiéndole mis dedos en su ardiente raja –la sentí húmeda-, mientras restregaba todo su paquete en mi boca, mojando más los Kalvin con mi saliva... hasta que le saqué los pantalones, quité los tenis y bajé su empapado calzoncillo hasta el suelo. Quedó desnudo, solo con los calcetines puestos y la verga bien tiesa, enorme para su proporcionado cuerpo musculado –irradiaba fuego-. Le di la vuelta y metí mi espesa barba y la lengua por entre sus nalgas redondas y duras... gimió ahogadamente. Otra vuelta y engullí su polla chorreante hasta lo profundo de mi garganta. Hice un fino trabajo con la lengua –se estremecía de placer-, mientras palmeaba sus glúteos y le pellizcaba los pezones tratando de que no se me corriera anticipadamente... Lamí su capullo rojo y jugoso con la punta de la lengua, chupando sus huevos peludos...
Agarré los cojines de la tumbona y los eché sobre la alfombra; le hice tumbar encima y yo caí sobre él, pero antes me había arrancado mi ropa a tirones, casi desgarrándola, dejándola dispersa por el suelo.
Los dos desnudos, tumbados sobre la alfombra, con la película de internet jadeando por encima de nuestras calientes cabezas. Se la seguí chupando, ahondando entre sus muslos vencidos y abiertos, dando vueltas detenidas en sus redondos y duros glúteos, girando adelante por su vientre, sus pezones, su boca... volviendo a su espalda... Le metí un dedo por el culo, que ya lo tenía bastante abierto y jugoso.Se lo comí –en profundidad- alzando sus piernas en una uve de vencido...
.......................  (continúa)
© Juan Rodort, 2010

sábado, 29 de noviembre de 2014

Con la mano izquierda...



El vecino de la ventana de enfrente
(Con la mano izquierda...)

Su mano acariciaba distraídamente su piel, donde se apreciaba la línea que el sol del no muy lejano verano dejó marcada bien por debajo de su ombligo. Los zarcillos negros de espeso vello se enredaban en sus dedos.
Mientras se acariciaba miraba su cuerpo desnudo en el espejo que descansaba en una esquina de su cuarto. Justo al lado de la mesa donde el ordenador permanecía encendido, con imágenes masculinas que se movían espasmódicamente, bajo la ventana. Hoy no bajó la persiana. Y el foco de luz que acariciaba su piel se veía perfectamente a través de la delgada cortina.
Lentamente se giró mientras miraba el perfil de sus nalgas. ¡Qué éxito en la playa este verano! -pensó mientras los dedos de su mano izquierda resbalaban hacia el interior de los glúteos-, con su bañador mínimo de licra blanco dejó a más de una con la boca abierta. Le gustaba salir del agua sabiendo las sombras que ese pequeñísimo tejido le remarcaría por detrás y por delante. Él prefería hacerlo delante de los hombres que paseaban a la orilla del agua, sobretodo si eran peludos y maduritos. Su perdición. Y si encima eran de los que llevaban la cabeza rapada... En esos casos no podía evitar que una ligera erección se notara en el bulto de su bañador, lo cual, teniendo en cuenta lo mínimo del taparrabos, podría ponerle en un apuro cuando llegara hasta el grupo de muchachos con los que había ido a pasar el día de playa. Siempre podría decir que se había cruzado con dos chochitos, de esos que llevan las tetitas al aire. Entre machos esas cosas se comprenden...
Pero él lo tenía muy claro, aunque solo en su imaginación. En realidad, nunca se lo había montado con ningún tío, ni tan siquiera con alguno de los compis de clase, y eso que había uno que... no sabría decir.
Desde hace unos días venía notando una extraña sensación cuando llegaba a su casa y se encerraba en su cuarto sin querer saber nada del resto de la familia. Se sentía observado. Al principio, la idea le desagradó y bajaba la persiana. Con los días, comenzó a fantasear con la sensación y le dio por pensar, imaginando situaciones cargadas de sexo con hombres... y se masturbaba, mientras veía imágenes porno en alguno de los muchos portales gais de internet. Por supuesto en estas ocasiones cerraba con pestillo la puerta de su cuarto.
Su cuerpo ya estaba totalmente formado, un cuerpo terso, de músculos suaves, en el que el vello corporal anunciaba su abundancia futura. Su cara afeitada denotaba sombra de una espesa barba, de su ancho pecho brotaba un pelo sedoso, resbalaba muy negro hasta el ombligo, rodeándolo para llegar en una línea fina hasta la más espesa que cubría una polla grande, gorda y morcillona. Muy juntos a ella, un par de buenas pelotas aparecían forradas y turgentes. Y las piernas, fuertes y peludas hasta el empeine de unos pies firmes y seguros, de dedos sensuales... Desde la base de la espalda, morena hasta el crecimiento de las nalgas que aparecían claras en contraste por efecto del minúsculo bañador que había evitado que el sol las tostara, un vello suave recorría un culo redondo y duro.
Delante de la ventana abierta acariciaba su cuerpo, mirándose en el espejo mientras imaginaba escenas que incluían a un supuesto voyeur que le observaba desde no muy lejos. Quizás algún vecino de enfrente de la Colonia.
A medida que las escenas imaginadas se volvían para él más consistentes, su polla reaccionó hasta quedar totalmente tiesa. De su cuerpo entero se desprendía un intenso olor sexual. Cerró los ojos y ante él apareció su amante soñado...
Escenas y posturas pasaron por su mente. Las imágenes mil veces vistas en la pantalla del ordenador, en donde los personajes se intercambiaban con su cuerpo, se veía a sí mismo rodeado por hombres peludos que le dominaban y le obligaban a comerse sus enormes pollas. Se veía atado, bocarriba, con los brazos y piernas en alto mientras era empalado sucesivamente por varias pollas en la boca y dentro de su ano; las sentía como bombeaban poderosas. Sintió como en oleadas iban derramando su leche por todo su cuerpo, dentro de sus orificios dilatados... Pero todo aquello quería sentirlo de verdad.
Abrió un cajón de su mesa y encontró lo que buscaba...
Su ano no necesitaba ya más lubricación que un poco de saliva.
El grueso cirio de Semana Santa le entró casi un palmo... y era tal su excitación que en el mismo instante un chorro espeso salió disparado de su polla para estrellarse contra el espejo... Otras dos o tres convulsiones más cayeron en el suelo mientras con su mano derecha tapaba su boca para silenciar un inmenso gemido de placer...
Abrió los ojos y, en ese mismo momento, a través de la ventana, con la cortina descorrida, comprobó que lo que sentía en estos últimos días era algo más que una sensación... Al otro lado de la plaza, a través de otra ventana, alguien le observaba con prismáticos...
Aquel desconocido ¿desde cuándo estaba allí? ¿Había estado mirando desde el principio de su chou?
De un estante agarró sus prismáticos y, enfocándolos a la ventana de enfrente, vio claramente al hombre que aparecía en sus sueños... el mismo.
Se sobresaltó y dejó de mirar. Pensó que el otro cerraría su ventana o se iría de ella... pero, cuando volvió a enfocar los prismáticos, lo que vio le dejó pasmado...
¡Aquel hombre le sonreía de manera obscena!
Había soltado los prismáticos y, ahora, mientras se agarraba el paquete con una mano, con la otra le hacía señas para que fuera hasta allí...
Aquello era lo que había estado esperado que le ocurriría algún día y ,desde luego, no iba a dejar pasar esta oportunidad...
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© Juan Rodort & La Bestia del Averno, 2014

viernes, 28 de noviembre de 2014

Who wants to live forever

                    ...¿Quién quiere vivir para siempre,
                    quién se atreve a amar por siempre,
                    cuando el amor debe morir?...
                    ¿De todos modos quién espera por siempre?
(Who wants to live forever, Queen)


Un amigo es para siempre‏


Hola, por supuesto que no es lo que quiero que me cuentes, mejor dicho, no quisiera que me contaras esas cosas. Pero sí que me las cuentes. No solo lo bueno sino lo malo, eso es de amigos y creo que nosotros lo somos. Me parece a mi, cada uno con su peculiar carácter y su vida...
Leo en tu carta que estás pasando una mala racha de baja autoestima y esas cosas no se deben permitir. No soy el más indicado para dar ejemplo ni consejos porque reconozco que soy muy cabezón y orgulloso pero no hago daño a sabiendas. Y, a veces, la verdad hace daño. Nosotros nos mentimos los primeros y es porque no queremos asumir el dolor de la verdad. Me figuro que en tu relación has tenido un fuerte choque que te ha marcado pero que eso no es para que sigas pensando que todo va a ser así. No salió como esperabas, ya está. Y arriba. Es fácil decirlo cuando estás fuera de la historia pero ¿qué te puedo decir?
Del "innombrable" mejor ni hablar. Ya es historia ¿no? y hay cosas que debes olvidar sobretodo las que siguen haciendo daño con el recuerdo; no debes regodearte en ellas como un cerdito revolcándose en el fango. Ea, querido, que tú puedes salir de esto y de mucho más.

