martes, 29 de abril de 2014

Apología de la apología


Con un metro a mi vera para medir mis palabras doy comienzo a estas líneas. Estamos viviendo en un estado de derecho a callarte por las buenas o por las malas. Podemos pensar lo que nos venga en gana, pero no trasmitirlo. Mucho menos en las "redes sociales" -sea eso lo que sea, este blog por ejemplo-. Y es curioso como los mismos que castigan y amordazan están comiendo de nuestro esfuerzo y nuestros impuestos. Pagamos para ponernos un bozal... ¡estupendo! A eso se le llama masoquismo. Cuando no lo quieres y te lo imponen a la fuerza se le llama otra cosa que ahora ya no se puede decir. De hecho ahora ya no se puede decir nada que contradiga a la "norma". La norma de lo normal. Los anormales debemos callar. A eso se le llama nepotismo, dictadura, totalitarismo... Pero quizás esas palabras tampoco se puedan usar ya. Ahora me estarán rastreando los biempensantes o bien pensantes (no me vayan a meter un puro por neologismos) espías de la red social. Afortunadamente el porcentaje de lectores de este blog es muy pequeño y hasta ahora he escrito cosillas íntimas sin importancia... Pero eso mismo debían creer los encarcelados por apología de "eso que no se puede hablar ni decir" (recuerdan a los libros de Harry Potter). De apolólogos se puede acusar a los programadores de las cadenas nacionales ¿gubernamentales? (La1 y La2). Ayer, sin ir más lejos nos obsequiaron con sendas pelis al unísono, de violencia gratuita e imagen arrastrada por los suelos no solamente de Madrid capital sino del resto de España como lugar violento e inseguro... es lo que yo percibí en la mitad de película que aguanté antes de apagar la tele y abrir mi libro para antes de dormir. De advertencia era la peli de La2 sobre la antigua policía Stasi... paralela con la sufrida en tiempos más peores en estos lares. Y de cuyo nombre ni quiero acordarme. O sea, que prohiben fumar pero siguen vendiendo tabaco, alcohol, coches... Pero es el tabaco quien mata, es el alcohol quien mata, es la velocidad la que mata... La educación cívica recibida en mi niñez no me sirve para nada. Ahora es la ley del más fuerte. Siempre lo ha sido. La ley del vencedor. El vencido, a callar. Y siento que me han vencido. Una vez más.

Pero, mientras más fuerte sea el viento, más se afianzarán mis raíces en la tierra.

domingo, 27 de abril de 2014

De santidades y demás nimiedades


Es increíble que en pleno siglo 21 sigan canonizando y dando la lata con santidades y maldades; el viejo juego del bien y el mal.
Cada uno que aguante su vela, el refranero español es prolífico y rico en dichos que siempre vienen a cuento. Un cuento el que nos cuentan cada día tratando de "convertirnos" a la religión social, vía medios de comunicación. O, como dicen los gilipollas de turno en algunas emisoras "cultas" de radio: las redes sociales. Queda tan mono...
De monos alados eran las batallas en el Ramayana y el Mahabharata, desde entonces no hemos aprendido nada; o, mejor dicho, hemos desaprendido mucho. De Ángeles y Demonios siguen siendo las batallas en las bolsas internacionales. Es la religión mundial. El Ibex 35 ese, que nadie sabe lo que significa pero que en dos años tiene la virtud milagrera de hacer descender los tipos de interés que percibe mi canija cuenta bancaria; del 4,5% al 0,25% ¡¡¡en dos años!!! tan solo... Sin más comentarios porque me arde la sangre y bastante calor estamos teniendo en estas tierras levantinas. Sequía de agua, además de sequía de ideas nuevas. Malas ideas siguen flotando como moñigas alrededor de un colector marítimo (demasiado cerca de las playas con supuesta bandera azul... más sin comentarios).

