viernes, 31 de octubre de 2014

Cumpleaños feliz...


Ex-Paradís (fragmentado)
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pg 134


Cumpleaños feliz...

                    “Cumpleaños-feliiiz-cumpleaños-feliiiz-te-deseamos-tooodos-cum-ple-años-feliz”..., cantan todos los que están en el comedor del hostal, mientras Encarnita, la hábil y eficaz recepcionista, sale de las cocinas llevando en brazos, porque debe de pesar lo suyo, la tarta de cumpleaños más grande que Pablo ha visto en su vida y eso que ha sido él mismo quien la encargó en el obrador que surte al hostal. Gritos de sorpresa ante el espectáculo que se les aproxima lentamente. La tarta viene totalmente encendida con veinticinco velas dispuestas en un apretado círculo en el centro. Encarnita la trae hasta la enorme mesa redonda donde se ha colocado el numeroso grupo para tomar el café y la deja, no sin cierta dificultad, porque la tienen que ayudar entre varios hasta terminar de colocarla en el centro. Pablo se levanta ceremonioso, emocionado porque, aunque ya se lo esperaba, no tenía ni idea del tamaño de la tarta ni de como la iban a adornar. Ya de pie se inclina sobre el incendio de velas que amenaza con derretir la nata y crema del adorno y con un prolongado soplido las apaga todas dejando su barba metida en una nube casi rozando a la cobertura de crema tostada. Más gritos y exclamaciones de bien, hurra, felicidades, que la parta y otros más por el estilo mientras entre todos quitan las velas apagadas. Encarnita pone una copa ancha de las de cava bocabajo en el centro de la tarta para delimitar la parte del homenajeado. Pablo se dispone a partirla, toma un cuchillo de cocina que alguien ha dejado en la mesa, pero se lo impiden... Primero los regalos. Eso, eso...
Sin que se haya percatado han ido introducido los regalos bajo la mesa. O quizás fuera que ya los tuviesen allí desde antes de empezar a comer. No hay muchas mesas de este tamaño en el amplio comedor y hoy están sentados todos los del grupo habitual conforme han ido llegando. La “fiesta improvisada” ha sido preparada con tan solo dos días de antelación. Como son el grupo preferido del hostal, por lo menos el más ocurrente y, además, con la solera de clientes y viejos amigos que la familia de Manel y Gloria les da, ellos han sido el motor de la preparación de esta sorpresa escondida bajo la mesa. Primero sacan un enorme cajón, que parece increíble cómo se las han ingeniado para mantenerlo de incógnito ahí debajo. Durante la comida Pablo no ha visto nada, pero eso no quiere decir que le hayan distraído un momento para meterlo... pero es imposible, a menos que durante el breve instante que salió porque le llamaban al teléfono y que sospechosamente nadie contestaba... mientras seguían sirviendo la comida, desde las cocinas la debieron traer y meterla debajo de la mesa. No se mosqueó, pensó que habían cortado la comunicación, tal vez Carmen le había llamado... Siguió tomando el menú del día que no ha sido nada especial ni para él ni para los de la mesa, el mismo de los otros comensales, pero el bullicio y alegría durante la comida si que ha sido diferente.               
Sacan entre dos o tres la voluminosa caja con grandes muestras teatrales de misterio y gritos de sorpresa, sorpresa... Pablo queda petrificado, con el cuchillo para partir la tarta aún en la mano. Se lo retiran sin que se de cuenta. Y, mientras se aproxima al cajón para comenzar a abrirlo, Encarnita y la cocinera comienzan a partir raciones de la tarta. Pablo inicia el desatado de los numerosos nudos de las cuerdas deteniéndose en desanudarlas para sacarlas enteras, pero ante los gritos de impaciencia de los demás ataja cortando las cuerdas con un cuchillo que encuentra a mano. Las cuerdas caen enmarañadas dejando libre una caja casi cúbica forrada con papel de periódicos y revistas, pegadas las hojas unas a otras con celofán. Las rompe para ver la caja. Es cartón marrón de embalar. La abre despacio para encontrar en su interior... ¡otra caja! con más papel de periódicos arrugados alrededor que la sujetan bien. Empieza a sacar el relleno para poder mover la nueva caja... Consigue sacarla. Exactamente como la anterior, más cuerdas y más papel de periódico envolviéndola... y una nota que dice: ¡Ánimo, sigue abriendo! Risas y cuchicheos. Utilizan la primera caja abierta para ir metiendo cuerdas rotas y envoltorios arrugados. La segunda caja es más manejable. Corta las cuerdas y rompe los papeles pegados para descubrir una caja de embalaje tipo de las de electrodomésticos. Sus ojos se abren como platos, no puede creer que le regalen un cachivache de cocina... La abre nervioso para encontrarse con ¡¡otra caja!! bien apretada con papeles de toda clase y colores, con recortes y trozos de revistas y folletos de propaganda variada. La saca como puede de aquel amasijo de papeles, ésta no trae cuerdas, así que rompe el envoltorio, ya bastante nervioso, para encontrarse con ¡¡¡una caja de galletas!!! tamaño familiar. La abre con una risa nerviosa para encontrar de nuevo ¡¡¡¡otra caja!!!! entre bolsas de caramelos y chucherías. Abren las bolsitas y se las reparten por el comedor entre risas y gritos de ánimo, ánimo... ya falta poco... Abre esta última caja pensando encontrar por fin el regalo y si, hay un regalo, un pequeño peluche, un perrito orejón relleno de semillas y con una leyenda escrita en la panza moteada: “Para el mejor artista”. Y, metida entre más papel recortado en finas tiras, descubre ¡¡¡¡¡una caja más!!!!! Piensa que quizás sea un bolígrafo o una pluma, algo alargado, no muy grande, un regalito más... La abre y aparece el desconcierto en su cara. ¿¡Una pinza para tender la ropa!? Risas y gritos de sorpresa unánimes. En las estrechas caras de madera de la pinza, estampadas, apretadas unas a otras, todas las firmas de sus amigos presentes. Se sienta con la pinza en la mano y el perrito al lado del plato que espera la tarta.
Han empezado a repartir los trozos. Hace amago de coger uno pero se lo impiden, para él está reservado el centro de la tarta bajo la gran copa de cava puesta del revés. Abren las botellas, hay una buena cantidad metidas entre hielo, sirven a todos y brindan. Comen. La tarta es exquisita, aparte de lo bien adornada que está. Su relleno tiene los ingredientes típicos de los postres ibicencos, con mucha crema tostada, cabello de ángel, bizcocho borracho... frutas confitadas. Se han esmerado a conciencia. Encarnita le sirve el trozo redondo del centro de lo que queda de tarta. Deliciosa. Ni se percata del alboroto y taponazos de los descorches de botellas de cava. La madre de Manu está pletórica, con dos sonrosados coloretes en sus mejillas sonrientes. Es la organizadora de la bebida. Beben y vuelven a felicitarle, porque los regalos no han terminado. Ahora son más individualizados, Gloria, Santi, Encarnita... le entregan sus pequeñas sorpresas, unos detallitos comprados en los mercadillos de artesanías, pulseras de cuero, una camiseta estampada... El regalo de Manel ha sido el perrito de semillas, aparte de ser el artífice de la gran broma de las cajas, aunque ayudado por todos los del grupo. El cajón primero ha quedado lleno de cajas y papel arrugado y recortes. No se lo va a quedar, claro, se lo llevan para la cocina y allí se desharán de los envoltorios. Prácticamente han terminado con la tarta. Se agregan al grupo casi todos los comensales y algún habitual del café o de las tertulias que no se alojan en el hostal, pero que toman allí su café mientras charlan amigablemente con ellos.

Ya más relajado, ahíto de tarta -se ha comido casi tres raciones, Pablo es un goloso empedernido-, bebe bastante cava. Se le nota en los hipos y asaltos de lágrimas, muy emocionado ante la demostración de cariño de unas personas que hasta no hace mucho eran solo perfectos desconocidos. Tan solo hace unos días que estaba en Madrid –el día de su cumpleaños- sin que nadie de su familia se acordara de tan siquiera felicitarle, nerviosos como estaban por su indumentaria. La misma pinta con la que sale por aquí sin que nadie se vuelva siquiera a mirarle. Este ambiente especial de la isla le ha conquistado igual que a todos los que siguen llegando, convirtiendo sus viejos hábitos en recuerdos hasta que vuelven a la realidad en sus lugares de origen. Una magia que se desarrolla tan solo dentro de la isla. Que se rompe al salir de ella. Una magia que en este comienzo caluroso de la siesta los va amodorrando, auspiciados por el alcohol y la glucosa ingeridos. Hoy Pablo no se encuentra en condiciones de salir a su puesto, no se siente capaz de hacer retratos. Flota en una burbuja de sonido e imágenes distorsionadas. Lentamente los comensales se van retirando a sus habitaciones para echarse una merecida siesta, los últimos en marcharse son los de la mesa del homenajeado, los padres de Manel y Gloria inician el mutis y a continuación les siguen los demás. Santi le hace señas de que no aguanta más bebida y que le espera arriba. Pablo invita a las consumiciones de los clientes de la cafetería del hostal que curiosean divertidos asomados a la puerta del comedor y han disfrutado de la pantomima de las cajas, alguno también se ha apuntado a una ración de tarta. Los empleados del hostal también habían dejado por un momento sus tareas para acompañarle en los brindis y tomarse sus correspondientes trozos de tarta. Un éxito el de la tarta. Pablo ha reinado en medio de todos, como no podía ser de otra forma para un Leo (con ascendente Leo por más señas), emana un cierto carisma, no solo por su aspecto externo, aunque hoy haya escogido un discreto atuendo de pantalón vaquero y camiseta blanca, sino por su barba, su coleta y sus ojos, que le dan un aura especial. Y además es generoso con sus amigos y éste es el resultado.