Respecto al funcionamiento de tus últimas relaciones quizás podrías revisarlas en la distancia para ver por dónde han fallado, a veces tú, a veces ellos... Míranos, nosotros mismos. Antes no estuvimos preparados para una relación y ahora somos amigos, que es otro tipo de relación -es amor igualmente, de otra forma, pero amor a fin de cuentas-. Y tú buscas lo mismo que yo he estado buscando: que te quieran. En mi caso creo que ya lo he conseguido, pero a fuerza de trabajarlo; y aún sigo en ello, para que mi actual relación funcione. Ya te dije en una ocasión que el amor es como un jardín que hay que mimar día a día porque si no, se seca. La pura verdad.

Y cuando veas que no te quieren como tú esperas pues, a otra cosa, que la vida es corta y hay que vivirla intensamente; más vale calidad que cantidad. Y tú, hasta ahora, has vivido intensamente, así que no te quejes...
Si necesitas hablar, me llamas, tampoco cuesta tanto una llamada, sobre todo para alguien que ahora tiene un sueldo al mes...
Y ya vale, que a lo mejor querías que te compadeciera...
Pues no, te doy ánimos para que sigas luchando.
Y un beso muy fuerte.




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© Juan Rodort, 2013

jueves, 27 de noviembre de 2014

A través de la mirilla... y FIN



A TRAVÉS DE LA MIRILLA 

(Escalera interior)
(continuación)

Fantasías reales 
(a tí te podían haber ocurrido también)
 

III 

Los suizos de la moto (casi un drama)

(continuación)



Casi de madrugada llamaron. La policía traía el despojo en que se había convertido el rubio: mojado, sucio, llorando y arrastrando los pies descalzos lo conducía una pareja de uniformados policías urbanos. Le habían detenido cuando merodeaba por las verjas del puerto –no había encontrado un hueco para pasar al agua- y sospechando el estado etílico en que se encontraba, por las pintas y por el aviso telefónico, lo relacionaron y allí nos lo dejaban con toda suerte de recomendaciones y advertencias que yo iba traduciendo al desmoronado gigante suizo.
Acostamos al maltrecho desastre rubio y yo aproveché para despedirme. Agradecidísimo me dio sus datos, teléfono y dirección por si alguna vez me pasaba por Suiza. Thomas, ese es su nombre, me dijo que al día siguiente volvían para Suiza, a su pueblo; las vacaciones ya habían acabado con él. Nos despedimos.

Al salir del hostal vi la máquina poderosa, reluciente a las luces nocturnas ignorando la casi tragedia. Me despedí de ella, no la volvería a ver más y pasé mi mano por su chasis húmedo...
Me encaminé en dirección a Las Ramblas hasta llegar a mi casa. Subí como un sonámbulo y caí exhausto en mi cama. Dormí hasta el mediodía siguiente. Tenía una uña rota.
………………………. 


Definitivamente Manuel se ha convertido en un abducido por la rubia. Les he visto bajar, he llegado tarde a la mirilla, solo a él. Su cara redonda y espesas cejas negras, sus ojos ausentes, su pelo ondulado… Luego, en el balcón he visto salir a la rubia. Todo el tiempo ha sido ella la causante del cambio en Manuel. Él ha salido detrás, como un perrito faldero. Ligeras calvas en la coronilla y un aire de zombi… Este chico está perdido. Es un hétero convertido.

La mirilla la utilizo cada vez menos.


Esta mañana bajó Jaime, solo y con modelo fashion veraniego. El chico no está mal, pero su caminar tieso, como a saltitos, moviéndose a un lado y otro como un paso de semana santa le descalifican. Y no está mal. Se cuida, pero como hombre es toda una señorita masca-chicle.
Y Giuseppe, después de su vuelta, está cambiado, huraño, extraño. Casi se oculta.
Los de abajo siguen desconocidos.
Creo que voy a mudarme de sitio. Ya no es divertido mirar por la mirilla y sí patético. Yo mismo me encuentro así. Y eso es algo que no voy a permitir.
……………………….


NOTA:
Conocí a los de abajo, una marica antigua de mucho oro y cadenas al cuello; viene “de vez en cuando”, él tiene otro piso más grande, mejor, más caro...
Jaime resultó ser una Drag Queen de las noches sevillanas; actualmente se mudó al primero, debajo de Giuseppe, que está de vacaciones y se le han secado las plantas, le han robado la bici del portal y el chulazo que venía a regar no aparece...
En el ático derecha cambiaron a Manuel por otro amorfo con rubia dominante. Y encima mío vino un gordito plumero con perrito lulú... Todo un cuadro.

Todos están ahora de vacaciones. Esta noche solo oí llegar al de aquí abajo y me parece que sale en este momento...

Estoy mirando otros apartamentos que tengan algo más de alegría que oír un cortafríos a las ocho de la mañana en la obra de enfrente o palabrotas “cariñosas” de los vecinos que viven al lado de esa obra mientras cenan a la una de la madrugada:
-“¡¡¡Niño, cómete las cabrillas* de una vez!!!”- (voz airada de la madre)
-“¡¡¡Que no me gustan...!!!”- (voz llorosa de crío muy pequeño)
-“¡¡¡Pues como no te las comas te voy a moler a palos...!!!”- (voz aguardentosa del padre) 

Pena de barrio.

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(*): especie de caracoles
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© Juan Rodort, 2008-2010


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Los suizos de la moto (casi un drama, 2)



A TRAVÉS DE LA MIRILLA 

(Escalera interior)
(continuación)

Fantasías reales 
(a tí te podían haber ocurrido también)
 

III 

Los suizos de la moto (casi un drama)

(continuación)

Amaneció. Todos teníamos prominentes erecciones. Dormían los tres. Me incorporé para disfrutar de las vistas. Nunca antes tuve un espectáculo tal, en vivo y en directo. Les toqué a todos sucesivamente para no despertarlos, pero al rozarles el sexo lo hicieron a medias. Balbuceé un buenos días. Pero siguieron dormidos, menos el rubio que se levantó para ir al lavabo. Le seguí cuando salió y, desnudos como estábamos, nos abalanzamos uno sobre otro con ferocidad besando, palpando, lamiendo y finalmente terminó sentado sobre mí que lo tenía totalmente empalado sentado a mi vez en un sillón de la habitación contigua al baño. Él se movía con lujuriosa rapidez hasta que los dos nos corrimos al tiempo. Le tuve que tapar la boca con la mano para ahogar sus gritos. Fundidos en un abrazo pringoso con mi polla aún dentro de él nos besamos lentamente. Después nos metimos bajo la ducha y allí estábamos ya aclarándonos el jabón cuando la puerta se abrió y apareció su amigo en calzoncillos y cara de mosqueo. Le propuse una ducha conjunta y declinó la oferta, salió. Nos secamos y volvimos a la habitación. Mi amigo seguía dormido. El gran suizo estaba casi vestido y decía que tenían que irse ya. Su amigo le siguió dócilmente, no se pararon a desayunar. Jordi se despertó y no entendía que estaba pasando. Yo nada le dije de lo ocurrido antes en el sillón. No sé si el otro suizo nos estuvo espiando, creo que no, porque si nos hubiera visto follar habría habido una buena bronca… Bajé a abrirles el portal, se marcharon calle abajo camino de Las Ramblas.
Y yo subí y ahora sí que dormí hasta el mediodía en que me despertaron unos largos timbrazos. Me asomé al balcón y… ¡El gran suizo solo, con la moto! Totalmente equipado de cuero y otro casco en el brazo. Jordi bajó a abrir mientras yo me vestía y, sorprendidos, vimos al gigante en cueros que venía a llevarme a hacer ¡¡¡el circuito de Montjuic!!! Entonces caí en la cuenta, que en nuestra charla del día anterior yo les había comentado mi pasión por las motos y ese deseo antiguo de hacer el circuito en moto, como en las grandes competiciones. Seguía sin entender la relación entre ese irse mosqueado por la mañana y la vuelta a mediodía para homenajearme de aquella manera. Y... ¿dónde estaba el rubio?
Traía un casco que me venía bien y un cinturón protector de riñones que me puso, ante la perplejidad de Jordi, que ya si que no entendía nada de nada de lo que pasaba, y el asombro de los vecinos al verme subir a aquella poderosa máquina altísima –tuve que saltar para conseguir sentarme a la grupa de aquel centauro, porque al subirse formaron un todo, máquina y motorista, todo estaba a su medida-. Me aferré a su cintura y así, los tres, (máquina, motorista y yo formando un solo bloque) salimos disparados calle arriba para encontrar las avenidas y la montaña de Montjuic. Le iba indicando las direcciones de las calles en un francés-inglés inventado.

