martes, 30 de septiembre de 2014

Ibiza-Eivissa

















Ex-Paradís (fragmentado)

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pg. 19


Ibiza (continuación)
(Verano de 1976)

                    La mañana comienza con el ajetreo del abrir y cerrar puertas, voces, golpes... Se viste y sale a procurarse un desayuno mejor que el del día anterior que calme sus tripas en pie de guerra. Anoche no cenó más que otro bocadillo. Hoy tiene que alimentarse. Prueba en una panadería, compra unos bollos, así solo tendrá que tomar el café con leche. Sube a la ciudad vieja, oye que la llaman la Dalt Vila.
El mismo panorama de ayer le relaja. Se sienta en la misma roca. Abajo las terrazas y tejados de la parte antigua, más abajo el paseo y el puerto. El movimiento de viajeros que llegan o los que parten en barquichuelos. Ahora le vuelven, pero más nebulosas, las imágenes que le asaltaron en el barco hace dos días. ¿Dos días, o uno tan solo? Las extensas playas de las salinas se pierden abajo a su derecha. Enfrente, la calima deja entrever las islas -¿Formentera?-. Llegan turistas para hacer fotos, parados a su lado con parloteos y perfumes dulzones que marean. Levanta el campo y comienza el descenso. Los jipis de la flauta siguen acurrucados en el suelo de la plaza. Pablo es consciente del negro panorama que le acecha si no se pone las pilas de inmediato. Regresa apresuradamente a la pensión, rebusca en su macuto y vuelve a salir con un grueso cuaderno de dibujo y sus cajas de lápices.

Sentado en el banco del paseo, donde ayer encontró al otro dibujante, pone un escueto cartel de reclamo. Espera. Pasan los turistas de la mañana. Se detienen en las tiendas y en los puestos. No parece el momento más apropiado para hacer retratos. Espera. Del fondo del paseo le llega una pareja vestidos del consabido blanco. Ella tiene acento argentino –no le sorprende-, él es ibicenco -por el acento-. Que no se puede poner allí o llamarán a la policía, pero dicho de muy malas maneras. Pues que la llamen...
Y vaya si la llamaron. Cuando Pablo se ve venir a los municipales acompañados por la pareja de antes y de otros más, cierra su cuaderno y se escabulle entre los puestos de enfrente, sale a otra bocacalle y sube aprisa los escalones del barrio viejo para dar un rodeo apresurado. Se entretiene en lo alto a recobrar el resuello. La visión del Mediterráneo no consigue animarle.
Baja por la calle principal, encuentra un modesto establecimiento de comidas. Carta y dependientes ingleses. Toma ensalada y un extraño guiso dulce con alubias blancas y pollo o cerdo –indescriptible-. Deduce por el precio que no le va a ser posible comer más que de bocadillos de ahora en adelante, a menos que cambie su suerte. A continuación de un largo paseo se da de bruces con el museo arqueológico. Entra. Las salas despejadas de turistas reflejan las vitrinas donde se exponen los originales de las bisuterías de muchos escaparates; fieles copias de diseños milenarios. En el exterior los molinos, el monte, el mar abajo. Los sepulcros destrozados por la barbarie o la desidia le hacen ensimismarse en los nubarrones de sus pensamientos.
De vuelta a las calles invadidas de turistas enredados en los puestos; Pablo decide escapar de esta trampa. No se encuentra en condiciones de negociar. La urgencia de la huida se impone. Deja el cuaderno en la pensión, toma su chaqueta y sube al que será su trono con vistas al atardecer en Ibiza. Le llegan amortiguados los sones de la flauta de los mismos jipis. Hay más cuerpos cerca de su asiento esperando el cambio de luces en el cielo y el mar. Se dejan adormecer por la tibieza del aire y los perfumes tenues de las plantas. El sol orquesta un espectáculo gratuito para quien quiera admirarlo. Sorbiendo el diluido paisaje por su retina ávida de imágenes nuevas, el atardecer acaricia su cuerpo. Su mente se embota en una nebulosa de recuerdos...

A partir de aquí su memoria le queda desdibujada. Estos dos días que intenta abrirse un hueco en ese mundillo cerrado de Ibiza se le hacen como si no fuese él realmente quien recorriera las empinadas calles, paseara por los rincones, buscando un hueco al lado de las tiendecitas en donde instalar un pequeño tenderete y dibujar. Ni sabe quién le cuenta que todos los puestos están copados. Ni quien sigue alojado en la espantosa pensión, malcomiendo y gastando sus últimas pesetas. Se ve así mismo en una película que otro estuviera filmando por encima de su cabeza, en la mañana que abandona la pensión, enfilando la calle hasta dejar atrás los últimos edificios y entrar en la orilla izquierda de la carretera, con la mochila a la espalda; ese que parece él tiene un aspecto singular, con larguísimas barbas negras rizadas y la melena recogida en una coleta a lo bucanero...
Alguien igual a él recorre a pie la isla buscando un lugar donde asentarse.
A los pocos kilómetros andados una voz infantil desde el jardín de una casa, a pie de carretera, le pregunta si es un preso fugado... ¿Por qué? Por eso que llevas puesto en las manos. Ah, son muñequeras de cuero, ¿te gustan? No, me dan miedo. El niño se queda tras el seto. La carretera continúa bordeando una urbanización. En algún momento ha dejado la general y tomado esta carretera secundaria. Ese tipo que parece él se dirige a la costa noreste. Su mente no le reconoce, cada vez más desdibujada...

Pero en el transcurso de su caminar también descubrirá gentes hospitalarias y encantadoras tanto en las masías como por los caminos que reafirman su confianza resquebrajada. Ese tipo –comienza a identificarse con él- adorna su espesa barba con minúsculas flores blancas. No ha pasado ni el mediodía cuando cruza un pueblo –no ha retenido el nombre puesto a su entrada- con las calles repletas de turistas vestidos de blanco, como conversos a la religión del amor de unos años atrás. El tipo, tal vez él mismo, se ha detenido a comprar provisiones. Sale del pueblo y come sobre la marcha. Camina sin fijar la vista en nada concreto, pero cuando pasa por otra urbanización, junto a un hotel al lado de la playa, detiene su marcha.