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© Juan Rodort, 2012

jueves, 30 de octubre de 2014

Infeliz cumpleaños


Ex-Paradís (fragmentado)
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pg 129

Por las plumas... (Continuación)

                    Cómo pasa el tiempo. Había dado una buena vuelta desde entonces. Poco más de un mes que todavía seguía en Barcelona sin saber a donde tirar. Y ahora tiene en firme una invitación para visitar la otra orilla del Mediterráneo, bueno, eso no lo ve factible por el momento. No, no se ve en África. Pero tampoco se veía en Ibiza y en el mes que lleva allí se ha hecho un capitalito dibujo a dibujo. Cada vez le cuesta más sacar un retrato, se implica demasiado con el modelo. No son ya los que hace por puro placer de tener enfrente a alguien bello. No sabe lo que es, pero a medida que va dibujando, rayando el papel, mirando los rasgos de las caras que se le plantan enfrente esperando una foto, él se vacía de una parte de sí mismo en cada dibujo. No lo puede evitar. Son retratos dobles, mitad modelo y mitad su estado anímico. Por eso le gusta hacer los retratos a los tíos en bolas, allí es donde él es el que manda y hace lo que le viene en gana con los trazos. Luego se siente más lleno de energía y nota como los que han posado desnudos para que él les saque solo la cara y los ojos con una expresión especial quedan grabados en su memoria tal como son, sin rastro de él... son momentos sublimes.
¿Otra birra, Pablo? Vale, Lorenzo, que me estoy comiendo el coco yo solo. No ha traído ningún dibujo de Ibiza. En el hostal ha dejado sus carpetas llenas de rostros que le recuerdan los cuerpos de esos tíos hermosos que ha poseído con tan solo mirarlos. ¿Cuántos han sido? Bastantes. Si hubiera cobrado esos retratos le habrían reportado una buena pasta que ahora estaría gastando en alcohol. Tampoco quiere despilfarrar pero se la va a coger, ya casi tiene un medio tablón que empieza a marearle. Los rostros de los muchachos. Los muchachos... Su mano recorriendo sus cuerpos abandonados al sueño o fingiendo que soñaban. Qué extraño todo eso, como si ya hiciera años y no han pasado ni horas desde que el mismo Pau le provocaba para llevarle a satisfacer el propósito al que parecía que había ido a la isla, ¿dejar de ser virgen...? Mira tú, que pervertidor ignorante se escogió. Lleva el papel doblado en su cartera. No, no va a llamarle, no ahora. Ahora tampoco estaría en Barcelona, supone. Ni al ángel seductor piensa llamar, ¿para qué?
(¿Cuántas birras llevas ya tragadas? Los saladitos de la barra no te bastan para empapar el alcohol... Vas a tener que pillarte un taxi para volver a casa). Pero no piensa moverse del bar. Venga tío que nos vamos al Pachá, ya verás como te enrollas bien... No, no voy a ir a ningún sitio. (No me hace falta ir fuera de mi cabeza). Piensa que ahí están todos sus amigos, todos sus intentos de ligues, todas las manos tontas de los últimos años...
Los últimos años. Parecen tan lejanos. Y él mismo lo está de aquel que allí se sentó la primera vez, tímido, con la ropa fuera de lugar, demasiado arreglado entonces, aún seguía en aquel endemoniado círculo de trabajo, trajeado y corbateado. No, no había venido con traje, pero sí bastante arreglado, más propio de Serrano o Castellana. Después el cambio radical, la ropa de segunda mano del Rastro... la chupa militar que tanto repelía a su madre, no por lo de militar sino porque “vete-tú-a-sabeh-de-quién-sería,-anda,-trae,-trae-que-te-la-lave-y-la-desinfecte,-que-eso-no-te-lo-vuelveh-a-poneh-sin-yo-darle-un-buen-lavado”... Y los primeros contactos con los jipis, las primeras comunas, las reuniones hasta el amanecer en buhardillas inhabitables donde experimentó sus primeras disociaciones, los porros, los cristalitos, las manos tontas que se perdían en los cuerpos consentidores... ¿Un año, dos tan solo?
Ayer mismo pudiera ser. Ayer mismo estaba en la playa junto a Manel, desnudos... Anoche, fue anoche. Pero no es el mismo Pablo de hace dos años ni el de anoche.
Tiene veinticinco años. Bien cumplidos, ya pasó la medianoche.
¿Qué ha aprendido en todo este tiempo? Total, el año pasado ni recuerda si lo celebró. ¿Dónde estaba él el año pasado? Buena pregunta. No lo sabe. Parece que nació hace unas horas, cuando empezó a beber la primera cerveza. Su amigo Lorenzo y Emilio, uno de los dueños del bar, se han marchado a Pachá allí van a reunirse con otros colegas más. Queda Ángelo al frente de la barra, un barbudo como él, pero con otro rollo, es simpático pero no han llegado a intimar, se mantiene distante, barra de por medio. Ya va siendo hora de regresar. Mañana decidirá qué hacer. Tiene llave del piso, ya no le preguntan a dónde va ni con quién se junta. Algo es algo. No quiere llegar hecho un saco pestilente de alcohol y vómitos. Bastante ha tenido en Ibiza, se pasó varios pueblos con sus meropeas intencionadas. Olvidar. Ya no necesita olvidar. Es él quien dirige su vida arrastrando todo lo que aún se le adhiere, restos de los naufragios anteriores. Es hora de volver a casa. ¿A qué casa? La buhardilla la dejó antes de ir a Barcelona. El piso de sus padres no es su casa desde hace tiempo... Se ve de prestado en casas prestadas, alojado, exiliado. Al amparo de la buena voluntad de amigos que quisiera fuesen más que amigos, bajo la complacencia de amigas que quieren ser más que amigas...
A su hermana no le han hecho mucha gracia los modelos de vestidos de encajes semitraslúcidos que ha traído. La última moda de Es Caná. Oye, no pienso ponérmelos, mira, te los llevas. Bueno, éste quizás me lo pueda poner en carnaval, es el más discretito, pero ese blanco que se clarea todo-todo por debajo... ni hablar. Oye, a tu amiga Teresa le gustaría..., pues ya está, se lo vendes. Ah, y la verdad, las zapatillitas estas son un poco grandes para un niño de tres semanas... Tú no estás bien de la cabeza... Esas y otras más fueron las muestras de agradecimiento por sus regalos.
Efectivamente ha cambiado. No es el mismo Pablo que se fuera hace unos meses a Barcelona harto del ambiente asfixiante de las tertulias madrileñas, de los mismos rollos en el Rastro, de las carreras provocadas por los ultras cada mañana de domingo... Y de su familia que le está resultando desconocida, ¿o es él que se ha distanciado demasiado en tan poco tiempo? Ha experimentado bastantes cosas, de algunas precisamente no está muy satisfecho, pero qué es la vida sino un juego sin reglas aprendidas, improvisando a cada instante.
A vueltas con sus conflictos de adolescencia. No ha llamado a Carlos. No va a llamarlo. Por más que estará con sus padres en Mojácar como todos los veranos. Y Sebas sigue sin contestar, lo mismo se fue a Jávea con la familia...
Mañana mismo regresará a Ibiza. Ha sido un error venir tan pronto. La isla le ahogó demasiado con las vivencias acumuladas día a día, noche tras noche. No han sido tantos los días allí pasados. Debe volver y seguir con el plan de ganar más pelas para instalarse en una casita y pintar durante el otoño y el invierno. ¿Demasiado romántico? Sí, bueno, lo es. Pero tiene que intentarlo. Está en la primera fase: ganar dinero. No se va a quedar mucho más en Madrid, anoche ya consumió suficiente alcohol y se dejó unas pelas entre billete y regalos. No, no le pesa haber traído regalos, no es eso... Pero mejor es volver.
Intenta otra llamada. ¿Teresitaaa? Siií... ¡Hola, tía! Pero Pablito, ¡qué sorpresa! ¿Verdad? Ayer por la tarde te estuve llamando nada más llegar a Madrid. Es que estuve fuera... Pues sí que ha sido casualidad, ya ves, lo he intentado antes de irme. ¿Cómooo? Que me vuelvo a Ibiza. Pero, si me acabas de decir que llegaste ayer... Sí, y no ha sido muy buena idea venir... Entonces ¿nos vemos? No me va a dar tiempo... Venga, acércate y tomamos un café, aunque solo sea un ratito. Bueno, vale, lo que tarde en llegar... Oye, Pablo, se me está ocurriendo... ¿y si vamos a visitarte? ¿Quiénes? ¿Cómo que quienes?, pues, los del quinteto de la muerte: Sebas, Julita, Maripaz y yo, claro... Por mi, vale, así podremos celebrar mi cumple. Anda, que ayer fue tu cumple, pues: ¡¡felicidades!! Es igual. Vale, nos vemos ahora. No se, si no me da tiempo a ir... es que acabo de acordarme que tengo que hacer más cosas... oye, que si no te mando una postal con el teléfono y la dirección del hostal. Entonces... –no le presta atención- ¿no has visto a los de la pandilla, ni a Sebas siquiera? No, no contesta ninguno al teléfono. Que raro, Sebas no me dijo nada, a lo mejor se han quedado unos días en la finca de Guadalajara... o estarán en Jávea. Sí, será eso. Pues aligera y ven, que te espero. Haré lo posible, besos, chao. Chao. Más llamadas infructuosas. Luego la noticia a su madre. “¿Que-te-vah-mañana?,-pero-si-acabah-de-yegá,-¿y-ahora-te-vah-a-ver-a-Teresa?.-No-sé,-hijo,-pero-te-encuentro-mú-raro...” Sale en silencio, le apetece estar con alguien que le consuele y esa es misión de Teresa.
Pero le va a ser difícil dejar Madrid. No, no hay plazas a Ibiza ni para mañana ni para los próximos días, hasta el quince de agosto por lo menos... ¿Y a Mallorca? A Palma, claro. Sí, quedan plazas todavía. De allí puede tomar un barco...