Mi corazón galopaba al ritmo y velocidad de la máquina que me hacía girar a un lado u otro según las curvas. No sé si pasó una eternidad o un segundo, porque si al subir primero por el lado del Pueblo Español fue una alegría histérica, al bajar por la Font del Gat llegó a ser casi un orgasmo. ¿Cómo explicar después de tantos años qué sentí en aquellos momentos? Yo estaba allí. Subí como arrebatado al séptimo cielo y bajé igualmente con un vértigo que me subía de la pelvis a la garganta. Y fundido con el calor y la vibración del cuerpazo de mi centauro-auriga. No fui consciente de la admiración que nuestro paso causó en los paseantes. Disfruté cada instante saboreándolo para que no se me olvidara y no bien pensaba en esto cuando ya habíamos bajado la montaña en una carrera vertiginosa. Sentí la velocidad por mis venas. Me sentí máquina. Y, por fin se
 hizo realidad mi antiguo sueño de hacer el Circuito de Montjuic. Tenía la garganta ahogada de emoción.

De vuelta al portal le di las gracias, el casco y el cinturón, que eran de su amigo. Sin más salió disparado tras una breve despedida. (Pero no sería una despedida todavía, ahora viene el drama, una tragicomedia, mejor dicho).

A media tarde, no había salido de casa, paralizado todavía por la excitación del viaje, oigo insistentes timbrazos desesperados que me sacaron de mi recién empezada concentración. Jordi se había ido después de comer con un hasta luego que bien podría ser para un rato o por unos días.

Abajo estaba el grandón suizo. La cara muy preocupada, el trompicón de sus palabras se traducía en que su amigo había desaparecido no sin antes amenazarle con que haría algo gordo, una tontería pensó, porque por lo visto cuando llegó al hostal después de llevarme al circuito el rubio estaba un poco ebrio. Todo había empezado cuando se fueron esa mañana y al llegar al hostal le pidió su casco y cinturón para venir a darme el paseo en moto. Ahí el rubio estalló en gritos de reproches, que él estaba enamorado de mí -él, el grandote, el buenazo de hombre que no sé como podía soportar a la histérica que resultó ser el rubito provocador-, que se mataba si no me dejaba en paz... Y había desaparecido...
¡Inaudito! (Pero así es la realidad, totalmente fantástica).

Inmediatamente nos pusimos a buscarle por los lugares que habíamos visitado juntos. Preguntamos y, sí, le habían visto muy borracho no hacía mucho por la zona. Seguimos buscando y finalmente pensamos que volvería a dormir la mona al hostal. Así que para allá nos encaminamos sin encontrarle tampoco allí. La máquina estaba aparcada a la puerta y no podía despistar al borracho de dónde estaba el hostal. Traté de consolar al grandote -consolar, no meterle mano-, escuchar sus quejas... que no era la primera vez que le montaba semejante pollo… que ya estaba un poco harto y a la vuelta en Suiza pensaba dejarle. Se calmaba ya cuando la puerta de la habitación se abre súbitamente y nos encuentra sentados en una de las dos camas… hablando. Pero su desvariada cabeza hizo otra historia y empezó a destrozar todo lo que encontraba a su paso, mientras gritaba en su lengua –suizo o alemán- palabrotas que no hacía falta traducir porque sus ojos lo decían todo. Incluso en ese estado era apetecible... No sé de dónde sacaba las fuerzas, entre nosotros dos no pudimos sujetarlo. Rompió el cabecero de la cama donde nos encontró sentados, desparramó sus cosas por la habitación y corrió al balcón para tirarse… Imposible sujetarlo. El amigo, con su corpulencia y yo mismo, más grande que el rubio, no dábamos abasto a forcejear y a cada intento para inmovilizarle se zafaba imprecándonos obscenidades. Finalmente, descalzo y sin camiseta, pues habíamos tratado de acostarlo para que se calmara, salió corriendo de la habitación dando gritos –traducidos por su amigo era que se iba a tirar al mar-.

Yo no me podía creer lo que estaba pasando...
El dueño del hostal subió ante el escándalo, casi lo tira al pasar el rubio loco saliendo escaleras abajo, yo me retrasé en la persecución intentando calmar al hombre dando todo tipo de explicaciones: que habían discutido y el chico estaba algo borracho, que no era nada, solo unos gritos, disculpas en nombre del suizo grandón… Y a mí ¿qué coño me importaba todo esto? El hostelero no estaba convencido y sí dispuesto a llamar a la policía.
Pero finalmente lo haría yo, tras la entrada del descompuesto grandullón que regresó de la persecución diciendo que lo había perdió de vista por las calles, que había ido hasta el puerto encontrando la verja cerrada y que eso le hizo volver al hostal pensando que el camino al mar estaba cortado para la amenaza del loco etílico y que tal vez así volviera al hostal... Esperábamos discutiendo ya con el hostelero un plan a seguir y llamé a la policía urbana para explicarles el caso, sin dar muchos detalles, que había bebido un poco y, como no está acostumbrado a beber, le habrá sentado mal y estará descontrolado… Agucé el ingenio para no aparecer implicado. Que yo no sabía nada, solo hacía de traductor.

Ya entrada la noche, no quise dejar solo al pobre suizo que se encontraba totalmente deshecho, otra vez estábamos sentados en la cama, hablando, ya recogido el cuarto y arreglados los estropicios, disimulados más bien. El dueño estaba más calmado, pero los quería fuera a la mañana siguiente…
Y yo allí en medio...

................................   (continúa)

© Juan Rodort, 2008-2010



martes, 25 de noviembre de 2014

Los suizos de la moto (casi un drama, 1)


A TRAVÉS DE LA MIRILLA 

(Escalera interior)
(continuación)
……………………… 
Anoche subió Manuel con su chica, pero me pareció otra -morena- y él, más pequeño e insignificante. Esta mañana he oído las diferentes puertas abrirse y cerrarse y no he tenido la intención de mirar. Imaginaría historias con ellos, entre ellos, pero nada de eso es real. La realidad siempre es más increíble, por eso no me creen cuando cuento anécdotas como esta otra: 

Fantasías reales 
(a tí te podían haber ocurrido también)
 

III 

Los suizos de la moto (casi un drama)

Vivía en Barcelona en un piso de alquiler cerca de Las Ramblas. Allí comenzó esta historia.


Tenía una relación -según las caseras del piso, dos ancianitas que vivían en el mismo edificio: “ha venido su amigo, el fijo”, decían de él-, una relación fija bastante abierta. Jordi venía y se marchaba inesperadamente, liberal y celoso al mismo tiempo. En una de estas ausencias me fui a pasear por Las Ramblas, era casi mediodía y el sol de principio del verano no calentaba en exceso, ni la terrible humedad ambiental era tan pegajosa. Miraba a los paseantes, me miraban a su vez, porque todos formábamos parte del espectáculo.
En la rotonda, enfrente del Liceo, encima del pavimento mironiano, estaba la moto. En medio, alta, descomunal, preciosa en su diseño de la marca BM... (que se me ha olvidado), pero como un esbelto caballo esperando a su jinete. Me detuve a admirarla. El dueño o dueños no estaban a la vista, sí sus cascos colgados de la rueda trasera. Qué seguridad y aplomo ante los cacos tan abundantes por esa zona tras los turistas y forasteros. La deseé, quise tocarla, pero por respeto me contuve. Tenía un contencioso administrativo con las motos desde hacía muchos años. Mi ilusión era poseerlas y pasearlas, pero mi cobardía (y falta siempre de dinero) me lo había impedido. No se cuánto tiempo estuve detenido mirándola desde todos los ángulos. Finalmente seguí mi camino hacia el puerto...
Miraba los cuerpos descubiertos de ajustadas camisetas y calzón corto igualmente ajustados (afortunadamente la actual moda desastre ni se pensaba que pudiera existir por entonces). De frente, subiendo hacia mí, le vi... Rubio, de ojos metálicos y cuerpecito nervudo enfundado en camiseta y pantalón cortísimo dejando poco a la imaginación. Me vio y nos enredamos en la mirada. Me volví y se volvió; en ese instante me di cuenta que un armario de cuatro cuerpos enfundado en cuero motero iba a su lado… y también volvió su cabeza, pero por ver a quién miraba “su amiguito”. Seguí mi camino sin más pensamientos que despejarme con el aire marino...