La imagen que abre estas líneas es un pequeño fragmento de un mural que pinté en mi anterior casa de Asturias (no se si los nuevos adquirientes lo habrán tapado, me enteré que habían talado buena parte del arbolado que nosotros plantamos en el jardín; mala gente la hay donde quiera que vayas), esta imagen representa el momento en que los dos Arcángeles se gritan su desafío: el principio del Bien y el Mal. Los he diferenciado en rojo y azul, pero no he definido quién es quién. La historia no es como nos la han contado, como nos la siguen contando; siempre habrá otras versiones que saldrán a la luz cuando ya no estemos aquí. Y, entonces, ¿qué nos importará ya?
Por eso, qué nos importa a los demás que una recua de gente arracimada en una plaza-estado se deshidraten a pleno sol para ver como deidifican sus ideales. ¿En qué hemos cambiado en 2000 años? Yo diría que en que ahora podemos vigilarlos por medio de cámaras espías instaladas en los satélites que rodean esta pelota. Pelota que está harta de soportar tanta agresión y un día de estos va a dar un "explotío" -como dicen en el pueblo donde nací- y se librará de tanto parásito que pulula sobre su superficie...

Hoy, que me he levantado chutón.



"Marte" de 1989. Tampoco estaba yo muy "católico"...

sábado, 26 de abril de 2014

Lo más increíble, la verdad y la vida



Último sábado de abril, entrada la tarde, algunas nubes que no van a descargar lluvia; sigue el viento. La humedad relativa del aire dentro de casa es del 40%, es lo que marca un aparatito sobre una de mis librerías. Los niños de los vecinos juegan en la plaza, detrás de nuestro jardín -desde el balcón puedo verlos corretear-. Es la hora de la merienda -nada que ver con la hora del té-.....

Aquí se me bloqueó este cacharro y no guardó más texto. Son las 21 horas y no son idem de ponerse a escribir. La tarde declina, los críos incansables siguen armando ruido en la plaza. Un techo de nubes algodonosas cubre el horizonte por encima del perfil montañoso. Queda cursi, pero es la verdad. La luz es azul tirando a gris. Antes hubo un mágico momento en que las montañas del fondo se difuminaron en tonos cárdenos-asalmonados.

La verdad o la vida real es mucho más increíble que las más fantásticas novelas de anticipación. Y, por supuesto que los últimos premios literarios que han aparecido en el estante de "novedades" de la biblioteca municipal de este pueblo, de donde nos surtimos de libros para enturbiar nuestras horas de asueto. Toma cursilada más.

Después de más de quince años sin tener noticias de un viejo amigo, recibo un correo suyo, escueto, un máximo de cinco palabras y su nombre y apellido como toda seña de identificación. Y es una respuesta a otro mensaje -a la desesperada- que mandé a una página de un representante artístico norteamericano que salió en la búsqueda por la red, en donde salía la foto de mi amigo, bastante cambiado por cierto. Una respuesta después de varios meses de indagar en la red con diferentes fórmulas de búsqueda, pero sin la clave actual (ha cambiado su nombre). Es increíble que el motor de búsquedas no haya identificado los apellidos con esa variante. Loados sean los duendecillos internautas. En tan solo tres días llevamos mandados doce correos con retazos de nuestras vidas. Párrafos deshilvanados de cambios de domicilio, países visitados, incidentes varios, accidentes casi mortales, muertes de amigos, de amistades comunes...

Mañana seguiré...

"Recuerda los días del verano de 1989" es el título de este lienzo de nostalgias por una ruptura amorosa...

martes, 22 de abril de 2014

Mártires de las tradiciones



Por fin terminó la dichosa semanasanta. Es igual, ahora empezará otra cosa; la Feria, por ejemplo o el puentedemayo...
He pasado una semana bombardeado por dos frentes: el fútbol y la programación retrógrada seudorreligiosa -que más parecía que estuviésemos en otros tiempos supuestamente ya olvidados- de la tele.
No se que ha sido peor, si el resultado feroz de esa dictadura del horario de los partidos de la Liga o la estupidez de las viejas películas de tema bíblico (el visionar dos versiones de Benhur al mismo tiempo real por distintas cadenas ha sido una experiencia mística de la que no se si me traerá consecuencias graves en mi dañado cerebro).
Hace la friolera de 42 años (¡¡¡cuarentaydos!!!) hacía yo el servicio militar OBLIGATORIO y recuerdo que en la semana de secuestro en el cuartel de El Pardo -de cuyo nombre ni quiero acordarme- salían por la pantalla de la única tele disponible, salían unas presentadoras con mantilla y de riguroso luto anunciando las mismas películas que han puesto esta semana pasada...
El progreso, que se llama.
Y va a ser que vivíamos mejor en aquellos años de somnolencia democrática que ahora con tanta "libertad". Por lo menos los precios básicos estaban regulados y no fluctuaban según del IBEX de cada hora que pase. Que entras en un autoservicio (nótese que no digo supermercado) y entre el precio expuesto bajo el artículo de primera necesidad que acabas de poner en la cesta y el precio que te ponen en el tiquet de compra y te cobran hay una diferencia de unos pocos o unos muchos centimitos -siempre a favor del establecimiento, claro-. Y si haces como el resto de marujerío, que no miras lo que te han cobrado, pues le estás regalando o te estás dejando atracar impunemente por el sistema de libre mercado.