Con el mismo atuendo con el que llegó, oyendo los mismos co-co-co-cóos por todas partes del aeropuerto de Barajas, incluso al llegar al de Son San Juan, hasta salir de la terminal y tomar un taxi en dirección al puerto. No conoce Mallorca, es la primera vez que pisa la isla. Pero se ubica con facilidad, recuerda haber visto un plano callejero de Palma y Pablo tiene buena memoria para retener los mapas. De todas formas no le va a hacer falta porque el taxi le deja en el puerto, casi a la puerta de las taquillas de la Compañía Transmediterránea. Tiene suerte, en unas horas zarpará un barco para Ibiza. Compra una plaza de silla de toldilla.
La travesía transcurre rápida, acodado sobre las barandillas de popa, tomando algo sentado en la cafetería o dando cortos paseos por cubierta. Un viaje de tarde fresca. Ibiza se va perfilando y acercando cada vez más. Sin darse cuenta están arribando a puerto.

Último autobús a San Antonio y sorpresa en la cara de Encarnita. ¡Chico! ¿Ya de vuelta? Ya ves, ha sido visto y no visto, que no me quieren por Madrid. Tus cosas siguen en el almacén, todavía estamos sin habitaciones libres... Sonríe. ¿Vuelves al piso? Sí, si me dejáis... Pues claro, venga, vamos. Los chicos aquellos se fueron, ah, es verdad que lo hicieron el día antes de tú irte a Madrid... Y, cuenta, ¿qué tal te ha ido? Gesto de ni fú ni fá...

No, no va a hacer retratos esta noche, está demasiado cansado, sí, no han sido más que dos días con su familia y le han bastado para quedar agotado. Un descabellado viaje de reencuentro consigo mismo. El Pablo que está sentado en la terraza de la heladería tomando sus fresas con nata no es enteramente el mismo de hace unos días. Santi se lo había notado cuando se acercó al puesto de la calle San Mateo. Hablaron entre retrato y retrato. ¿Que no te han felicitado, ni has celebrado tu cumple? Joder, tío, qué fuerte ¿no? Bueno, podemos celebrarlo este domingo en el hostal. Dabuten... 


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© Juan Rodort, 2012

miércoles, 29 de octubre de 2014

Por las plumas...


Ex-Paradís (fragmentado)
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pg 126

Por las plumas...

                    Co-co-ri-cóoo y otras lindeces oye Pablo al bajar por la escalerilla a pista. Se conoce que el personal de mantenimiento está ocioso y gracioso. Baja con sus mejores galas, de impoluto blanco, morenísimo, las barbas rizadas y negras, los ojos tras sus gafas soltando chispas. No le importan los comentarios ni las exclamaciones de los operarios pero hay algo de chufla que no aguanta. Se le ha olvidado que ya no está en la isla, que ha vuelto a la jungla de hace escasos meses. Todo sigue igual. Casi se había acostumbrado a vivir despreocupadamente, a vestir sin pensar en los demás. Aquí está, de vuelta al poblachón manchego que sigue siendo la capital de España. Ha paseado esa estampa por los mercadillos y playas de Ibiza. Sí, le han hecho fotos, sobretodo el último día en Es Caná cuando recogió el encargo del sombrero y compró los vestidos que ahora lleva en la bolsa. Pero no se cree tan importante como para producir admiración... El sombrero es magnífico, se lo ha puesto nada más salir al sol de las pistas de Barajas. El pendiente y el collar hacen juego con las plumas. Los penachos del sombrero tornasolean a los rayos abrasadores de la tarde. Los reflejos azules de las piedras de collar y pendiente se entremezclan con las irisaciones de sus plumas. El todo de Pablo es una imagen difícil de olvidar, pero no por ello debe ser jaleada como una atracción de feria. Eso le molesta, no desea ser un monstruo del circo, no si no van a pagar por ello. Y la imagen que está dando es gratis. Tiene prisa. Desea llegar a casa de sus padres cuanto antes. Cruza el corto trecho desde la escalerilla del avión hasta las puertas de la sala de equipajes. No tiene ni que detenerse, no lleva más que el capazo al hombro con cuatro prendas. Y una gran bolsa de plástico donde van los regalos para la familia... los vestidos para su hermana, las zapatillas y el trajecito tipo pastorcito jipi para su reciente sobrino... Más rechiflas por las salas, desde los rincones, detrás de los mostradores de las compañías aéreas, co-co-co-có... Muy originales todos. Se volvería para agradecerles las burlas, saludar como un rey, pero tiene prisa en encontrar un taxi.
No le fue difícil encontrar vuelo para ese mismo día. En la agencia de viajes de San Antonio consiguió el billete de ida. No pensó en la vuelta, ni se le ocurrió, después de la tortuosa noche pasada, mejor dicho, de la madrugada, porque llegó al piso casi al amanecer, después de bañarse en la playa de siempre al salir de la disco cargado de alcohol en compañía de la pandilla que ya era habitual. Santi le estuvo animando. No se había atrevido a confesarle el por qué de su cogorzón. Los escarceos de la mano tonta, los dos fracasos en sus precarias relaciones de verano... Con Manu no llegó a nada que no fuesen los roces de sus cuerpos desnudos transpirando alcohol y agua salada revueltos de arena esa madrugada. Con Santi se tranquilizó hablando. La subida al piso no fue tan terrible como se esperaba. Literalmente se derrumbó nada más llegar. El saco lo dejó en el mismo sitio de la siesta. La oscuridad lo arropó y consiguió dormir la mona. A la mañana, después del desayuno, ya estaba en la agencia de viajes...
El taxi gira a la izquierda, pasada La Cruz de los Caídos, poco antes de llegar a Pueblo Nuevo, enfila la calle abajo y le deja enfrente del portal de la casa de sus padres. No quiere llegar andando el corto tramo de calle desde la esquina hasta el portal y darle el gustazo al panadero de verle con sus galas. Desde donde ha parado el taxi no se ve la puerta de la panadería tapada por los árboles, pero Pablo está seguro de que se va a enterar de todas formas porque es la portera del barrio. No tiene la llave del portal. Llama al timbre, no se oye muy bien la voz, pero sí el bizzz del portero electrónico que le abre el portal. Sube. Su madre está plantada ante la puerta, muy quieta, mirándole de una forma que a Pablo le recuerda aquellas reprimendas de cuando era chico. “Pero-hijho-¿cómo-vieneh-así-con-ehtah-pintah?-¿Te-ha-vihto-el-panadero?-Y-ensima-con-esah-plumah-¡Ay-Dioh-mío!-Con-ese-sarsiyito-que-pareseh...-ay-mira,-yo-no-se-lo-que-pareseh”. Todo esto dicho a bocajarro, sin franquearle la puerta. Luego se echa a un lado, le da dos rápidos besos. “Quítate-ya-mihmo-esah-plumah-anteh-de-que-te-vea-tu-padre”, le aconseja. “¡¡¡Y-el-sarsiyito!!!”.