De vuelta a casa, ya a mitad de calle, me los vuelví a encontrar. Despacio, nos miramos. Un leve saludo y preguntaron por un sitio para comer. Les acompañé el trecho que faltaba hasta mi portal. Justo en el de al lado tenían un pequeño restaurante de comidas rápidas. Agradecidos y sonrientes se despidieron y yo les insinué  que si querían tomar un café, que subieran… indicándoles mi timbre del portal.

Miradas cómplices y sonrisas. Total, que subí a comer y me olvidé de ellos.

Trataba de echar una siestecita cuando me sobresaltó un timbrazo. Miré por el balcón de la calle que era la única comunicación con el portal para ver quién llamaba y ¡sorpresa! Sus cabezas sonriéndome. Bajé a abrirles y en medio italiano-francés nos comunicamos. Y sí, les hice café y charlamos mostrándoles algo de lo que tenía a medio pintar... Gestos de sorpresa: ¡oh, un artista! Y yo sin poder apartar los ojos del rubio joven, bueno no tan joven, al mirarlo de cerca se le veían arrugas, aunque su piel era tersa y bronceada. Su fría mirada estaba llena de deseo y algo más... Al grandullón se le veía más noblote. Él era el que llevaba la moto, mecánico en un Cantón suizo de donde acababan de llegar, después de pasar por la Costa Brava, claro.
Les propuse hacerles de guía por Barcelona, pero a ellos lo que más le interesaba eran las discotecas y bares gays, así que, de todas formas, salimos y les acompañé un rato Ramblas abajo. Se iban al hostal, cerca del puerto, a echar una siesta, porque recién acababan de llegar esa mañana, cuando nuestro encuentro; venían de reservar la habitación.

¿Sus nombres? Ni a los pocos días después lograba acordarme, pero sí que hice algún dibujo, porque el suceso me impresionó. De todas formas quedamos para tomar algo en un café-terraza de Las Ramblas aquella tarde, a la puesta del sol. Volví a casa y allí estaba Jordi, mi amigo “el fijo”. Siempre venía o se iba sin mediar palabra. Ya era una costumbre que estaba aceptando. Le conté lo sucedido y se apuntó a la cita.

De la terraza del Café de la Ópera fuimos los cuatro a cenar algo –invitaban ellos y menos mal, porque nosotros andábamos escasos de recursos-, así que nos dejamos invitar en un restaurantito también cerca de mi apartamento. Reímos y hablamos en ese lenguaje de gestos y medias palabras. Jordi sí que no se enteraba y eso parecía hacerles más gracia. Algo bebidos les propuse tomar unas copas en casa, siempre tenía algo de beber en el frigo pero, no obstante, ellos compraron más alcohol en un abierto las 24 horas cercano.

En casa las cosas se fueron caldeando, así que les invité a dormir allí y montarnos un cuarteto, cosa que el grandote no aceptó, pero sí el quedarse a dormir porque su amigo insistió mucho.

Hicimos amagos de manosearnos, pero siempre el grande se escabullía y terminábamos dos y dos, cada cual con su pareja. Preparé otra cama al lado de la nuestra (tenía otras habitaciones, pero como seguíamos bebiendo seguimos en ese cuarto que se convirtió en una cama gigante que lo ocupaba casi en su totalidad y, a medida que bebíamos más, cada pareja en su cama, el ambiente se caldeó. Todos estábamos muy calientes pero no funcionó. Jordi y yo no seguíamos el ritmo... Los suizos nos obsequiaron con una sesión porno como si no existiésemos, mi amigo estaba detrás del grandote y yo del rubito que, desnudo, sí que era todo un hombre, todo rubio y fuerte aunque delicado, sin demasiada firmeza en los músculos. El grandón lo era en todo y lo demostró, porque era él quien mandaba, el rubio se dejaba hacer y gritaba y gemía (los vecinos debían estar alucinando con los gritos porque yo era bastante discreto y nunca me gustó armar jaleo en la cama).
Al final, Jordi y yo, nos quedamos quietos, mirando la acción, como fuera de su juego, aunque excitados la cosa no terminaba de funcionar entre nosotros –yo deseaba al rubio y no podía terminar de rematar las faenas con Jordi-. Así que miramos a los suizos que, sudorosos y jadeantes se corrieron a grito pelado a la vez...
Teníamos la luz tenue de una lámpara que daba calidez a la alta temperatura que se formó en la habitación y como no era muy grande y casi toda formaba una cama tuve que poner el ventilador y así pudimos dormir, o casi, porque yo no pude cerrar los ojos al principio mirando los cuerpos enlazados de nuestros invitados...

Apagué la luz finalmente. En la penumbra, a la escasa luminosidad que entraba por el balcón de la calle, distinguía sus cuerpos. Avancé mi mano hacia ellos -supuestamente dormidos- y toqué la húmeda piel del rubito que cogió mi mano y se la llevó directamente a la polla. La tenía tiesa y húmeda. Me aproximé a él y empezamos a acariciarnos, hasta besarnos, pero duró poco, el fuerte brazo del otro suizo recuperó su frágil cuerpo que se me escapó de las manos... Aún así, tuvimos espacio para tocarnos las manos. Pero como lo tenían atrapado aquellos fuertes brazos, sin posibilidad de poder arrebatárselo, terminé por dormirme. Jordi ya hacía tiempo que se había dormido, después de masturbarse cuando ellos se corrieron... No recuerdo los sueños. 

................................   (continúa)

© Juan Rodort, 2008-2010


lunes, 24 de noviembre de 2014

¡¡¡Tenía una polla…!!!



A TRAVÉS DE LA MIRILLA 

(Escalera interior)
(continuación)

Fantasías reales 
(a tí te podían haber ocurrido también)

II

¡¡¡Tenía una polla…!!!

Esto fue después del “enaceitado”. La relación con mi “amigo” (el murcianito) acabó totalmente al llegar yo a mi casa de Madrid. Desde entonces salía solo o con amigos y conocidos por los bares de ambiente de Chueca.

Siempre me gustaba hacerlo después del trabajo, tomar una copa en el Troyan's y ver unas pelis pornos en el video de la tercera barra del bar, que me relajaban al ver mis fantasías en imágenes sin sonido –con música disco-. En una noche de fiesta especial, bastante frecuentes y solían reservar la última barra para estos menesteres, estábamos un grupo de amigos apostados en la segunda barra mirando como entraban y salían los de la otra, cerrada para la fiesta; lo pasábamos muy bien con nuestras historias y cotilleos casi sin prestar atención al ir y venir de los lederones de la tercera, parecía una fiesta más íntima que otras de las que se montaban, esta vez no sé si casi desnudos o simplemente con tendencia de ropa (código), sí, o todos desnudos o todos vestidos con algún trapo parecido puesto y los torsos desnudos…
El caso es que miraba a los que entraban y salían de allí sabiendo lo que estaban haciendo dentro y en los servicios del bar. No me interesaba esa noche más que reír un rato y después a casa, solo, que al día siguiente tenía turno de día en el trabajo -fin de semana-. Ya tocaba.
Incluso vi a un compañero de otro departamento, que, al principio, se hizo el despistado al saberse “descubierto”, pero ante mi insistente mirada hablamos sin ninguna explicación al -“pero ¿tú qué haces aquí?” –“pues mira que he venido con unos amigos que me han traído"… tan clásica cuando se quiere ocultar la pluma que se cae nada más abrir la boca, y ese era su caso, que decía “a mi no se me nota” -frase que me hace mucha gracia- atrincherado en su armario cerrado a cal y canto. ¿Que no se te nota, el qué? ¿Es que deberíamos ir con un distintivo especial? Para que no se confundieran al vernos…