......................  (continúa)
© Juan Rodort, 2012

lunes, 29 de septiembre de 2014

Ibiza


Ex-Paradís (fragmentado)
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pg. 14

Ibiza
(Verano de 1976)

                    Terminan las últimas maniobras de atraque. Es hora de recoger el macuto, de ponerse en marcha y hacer realidad sus proyectos...
En la consigna, un revoltijo de maletas, de mochilas y bultos de extraña apariencia son rescatados a las voces de “mío, mío” por manos ansiosas, temerosas de que puedan arrebatarles sus preciosas pertenencias. Pablo aferra las suyas como si en cualquier instante le fueran a desaparecer o por tener algo familiar en donde agarrarse para contrarrestar su gran inseguridad. A empujones van saliendo por la portilla y descienden la pasarela al sol isleño, ante la atenta mirada de las fuerzas del orden.
El desembarco le parece un “ya visto antes”. Camina como un autómata por el muelle, junto a los otros pasajeros, hasta que la riada humana se va diluyendo a medida que dejan el puerto atrás, quedando unos pocos despistados que, como él, cargan con la mochila a la espalda sin rumbo fijo.
Pablo saca fuerzas de esa estática adormecida en que se ha convertido su cabeza. Oye, ¿sabes de alguna pensión barata? Es la pregunta a un mochilero que hace un rato parece que le sigue. Tengo una dirección que me han pasado en el barco, le responde el chaval. Es un tipo feúcho y melenudo que lleva una pesada carga, Pablo hace ademán de ayudarle. ¿Puedo ir contigo?, no conozco ningún sitio donde quedarme. ¿Es tu primera vez en la isla, tío? Se sonríen, deteniéndose un instante. Sí, y no tengo ni idea de cómo funciona esto. Pablo le agarra una bolsa. Es fácil, te buscas un sitio donde dormir y a sacar pelas en la calle... Yo hago nombres y figuritas con alambres, me las quitan de las manos, ¿y tú, qué haces? Reanudan el camino con sus cargas más equilibradas. Lo mío es dibujar, soy dibujante, me han dicho que se puede hacer retratos en la calle... Sí, eso creo, pero tengo entendido que hay mucha competencia. ¡Hmmm, vaya! Oye, ¿está muy lejos esa pensión?, lo digo porque estamos dejando el centro muy atrás...
Efectivamente han llegado a una avenida amplia con edificios medianamente altos a ambos lados y con bastante tráfico, es una zona muy moderna casi en las afueras. Por el número de la calle ya deben estar llegando. Esperan que por aquí todo sea más barato que en la parte vieja. Al poco se detienen ante un portal. Es el número. Entran. Primera planta. Llaman al timbre... Abre una mujer de edad indefinida, seca de cuerpo y de voz. Hola. Buenas. ¿Venís juntos? No... Sí, bueno... ¿Tienen habitaciones libres? Solo me queda una triple, ¿os interesa? Pues... ¿Cuánto tiempo pensáis quedaros? No se, ¿tú que dices...? Tal vez dos noches... Vale pues, el pago es por adelantado. Aceptan. Entran, detrás de la que parece la patrona recorren un largo pasillo en forma de ele, oscuro y lleno de puertas cerradas. El baño está al fondo. El agua caliente se paga aparte, les informa. La habitación está enfrente, tiene tres camas, tres sillas, tres armaritos y una única ventana que da a un patio. Pablo deja sus cosas al lado de la cama elegida, el otro hace lo mismo, al fondo queda otra vacía. En ese momento no es consciente de dónde está, ni con quién, solo que se encuentra muy cansado, que le falta el aire.

Pablo sale de visita de inspección. No ha desayunado, lo hace en una cafetería cercana. Un café con leche y un croasán. Empieza a darse cuenta de los precios turísticos, nada que ver con los sitios conocidos del barrio en Barcelona. Hace recuento de su capital. Después de pagar dos días de pensión le quedan escasamente unas dos mil pesetas. Tiene que comer y cenar. Mira las cartas de los restaurantes y cafeterías de la zona. Un desconsuelo le oprime. Todo son precios para turistas. Con esto no contaba. Sube a la parte vieja de Ibiza. Las calles están llenas de puestecitos estratégicamente colocados. La mayor parte son de baratijas supuestamente hechas a mano, pero se ve que están compradas al por mayor, demasiado uniformes en su confección. Él es un artista y se da cuenta. No ve a ningún dibujante. Por la mañana no debe ser la mejor hora.
Está arriba, en el baluarte. Respira el aire tibio, admira el panorama de la costa y los islotes de enfrente. El cansancio de la mala noche se apacigua. Permanece un buen rato sentado en un saliente de roca, al otro lado de la muralla, acariciado por los rayos del sol. Su cuerpo nota el calorcillo. Una lagartija corre más abajo asustada por su movimiento al levantarse.
Baja callejeando por el barrio que cae derramado por encima del puerto. Abajo están las tiendas de moda, el paseo peatonal bajo los arbolitos cobija, entre otros puestos de adornos y colgantes, los primeros tenderetes de dibujantes. Se detiene disimuladamente detrás de uno de ellos. Observa su trabajo. A falta de clientes dibuja un retrato a partir de una foto. Es aparatoso en los trazos pero sin ningún resultado en el parecido. Aunque es temprano ya hay turistas ociosos comprando y dejándose seducir por los reclamos coloristas de los trapos expuestos delante de sus narices. Son los primeros de la mañana, haciendo tiempo antes de tomar el autobús o el barco que los llevarán a las diferentes playas donde pasar el día. Un abigarrado deambuleo de gentes y mercancías. Parecido a un Rastro marítimo en miniatura.

Sentado en un banco del paseo, bajo uno de los árboles, un muchacho delgado, con barba incipiente labios rojos y carnosos le sonríe. Sus ojos son como potentes imanes más reidores que su sonrisa. Pablo se ruboriza al pronto pero le devuelve la sonrisa. El precio y un escueto: “Hago retratos” en tres idiomas escrito en el cartel le da pie para preguntar lo evidente. Hola, ¿haces retratos? Le aborda sin más preámbulos. Trato de hacerlos, pero no hay forma. No se molesta en preguntarle si quiere hacerse uno, intuye que no es un turista más. Ya ves que hay mucha competencia... Efectivamente, aparte del que ha estado espiando un poco más atrás, se ven una sucesión de caballetes con reclamos de dibujos a todo color. Horrendos retratos, pero que parecen tener éxito, porque hay público sentado dejándose hacer. No han hecho falta más presentaciones. El chico del banco se despatarra y le hace sitio para que se siente a su lado. Saca una pipa y un paquete de tabaco. Pablo se queda de pie. Llevo dos días tratando de hacer aunque sea un solo dibujo y me vienen los demás conque no tengo permiso, que me vaya más lejos, que esto ya está copado. ¿Te lo puedes creer? Casi todos son sudacas. Ha terminado de cargar su pipa, la enciende y da unas cortas caladas. ¡Joder! Pues sí que es verdad, ahora que lo dices, no me había percatado, pero por el acento... En Barcelona pasaba lo mismo. Las Ramblas llenas de puestos y casi todos de argentinos. Y en El Rastro de Madrid otro tanto... ¿Tú también dibujas? Parece cansado, pero sus ojos le penetran inundándole de un cálido desasosiego que acelera el corazón de Pablo. Sí, eso quisiera. Acabo de llegar esta mañana, en el barco de Barcelona. Sigue frente al muchacho, que le sonríe mientras mantiene la pipa entre los dientes, el aire pensativo, como ausente... Pues lo que es aquí... lo tenemos chungo. Estoy pensando irme a otro sitio. Me dijeron que en San Antonio o en Santa Eulalia está más tranquila la cosa. Aquí no aguanto más. Si hoy no hago nada, mañana mismo me largo. Vale. Pues que haya suerte. Se despiden y Pablo prosigue su paseo.
Toda la acera está atiborrada de puestos, a las puertas de las tiendas, enfrente de ellas, una hilera amurallada de reclamos variopintos entremezclados con mesitas saturadas de quincallas. Los vendedores y vendedoras de uniforme. Todos y todas ataviados de blanco traslúcido. Él desentona, lleva los vaqueros ajados y los viejos botos camperos, una ajustada camiseta malva con mangas cortas amarillas, recuerdo de veranos anteriores y la chaqueta vaquera anudada a la cintura porque desde hace horas el calor siguió en aumento.
Da vueltas sin rumbo fijo mirando las mercaderías expuestas y los dibujos, algunos enmarcados. Ignora los procedimientos de cómo introducirse en este ambiente. Nadie le avisó de que debía pedir permiso a los municipales. Parecido a las mañanas del domingo del Rastro madrileño. Todos los puestos tienen un número y un papelito con su licencia. Pregunta por el Ayuntamiento a uno de los guardias que supervisan los permisos y éste le da la respuesta anticipada. No te molestes, ya no damos más permisos. Mira si alguno de éstos te deja un hueco a su lado. Si te pones a vender sin autorización ya sabes a lo que te arriesgas... Sí, lo sabe. Lo ha vivido muchos domingos, de cuando él vendía, o trataba de vender, sus dibujos en El Rastro, lo mismo que en Las Ramblas; sin permiso te secuestran la mercancía y, encima, te imponen una multa. Las normas parecen iguales en todas partes. Es que hay que venir antes, todos estos ya cogieron sus permisos desde mucho antes de Semana Santa...
Pablo no se molesta en ir a indagar si es cierto. Lo da por hecho. Regresa a la pensión. Come algo por el camino, un bocadillo en un bar. El desayuno ha sido de lo más frugal para el precio. En Correos, compra una postal y escribe a su casa. Cuenta una medio mentira para tranquilizarles. La postal es bonita, una vista desde el mar, del puerto y la ciudad culminada por la torre de la iglesia. No está para más turismo. En la pensión se ducha con agua fría –no se puede permitirse el pagar por el agua caliente- y duerme un rato hasta bien entrada la tarde.