Cambiado de ropa y cenado, Pablo sale y sube la calle, dobla la esquina de la avenida hasta la próxima parada de autobús que le dejará al lado de la boca de Metro de Ventas. Ni a su llegada, ni luego, ni después de cenar se han acordado de que es su cumpleaños, tan ofuscados en reproches por la indumentaria con la que ha llegado. No porque en realidad les importe verle así sino por el qué dirán los vecinos y sobretodo el panadero de la esquina de arriba que lleva al dedillo las vidas de todo el vecindario. Pablo ha llamado a sus amigos pero o no estaban en casa en esos momentos o se encuentran de veraneo. No ha avisado a nadie de su llegada, incluso su madre recibió esa doble sorpresa al verle a la puerta de golpe, sin avisar y con aquellas pintas... Los vagones del Metro van casi vacíos. Baja en la estación de Banco para pasarse primero por La Vaquería, tal vez allí se encuentre con algún conocido con quien pueda hablar y desahogarse de la frustración que le está suponiendo este cumpleaños. Veinticinco años paseados en avión y Metro. Ni una sola postal para él, ni carta, ni llamada... Se va a coger una buena, aunque no le guste beber cuando está parando en casa de sus padres. Disimulará como ya ha hecho otras veces. Pero le urge aturdirse lo antes posible. El bar está a medias lleno con un ambiente nada festivo, más bien un poco muermo. ¿O es él quien arrastra ese muermo? Ve a Lorenzo Ramos bebiendo una birra sentado dos mesas más adentro. ¡Eh, tío! Se acerca a la mesa. ¿Pablo? Se levanta y le abraza. Hombre, qué sorpresa. ¿Verdad? Menos mal que hay alguien conocido en Madrid. ¿Y eso? Ya ves, el día de mi cumple y más solo que la una... Joder, qué palo tío. Sí. Pues yo acabo de llegar como quien dice de Argelia. Ah, ¿al final te fuiste? Sí, estoy dando clases en la Universidad de Orán. Guay colega, que dabuten. ¿Te tomas otra birrita? Vale, esta noche quiero coger un pedal. Joder, pues ya somos dos... ¿Y eso? N’a, cuestiones de faldas, que me han dejado tirado. A mi también me han dejado colgado, no he localizado a ninguno de mis amigos. Bueno, aquí tienes a uno ¿no? Sí, enfin, quería decir... Vale, vale, te entiendo. Pues a la nuestra. Brindan y se enfrascan en una charla acomodados en los cojines debajo del rinoceronte colgado en la pared, a Pablo siempre le dio mal rollo pensar que se le podría caer en todo el coco. Con el viejo poeta se encuentra a gusto desde el primer día que se conocieron allí mismo, cuando él estuvo también enredado con aquellos pibes dibujantes de cómics ¿no hacía ni un año de eso?...


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© Juan Rodort, 2012

martes, 28 de octubre de 2014

Pablo y Pau



Ex-Paradís (fragmentado)
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pg 122
Durmiendo en el armario (Continuación 1)

                    La vuelta al piso parece normal hasta dejar al grupo del hostal, luego en solitario la calle parece más oscura de lo que es. Al fondo los pinos y el monte. El portal lo localiza al segundo intento. Abre la puerta al tercero. Sube agarrándose a lo que puede dando traspiés, se mete en el otro piso... Llega al campamento pasando por el baño para refrescarse y despejar el aturdimiento que trae. Entra a la habitación, tropieza con el primer saco que no está alineado con los otros. Se inclina, un rostro dormido, un cuerpo desnudo cubierto con un breve slip. ¡La mano! Cobra vida por si sola y hacia el triángulo blanco se abalanza. La deja reposar sobre el promontorio caliente y palpitante. Respiración cortada, movimiento brusco, otra mano que detiene su mano. Murmullo de protesta. Estate-quieto-o-se-lo-digo-a-Pau. Amago de hablar que queda en farfullo de disculpas de borracho... Sube al trono. Deja sus ropas alrededor. Queda en calzoncillo, el suyo es un clásico de algodón, no tan pequeño como los que se gastan estos muchachos. Pero también está abultado. Tendido contempla el panorama en penumbra, las islas de entreabiertos cuerpos con sus faros triangulares blancos, el de Pau oscuro pero visible por la línea clara de piel que lo ribetea. Hacia él se desliza. Vuelve a tropezar con otro cuerpo, trastabilla y cae de rodillas al lado de un hermoso chico con incipiente barbita y un prometedor montículo claro en mitad. Operación de cata. La mano tonta se deja caer encima y allí se queda. El muchacho ni se inmuta. Es más, el monte se va haciendo montaña. La mano descansa en sus laderas, se aventura a subir por el vientre arriba hasta llegar al cadente vaivén del pecho. La respiración cambia de ritmo, el cuerpo se da la vuelta. Bocabajo, dos colinas esperando ser exploradas. La mano tonta se está indigestando de calor y turgencias. Nuevo giro del dormido y un manotazo a la mano intrusa. Con las mismas vuelve al trono. Allí trata de enfocar la penumbra que le rodea. Respiraciones. Un mareo, nauseas, sudor frío. Carrera hasta la taza...
El sol entra por alguna ventana de otra habitación. Pablo emerge de su salón del trono... La mañana es fresca y disipa los efluvios del alcohol de anoche, pero la habitación es un completo campo de batalla revuelto y abandonado. Aunque no se han marchado todos, Pau sigue dormido con los pies dentro del saco, el resto en pose. El triángulo azul oscuro del centro de su cuerpo se eleva con vida propia como dando saltitos... Eso hay que verlo de cerca. Y tocarlo. Con sigilo acorta la distancia entre ellos para que la mano tonta inicie sus exploraciones rutinarias. Es ya un hábito el dejarla caer suave sobre la tela caliente e hinchada de los dormidos. Pero este durmiente lo finge, estaba a la espera. Despacio se voltea para presentar sus redondeces traseras, bien abiertas las piernas. Entre ellas aparece buena parte del monte cálido catado antes. Hacia esa oquedad se encamina la mano, ya sabe lo que se hace...
(Verano de 2006)

                    - Me parece a mí que el que no sabía lo que se hacía eras tú, ¿me equivoco, o no? –Justo no deja pasar una. Ha aguantado el episodio de la mano tonta sobre las carnes juveniles conteniéndose, pero es que no se puede creer lo que oye-. Tú estabas de diván de siquiatra ¿no? Porque, aparte de montártelo con menores, menores legalmente hablando, claro...
- Hombre... Mirado así... No, muy equilibrado no es que andara yo por esos años...
- Desequilibrado sería poco, demente. Vamos, Pablo, ¡que eran todos unos críos! Joder, que te podías haber metido en un buen lío...
- Bueno, no tan críos... Espera y verás a ver quién era el pervertidor de la historia...

(Verano de 1976)

                    ...la mano sigue explorando al calor de la tela ligeramente húmeda, las piernas de Pau se abren más para facilitarle la labor... Pablo desliza la prenda azul por las piernas de Pau que se arquean levantando el cuerpo ligeramente para que pueda pasar con facilidad bajo sus rodillas; le queda enredada en un pie. No, Pau no duerme. Pablo le aplasta literalmente, se le ha echado encima, mientras baja su calzoncillo hasta las rodillas dejando libre un ariete caliente palpitando entre las nalgas de Pau que suspira pero insiste en seguir con los ojos bien cerrados mientras el duro elemento liberado busca la entrada ofrecida. Porque aquello es una operación de acoso y derribo a la inversa. A la chita callando el muchacho se deja hacer pero es él quien dirige los torpes movimientos del ofuscado ciego que no atina. Sin un solo prolegómeno, directamente, adentro, para en dos segundos vaciarse en convulsiones lamentosas. Pablo repite un lo-siento, lo-siento, lo-siento... hasta que la voz aplastada de Pau le anuncia que no-pasa-nada-no-te-muevas-quédate-como-estás esperando que los ágiles movimientos de sus manos terminen la faena que se traen entre sus muslos hasta llegar al convulso suspiro de alivio que finalmente se las llena. Y Pablo queda aprisionado, ensamblado en esa cueva húmeda de precipitados ecos... No es hora de ponerse poético. No, más que trágico es humillante... Patético. Dos veces le ha ocurrido el mismo percance. Dos veces oye un esas-cosas-pasan bien lacerante. ¿Y ahora, qué? Pau queda pringado por entrambos lados. Difícil maniobra la de levantarse sin manchar nada. Pablo le alza por un brazo hasta que los dos quedan de pie enfrentados. Una inesperada reacción de Pau... Le abraza con inusitada fuerza, Pablo nota sus manos cálidas y untuosas por la espalda. Toma la cabeza rizada del sudoroso muchacho con manos aún temblorosas de disculpas para fundirse en un solo labio con dos lenguas. Los dos gotean. No saben como han llegado hasta el chorro de la ducha. Bajo el agua siguen abrazados restregándose el jabón por los rincones más pringados de sus cuerpos. Pablo se recrea en las profundidades calientes de Pau y éste bucea bajo la espesa barba buscando la fusión de los labios que llega con nuevas convulsiones del muchacho. No quieren terminar ese abrazo sumergido por más que el agua limpiara sus pieles hace rato, siguen aferrados manos con espaldas deslizando las palmas arriba y abajo deteniéndose en caricias que no saben de diferencias de piel, ni de edades...