Estuvimos hablando un rato de lo que hacían dentro los de la fiesta, porque el hombre no se atrevía a entrar y va y me pregunta: “¿tú entras ahí?” –señalando a la cortina que separa estas dos salas- y yo le contesto: “por supuesto”. Y, en ese instante vi salir y al poco entrar a un muchachote fornido, radiante, con camiseta de mangas arrancadas para dejar al descubierto los hombros musculosos… y gafas que no le afeaban, pero chocaba con su atuendo. Me sonrió las dos veces y le correspondí sin más.
Volví a la conversación con el “tapado” y con mis amigos de algo tan trascendente que ahora no logro recordar.
Otra vez salió el muchachote en dirección a los servicios, mirándome fijamente; volvió a sonreír y con una leve inclinación de cabeza, pero no acepté -no quise- la clara invitación a seguirle. Había otros más que me miraban y a los que yo miraba, descamisados, sudorosos, guapos, pero no como esa fascinante apostura del chico de las gafas. ¿Eran esas gafas junto a un atuendo y cuerpo que no concordaban?
Seguí con mi cháchara. A su vuelta de los servicios me volvió a mirar fijamente manteniendo su cabeza girada. Ya no había duda… Corté la frase que le estaba diciendo a alguien con un: “hasta luego, Lucas” –y le seguí a la otra barra, con mi copa en la mano...
Él entró primero y unos segundos después lo hacía yo. Me quedé parado a la entrada, ante el cambio de luz. Allí, solo el resplandor del vídeo porno en la pantalla encima de la barra nos iluminaba. Oí un “hola” cálido a mi espalda. Él, sonriente a la cambiante radiación del mete-saca del video. Otro hola mío y su respuesta contundente:
-“¿Tienes sitio?”-
-“Si, claro”-, seguido de un “pues vámonos” suyo, mientras terminaba la media cerveza que llevaba en la mano...
Y salimos sin mediar nada más, ante los asombrados ojos de mis amigos que no podían creer que en esa corta fracción de tiempo nos hubiésemos dicho todo con tanta determinación. Y un “adiós, que disfruteis la noche” nos despidió de ellos y del compañero de trabajo que nos miraba con la boca abierta sin comprender nada de lo que estaba pasando ante sus ojos. Supongo que ya tendrían tema de qué hablar para el resto de la noche...

Recogimos nuestras chupas –yo utilizaba mucho una chaqueta de cuero, a veces adornada con cadenillas, indumentaria un poco “leder” por aquel entonces- y, con la mutua presentación en la puerta, nos dimos un furtivo beso y echamos a caminar hacia la parada de taxis.

¿Qué hablamos? Ya no lo recuerdo, solo su nombre, su edad, su procedencia y algo de lo que estaba haciendo en España…
(Domingo, nombre raro, que hacía mucho que no oía, como fuera de época). Estaba de vacaciones en casa de unos tíos por parte de madre, gallego-canadiense era su extraña mezcla; ayudaba en el negocio familiar. Hacía remo (de ahí los gruesos hombros) y corría (luego vería el resultado en sus piernas fornidas). Y cosas así hasta llegar a mi casa en los extrarradios de la ciudad (ese siempre había sido un impedimento para los ligues: “…tan lejos…” –y ahí se acababa la historia). Pero fuimos tele transportados, sin notarlo, hasta mi casa donde le invité a una cerveza que declinó con: “¿dónde está la cama?”, parece que le urgía... Pasamos a mi dormitorio, donde siempre impresionaba la cama montada sobre un verdadero armario horizontal bien alto, hecho y diseñado por mi, armatoste de más de un metro de alto, teniendo que llegar al colchón prácticamente saltando, pero muy práctico por su versatilidad y capacidad. Las visitas siempre quedaban impresionadas por mi cama...

Sin mediar palabra nos enzarzamos en el apretado y clásico fundido de brazos y labios, palparnos, explorarnos mientras su camiseta volaba por los aires y casi arrancaba los botones de mi camisa. Formidable musculatura la suya, no exagerada pero firme y tersa, tostada la piel –frecuentaba las piscinas en esos primeros días del verano que recién comenzaba-.

Se quitó las gafas y su transformación fue total.
El pelo corto ligeramente ondulado y negro, cejas negras y unos ojos azules claros que evidenciaban el cruce de razas por sus venas. Pero su boca era miel y la sabía usar con experimentados movimientos que en nada tenían que ver con el besar nacional salvaje que a veces hería los labios. Aunque decidido de firme, se detenía en recovecos bucales inéditos para mi; salvo otros ligues norteamericanos no había experimentado tanta pericia del movimiento de lengua. Eso, el beso.
Luego nos lanzamos sobre nuestros torsos desnudos en un abrazo osezno jadeante. Nuestros sudores estaban mezclados. Él, fascinado por mi vellosidad, me recorría con sus dedos y bajó a lamer mi pecho mientras comenzaba a desabotonarse y bajarse el pantalón –llevaba el clásico Calvin Klein blanco debajo que le recogía todo y que se bajaba junto a los jeans dejando al descubierto el tema de esta historia-…
¡¡¡Tenía una polla!!!
...Inmediatamente le subí los calzoncillos y el pantalón ante su desconcierto. Le dije: “Esto hay que hacerlo despacio, con calma, sin ninguna prisa”.

Lo mejor no podía pasar así de rápido. Así que le empujé sobre la cama, cayendo de espaldas dio un impulso y se quedó medio tendido. Estaba a mi merced.
Levantaba la cabeza para no perderse nada de mi actuación, dejándome hacer con lentitud todo lo demás.
Palpé bien la tela del pantalón que estaba caliente como él y yo, entreabrí la bragueta para meter mi cabeza (tenía rapado el cráneo desde mucho antes que se pusiera de moda) entre sus muslos y su abultadísimo paquete.
Despacio, le fui metiendo las manos entre el Calvin y el jeans acariciando las costuras de las telas, luego, lamiéndolas hasta humedecer bien todo el trozo de tela blanca que se abultaba descomunalmente bajo mis labios y guardaba la gloria única, que poco a poco fue saliendo por encima de la goma de su prisión y ahora sí, le fui bajando despacio los jeans y el Calvin. Le obligué a darse la vuelta para seguir humedeciendo con mi lengua sus redondos glúteos a través de la tela de los calzoncillos y metiéndole mi cabeza rapada, tratando de llegar al dilatado y caliente orificio; apreté todo lo que pude hasta notar como palpitaba.
Bajé las mojadas telas hasta media pierna para darme un atracón de culo, que lamí, mordisqueé y palmeé a discreción.
Y ahora sí, ahora le volteé de frente y allí estaban los tres frente a mi boca: su enorme polla y sus güevos adornados por una pelambre negra fuerte y abundante. A duras penas pude meter todo aquello dentro de mi boca, las dimensiones erectas, sin prepucio (como casi todos los norteamericanos) ni me cabían sin profundizar por mi garganta... Arcadas ante la inmensidad de carne tragada.
Me retiré un momento para admirar lo que no podía creer fuera cierto, que una vez en la vida te tocara una lotería así... Todo mío.

Le masajeé a dos manos y besé y… no se cuánto tiempo le dediqué, pero vi que estaba dejándose hacer y que se me ofrecía para lo que yo quisiese hacer con él (un poco sorprendido me dejó, porque su aspecto era más bien de un batallador y no de un pasivote), así que me ajusté una goma y, mientras su pedazo de polla se metía de nuevo en mi boca en una contorsión circense, le penetré sin más contemplaciones...

Todo esto a medio recostar en la cama, con los pantalones bajados por los tobillos mientras le trabajaba en profundidad, ametralleteándole los glúteos con mis piernas en un frenético redoble precursos del climax que se avecinaba, dada nuestra mutua excitación; hasta que se corrió aprisionado por los pelos de mi pecho en chorros como manguerazos de una boca de incendios... dejándome pringado hasta los hombros y el cuello y algo más allá que saltó por encima de mi cabeza para ir a dar a alguna parte de la pared del cabecero de la cama. Y yo, a mi vez, lo hacía dentro de la goma enfundada en su culo apretado, estrangulador y que amenazaba con derretir el látex del condón...


Y seguimos y seguimos… y seguimos, desnudos y tumbados, revolcados en acrobacias y nudos malabares con cada parte de nuestros cuerpos que parecían cobrar vida músculo a músculo en una lucha libre en el ring que se había vuelto el colchón... Así, hasta quedarnos dormidos.

Me desperté temprano, con el ruido del primer autobús pasando debajo del balcón del dormitorio, y me di cuenta que aquello no había sido un sueño maravilloso. Domingo seguía a mi lado, desnudo, empalmado, pringado de la leche seca de varias corridas, igual que yo.

Levanté la cabeza para extasiarme con su visión. Suavemente le acaricié, casi sin tocarle.
Desprendía un olor a sudor, a su perfume o loción y a semen.
Los dos desnudos al clarear de un sábado en que yo tenía que trabajar. Esa era la maldición que se cernía sobre mí. Deseché esas ideas y me concentré en la visión que tenía para mi solo. Le miré y toqué en su sueño y me excité tanto que no pude sino empezar una penetración cuando vi que se despertaba y rápidamente se ponía en acción...
Tuve cuidado de que estuviese totalmente despierto porque tenía presente la vez que hice lo mismo con aquel Javier (el de Santander) que comencé a penetrarle estando dormido y se mosqueó, porque le molestó que empezara la fiesta sin él…
Pero esta vez estábamos los dos ya bien despiertos, aunque mi polla estaba dentro del culo de Domingo sin condón, tal era mi pasión (e irreflexión) y ya era tarde para echar marcha atrás al notar como aquel pollón, que me llegaba al ombligo estallaba glorioso hasta mi pecho, mientras yo me corría dentro de él al mismo tiempo...