Sale a dar un paseo en sentido inverso al de la mañana, sin subir hasta el castillo, deteniéndose en un mirador a ver el atardecer junto a unos desarrapados. Reconoce a algunos de la cubierta del barco. Están en una placita con sus macutos tirados por el suelo, uno toca una flautilla, otros recostados sobre las mochilas canturrean; directamente pidiendo. Esto le horroriza. No se va a permitir caer tan bajo. Le quedan unas pelas para vivaquear unos días. ¿Sabía a lo que se exponía? Pero ni se le pasa por la cabeza el regresar a Barcelona. Mañana verá. Deja la parte alta y vuelve a dar otra vuelta por el paseo bajo. Las tiendas iluminadas, con músicas a la calle, reclaman al enjambre de turistas que ahora atiborran las aceras y terrazas de los bares y cafeterías. Todos con el uniforme puesto, de blanco riguroso. Él ni se ha cambiado de ropa. Dejó la chaqueta en la pensión, ahora la echa de menos. El calor humano no le basta, refrescó. La noche ibicenca comienza o continúa, como una fiesta permanente. Hoy no va a ser su fiesta. El dibujante del banco de esta mañana ha desaparecido. Los otros artistas –algunos lo son, los menos- no dan abasto haciendo retratos a los turistas. Regresa a la pensión. La habitación está vacía. Se acuesta. Consigue dormir, a pesar del ruido que se cuela por la ventana del patio. Cacofonía del tráfico y las voces encrespadas de los que pasan por las calles de camino o de vuelta de la fiesta. Ni se entera cuando llegan los demás huéspedes. No recuerda el sueño, solo el calor y un no saber dónde se encuentra, el olor ácido de los durmientes...

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© Juan Rodort, 2012

viernes, 26 de septiembre de 2014

Ex-Paradís








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pg. 9


Pablo

(Verano de 1976)

                    Con la fría luz del amanecer la silueta de la isla queda recortada en el horizonte, mientras el barco se desliza suavemente buscando entre las sombras el puerto de Ibiza al otro lado. Llevan muchas horas de travesía. Las opacas luces de cubierta dejan ver malamente las olas pasando mansas por los costados del buque. El Mediterráneo despunta de la noche con un rítmico balanceo acompasado al romper del agua sobre el casco. En la toldilla de popa, arracimados por los rincones más inverosímiles, grupos de cuerpos guarecidos del frío y la humedad nocturna buscaron el calor de otros cuerpos. Los más afortunados se recuestan en duras sillas de cubierta, algunos envueltos en sus sacos de dormir; otros, los menos, hechos un ovillo, cubiertos con cualquier prenda que les preserve de la intensa humedad a que se han visto sometidos.
Pablo es uno de esos pocos. No consiguió ningún asiento en la cubierta, aunque su pasaje lo especificaba bien claro -silla de toldilla-. No han bastado para todos los desarrapados que se le adelantaron mientras él dejaba a buen recaudo su mochila en la consigna; debían de tener más experiencia o estar sobre aviso. Sigue siendo nuevo en todo. Acurrucado en un rincón, igual de aterido que el resto, ha pasado la noche en un duerme-vela de tiritones y cortos paseos para conseguir desentumecerse un poco. Ha sido poco previsor dejando su saco bien atado a la mochila, solo lleva una ligera chaquetilla vaquera que de nada le ha servido para atenuar el frío húmedo de la noche. El naciente murmullo de las voces vecinas y los primeros gritos de las gaviotas anunciando la proximidad de tierra le despiertan, aunque no del todo. Se despereza y frota sus miembros entumecidos. Mira la desolación a su alrededor, se levanta con cautela, da un paseo vacilante y medio en sueños, acercándose hasta la barandilla de proa.
Allí, acodado, permanece ensimismado en vagos recuerdos, mientras el día comienza a pintarse de colores tiñendo el agua con sus reflejos. La turbia silueta de la isla queda perfilada entre rompientes y peñascos. El barco prosigue un curvo recorrido despacioso e igualmente amodorrado; se diría que aburrido, sin prisas por entrar en la bocana del puerto. Pablo se mantiene también como hipnotizado frente al horizonte amanecido. A medida que el sol despunta su memoria le queda desdibujada en forma esquemática al revivir los puntos más destacados de lo que ahora le parecen borrosos recuerdos...
¿Fue a finales del año anterior cuando todavía estaba liquidando las viciadas historias de Madrid? Aún continúa aprisionado en un hondo pozo de insatisfacción y miedo, taponado por una pesada losa de moral cristiana. Eso es lo que le sigue impidiendo expresar sus verdaderos sentimientos y apetencias. Aplastado, además, por las insoportables tensiones familiar y laboral pasadas. No sabría decir cual de ellas lo había sido más, si el continuo esconderse en si mismo ante los suyos o el no poder seguir dando la talla en el ritmo competitivo de la empresa que lo mantuvo atrapado en los últimos años. Ya se veía convertido en un comercial agresivo de trajes y corbatas a juego, bien sujeto por un contrato, con el maletín lleno de propagandas: algo tan peregrino para sus ideales como la venta de carga aérea. Y tanto su familia –aún vivía en casa de sus padres- como los superiores del trabajo le animaban a continuar escalando puestos en un prometedor futuro. Pero llegó bien pronto al hartazgo de estar siempre mostrando su mejor sonrisa o de decir palabras huecas ante gentes y en lugares que ya nada le significaban. Y no pudo aguantar más, en parte, minado por la insatisfacción y el miedo a que su verdadero yo quedase al descubierto. Ese yo tímido que todavía ni ha intentado salir de su concha, si no fuera por aquella vez, en un atrevido y forzado escarceo amoroso; la imposible relación con su mejor amigo de la infancia...
No sabe por qué le vuelve ahora el rostro adolescente de Carlos y por qué el mismo sentimiento de rechazo y ridículo cuando le expresó sus sentimientos. Eso lo retrajo aún más, hasta esconderse en su mundo interior.
Su mundo, su escala de valores... Hasta ahora su patrón ideal de belleza lo basaba en el de un cuerpo de muchacho, casi imberbe, rondando los límites de la minoría de edad. Ay, el deseo por los jovencitos le torturaba, aún sigue sufriendo por ello. ¿Es eso lo que le gustaba, lo que todavía le gusta? ¿Sufrir, o los muchachitos? Ni se lo había planteado. Él era distinto, pero no diferente a los demás. Intentaba ser como le dictaba su auténtico yo. ¿Lo intentaba? ¿Lo intentó de verdad?
Apenas falta un mes para que cumpla los veinticinco años. Y, a pesar de su edad, continúa ignorando muchas cosas. No es que sea por desidia, sino por la deformación familiar, que le ha impelido a seguir en la inopia de cuestiones básicas; como esa del sexo, su gran tabú desde la infancia –porque resultó un adolescente precoz, cree que demasiado precoz-. No es que sea su preocupación principal, pero no sabe casi nada de las necesidades que su piel le urge. Su mente sigue buceando en el universo particular de cuando niño. Una fresca brisa rebosante de fantasías antiguas le sumerge en mágicos espejos donde las apariencias en nada se parecen a la realidad...