Las horas parecen detenidas desde que bajara del piso, dejando a Pau vistiéndose silencioso. Después del desayuno Pablo se ha acercado a la playa de Es Caló sin toalla de baño ni ganas de bañarse. Ha pasado esas horas anteriores a la comida mirando distraído el horizonte con el perfil de la isla Conejera navegando entre la neblina. Relajado con el ir y venir de las olas. Sorbiendo lentamente su jarra de cerveza, sentado bajo la sombrilla. Vuelve al hostal con los otros en mera comparsa, respondiendo mecánicamente a sus preguntas con escuetas palabras. Después de la comida, incomunicativo y evasivo, vuelve al piso.
Descubre la habitación desierta de mochilas, su trono presidiendo el vacío rectángulo. Se han ido. Sobre su saco rojo hay una hoja de papel doblada con un escueto “Llámamé”, debajo el nombre de Pau y un teléfono de Barcelona. La siesta le va a resultar insomne, ya de por si calurosa. Pablo se tiende desnudo encima del saco puesto en el sitio donde el saco de Pau estuvo hace unas horas. Huele el aire con ecos de sus olores. Suda al calor del primer día de agosto. Dormir en soledad le va a resultar insoportable. Esta noche ya verá como se las apaña. Cogerse una buena, quedarse hasta el amanecer por la playa retozando con los amigos del hostal... ¿Y mañana? Será su cumpleaños. Piensa las posibilidades de encontrar un billete para ir a visitar a su familia. Sí, ese es un buen plan. Pasar el cumpleaños en familia, con los amigos de Madrid. Tal vez hasta pueda ver a Carlos... Con esa ilusión consigue quedarse dormido. Es un buen plan. Hablar con Encarnita para dejar sus cosas en el hostal los días que esté fuera... hasta el seis por lo menos que tendrá habitación compartida con Santi. De nuevo con su amigo. Él sabe calmar sus desvaríos, junto a él deja de disociarse en dos o tres Pablos de manos volanderas. Junto a Santi las horas pasan tranquilas, junto a él no necesita buscar otras pieles calientes. Por más que la de Manu le siga apeteciendo... A la vuelta, tal vez... 


......................  (continúa)

© Juan Rodort, 2012

lunes, 27 de octubre de 2014

Noche de viernes


Ex-Paradís (fragmentado)
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pg 118

Durmiendo en el armario (Continuación)

                    En su reducto, recostado sobre la toalla de baño puesta encima del saco para empapar el sudor de su recalentada piel, Pablo observa como los chicos van entrando y dejándose caer en sus respectivos sacos apenas tapados por unos bañadores y calzoncillos demasiado ajustados para no dejar margen a la imaginación. Un bonito desfile de nalgas y paquetes, torsos tostados con los pezones sonrosados, algunos pelillos adornando los brazos y piernas bien torneados. Lo normal en cuerpos recién salidos de la adolescencia. Una larga adolescencia de grupo. Risas tontas, chistes facilorros y el silencio interrumpido por los resoplidos de las respiraciones en un tórrido ambiente de cuerpos arracimados. Todos ellos un palmo más abajo de la posición privilegiada de Pablo. Pau llega cuando los otros ya duermen la siesta. Trae enrollada la toalla de baño a la cintura, el cabello mojado y chorreando en caracolados rizos sobre los hombros, los ojos negros –supone Pablo, no los distingue pues tiene los suyos entrecerrados aparentando que duerme y así poderle espiar impunemente-, el cuerpo muy moreno. Desenrolla la toalla dejando las marcas redondas del trasero al descubierto. En la postura de escorzo en que se encuentra no muestra la espesa mata de vello sobre su entrepierna –pero aún le queda la evidencia del manoseo en solitario en la ducha-, Pablo si que lo nota alzando la cabeza como si girase el cuerpo más hacia el panorama de los muchachos. Pau se ha embutido en un pequeño slip azul oscuro –¿es una moda o una fijación en las observaciones de Pablo?- que le pronuncia la marca blanca de la piel no tostada por el sol; se echa bocabajo. En total son tres bocabajo y dos de lado mostrando sus paquetes recogidos a los ojos abiertos de Pablo, ya no tiene por qué disimular. Está excitado. Demasiado calor desprendido de tanta piel ardiente. Aromas de jabones, sudor de zapatillas, ropas sucias, champúes y un olor de sexo caliente rezumando por los poros de Pablo. Demasiados para tan corto espacio. Va al baño y se mete bajo la ducha fría. Luego más que secar su piel refrescada la deja algo mojada y vuelve al recinto de su trono donde consigue dormir unos minutos para despertar envuelto en sudor. Hace calor. La habitación ha tomado una temperatura multiplicada por el calor de los cuerpos jóvenes que apenas sudan. Rezongan, alguno musita algo entre sueños, un pedo anónimo... Pablo recoge su saco y la toalla para instalarse en otra habitación más fresca. Está claro que en esa no van a poder dormir la siesta, quizás a la noche sea adecuada pero no ahora con el sol lamiendo la ventana. Y aquel espectáculo...

Preparando la noche del viernes los muchachos han ido levantando el campamento a las pocas horas de que Pablo quedase por fin dormido. Con sus últimos golpes, bromas y risas bajando a la calle se despierta. Vuelve a dejar el saco en su trono. La habitación es un laberinto de ropas, bolsas y sacos abiertos oreando el calor aprisionado de la siesta. El de Pau tiene una oscura mancha en el centro, a la altura de donde reposaba el sexo. Tal vez no se secara bien el agua de la ducha... Se acerca más y huele su cabecera. Restos de alguna colonia y sudor. Olor de piel aún caliente. Unos pantalones cortos dejados a los pies... los toca y huele. ¿Qué coño está haciendo? Apresuradamente los deja en su sitio. Mira instintivamente hacia la puerta. Se levanta y se detiene a mirar por la ventana el calimoso paisaje. Luego prepara sus artilugios de retratar para plantar el puesto, ya es tarde y Santi estará preguntándose dónde se mete. Y sigue a medio vestir. El pantalón vaquero ajado, las chancletas, una camiseta ajustada, los dijes al cuello y sobre su hombro izquierdo toda la impedimenta del puesto. Le queda la mano derecha libre para abrir y cerrar la puerta del portal con llave tras él. Vuelta a la incertidumbre del camping, pero esta vez no ha dejado dinero en los bolsillos de su macuto. Ayer hizo un ingreso en su cuenta de la Caja de Ahorros. Luego irá a cenar al hostal. La cuenta de la habitación la liquidó ayer también, ya solo le quedan las comidas, pero lo pasarán junto. Tiene dinero suficiente para unas fresas con nata y unas copas, aparte de lo que saque esta noche.

Agotados por la cantidad de retratos que han hecho, los dos amigos se regalan con su tradicional copa de fresas con nata, luego siguen el mismo camino del hostal, Santi se queda para cambiarse y esperar a Pablo que deje las sillas, el caballete y el capazo en el piso, se cambie y vuelva. La subida es un poco a la gallinita ciega. No hay luz en todo el edificio. Eso no se lo esperaba. Un fallo de la previsora Encarnita, un inconveniente para subir tres plantas cargado y tanteando los escalones. El piso sigue tranquilo, la luz del exterior le da un tono más misterioso si cabe a las habitaciones vacías. Los chicos no han regresado. Pablo deja sus cosas en el armario, casi a tientas busca la ropa para cambiarse, se lava, deja el dinero de la jornada en el interior de la mochila, en un bolsillo escondido, la cierra bien y sale por la penumbra del pasillo a la oscuridad de la escalera descendiendo escalón a escalón con los ojos en las suelas de las zapatillas y las puntas de los dedos de las manos. La misma operación de cerrar con llave y en poco más está a la puerta del hostal donde Santi y los demás toman algo en la terraza del bar.
La noche es cálida, una ligera brisa viene de los pinares de más arriba de la calle, se cuela por encima de los tejados. Poco importa ahora la temperatura si no es a altas horas de la madrugada cuando suele bajar y esta será larga. Las fuerzas repuestas con las ricas comidas del hostal y la siesta pasada prometen un buen comienzo. Unas copas en varios pubes camino de la clásica disco que hoy tiene un original party con concurso de disfraces. No, no se animan, pero no les hará falta estar disfrazados para concursar en los juegos. Baile y alcohol en la noche perfumada de Es Paradís. Una botella de cava de regalo por su participación en casi todos los números. Y otras dos de licores –el consabido güisqui y un gin de marca- bebidas a morro en la playa de costumbre. El cuerpo fresco de Manel le ha rozado más de lo casual. Amparados en la sombra de los árboles proyectada sobre la arena los cuerpos se han quedado quietos unos segundos notando la corriente que les ha pasado de uno a otro...  La mano de Manel por su hombro y un beso en la mejilla, en el poco sitio que le deja la poblada y rizada barba. Pablo le ha pasado la mano por la espalda hasta rozar las redondas nalgas de muchacho que ha dado un respingo y saltado hacia el agua agarrándole del brazo, arrastrándole consigo. Y con el agua por la cintura, sin dejar de agarrarlo, se le echa encima aupado en sus hombros y caen en plancha. Al chapoteo se le suman los otros y ya no saben de quién es la mano que les agarra ni quien se propasa con quién, ni tan siquiera llegan a plantearlo, solo ríen y se abrazan para alzarse y caer entre espumas. La negrura del agua se convierte en cielo estrellado de minúsculos puntitos luminosos fosforescentes que se adhieren a las pieles. A Pablo este efecto le desasosiega y sale rápido a la arena donde se escurre el agua y sentado espera a quedar seco para ponerse la ropa como ya hace alguno más sensato. Los locos siguen a lo lejos nadando, sus cabezas refulgen a la escasa luz que les llega desde la orilla. Los últimos tragos, las confidencias, los silencios mirando las estrellas. El sonido caótico de las discos a lo lejos. Manel que llega y se sienta al lado de Pablo, le toma la botella de gin y la apura. Vuelve a besarle esta vez en la boca dejando un reguero de licor manchándole la camiseta. Pablo coge un puñado de arena y se lo tira, quedando pegada en la piel mojada del chico, que vuelve al agua, se da otro remojón para limpiarse y, a continuación, vestirse. La cabeza de Pablo está demasiado densa como para pensar en los por qués de estos esporádicos besos. Ya sabe lo afectuoso que es Manel pero no han pasado nunca de un apretón o largas miradas desconcertantes para Pablo. ¿Qué le intenta demostrar? ¿Es la noche, es el aire tibio o tal vez el alcohol? La grata compañía de las pieles...