Y me produjo tal vuelco de corazón esta estupidez mía que, disimuladamente, hice la tontería de coger una goma y rompiéndola me la puse, aprovechando que cerraba los ojos resoplando, mientras yo se la sacaba y le montaba el teatro de que el condón se me había roto dentro de su culo…
Nunca me he sentido tan mal. Espero que Domingo me haya perdonado este desliz. Yo estaba seguro de mi mismo y aún lo estoy, porque sigo haciendo sexo seguro, pero siempre me acuerdo de esta imprudencia. (Es un poco destrempante incluir esta anécdota pero nunca hay que bajar la guardia).

Estábamos resacosos, no se si me creyó, se me notaba nervioso y disimulé como pude.

Nos dimos una ducha por separado, me sentía mal… y ordené un poco la habitación que habíamos dejado patas arriba aquella noche tan movida.
Desayunamos en la cocina, luego cogimos el autobús y le acompañé en dirección a casa de sus tíos. No hubo posibilidad de una segunda cita y yo debía entrar a trabajar ese mediodía...

¿Debí tratarle con más dureza? ¿Esperaba algo más fuerte? Quizás le correspondí con demasiada ternura ¿buscando pareja?… Yo venía buscando pareja después de varias relaciones desastrosas en que sucesivamente me fueron abandonando. Y esa soledad me impulsó a dejar de disfrutar el momento para pedir continuar... ¿dónde?
Él se marcharía en pocos días y tal vez ya tuviese pareja; sería muy extraño que un Adonis así no estuviera retirado y con legión de pretendientes tras él. No se. Algo había cambiado de la noche a la mañana. ¿Mi imprudencia o la falta de dureza? O que aquella era una única noche loca antes de acabar sus vacaciones…
Pero... ¡¡¡tenía una polla!!!
………………………


......................  (continúa)
© Juan Rodort, 2008-2010

domingo, 23 de noviembre de 2014

Fantasías reales (a tí te podían haber ocurrido también)




A TRAVÉS DE LA MIRILLA 

(Escalera interior)
(continuación)

Fantasías reales
(a tí te podían haber ocurrido también)

I

Enaceitado (bien untado de aceite)

Estaba pasando unos días en la playa. Alquilé un apartamento para estar cerca del amor de aquella temporada (el murcianito), él tenía problemas de relación con su familia y sin sitio para encontrarnos. Decidí pasar parte de mis vacaciones en esa zona turística cercana a su ciudad y así vernos más frecuentemente (lo nuestro fue una relación de continuos viajes, que siempre merecían la pena por la intensidad en que vivíamos nuestros encuentros). Y empezó el resquebrajamiento –por su parte- de esa relación, yo no me quería dar cuenta de ello y sufría los abandonos y maldecía estar solo en un lugar que no me gustaba nada, excepto las vistas que desde la terraza del apartamento tenía de los amaneceres con el sol saliendo por el mar… Y mi único pasatiempo era salir a pasear, solo, a pesar del tiempo cambiante de la estación, a la playa.

En un día especialmente cruel, en que la arena se proyectaba como un micro fusilamiento a la cara y todo el cuerpo picoteado por la sal del aire. Estaba tan harto de estar solo en aquel apartamento que me fui a la playa, a pesar del tiempo, pero al poco tuve que refugiarme en un bar con cristaleras cerradas ubicado en mitad de la playa. Antes de eso había dado una vuelta, luchando por avanzar como en una de esas caravanas del desierto en plena tormenta de arena (cuando estuve en el Sahara “disfruté” de una de ellas y me entró arena hasta dentro de la cámara de fotos resguardada en su funda).

Le vi, en medio de la playa, en mi corto paseo rápido de ida y vuelta; nos miramos. Creo que éramos los únicos locos que se atrevían a estar afuera. 
Él y yo bajo la tormenta de arena. Yo, con una bolsa de playa al hombro -iluso de mí, llevaba toalla y crema solar- y él, tumbado, haciendo malabares para retener sus cosas sin que le salieran volando, la cabeza levantada para espiarme... A mi vuelta hacia el chiringuito ya estaba recogiendo el precario campamento, luchando contra el viento y, una vez que entré en la terraza acristalada, distinguí su silueta entre la nube arenosa que se acercaba a refugiarse en este lugar seguro. Le abrí la puerta pues venía cargado con toallas, tumbona y ¡la sombrilla! Me sonrió y sin mediar un hola nos pedimos unas cervezas para aclararnos la garganta, hablamos, nos reímos de nuestra ocurrencia suicida de salir a la playa en un día como ese y, acabadas las birras, nos fuimos para mi apartamento a limpiarnos la arena. El chico me lo agradeció porque estaba alojado en un camping próximo y una ducha calentita y tranquila le sentó estupendamente y a mi; nos metimos los dos bajo la ducha y nos limpiamos la arena y una cosa llevó a la otra, total que medio mojados estábamos ya en una de las camas –había dos habitaciones y cuatro camas para escoger-. Y ya se pasó todo el resto del día conmigo (follando como locos, por supuesto, y yo más excitado por la incertidumbre de ser sorprendidos por mi amigo murcianito -que no vino ni ese día ni los siguientes-, pero esa duda de que se presentara en cualquier momento le daba más morbo a nuestros polvos y los hizo más intensos). El chico venía de un pueblo del sur de Cataluña y estaba medio rompiendo con su pareja, por eso estaba de vacaciones "para pensar”, solo. Yo lo tenía muy claro, aquello era una aventura de playa, de un día… (pero continuamos varios días juntos). Fue al camping a recoger algo de ropa y volvió. Tenía coche.

Esto sería entre semana. Ese día desde luego lo pasamos en el apartamento sin salir más, comiendo, en la cama, lavándonos los estragos de nuestra pasión… y durmiendo. Fue el jueves o viernes cuando salimos en su coche en busca de una discoteca gay. Pero en aquel pueblo tan familiar y conservador no había nada parecido a lo que nos apetecía, así que enfilamos camino de Alicante que, aunque estaba más lejo, nos distanciaba de la posibilidad de un encuentro con mi amigo, "el murcianito”, encuentro que en esos momentos no deseaba para nada pues me lo estaba pasando genial con el catalán y él igual conmigo. Salimos ya de noche por la carretera de la costa, sin conocer el camino, dejándonos guiar por los carteles de la carretera. El problema era que ni él ni yo conocíamos Alicante ni dónde encontrar un bar de ambiente. De pura casualidad dimos con un café-bar de lesbianas -creo- en el casco antiguo y allí tomamos la primera copa. Y ocurrió lo más inesperado...
-“¿Javier?”-
Sí, era él. Más maduro, más maltratado por la mala vida. Aquel Javier ventiañero de cuerpo perfecto que sorbí lentamente en las pocas ocasiones en que estuvimos juntos en Madrid y que fue él quien estaba más por mi, que yo no sabía lo que podría ser una relación estable, recién empezaba una y se resquebrajaba con infidelidades e historias...
Si, allí estaba Javier “el de Santander”, para diferenciarlo de otros Javieres, ocho años después de nuestra última vez juntos en mi estudio madrileño. Le reconocí por la voz. Yo estaba de espaldas a la puerta del bar cuando entró alguien conocido de las chicas de la barra y les pidió cambio, con aquella soltura tan fresca del que ha estado detrás de una barra de un bar gay en Madrid durante años. Le reconocí de inmediato, me giré y esos eran sus ojos, azules y rientes, aunque muy cambiado, envejecido, arrugada la cara aquella perfecta que dibujé varias veces para retenerle, porque él me perseguía pero no quería relaciones, solo buenos momentos y eso fueron nuestros encuentros después de su jornada detrás de la barra, salíamos a tomar más copas por discotecas donde siempre entrábamos gratis pues él era muy conocido del ambiente madrileño al estar trabajando en uno de los más conocidos bares de ligue de Chueca; pero no quería retirarse de la vida airada… No, no es esta la historia, solo un saludo sorprendido y que se tenía que ir… prisas como antes en Madrid. (No he vuelto a encontrarle ni saber nada más de él).