Y real es su porte. Alto y atlético. Fuerte, sin exageración en los músculos, y de piel morena, herencia de sus genes andaluces por parte de madre. Por ella también le viene esa rigidez moral, aunque eso no se le note a simple vista. De pelo muy negro y ojos de un marrón-verdoso por su familia del norte. Usa gafas para lejos y cerca que por pura coquetería se pone lo imprescindible. También sus dudas se adivinan algunas veces en su gesto. Nada en su aspecto tiene ahora que ver con su apariencia de hace unos años, tan arreglado y correcto. Su larga mata de pelo recogido en una coleta ya no recuerda el corto cabello de antes. Su barba ensortijada intenta camuflarle del mirar ocioso de las gentes. Aparenta lo que no es. Inconcientemente lo hace como un mero ejercicio de camuflaje. Esta imagen y su carácter contradictorio le acarrean múltiples confusiones. Pablo es dulce y tímido. Ansía amar y que le amen. Aunque hasta ahora solo tuvo experiencias de breves caricias que se le enquistaron pecaminosas. Convencido por su confesor de que eran un vicio y un pecado contra natura, Pablo continúa siendo muy simple en su fuero interno, cree ser el mayor pecador del mundo, huye de sus apetitos inmediatos para caer en sensibleras niñerías. Confuso, sigue confuso. No encuentra la verdadera imagen del reflejo que le ofrece su espejo...

Sigue como hipnotizado mirando el horizonte amanecido, mientras rememora de forma un tanto difusa aquella imagen de apenas un año atrás en Madrid. Al terminar la jornada laboral se transformaba en su verdadero yo, vistiendo ropas de segunda mano compradas en El Rastro. Convirtiéndose en un ser ávido de compañía, buscando contactos humanos por los cafés y tertulias del mundillo progre madrileño.
Exprimiendo su corazón y su soledad escribía –y los sigue escribiendo- caóticos poemas desgarrados. Siempre a la búsqueda de ese algo que le redimiera... ¿De qué? ¿De sus dudas? ¿De sus miedos? ¿De qué tenía tanto miedo? ¿De qué sigue teniendo miedo?
Después de luchar con ese caos, tras de muchas incertidumbres que parecían irresolubles, la decisión final de dejar su trabajo y la casa de sus padres para irse a vivir a una buhardilla, en plan jipi, levantó las consiguientes reacciones; fueron de consternación en su familia y de incomprensión entre sus amigos, o los que él creía amigos.
Sumergido en un mundo noctámbulo de pasotas, de humitos y viajes sicotrópicos, su aspecto experimentó un radical cambio manifiesto en el pelo y la barba largos. Cuando el espejo le devolvía esa imagen tampoco se identificaba plenamente con ella. Sus imágenes internas aparecían volcadas en dibujos de seres deformes. En las mañanas del domingo los exponía para su venta en un puesto del Rastro, compartido con otros artistas. Aceptaba trabajos esporádicos de todo tipo para pagar su parte de alquiler en una buhardilla compartida con otros dos pasotillas. Allí pasaba las horas. En un sexto piso sin ascensor, pero, eso sí, con vistas a la arboleda del Parque de La Fuente del Berro. Serán días de contacto con locos visionarios y el comienzo de experiencias alucinógenas, de tratar de aclarar sus miedos y angustias sexuales en pacatas experiencias con algunos jovencitos. Todo esto le llenaba y le sigue llenando de zozobra hasta el límite de su resistencia. Además, Madrid le estaba ahogando poco a poco. Necesitaba de un nuevo cambio y salir de ese mundillo cerrado.

La huida a Barcelona le pareció que era la mejor solución. En principio. No lo había premeditado, surgió por ciertos contactos en los cafés noctámbulos. Una invitación, una dirección, un proyecto confuso... Llegó ligero de equipaje para instalarse con una comuna. Era un destartalado piso del barrio antiguo, con todas las incomodidades añadidas de un edificio casi en ruinas y la de unos compañeros que, al poco, descubriría demasiado pasotas. Aquella convivencia no le duraría mucho porque acabó con los nervios destrozados, ya de por si bastante rotos antes de su salida de Madrid. Pero a pesar de todo supo mantener despierta su creatividad. Primero con una obra pionera del llamado cómic. Es decir, un tebeo a la manera más clásica del momento. Y luego, bien entrada la primavera, con las ilustraciones a los imposibles y caóticos textos descaradamente kafkianos de Jordi, un nuevo amigo hecho en los últimos días madrileños y que indirectamente le había arrastrado a esta aventura barcelonesa, prácticamente seducido por su ambiguo carácter y sus seductores ojos de color caramelo. A instancias suyas dejó la comuna. Así, durante el mes de junio permanecieron encerrados en un pequeño apartamento, cercano al popular Mercado de la Boquería, trabajando en ese negocio ruinoso de publicación underground -que afortunadamente no llegó a ver la luz-, cuidados y alimentados por Mamen, la mujer de su joven amigo, porque estaban casados y, además, por la Iglesia... Ella era la única que trabajaba y traía dinero a casa, ellos dos eran artistas, sus protegidos...
Pero esta solución tampoco le llevó a ninguna parte, terminando  por encallar en un punto parecido al ya vivido en Madrid. Dos de lo mismo le parecía demasiado. Volvió a llegar al límite una vez más. La convivencia con la pareja no es que resultara mal, eso sí que debía reconocerlo, pero no podía continuar por más tiempo bajo su sombra.
Fue entonces cuando unos amigos recién llegados de Ibiza hablaron maravillas de los mercadillos jipis y de como se lo montaban haciendo retratos en las calles. Poco a poco le vino la idea de trasladarse a la isla. Es más, se aferró a ella como la única tabla de salvación para poder escapar de los sucesivos naufragios de sus últimos proyectos...