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© Juan Rodort, 2012

domingo, 26 de octubre de 2014

Durmiendo en el armario


Ex-Paradís (fragmentado)
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pg 115


Durmiendo en el armario

                    Llegó el momento de dejar la habitación compartida. De apañárselas como bien pudieran. Tanto Santi como él ya sabían lo que se les venía encima a final de mes. Y vino... Chicos, que no he podido meteros en ningún sitio, lo siento, estamos hasta arriba. Todas las reservas confirmadas hasta el seis de agosto por lo menos. La voz de Encarnita tan preocupada como sus vivarachos ojos. Pero no os preocupéis. He preguntado a Manel, que Santi puede quedarse con él, pondremos una cama supletoria... vais a estar un pelín apretados, pero menos que nada... Lo siento Pablo, para ti no tengo ninguna habitación donde acomodarte; como ya te he dicho hasta el fin de semana... Bueno –cambia la expresión de sus ojos de forma traviesa-, a menos que quieras meterte en una casa sin puertas... ¿Qué? Lo que estás oyendo. Tenemos un apartamento que está sin terminar, aquí cerca. Pero esto es extra oficial, no tiene nada que ver con el hostal. Si te preguntan no digas dónde estás porque el edificio sigue en construcción y nuestro, de mi marido y mío, solo es ese piso. No te asustes, que el portal tiene puerta... y escaleras –bromea-. Lo que no hay son puertas en los pisos, ni ventanas, solamente los marcos. Estos días no van a seguir trabajando los albañiles allí. Mi marido es el que tiene que poner las puertas pero ahora le ha surgido otra cosa más urgente... ¿Te parece? Por mí... Vale, pues vamos ahora mismo, tengo las llaves. Efectivamente a dos calles más arriba del hostal, en las afueras del pueblo, siguen construyendo más apartamentos. Este está en un edificio de tres plantas por encima del portal, con dos apartamentos por planta. El nuestro queda en la última planta, hay unas vistas estupendas de la playa de Es Caló y Cala Grasió también se puede ver a lo lejos, bueno, adivinando un poco, si te asomas, pero con el horizonte del mar por todas las ventanas. Vale, me lo quedo. Qué gracioso. ¿Seguro que no te entrará el muermo aquí solo por las noches? Estoy acostumbrado a peores cosas... ¡Ah! por si oyes ruidos, el domingo por la mañana vendrán los fontaneros al piso de enfrente que están terminando de instalar los baños, pero aquí no tienen que entrar porque ya está todo instalado... No hay problema, voy a por mis cosas. Luego te traigo unas toallas y papel higiénico para el baño... Invita la casa.
Mudanza después del desayuno. Santi pasa sus cosas a la habitación de Manel en la misma planta del hostal. Bien que le hubiera gustado compartir la habitación con Gloria, pero por lo que parece su romance se enfría a ojos vista y salvo aquellos escarceos... Pablo se lo supone por las ausencias de su amigo las noches pasadas. A él si que le hubiera gustado compartir la habitación y la cama de Manel... Pero Santi tiene más prioridad, son más amigos, o es que quizás a Manel le asuste lo que pueda pasar, ¿lo está deseando tanto como Pablo? La decisión ha sido de la madre. Ella sabe lo que se hace. Conoce a su hijo. Nada escapa a su escrutadora mirada. Y tiene muy buena información de todo lo que pasa en el hostal, por Encarnita. Esta mujer siempre tan eficaz. Las comidas si que seguirán haciéndolas en el hostal, les pasarán solo la pensión completa alimenticia como siempre; las tertulias del café no cambian, tan solo a la hora de dormir la siesta cada uno se va para su alojamiento provisional. Han formado una buena pareja compartiendo habitación. Pablo y Santi se han complementado en casi todo. Respetuosos con sus turnos del baño, con las menos molestias si alguno llegaba más tarde a dormir. No siempre estuvieron juntos en las juergas nocturnas. Y lo fundamental para Pablo fueron las charlas afectuosas que disfrutó con su amigo a cada instante, como si fuese su hermano pequeño. Supone que seguirán con esa franca camaradería, pero todas estas noches van a ser un tanto nostálgicas para Pablo. Se ha acostumbrado a los resoplidos de Santi en la otra cama. ¿Cama? ¿Dónde va a dormir? Tiene un saco, pero nada para poner debajo... Vuelta al puto suelo. Las losas de terrazo pulido no van a ser como el lecho de arena de la playa... Y solo. Expuesto a los vientos... ¿Tiene miedo? Un poco, sí.
¡Chachán! ¡Sorpresa! Encarnita aparece por el vano de la puerta con unos muchachotes cargados de bolsas, macutos y la bandera catalanista al hombro de uno de ellos. No le ha dado ni tiempo de desenrollar su saco cuando ya tiene inquilinos en el apartamento. Poco antes les había oído llegar, pasos atropellados, golpes y voces con ecos de cuartos vacíos a medida que subían... Pablo no se extrañó, enfrascado como estaba en acomodar sus cosas al vacío de la última habitación del pasillo, esta le parecía como más independiente del resto. Una sensación extraña la de no poder cerrar el espacio abierto a las voces, el viento, el cálido aroma de la siesta que pensaba dormir en soledad...
Y allí estaban, cinco chicos sudorosos, en calzón corto y con camisetas mojadas descargando sus cosas. Oye, que tenéis más habitaciones para no estar tan apriscados. Todo el piso a vuestra disposición, este piso, los demás no. Por mí, se pueden quedar aquí también, así nos haremos compañía... Pablo observa a los chicos mientras estos desparraman sus cosas por la habitación. Uno de ellos parece el jefe, los demás le obedecen y colocan los macutos más ordenadamente. Por nosotros ya está bien y si a él no le importa... Dicho con un fuerte acento catalán. Encarnita da un último vistazo, deja las toallas para Pablo en el baño. Eh, chicos, para vosotros no he traído toallas, así que os apañáis... ¿eh? Vale, vale. Gracias por dejarnos estar aquí. Bueno, gracias también a Pablo, él es el anfitrión, el que primero ha llegado. Ea, os dejo. ¡Ah!, para vosotros solo tengo esta llave, os ponéis de acuerdo. Chao, chicos. Hasta luego.
La habitación es un campamento juvenil. Una de las paredes divisorias con el baño ocupa todo un hueco para armarios empotrados, solo los marcos puestos a falta de las puertas. Un ligero escalón como un estrado lo suficientemente espacioso para instalar su macuto, las sillas plegables y todo el tinglado que luego montará en el puesto de San Mateo. Con todo, solo ocupa la mitad del hueco de los armarios, es su zona y allí se despatarra sobre el saco mirando como al resto de la habitación lo van rellenando los cinco sacos desplegados al lado de la pared perpendicular a los armarios y en la otra, frente al hueco del armario, bajo el marco de la ventana por la que se cuela el azul del cielo y del Mediterráneo. Cerrando el cuadrado de la habitación el testero con la puerta al pasillo en ele con el baño al lado, las otras dos habitaciones, luego la cocina sin nada instalado y el salón, que es la pieza más amplia pero que está nada más entrar y al no haber puertas con el descansillo y quedar enfrentada con el hueco del otro piso lo hacen un tanto como un sitio de paso, más expuesto... No hay ningún comentario del por qué han elegido estar en compañía de Pablo, todos apiñados, podían haber escogido habitación y desperdigase por el resto de las habitaciones. Pero a lo que parece el calor humano en ese espacio sin puertas les hace estar más seguros. Dejan las bolsas de por medio, la bandera apoyada en un rincón... El chico moreno y recio, aunque de la misma edad que los otros, se ve que es el que manda el grupo, le pone al corriente. Son colegas, amiguetes de instituto en vacaciones, catalanistas militantes –la “señera” ocupa un destacado lugar en la cabecera de sus sacos alineados. Visto desde el vano de la puerta de la habitación resulta de lo más curioso. Curioso y excitante comienza a ser para Pablo al verlos desnudarse e ir quedando en bañador o en calzoncillos para lanzarse en tropel al baño. Les oye chapotear –lo imagina, no piensa ir a fisgonear- dando carcajadas y voces que no entiende –hablan catalán entre ellos-.
El que parece el monitor ha remoloneado recogiendo las ropas desperdigadas de los otros y amontonándolas sobre el saco de cada uno, luego toma una toalla y va hacia el refugio de Pablo con la mano extendida. Hola, me llamo Pau... Desconcierto de Pablo. Pau, Pablo, repite el chico. ¿Pablo? Ah, yo también me llamo Pablo. Qué casualidad ¿no? Sí, no me había pasado antes... no una situación como esta... en fin. Que encantado de conocerte, espero que los chicos se comporten. Yo también lo espero (sí, espero comportarme, y no dejarme arrastrar por la mano tonta...). Vale, voy a darme una ducha si es que estos han dejado algo... Se sonríen. Las voces de la muchachada y los manotazos sobre las pieles mojadas siguen en el baño repitiendo el eco por las habitaciones vacías y el resto del edificio. El calor de la siesta queda amortiguado por una ligera brisa y la corriente de aire que recorre los rincones. 