De aquel bar sacamos información de discotecas y allí fuimos, pero sin saber por dónde hasta que le preguntamos a ¡un guardia municipal!, bastante guapo por cierto y joven, que nos indicó con precisión dónde estaba la disco-gay. Creo que era un policía auténtico y no un travestido para alguna fiesta. En la disco no había ningún ambiente, tomamos copas y escuchamos música con eco de lo vacío que estaba el local, pero nos esperamos hasta la hora del espectáculo, era el de un “boy” que bailaba… Y la espera mereció la pena: ¡¡¡ Si ese tío era inteligente, Dios no existía!!! (recuerdo la frase de aquella peli que se llamó en castellano: “Trilogía en Nueva York”).
Empezó su número vestido con un atuendo de vaquero del que se fue despojando frenéticamente a medida que sonaba una música para la ocasión… gracia y belleza le sobraban por todas partes. Al principio me pareció algo de plástico norteamericano pero, a medida que se movía y quitaba ropa, me olvidé de prejuicios y de dónde me encontraba, solo tenía ojos para él, para cada centímetro de tersa y morena piel de aquel muchacho rubio natural (todos los pelos de su cuerpo rubios).

Y pasó la fantasía...
Escogió entre alguna de las pocas parejas que estábamos allí para que le diesen aceite por todo el cuerpo, se paseó por el pequeño círculo de espectadores, bailó, se contorsionó al ritmo de su música y luego pidió un voluntario, bueno, más bien se vino a mí directamente y me sacó -sin mucha resistencia por mi parte- al centro de la pista para que le diese un líquido para limpiarse el aceite. Y lo hice. Le vacié a presión el bote de plástico entero sobre su ya reluciente piel, mientras a su indicación cogía mi mano izquierda y se la restregaba por los pectorales frotándolos bien. Estaba caliente y chorreante y yo ya no estaba en este mundo... Acabé con el frasco y lo arrojé fuera de la pista y con las dos manos me abalancé sobre sus músculos cálidos y resbaladizos. Los dos estábamos pringados de lo que fuese aquello y yo me apretujé más contra él sin importarme lo más mínimo que mi ropa se manchara. Él creyó al escogerme que estaba acompañado de mi “amigo” y que me cortaría con lo que estábamos haciendo, pero se había equivocado conmigo, seguí tocándole por todo el cuerpo... Solo se había dejado puesto un reducido tanga de cuero. Y ¡¡¡la tenía dura!!! cuando mis dos manos le aprisionaron el paquete y el culo. Alucinante. Resbalando por su cuerpo perdí la noción del tiempo, del espacio. Solo existía aquella reluciente piel de oro batido para mi deleite... y el suyo, porque aquella erección se le notaba. Me empujó hasta tenderme boca arriba en la pista mojada y se sentó en mi cara, mientras yo seguía tocándole el vientre, las nalgas, el paquete, subiendo y bajando mis manos por su sexo, a su ritmo… ¿Fueron segundos? El tiempo se detuvo. Su polla estaba bien dura bajo el mojado tanga y notaba como la mía también. Pero el baile siguió, él controlaba más la situación y me levantó, me puse en pie y me dieron una toalla para secarme y limpiarme, fuera de la pista. Él seguía danzando y escogiendo a otros para que le limpiasen con toallas… apartándose de mi y dejándome en un estado de alelamiento total, pero superexcitado. Acabó la música, aplaudimos, el chico recogió sus ropas y camufló su paquete con ellas retirándose de la pista. Nos invitaron a otra copa, nos las tomamos y al poco nos marchamos. De no estar acompañado y ser mi chófer necesario para volver al apartamento esa noche es posible que hubiera tratado de contactar con aquel dios danzante. Así que esa noche mi acompañante fue el que sufrió mis embestidas en folladas implacables dedicadas al maravilloso enaceitado.

Como mi amigo no venía seguí unos días más con el catalán. Bajamos a la playa, paseamos, follamos hasta que le dije que mejor era no volver a vernos. Él seguía dudando con terminar su relación con aquel novio que quedó en su pueblo cerca de Tarragona y yo esperaba en cualquier momento tener visita...

Justo cuando el otro volvió al camping -no pasaría media hora- llegó mi amigo "el murcianito”. Desde ese momento nuestra relación ya estaba muerta. Insistí en la cama pero él no respondía al fuego que se había desatado en mí después de la experiencia de la disco-gay alicantina y a los dos días me fui de allí; él se fue el mismo día en que llegó y ni siquiera vino a buscarme para acompañarme a la estación, tuve que tomar un taxi desde la urbanización. Una putada porque era casi madrugada cuando me encontraba en la carretera esperando al taxi para poder llegar al bus que me llevaría hasta la estación de ferrocarril de Murcia y sí, allí apareció por unos minutos ¿para cerciorarse de que me iba? Y el caso es que "el murcianito" estaba buenorro, como el americanazo pero en moreno, aunque con una mente confusa y yo ya lo estaba teniendo muy claro; infiel y todo pero me decantaba por querer tener una relación estable y no una sucesión de polvos morbosos en que cada vez tenía que inventar una nueva coreografía sádica para mantener erecto al murciano...

Aún hoy el tocarme la ropa mojada o verla en otros me recuerda al boy americano aquel. Incluso he llegado a ducharme con la ropa interior y enjabonarme hasta terminar masturbándome entre las espumas. Ahora ya no, soy infiel solo de pensamiento. Y mi pareja lo sabe, se lo cuento todo, es lo mejor...
……………………

Mientras estaba escribiendo esto, ha subido un muchachote vestido a la "moda-desastre” a traerle unas bolsas a Giuseppe; con gorra y, al quitársela, su cabeza rapada y su bigote-perilla han perfilado su aguileña nariz por la que imagino un soberbio pene curvo... Llama a la puerta, debe tener llave del portal, el vecino abre y recibe el encargo, el otro se pone la gorra, se la vuelve a quitar y, mirando por la ventana del descansillo antes, se acercan... He visto un beso en sus gestos aunque tapados por la cabeza rapada del chico. Se ha ido. Giuseppe ha remoloneado al cerrar la puerta, se toca la cabeza en seña de duda y finalmente cierra. Salgo a mirar al balcón y veo que la bicicleta que acaricié creyéndola de Manuel es la que sustenta un redondo y apretado culo del desconocido que acabo de ver por la mirilla hace un momento y que rápidamente se aleja doblando la esquina. Giuseppe tenía compañía ayer por la tarde, solo pensarlo me entra un cosquilleo por los güevos. Les imagino ahí enfrente llevados por la pasión, sofocando los gritos. No se por qué pretende ocultar lo que es evidente. Allá cada cual...


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© Juan Rodort, 2008-2010

sábado, 22 de noviembre de 2014

Viajeros solitarios



A TRAVÉS DE LA MIRILLA 

(Escalera interior)
(continuación)

Viajeros solitarios

Giuseppe no ha venido esta noche, estará fuera por las fiestas. Tampoco he oído a ningún vecino, salvo ahora, al subir de la calle, en el primero izquierda, el de abajo al mío que se oía música local tras la puerta. Sigue con las contraventanas cerradas... Le dejo en su soledad hermética.

He visto al del primero izquierda, la siguiente noche, a través de la ventana del descansillo: persona mayor de mente, en la distancia incluso diría “de pueblo”, el aspecto corrobora el tener todo cerrado, algo oculto (que no me interesa porque es demasiado conflictivo). Y también he visto subir al trote a Manuel: sudadera verdugo y pantalón largo y ese pelo ensortijado tan negro, la morbidez de su cuello desnudo, sin camiseta y, en el fugaz giro por la escalera, ...sus ojos tan niños, traviesos.

Habían estado de risas, se escuchaba alguna fémina, supongo que su rubia, con la tele puesta muy alta. Esto cuando llegué del primer día de trabajo después del descanso largo que he tenido por las fiestas de esta ciudad bulliciosa. Manuel ha subido en el momento en que me preparaba un vaso de leche porque no podía conciliar el sueño –ya más de las dos de la madrugada-. También oí las chancletas de Jaime bajar sobre la una (es su hora habitual, supongo que a su otro trabajo) y sigue solo. Y Manuel subió solo. Creo que dormí entre ese periodo de risas y su vuelta, no le oí salir. Algo habré dormido.

Y otro que sigue sin estar es Giuseppe. Habrá ido a su tierra. No me apetece imaginar que está como un desparramado cadáver por su apartamento... Con ciertas amistades nunca se sabe. Y no les conozco en qué negocios andan y en qué ocios paran. Sí con quienes van y viven; y tendría yo cuidado, que el personal anda muy loco. Bien, ¡fuera negatividad! Giuseppe está en su tierra pasándoselo genial con su antiguo compañero de amores prohibidos-ocultos. Italia va a peor en ese aspecto...