Aún acodado en la barandilla, Pablo se encuentra envuelto en estos deslavazados pensamientos, sin percatarse de su llegada a la isla, de que ya casi están entrando en la bocana del puerto de Ibiza. Despierta de sus vagos recuerdos reconfortado por el sol que luce desde hace un buen rato...

... (continuará)
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© Juan Rodort, 2012



jueves, 25 de septiembre de 2014

Otra puerta cerrada


La Casona (continuación)

El viajero hace una foto de sí mismo reflejado en el espejo grande del pasillo distribuidor de la primera planta. Antes de entrar en su cuarto nota que la puerta de la habitación de enfrente sigue cerrada, igual que antes cuando bajó... ¿La recordaba abierta...?

Ha desayunado en solitario, aunque el hijo de la dueña le indica que hay nuevos huéspedes esta mañana pero que ya han bajado a desayunar... Como de costumbre terminan hablando del tiempo. Lo de siempre, que la niebla sigue persistente. Lleva así... ya no recuerda cuantos días, siempre con esa luz blanquecina, densa, impidiendo la visión de no más allá de las copas de los árboles gigantes del jardín. Una lástima -le dice el anfitrión amablemente-, porque por los alrededores hay monumentos dignos de visitarse... Sí, quizás mañana se levante la niebla, hoy no es muy aconsejable salir y menos a dar un largo paseo...
Ahora que lo piensa, no recuerda si el coche lo dejó cerca de la casona; en realidad no recuerda cuando llegó aquí. ¿Cuánto tiempo lleva...?
Cada día despierta y hace idéntico ritual: mirar la niebla velando el corto paisaje de enfrente, la capilla y los macizos de hortensias que solo conoce desde su ventana... Hortensias que la dueña corta para arreglar los ramos de los jarrones que adornan el comedor y el salón. El salón es acogedor pero no lo suficiente como para pasar todo el santo día en él...
Además, que una vez que el viajero ha tomado su desayuno ya no le dan ganas de salir ni al jardín siquiera, se dirige directamente a su habitación... Sube a la primera planta, algún peldaño chilla al posar sus pies, crujidos leves en las maderas pulidas...

Saca su cámara digital y toma su retrato reflejado en el espejo del fondo del pasillo.
Vaya, esta mañana hay una puerta más cerrada.
¿No ha dicho ya esto mismo antes...?

Abre la puerta de su cuarto, se detiene un momento y mira la escalera, el tramo que sube... Ni tan siquiera ha tenido la curiosidad de escalar los pisos superiores para ver cuantos más huéspedes lo ocupan; oye pasos y voces amortiguadas por las maderas del suelo y techos.
Esta casona se está convirtiendo en una especie de jaula. ¿O son imaginaciones suyas...? Hay veces en que, por fugaces instantes, se dejan traslucir unas desconchadas y sucias paredes sobre los tonos pastel, rotos cuadros superpuestos a los relucientes marcos, telarañas y verdín bajo los agujeros del techo por el que la luz lechosa se cuela... Pero ahora vuelven a ser solo los destellos del cristal de las lámparas del techo.
Alucinaciones momentáneas...
Nota el viajero que los retratos colgados, tanto en las paredes del pasillo como en el salón, no siempre están en su sitio... Los cuadros sí, los rostros son los que cambian... ¡Imposible!
Cierra la puerta de su habitación, pero antes, a través de la puerta de enfrente le ha parecido oír voces e incluso un horrible chirrido como de sierra o crujir de maderas resecas, tal vez sea la puerta del armario ropero que, al igual que el de su cuarto, grita de dolor cada vez que intenta abrir su pesada hoja. Con ese opaco espejo en el que no consigue verse... No se explica como tienen un espejo antiguo sin restaurar, que para nada sirve... por mucho que las maderas estén talladas en filigranas y frutas entrelazadas. El viajero ha optado por no mirarse en ese espejo, tiene algo que le asusta, una visión de otros tiempos... ¡Tonterías!


Cierra la puerta de su habitación. Las voces de los vecinos del cuarto de enfrente se apagan. Abre de par en par la ventana que da a esa calle o carretera o camino, ahora lo adivina por la silueta de lo que parece la capilla, enfrente.
No sabe por qué cuando entra en su habitación le vence el sueño, como algo natural. Cuenta los días por los sabores del bizcocho del desayuno: Ayer, chocolate. Hoy, naranja. ¿Mañana? ¿Y anteayer? ¿Y los días anteriores?
Siempre la niebla, en su cabeza también...
La visión de un templo romano... ¿Qué diantres representa un templo de piedras doradas por las últimas luces de la tarde en mitad del verde paisaje norteño? Lo poco que pudo atisbar a la tenue luz del crepúsculo cuando venía en esta dirección. La entrada en la rotonda... El estruendo de un fortísimo golpe seguido de aquel destello desgarrador de luz... que ahora confunde con ¿dolor? ¿Un fugaz segundo? Y luego... vuelve a despertar en esta misma cama. La misma luz neblinosa de todas las mañanas. Después, baja a desayunar...
El viajero se vuelve a adormecer, pero, antes de entrar en el profundo sueño de todos los días, le parece oír crujidos en la escalera; los viejos peldaños delatan a los nuevos huéspedes que suben a ocupar otros cuartos vacíos...
La Casona no descansa desde hace siglos.


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© Juan Rodort, 2014

miércoles, 24 de septiembre de 2014

La Casona


Mira, que extraño, parece el Partenón... Y al fondo, a la izquierda... antes del pueblo ¿no ves como un palacio estilo inglés? Qué raro... no tenía ni idea que hubiera estos monumentos por aquí... Lo de abajo del templo –porque es como un templo romano ¿no?- parece un cementerio... Ya estamos llegando; la siguiente rotonda y luego nada más pasar la vía del tren... Oye, mañana volvemos para hacer alguna foto, ahora casi no hay luz y no va a salir nada con esta camarita que tenemos... ¡Gira, la segunda a la derecha!...”