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© Juan Rodort, 2012

viernes, 24 de octubre de 2014

El portero de la disco



Ex-Paradís (fragmentado)
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pg 111

Es Paradís (Continuación 2)

                 Le despiertan con el ruido de las aspiradoras. Las camareras están arreglando las otras habitaciones. Mediodía. ¿Lunes? ¿domingo? ¿martes? Le da igual. Santi no está. Este chico cada vez va más a su bola. Y él, ¿no hace también lo mismo? Se da una ducha rápida. Ropa de playa, las sandalias y la toalla roja de los peces gordos amarillos, su aliada y compañera en los paseos solitarios camino de las playas próximas al hostal. Lleva uno de esos sombreros de paja muy fresco y cómodo, no el de las plumas, ese lo reserva para otras ocasiones. Su uniforme de playa es ese calzón rojo corto con una línea blanca bordeando los bajos, brillante y ajustado, que también le sirve de bañador y, completando el conjunto, alguna camiseta blanca con dibujos ibicencos, producto de algún puesto callejero.
Este mediodía tiene compañía en la playa escogida. Pep, el portero de Es Paradís también está allí tumbado, solo, peludo, poderoso, con un escueto bañador-slip negro brillante que más que taparle algo se lo realza. Las redondas contorsiones al volverse boca arriba o boca abajo sobre una anodina esterilla de playa, de paja desvaída, resaltan, más si cabe, su cuerpo casi negro del moreno y la pelambre de vello. Lleva un sombrerito de tela blanco ridículo y enormes gafas de sol para ocultar los estragos de la noche anterior. Los dos se saludan y él acampa a su lado. Le apetece mirar a Pep de cerca, con aquel cuerpo tan bronceado, incluso debajo del minúsculo bañador (ahora lo lleva porque aquella es una “playa familiar”) y mirar sus ensortijados vellos, que le hacen más salvaje aún. Su barba espesa y rizada no está tan larga y redondeada como la suya pero, lo que más le gusta de Pep son sus ojos, de un azul intenso, casi verdoso amarronado, ribeteados de espesas pestañas y cejas muy negras. Curiosamente  con el sol y el agua de mar el pelo se le torna casi cobrizo. Pep siempre coquetea con él, ambiguamente o insinuándosele de forma descarada. Ahora guardan silencio, se adivinan la resaca mutua. Su proximidad hace rozar sus pieles cálidas y peludas cuando se voltean.
Pablo recuerda las fotos en la disco, cuando le visitaron sus amigos y el fotógrafo hizo una sesión particular en la mañana que Pep no tenía trabajo pero estaba por allí ayudando en las tareas de día. Aprovecharon el poco movimiento de aquella mañana para montar el improvisado estudio en las pistas de baile con los cortinones recogidos y anudados, escogieron algún que otro rincón más sombreado para montar el número, porque lo fue. Paco, el fotógrafo amigo de Jordi y Mamen, ya le había retratado en el accidentado viaje a Formentera, también en el puesto de la calle San Mateo, pero quería “algo más”. Y ese día estaban allí los dos barbudos más morbosos que su objetivo pudiera captar. Hombres solos. Las chicas estaban de compras, ya se sabe...
Aparte de las fotos para sacarlas en papel, blanco y negro o color, también empleaba diapositivas de formato grande en una cámara de aparatoso objetivo, con trípode. Primero fueron fotos en grupo. Santi también estaba por allí, recostado sobre almohadones y casi al borde de una lipotimia por el calor del mediodía, pero bien protegido de los rayos del sol, bajo los toldos. Junto a Santi y él se puso “el Pep”, los tres tumbados indolentemente, uno reposando la cabeza en el pecho de otro... Cambiando de posición. Hasta llegar al retrato individual, más sofisticado. Pablo solo, con un farolillo de papel multicolor abierto sobre su cabeza, como si fuese un turbante hindú, los pliegues coloristas y vivos del papel le realzaban su contundente barba de rizos apretados, la piel perlada de sudor y una fuerte tensión en el brillo de los ojos.
En la pista central, protegidos de las miradas de los empleados que pululaban en sus quehaceres de abastecimiento de bebidas por las diferentes barras, Paco les propuso hacer un retrato de desnudos. Los otros se desmarcaron o era una treta del fotógrafo para acorralarle. Lo quería a él, solo a él desnudo. A él, que robaba desnudos a los  bellos muchachos a cambio de otro retrato gratis, el retratista retratado. Había caído en su propia trampa. La idea de quedar desnudo, en medio de la pista vacía, a los ojos de los demás, no le entusiasmaba nada, puso reparos ¿su sexo a la vista? Joder, tío si ya nos hemos paseado por Formentera en pelotas... Si, bueno, pero aquello era la playa, diferente... ¡Que te despelotes! Venga, va. Pep es cómplice. De cuerpo entero, pero sentado… ¿No tenéis nada por ahí, Pep? Rápidamente, el portero trae una taza de inodoro nueva, que espera a que los albañiles la coloquen en sustitución de otra rota... es la explicación de Pep ante los ojos incrédulos de Pablo que no termina de creer que pueda estar en bolas para unas fotos. Paco pone la taza en medio de la pista. Pablo se sienta, imitando la postura del clásico pensador, pero como le queda el hueco entre las piernas de frente al objetivo protesta de que se le va a ver todo, bueno eso poco. Pep se camufla detrás de él e introduce su mano por la taza para taparle el paquete. Al principio se lo manosea, con lo cual se entretienen riendo un rato hasta  ponerse en situación. Luego Pep abre su mano, como una pudorosa concha de Venus, ocultando su sexo (Pablo aún sigue con el complejo de sexo pequeño) y en esa pose del pensador de cuerpo entero, sentado, aparece en la diapositiva. Se ve en la ventanilla de la cámara, porque es una toma sobrexpuesta. Más tranquilo siguen con la pose. Pep detrás manoseándole a la menor oportunidad. Fuera con la taza. Solo, de medio cuerpo, con el pantalón vaquero bajado hasta el pubis, los brazos en alto sujetando un farolillo multicolor, al cuello uno de esos dijes del mercadillo jipi, la barba perlada de sudor. Los modelos principales de los primeros planos serán su barba y la de Pep. Paco también se promociona con el encargado de Es Paradís para hacerle otras fotos de la disco. Fotos de los árboles muertos con sus adornos florales, los templetes, rincones particulares con furiosa vegetación. Luces y sombras de la disco de día. Hay algo más inocente o inocencia recién perdida en los rincones del recinto ajardinado. Tal vez sea también el ambiente de esa Ibiza de esos años pasotas, la sensualidad de los aromas y del aire íntimo que se respira a cada momento en las fiestas, en las calles, en privado. Todo muy de amigos y vecinos. De turistas como si fuesen de la familia...

Ahora, en esta playa tan conocida, junto a Pep, Pablo se siente feliz. Son momentos que degusta e interioriza, a sorbos lentos, como una fría cerveza, le calman del agobio que comienza a sentir. No le desagrada el hecho de estar sin hacer nada, piensa tomarse el día libre y aceptar la invitación de Pep. Tiene la noche libre en la disco e irán a su apartamento después de comer. La comida del hostal no se la quiere perder, no le gustan las experiencias de otras cocinas y a ésta ya se ha acostumbrado, es como estar en casa. Por la tarde irá a ver a su barbudo amigo y están abiertos a cualquier experiencia. Pep le ha dicho que lo más probable es que estén solos los dos para fumarse unos porros y tomar algo. Ese algo, a veces, tan solo ha sido un rico té con hierbas ibicencas, otras se dilata en apurar una buena botella de güisqui o gin con algo más que conversación. Tienen bastante confianza después de tanto hablar en la puerta de la disco, de verse en las playas, donde se miran con excesiva curiosidad sus respectivas pilosidades y, sobretodo, después de la famosa sesión de fotos los dos saben lo que quieren. 