Y yo.
He vuelto de unos días de visitas familiares y a amigos. Estoy cansado de la gira. No conduzco, ni tengo permiso de conducir y debo esperar al transporte público. Y he esperado mucho y viajado horas y horas para unas distancias que en automóvil haría en menos de la mitad de tiempo. No termino de acostumbrarme. Esa soledad del viajero, como yo, respetuoso con los demás (porque, tanto los conductores de autobús, como los viajeros, son terribles especímenes torturadores con musiquillas o emisoras mientras más cutres y horteras mejor)...
Ahora si que estoy solo. No he oído a Jaime, no sé si duerme o no ha vuelto. Manuel bajó impetuoso esta mañana (no le vi) y Giuseppe sigue sin aparecer. Pedro hace unas semanas que dejó el apartamento y ahora está vacío. Ruidos y voces en la calle y la ciudad. Los balcones abiertos al sol primaveral y la música de radio clásica acompañándome. Un calorcillo sensual va entrando con los rayos del sol. Las temperaturas bajaron y fluctúan de un día para otro. Los visitantes vienen preparados casi para el verano con sus cortas ropas mostrando ellos piernas y brazos blanquísimos, ¿ellas? no me fijo mucho, van vestidas de algo fresco y vaporoso, rubias y blancas al lado de ellos, algunos cumpliendo la regla de: “tío macizo siempre acompañado de tía”. Y algún solitario muy mirón me he cruzado sin tiempo a detenerme para corresponder a su “curiosidad”.
Estoy solo aquí, porque no tengo compañía física, pero no estoy solo en espíritu. No, no estoy solo. Por eso no digo que los otros están solos, en el sentido absoluto, aunque dentro siempre lo estemos...


He visto carnes blancas tostándose en alguna playa al sur y ligerezas de camisas dejando ver pectorales y algún antiguo que afortunadamente se empeña en vestir varias tallas menos para calzar sus redondeces traseras y delanteras a ser posible en blanco semi transparente. ¡Cómo odio esa racha de arrugas anchas y ropas caídas arrastrando por el suelo y las adiposidades flotando alrededor de la cintura! Es una dejadez y un culto a lo horrible que no consigo encajar y ya llevamos años con la moda carcelaria norteamericana. Pero los fieles al culto mórbido siguen pasando cada primavera y verano mostrando el esfuerzo de horas y horas de gimnasio o de un poco de ejercicio. Porque los que salen en calzón corto para hacernos partícipes de sus bellezas mientras corretean es un gesto de agradecer su rápida visión. Y cuando te miran a los ojos cómplices ya si que correría tras ellos y les pararía en plancha, estilo hétero en partido de fútbol bajándoles calzones y bragas al contrario (sic), fugaz imagen de la tele no hace muchas semanas en la liga (que podrían llamar braga o calzoncillo, porque no se que tiene que ver esa prenda femenina –las ligas- con la “virilidad” del deporte de tíos, con esos abrazos y efusiones públicas y televisadas. ¿Qué harán en privado, en los vestuarios? Es una obsesión. Colecciono fotos y fotocopias sacadas de internet sobre esos achuchones deportivos, de sus famosos culos en portada a todo color... e intercambio de camisetas sudadas ¡porno duro! La soledad del jugador de fútbol. Debe de casarse, tener novias... pero siempre le será fiel a su compañero de habitación en los desplazamientos, soledades compartidas. Y, si son estrellas guapísimos ellos, mejor me los imagino. Ya, pueden demandarme, si hubiese policía del pensamiento...

Giuseppe volvió ayer de su viaje. Anoche me despertó el subir de alguien, era él, aunque le confundí con el del primero izquierda, tal vez la ropa, el talante ensimismado y un poco triste. No coincidimos hace tiempo y ahora acaba de salir pero he llegado tarde a mirar por la mirilla ¡se me ha escapado! ¿Es una obsesión? Es oír el tableteo de abrir-cerrar y salgo disparado a mirar. Pero ahora mismo estaba escribiendo a mi novio y no he mirado.

No pasa nada más. Miro e imagino. Anoche, al volver del trabajo oí a los del ático izquierda, había alguien ruidoso con Jaime. Sábado noche. Me esperaba otra “fiesta” generalizada como la noche del viernes en que tuve que encerrarme para poder dormir (aproveché para terminar de leer un libro de atisbos homos) y eran casi las tres de la madrugada y ellos no tenían intención de dormir, seguían y seguían voceando por las calles...

Anoche si miré por la mirilla cuando Jaime y su “amiga” bajaron. Ya le había visto en otras ocasiones, no sé si los sábados, bajar con bolsas. “Ella” con melena larguísima rubia (una peluca), zapatitos de alza y súper estatura y voz demasiado viril para ser una verdadera rubia. Irían al trabajo ese de transformismos. A Jaime se le veía pequeñito y correteaba detrás de “ella” dócilmente, cuando siempre le he visto tieso como un perchero de diseño... Y decidí que ya está bien de mirar (a la media hora me desvelé y salí disparado hacia la mirilla, falsa alarma).

A Manuel no consigo verle subir ni bajar, es demasiado rápido. Ayer estaba su bicicleta aparcada en el portal y pasé mi mano por el sillín, donde reposan sus huevos, su polla y su culo. Liso y suave el sillín. ¿Qué le voy a hacer? La locura se apoderó de mí...

Oigo el tableteo, pero de la lluvia, en el patio. Nadie pasa por delante de la mirilla... No pasan historias como aquella, hace años al volver del trabajo (en Madrid, pero el mismo turno de tarde-noche), mientras me preparaba una infusión llaman a la puerta, miro por la mirilla y era el vecino de enfrente, abro y se disculpa por la hora y me pide ¡azúcar! para el café. Y me doy cuenta que lleva la bragueta abierta ostensiblemente. Y yo en bata, desnudo, para acostarme. Me excito al instante (una situación así solo pasa en las películas porno) y le digo: -Tú no quieres azúcar”- y en respuesta le mete mano a mi polla tiesa... Y en segundos reacciono y le digo: -“pues sí que tengo azúcar, pero no estoy en disposición de lo que pretendes, tengo pareja y creo en eso que llaman fidelidad, te agradezco tu ofrecimiento pero...”-, y poniéndose rojo: -“¡qué vergüenza!, yo creí que... bueno, me dijeron...”- balbuceaba él. O le habían gastado una broma diciéndole que yo era un tío fácil o que era un putón, por aquello de mi apariencia de oso carnívoro, y él se lo había creído. Y sí, tomamos café, porque mi infusión se quedó fría en mi casa; pasé a su apartamento, porque tenía curiosidad de ver el loft en que lo había convertido y charlamos... Aún así, al despedirnos insistió y tuve que denegar de nuevo, por dos razones: mi fidelidad hacia mi pareja y que no era el superdiez de tío como para plantearme engañar a mi novio.

Esas son historias del pasado que hacen que una relación se resquebraje. Bien, no me apetece ser infiel, lo he sido en otras anteriores relaciones que han terminado de forma no muy agradable y ese sentimiento de culpa me persigue todavía. Pero me sentí muy bien al saberme deseado, aunque fuese un caso de “necesidad”. Supongo que lo que quería aquel vecino es conseguirme como trofeo y luego contar la experiencia entre sus amistades, pero no le salió bien y tuvo que soportar mis saludos afables como si nada hubiese pasado, hasta que me cambié de domicilio (cosa que se va haciendo demasiado frecuente en mí y mi pareja sufre desde hace doce años esos ir y venir, ahora de nuevo separados, y yo también lo sufro, estoy un poco harto, pero la situación económica no me permite cambiar de trabajo en este momento).

¿Puedo repetir esa historia e ir a pedir “azúcar” a los vecinos? Han pasado más de diez años de eso, controlo más mis impulsos, no así mis fantasías. Sí que me gustaría reunirme con los vecinos, sobretodo con Manuel y hacerle todo lo que NO desea. Tal vez me equivoque y SÍ lo desea, pero no se atreve. Bien, no estoy para desatascar traumas moñeriles. Esta casa no es lo que esperaba. Demasiada incomunicación. No puedo mantener una esperanza de ver otra vez a otro novio de los vecinos en bragas rondando por la escalera, esa es una ocasión como la de mi antiguo vecino, a veces pasan y si no se aprovechan, pasan...

No es solo en novelas y películas donde las fantasías se hacen realidad. A veces la realidad es más fantástica.


......................  (continúa)
© Juan Rodort, 2008-2010