Un golpe brusco, a la vez que un fogonazo intenso de luz. Atronador ruido. Relámpago y trueno al mismo tiempo...
Pablo despierta sobresaltado. Carlos duerme a su izquierda. Es una amplia cama y, a lo que parece, ni se han movido de sus sitios durante el sueño.
La luz de la mañana se filtra por entre los visillos de las dos ventanas, débil aún pero lo suficientemente clara como para apreciar algunos detalles de la habitación. La ventana de enfrente está abierta, puede distinguir las siluetas de grandes árboles. Hay niebla, entra una leve brisa fresca, el amortiguado crujir de ramas y ulular de hojas... La respiración agitada del durmiente cesa. Están los dos despiertos. Unas campanadas casi adivinadas suenan las ocho.
Se levantan, Pablo entra en el baño y Carlos se asoma a la ventana abierta; el jardín apenas se distingue, no cabe duda que tiene árboles gigantes, ahora envueltos en un denso velo blanco de novia madrugadora. Sonido del agua de la ducha al otro lado de la puerta. Carlos enciende el primer cigarrillo del día. Luego invierten el turno, Pablo se viste y abre la otra ventana; descubre enfrente un edificio como de una capilla con macizos de hortensias a su entrada, la niebla impide ver más detalles. El constante sonido de las hojas unido a un distante murmullo de aguas rápidas de río, junto a la luz blanquecina de la niebla, es un muro infranqueable. Mira por la otra ventana al jardín, persiste la niebla que impide ver qué especies de árboles les rodean; cree distinguir el porte de un centenario cedro y los botones de flor y hojas de un magnolio... y hortensias abajo, haciendo un seto;  a la derecha, un muro de altas arizónicas no dejan ver nada más del exterior...

La escalera cruje sus peldaños de viejas maderas pulimentadas, la luz blanquecina del jardín entra por las altas ventanas del salón donde ya tienen preparada la mesa del desayuno para dos, a su lado otra mesa dispone de bufet libre: café, leche y un gran bizcocho recién cortado; sobre su mesa el servicio en ornada porcelana junto a una bandeja de bollitos aún calientes, un cuenco con trozos de mantequilla, otros con mermeladas...
Al poco de tomar asiento la puerta del distribuidor acristalado se abre para dar paso a un orondo personaje que les da los buenos días y pregunta lo habitual en los anfitriones de hoteles rurales, que si han dormido bien, que si les agrada el desayuno... que la niebla va a durar bastante; al final siempre se termina hablando del tiempo. Es un joven de cuerpo desmesurado, grueso y sólido, vestido de forma deportiva; lleva una camiseta marrón con dibujos abstractos a la espalda, un calzón bajado que deja al aire el elástico de su calzoncillo estampado y no le cubre las fornidas pantorrillas. Sonriente, pero de expresión ausente, lo mismo se enciende su mirada como se apaga en opacos vidrios... Deja una frase a medias y se retira discretamente mientras los huéspedes se sirven a gusto de todo un poco: bollitos con mantequilla y mermelada para Pablo y bollitos con aceite de oliva para Carlos, después de un zumo de naranja. Luego el café con leche bien calientes en ambos termos y unos buenos trozos de bizcocho –con ligero sabor a chocolate-.
Un desayuno silencioso. Al término, la puerta del office se vuelve a abrir para dejar paso a una señora elegantemente vestida para tan temprana hora. La señora de la casa.

Una casona llena de fotografías antiguas con personajes de otro siglo, daguerrotipos lujosamente enmarcados, suntuosos marcos para grandes fotos de antepasados desdibujados, pero de fijas miradas y adustos gestos, contrastan con la afabilidad de los dueños, madre e hijo, que les han recibido esta mañana en amena charla informativa.
Los alrededores boscosos, las montañas vecinas, el río orillado al pueblo. La casona algo distante de las demás casas, pero es su tranquilidad y entorno lo que cuenta. No esperan más huéspedes, de momento. El salón contiguo dispone de una gran chimenea entre dos altas ventanas –la niebla impide ver el paisaje y alrededores- dos largos sofás, sillones y mesitas auxiliares con revistas y prensa. No hay ningún televisor a la vista. Sobre las mesitas reposan grandes jarros con tres o cuatro flores de hortensia recién cortadas.
Pablo se sienta en uno de los sofás y toma un ajado periódico de imágenes incongruentes y tipografía antigua, pasada de moda... La fecha de la edición: ¡¡¡19 de septiembre de 1914!!!, lógicamente está mal. Mira a Carlos con cierto miedo al ver su expresión de desconcierto, como en un espejo, enfrentados al mismo pánico...
A su alrededor la luz lechosa sigue inmutable... El silencio de la casona les inquieta. Subiendo a su habitación, en el pasillo, hay tres puertas abiertas de otras habitaciones, miran la similitud de la decoración, aunque en distintos tonos de colores pastel: verdes, azulones, granates... Cada puerta lleva un cartel con dibujos alusivos a su nombre, cada habitación tiene uno propio. La suya: “La Mariquita” escrita en otra lengua traducida por el dibujo.
Se encierran.
Hay algo extraño en el ambiente. Crujidos, ulular de viento, rumor de aguas... Denso silencio musicado.
Pablo y Carlos se han dado cuenta de las miradas de los retratos colgados por toda la casona, posados sobre mesitas y muebles... Anoche estaban nítidos, casi vivos; ahora son desvaídas caras, imágenes borrosas. Encima del piano enfrentado a la puerta de su habitación hay un grupo de fotos de una familia, abuelos, padres, hijos-nietos... Una de los padres solos –la mujer es el vivo retrato de la dueña, igual de joven- vestidos como en los años veinte. Otra con el hijo –la misma cara y mirada ausente- en traje de gala rodeado de chicas sonrientes (deben estar en un baile de disfraces, todas estilo charlestón)... Los grandes retratos son de finales del siglo 19 o principios del 20. Bigotes engomados, ellos, tocados de pedrerías y plumas, ellas... Las paredes necesitan un buen repaso de pintura... las ventanas desvencijadas carecen de cristales y la ruina campa por todas las habitaciones hechas girones... Es un sobrepuesto de imágenes desenfocadas, ahora la herrumbre, al mismo tiempo el brillo impoluto, cambiando, alternándose en loco girar de tiempos presentes y pasados...