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© Juan Rodort, 2012

jueves, 23 de octubre de 2014

Orgía



Ex-Paradís (fragmentado)
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pg 108


Es Paradís (Continuación 1)

                 Esta noche Pablo olvida a sus amigos del hostal y se dedica a dialogar con el representante. Han conectado desde la mañana, una conexión intelectual, no hay nada más, aunque el ambiente sea sensual, en su trato, solo la alegría de encontrarse hablando libremente y comprendiéndose les basta. Las horas vuelan en amena charla y parecen conocerse, que su corta amistad de unas horas les resulta ya extendida en el tiempo. ¿Las copas? ¿Algún que otro canuto que las hábiles manos de Néstor lía? La madrugada se abre en un abanico de posibilidades, una vez que se les une a la tertulia un conocido del representante; es quien les aloja en su apartamento. Imposible seguir el hilo de las palabras, aturdido como Pablo está por el alcohol, el humito y las vibraciones de las músicas. Los aromas del jardín contribuyen a darle el toque sensual a la noche. Incluso el nuevo contertulio, Fran se llama, le atrae, se atraen mutuamente, ante la desconcertada y burlona mirada de Néstor que, en un paréntesis, los deja solos enredados en algo más que palabras y se va a investigar como sigue la pareja de la barra. “La Nuri” termina su jornada en poco más de una hora y está de acuerdo en acompañar al cantante a donde sea. Néstor viene a comunicárselo y Fran está también interesado en hacer un “menaje” a cuantos sean necesarios, Pablo incluido. Con esta disposición salen los cinco de la disco. El portero de aquella noche es “el Pep”, casi siempre es él, parece parte del decorado y de buena gana se habría añadido al grupo, pero dice algo de tener ya un plan con otra Nuria (que en determinado momento también va a entrar en la vida de Pablo), pero no es “la Nuri” de esta noche, la que se encamina como una descocada Eva liberada al destartalado cuatro latas custodiada por cuatro Adanes; ella sabrá donde se mete o qué se mete...

Viajan los cinco en un alegre vapor de drogas variadas hasta la casita de Fran, que no es un apartamento, como Pablo creyó en al principio, sino un pequeño bungaló de urbanización, distante unos kilómetros del pueblo en dirección a Santa Ana, entre frondosos pinares y cerca de la carretera, como puede comprobar, a pesar de la niebla eufórica que le satura. Nuri está un poco cohibida  pensando que será el centro de atención de los cuatro, pero, al poco de llegar, la cosa queda clara: va a estar monopolizada por el cantautor. Néstor pasa de entremeterse en escarceos y se dedica a vaciar varias botellas de güisqui acompañado por Fran y el mismo Pablo, que ni se percata del horrible recuerdo de la última cogorza de güisqui, ni puede sostener ya el más mínimo lance sexual, aunque no desprecia un amago de morreo con Fran, cayendo aturdido en uno de los sofás, arrastrando a un Fran divertido y travieso. Néstor sigue mirándoles igualmente con ojos traviesos y divertido por el cariz que va tomando la noche, mientras se oyen los gritos lujuriosos provenientes de la habitación de al lado con la pareja del cantautor y la camarera en plena efervescencia. Pasa una  hora hasta que el cantautor -¿su nombre?, ni su cara recuerda- salga sudoroso, solo lleva puesto un pequeño slip blanco, seguido de una Nuri pudorosa que tapa su desnudez frontal con una toalla, corriendo hacia el baño dejando a la vista sus redondas curvas azotadas por la sudorosa melena. Los tres se guiñan el ojo en señal de complicidad –Pablo sigue formando parte del sofá sin conseguir despegarse ni casi abrir los ojos- y, sin palabras, Fran recoge el testigo y, una vez que Nuri vuelve del baño, también desaparece tras ella en la habitación. Pablo ni siquiera puede asomarse cuando los otros dos entran detrás de la pareja bromeando, dejando la puerta entreabierta, él sigue bebiendo no sabe el qué –ginebra con algo-, mareado en grado sumo, aunque consigue quitarse la ropa, mientras los otros ríen y gritan dentro, no consigue la más mínima excitación, pero si un mareo aún mayor si esto es posible.
La noche es cálida, el salón tiene cerradas las ventanas para evitar a los mosquitos y el ambiente se va calentando más si cabe. Sale Néstor de la habitación, aún vestido para servirse otra copa. Pablo que no puede beber más y rehúsa acompañarle con la bebida. Incluso la lengua se resiste a articular las palabras dando unos circunloquios exagerados a las frases inconexas. Néstor ríe al oírle desbarrar y se levanta del sofá donde están sentados –Pablo casi tumbado- para atisbar la escena de cama desde la puerta abierta. Se vuelve y le hace movimientos cómplices y un tanto obscenos parodiando lo que ve. Pablo consigue reunir las fuerzas suficientes como para levantarse hasta el baño y poder tomar una ligera ducha para refrescar y despabilar su cabeza, porque nota que se duerme o que se muere, o que se desliza por un sumidero girando y girando... Chorreante vuelve al sofá, trae una toalla del baño ya utilizada por lo mojada que está, mientras trata de secarse el agua se evapora en su piel ardiente. Y queda dormido por unos minutos. Desmayado tal vez.

Despierta al sentir como su miembro se endurece, a medida que alguien se lo trastea. Despierta del todo. Sigue tumbado en el sofá, sigue desnudo con la toalla caída a un lado y Fran inclinado sobre él muy afanoso, la cabeza metida entre sus piernas. No consigue nada. Fran se le echa encima, también está desnudo y lo bastante tieso y duro como para envestir; trata de voltearlo para intentarlo, pero, ni es el momento, ni Pablo tiene arredros para girarse, ni tan siquiera mover la cabeza. Lo único que consigue, sin saber de donde saca fuerzas, es saltar de golpe como un resorte, ante el desconcierto de Fran, y salir disparado hacia el baño donde vacía el estómago totalmente. Agoniza doblado sobre la taza.
Vuelve a lavarse y regresa trastabillando al salón. Se encuentra peor que mareado, le pitan los oídos, le duele horriblemente el estómago, la cabeza le martillea y comienza a tiritar, castañeando los dientes. Fran está ahora intentando meter mano a Néstor, ante la rotunda negación de éste que por lo visto es únicamente hétero, pero no está enfadado, sigue divertido mirando alternativamente la excitación de Fran y la cadavérica imagen de Pablo que, a duras penas, consigue vestirse entre tiriteras cada vez más convulsivas. Enrollado en la manta que Fran le ha dado vuelve a sentarse en el sofá bien tapado hasta conseguir calmar un poco ese frío nervioso. La erección de Fran se mete en la habitación donde causa las protestas de la pareja del cantautor y la camarera que ya debían estar dormidos.
Entra la luz de la mañana a través de las contraventanas. Pablo intenta dormir de nuevo recostado en el sofá, Néstor lo hace estirado entre dos sillones enfrentados, Fran no sale de la habitación y se oyen leves suspiros y jadeos... Finalmente Pablo entra en calor y se queda dormido envuelto en la manta...

Un portazo. Voces... Se despierta. El sol se filtra por las contraventanas semiabiertas. Oye coches pasando cerca de la casa. Incorporado ve a Néstor que sigue dormido haciendo equilibrios. La habitación tiene la puerta cerrada. Fran sale por la de la cocina con una taza humeante, por el olor, de café; se la ofrece, Pablo la agarra con ambas manos sentándose en el sofá, apartando la manta con las piernas. El amargo líquido caliente recupera su cabeza. Fran está vestido y según le dice a punto de salir para San Antonio. Aprovecha el viaje, no tiene cuerpo para seguir allí y muy pocas ganas de volver por sus propios medios, o sea en auto stop. Y que ni sabe dónde diantres se encuentra.

Así pues, de buena mañana, llegan enfrente a su hostal. Fran continúa hacia su trabajo, se despiden con un apretón afectuoso, ya se conocen lo suficiente y no dejarán de verse alguna que otra vez por las playas vecinas o en las discos. Pero ahora todo el interés de Pablo está concentrado en reponerse. Entra en el comedor ante la extrañeza de los empleados que recién empiezan a servir los primeros desayunos a los clientes más madrugadores y él no lo es precisamente. Así que se desayuna solo, a los otros comensales no los conoce lo suficiente como para compartir mesa o para entablar algo más que un buenos días. Y una vez repuesto su estómago con algo sólido y caliente se desliza escaleras arriba hasta su habitación donde cae, literalmente, en su cama quedándose dormido nada más quitarse las zapatillas, vestido aún. Santi ni se ha despertado, dormido en la otra cama.


......................  (continúa)
© Juan Rodort, 2012