Permanecen en la habitación, inmóviles, sentados en los dos sillones bajo la ventana al jardín, el antiguo armario ropero con una luna pulida biselada enmarcado en filigranas de madera tallada, todo él tallado en hojas y frutas con copete arriba. El espejo no refleja más que los dos sillones vacíos...
Pablo y Carlos miran alternativamente sus caras y sus inexistentes reflejos... Pablo se levanta, abre la puerta del armario; chirría horriblemente, dentro están colgadas sus ropas, debajo, la bolsa de viaje... Cierra, pasa la mano por la superficie del viejo espejo... ¡No hay reflejo! Se vuelve al espejo del baño... ¡¡¡No da reflejo de su cuerpo!!!
Pablo vuelve a sentarse al lado de Carlos, los dos mudos ante la evidencia... El golpe, el estruendo, el fogonazo de luz... No recuerdan cómo llegaron aquí. ¿Ayer? La Casona les esperaba desde siempre...
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© Juan Rodort, 2014



martes, 23 de septiembre de 2014

Un verano lleno de rosas rojas

EX-PARADÍS


Juan Rodort
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pg. 4
Dedicatoria
Para Justo (no hace falta decir más)

          How I wish, how I wish you were here.
          We're just two lost souls swimming in a fish bowl, year after year,
          running over the same old ground.
          What have you found? The same old fears.
          Wish you were here.
                                                                            “Wish you were here”
                                                                            Pink Floyd
            
            Como quisiera, como quisiera que estuvieras aquí.
            Somos dos almas perdidas nadando en una pecera, año tras año,
            recorriendo el mismo trecho.
            ¿Y qué encontramos? Siempre los mismos miedos.
            Desearía que estuvieras aquí.
                                                                                       (Versión J. Rodort)
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pg. 5
Un verano lleno de rosas rojas
 (Verano de 2006)

                    ...”Wish you were here”... Finaliza el tema de Pink Floyd, mientras la tarde inicia un lento batir de insectos en el jardín encendido de color. Este año los rosales superaron la prueba de las últimas lluvias; una eclosión de puntos rojos y fucsias arracimados cubre la pérgola y los setos junto al riachuelo vecino. Sobre la mesa de jardín quedan los restos de la merienda improvisada; sentados bajo el dosel de ramas de los sauces, Justo y Pablo hace horas que conversan. Desde la casa llega la música entretejida con el batir del agua al otro lado del seto cuajado de abejorros glotones.
                    - “Wish you were here”... ¡Qué recuerdos me trae esta canción! Ojalá que estuvieras aquí... Es algo así la traducción, ¿no? Tú sabes más inglés que yo...
                    - Sí, la traducción no tiene por qué ser literal, el sentido puede ser ese...
                    - Da lo mismo, el caso es que esta música me transporta a aquellos días en Ibiza. Cómo me habría gustado que tú estuvieses allí conmigo –le acaricia.
                    - Sí, pero por aquel entonces yo no tendría ni quince años –le sonríe guasón.
                    - ¡¡¡Hmmm!!! Quince añitos tiernos y jugosos... Ñam, ñam. ¿Como en esas fotos donde estás con tus coleguitas y enseñáis el culo?
                    - Qué retorcido que eres. Si éramos unos pipiolos entonces...
                    - Si, si, pipiolos... con pelos en los güevos –pone cara de sátiro y se relame solo de pensar si los tuviera a mano.
                    - Que solo queríamos pasarlo bien. Pero nada de lo que estás pensando, so rijoso...
                    - ¿Y qué estoy pensando yo ahora? –se hace de nuevas poniendo ojitos de Bambi-. ¿Es que hay alguna otra cosa en la que merezca la pena pensar? –saca la lengua de forma provocadora, Justo le sonríe, moviendo la cabeza como resignado.
                    - Siempre estás igual, contigo no hay quien pueda... –se acerca más y le besa.
                    - Bueno, ahora estamos aquí y eso es lo que de verdad importa –le pasa el brazo alrededor del hombro, presionándole con ternura.
                    - Oye, y todas esas aventuras que me estás contado ¿de verdad fueron así? No se, pero no termino de creerlas, me parece que algunas te las estás inventado.
                    - Piensa lo que quieras, lo que te estoy diciendo pasó tal cual.
                    - ¡Venga ya! Pero si son unas historias muy trasnochadas, como de otra época, de otro siglo... Eso ya ni se lleva.
                    - Y es que son de otro siglo, del siglo pasado... –ríen los dos.
                    - ¡Idiota! Ya empiezas con otra de las tuyas... ¿Es que siempre tienes que estar de guasa? Reconoce que a cualquiera que se le diga no te va a creer ni media. Esas cosas solo pasaban en tiempos de mi abuelita.
                    - ¿Y qué soy yo sino un abuelete? –Justo le da un coscorrón-. ¡Ay!, que eso ha dolido...
                    - Pues no lo digas ni en broma, que ya quisieran muchos muchachotes tener tu aspecto... –le besa donde le ha dado-. Además, ¿qué importa? Si tú dices que fue así... Lo viviste ¿no? Pues mira lo que te has llevado por delante...
                    - Sí, que me quiten lo bailao –se regodea, mientras sigue rascándose la cabeza.
                    - Pues deberías escribirlo, que parece una novelita de enredos pornos, bueno... más bien eróticos, porque para porno-porno no hay más que verte, que me entran unas ganas...  ¡Mira como me pones! ¡Anda, ven aquí! –le toma del brazo...
                    Se levantan y corren a la casa. La mesa queda expuesta a los insectos atraídos por las migas del bizcocho casero y los restos del café con leche. El sol baña los pétalos púrpura, refulge en las corolas de oro... No se puede ser más cursi para describir esta tarde cálida de inicio del verano norteño. Ni a Justo ni a Pablo les importa nada de todo esto. Después de doce años juntos sigue siendo de lo más natural dar rienda suelta a sus deseos y olvidarse de las cosas. Han sido doce años día a día vividos, como si cada instante fuera el último. Sus voces han quedado en suspenso sobre las aguas del río que se empapa de ellas, las retiene un momento y después corren veloces a mezclarse con las palabras dichas en el tiempo...

                    El río sigue cantando tras lamer los muretes del jardín, pasa riente y presuroso, casi mareado de dar quiebros bruscos, a caer desbocado valle abajo hasta juntarse con el cauce del Nonaya, otro río que, a su vez, afluye también rápido por su valle buscando abrazar y fundirse con el gran Narcea de caudal pedregoso más sosegado que, antes de tocar el costado del promontorio donde se asienta Pravia, se une en un todo con el famoso Nalón de tupidas nieblas que ya se han olvidado de su oscuro pasado contaminado. Y, así, toda esta multitud de aguas revueltas con los sonidos de las palabras van a inundar el mar Cantábrico en un loco vaivén de mareas danzarinas.
                    El mar es poseedor de todas las historias que en él se depositan. No le importa que la vivida por Pablo se desarrollara en aguas más cálidas y en tiempos más distantes, el mar recuerda todas las historias como si fueran de hoy mismo, como si fuesen una sola historia, las trae y las devuelve con sus mareas en una mezcolanza atemporal. Recuerda el final de aquella noche...
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© Juan Rodort, 2012 
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lunes, 22 de septiembre de 2014

De malos cocineros están los sepulcros llenos

Remedo del refrán: "De buenas cenas, están las sepulturas llenas".


Nada que ver y mucho que mal digerir. Los causantes: dos casas de comidas supuestamente caseras. Las dos en bellos parajes de Cantabria, nada que ver con su entorno una vez se traspasa la puerta de dichos establecimientos.
Uno en el barrio-pueblo de Somahoz (aledaño al contaminado y hacinado Los Corrales de Buelna). Tiene fama internauta, con bonitas fotos -algunas, las de su terraza sobre el río Besaya, le hacen justicia; no así lo probado de su carta alimenticia. La historia de siempre. ¿Dónde se encuentra un restaurante o casa de comidas que te brinde una cena ligera y digestiva? En España no la encontró el viajero que padeció las pesadas digestiones de unos menús pesados y aceitosos... Sigue rememorando el viajero la noche en el restaurante a orillas del Besaya, bajo nogales floridos de guirnaldas de gayas bombillas de colores. Lo único aceptable de la velada. Lo inaceptable se produjo al comandar tres raciones desmesuradas (el viajero lo ignoraba) de cantidad y calidad. Ya el olorcillo del aceite refrito le puso en alerta, pero las rabas (calamares) refritas en ese aceite refrito no fueron sino el principio de su calvario hacia unos patés de insulso sabor y la puntilla (y eso que hizo las preguntas pertinentes antes de pedirla) de una ración de "croquetas caseras" (¡¡¡de jamón!!!) de fantasmas de jamón con sabor a masa precocinada...
Una noche de retortijones y pesadillas fue el saldo. Y, por caridad o crueldad, no sabría decir el viajero ahora, no dice el nombre del perpetrador restaurante (hay que decir que vacío por fin de temporada o por viajeros ya escarmentados).

El otro comedero -no se le puede clasificar de restaurante- está en el centro del pueblín típico de Arenas de Iguña (delicioso pueblo en un valle regado por el río Besaya, con una rica historia y bellos monumentos que nos cuentan épocas mejores venidas a menos en la actualidad). El viajero entra en uno de los bares, no sabe si es un mesón, pero al fondo se ven mesas con parroquianos en plena pitanza. El mesonero es un tonel típico sacado de películas sobre el medievo (con media nalga fuera del pantalón caído -este espectáculo ya es de por sí un avance de lo sucedido). Ofrece un menú, no hay carta sino en el recitado de platos que el tabernero (el viajero no sabe como definirlo) va cantando. El primero debe ser algo muy autóctono y ni siquiera se atreve a indagar de qué se trata o está compuesto; se decide por unas simples judías verdes con jamón (no, con beicón), pero pregunta por precaución cómo las preparan porque no soporta el sobrenadado en aceite ni lo salado. La respuesta del mesonero es contundente: ¡ni gota de aceite!
¡¡¡Y menos mal que no llevaban aceite!!!
El plato que se le pone delante es una balsa verde de aceite rodeando a un montón de judías verdes con trozos de tocino con su corteza bien frita... El viajero respira hondo y mete un cuchillo bajo el plato para escurrir la comida, añade cuatro o cinco servilletas de papel para empapar tan repugnante visión.
Come y termina. Le retira el plato.
Trae el siguiente: filete a la plancha "muy hecho" (eso sí que lo han respetado) con patatas... o sal con patatas añadidas. Esto sería un asesinato en toda regla para un sufrido paciente del corazón... No es el caso del viajero, pero deja las patatas a un lado por precaución.
¿"Y de postre"? Otra lista de opciones abstractas: manzanas asadas (para el compañero del viajero) y helado de vainilla (para el viajero) es lo menos comprometido... Pero...
Este es el resultado de pedir helado de vainilla en un sitio indocumentado...




Y sin un plato de postre, nada, así, a pelo, un bombón helado tirado sobre el mantel de papel... Nótense las expresiones del viajero, abatido y deseoso de escapar del antro lo antes posible.
....Y, para rematar, el otro postre ("Manzanas asadas") estaba totalmente congelado...

Y no solo eso, al llegar al hotel comprueban (viajero y acompañante) que sus ropas están impregnadas de un repugnante olor a fritanga...
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© Juan Rodort, 2014

domingo, 21 de septiembre de 2014

El tren de las ánimas



El tren de las diez y media acaba de pasar. La noche susurra y silba en coral sinfonía de viento y hojas. Hay un gigantesco magnolio enfrente de la ventana del dormitorio que da al jardín, ahora en penumbra y agitado; el cedro centenario, vecino del magnolio, de superior porte y edad -seguramente viera pasar los dos últimos siglos y a las sucesivas generaciones que habitaron esta casona-, rompió una de sus enormes ramas con estruendosos golpes de astillas fracturadas y de crugir de plantas a sus pies aplastadas bajo su peso.
Por un instante han levantado el ladrido los perros del pueblo, voces de inquietud en las casas vecinas, un sueño roto... El viento continúa arrancando lastimeros sones a las ramas heridas del gigante despeinado.
Todo esto sucedió en fracción de segundos, diríase en tiempo detenido o al relentí.
Eso fue anoche. Nada queda en mi recuerdo de lo siguiente al silencio repentino después del estrépito de la rama partida y el aúllido de los perros, precedido del silbato del tren dos veces repetido, preludio del viento...

Anoche volví a soñar con Javi , ¿o fue él quien vino a mi encuentro? (¿por qué esa persistencia de la muerte dentro de mis sueños?). Venía acompañado de un amiga desconocida para mí, él mismo parecía un desconocido. Después de varias interrupciones, en el último sueño apareció Javier, delgado, con claros síntomas de padecer el temido VIH marcados en su cara afilada, orejas prominentes, un quiste en la punta de la nariz y, a medida que el sueño transcurría repetitivo, con síntomas febriles, con un rictus cadavérico en su piel pegada al hueso de la cara, las cuencas de los ojos exageradas, los dientes sin apenas labios que los protegieran; sus manos huesudas aumentaban ese rictus replegándose la piel... Repito las palabras para dar idea del sueño cíclico, en que una misma acción se manifestaba en variantes sin poder salir de aquella atmósfera opresiva.
Javier deseaba estar conmigo al menos un par de días para recuperar antiguos tiempos de amores y desencuentros...
Yo pensaba en que diría Carlos cuando lo supiera; que me iba con un fantasma del pasado... Porque tú estás muerto, le dije a Javi, afirmando más que preguntando. Ni pestañeó. Su historia... que había ido a recuperarse o a prepararse para morir en el pueblo de esa amiga (no me dijo el nombre del pueblo, ni el de su amiga).
El escenario del sueño, aún siendo el mismo, iba cambiando de enfoque, de luz, con menos personajes... Una recepción de un centro informativo, de algo cultural. Y yo debía irme ya con Javier, pero pasados varios giros del sueño él había desaparecido y yo volvía a despertarme por cuarta vez en la noche -el viento se detuvo casi en la mañana-.
En un determinado momento de percepciones alucinadas visualicé una jota enlazada con una ele luminosas y bordeadas de blanco. Entonces le dije a Javi: Sé dónde has cogido ésto (el sida, claro), en el bar JL... Él negó con la cabeza y dijo que yo no tenía ni idea de quién le había contagiado...

¿Por qué vuelve el sueño de la muerte de nuevo? ¿Por qué sueño con amigos muertos?
¿Por qué este sueño de anoche? ¿De dónde sale toda esa información recurrente para darle forma? No había pensado ni en Javier, ni en el sida, ni en la muerte... pero sí que pensé en mi propia muerte cuando el estrépito de la rama partida...

Esta mañana luce el sol. Ahora a mediodía las imágenes del sueño de anoche se van borrando, quedan solo unos posos, una fugaz imagen del rostro de Javi...
¿Estará realmente muerto?
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© Juan Rodort, 2014