Eso es para otra ocasión, ahora voy con el camino del calvario civil a que me han sometido tanta gente inactiva moviendo el coche para gastar gasolina, comprar desaforadamente y molestar con sus gritos de ¡¡¡Realmadridcampeón!!! a las tantas de la noche (por ejemplo). O que te encuentres cortadas las calles porque van a pasar las procesiones (católicasapostólicasromanas). Claro que eso mismo pasa cuando vienen las fiestas locales con sendos desfiles de Moros y Cristianos (que en nada tienen que ver con connotaciones ni religiosas ni étnicas). O los molestos niños gritones en los jardines de la plaza pegada a mi casa, jaleados por las paramadres-abuelas que gritan más que las criaturitas -que para eso están, para que las aguantes los vecinos-.
Y esa falta total de consideración con los demás, esa falta total del ejercicio de la libertad (que termina donde empieza la de los demás y viceversa); sufrir todo eso me ha dejado agotado.
Y no vale que me digan que son las tradiciones y que hay que doblegarse ante ellas. Contesto con el dicho de las moscas: "mil millones de moscas no pueden equivocarse, ¡coma mierda!"



Un trabajo bien hecho, de dentro afuera. Es una pintura muy pensada y elaborada. "Conversación con Anfitrita" ahora en una colección privada en Pau (Francia).
Es el sueño de mi amiga MªCarmen -sentada en la esquina baja izquierda- y que por extrañas circunstancias terminó en manos de un coleccionista. Una de mis obras más queridas y de difícil solución. Me doy un notable. Hay siete cuadros dentro del lienzo y cada uno funciona por separado. Historias del pasado. Carmen murió hace años. Todos vamos muriendo día a día.

jueves, 17 de abril de 2014

Luna roja de abril



La pasada Luna Roja -con el eclipse que no pude ver- ha despertado nuevos recuerdos adormecidos. Del baúl de esos recuerdos que tan bien tenía guardados, porque una vez abierto el grifo del pasado me ha salpicado toda la casa y lo ha puesto todo perdido de nostalgias, malas leches de cosas que no salieron bien, de recuerdos fragmentados de los que tan solo tengo breves imágenes borrosas y para nada localizables en el espacio-tiempo. ¿A quién le importa? Por supuesto, a mí me importa. Pero de otra manera.
Hay un sordo rencor hacia actos que me fueron impuestos y que soporté a fuerza de imaginación. Fui un niño con imaginación desbordante. La falta de medios de mis primeros años estuvo complementada por esa facilidad para crear mundos imaginarios. Mundos que existían en el granero de la casa donde nací. El granero era toda la planta superior de la casa, bajo las vigas del tejado aparejadas de líos de telas viejas, sombrereras, asombrosos artilugios que me parecían fuera de esta realidad. Y lo estaban. Bajo esas vigas, un suelo de madera lleno de grietas soportaba las arcas, los baúles, grandes paquetes de secretos bien envueltos y con olor a antiguo -a bolitas de naftalina-. Pero los recuerdos nuevos que se me han venido no eran exactamente estos de los juegos en el granero, mientras el resto de la familia dormía la siesta en verano o estaba en sus quehaceres cotidianos mientras yo me perdía en mundos inventados sobre la marcha. Con una colcha vieja, unos palos, unas cajas vacías de quesos manchegos y, sobretodo, de las escaleras apoyadas sobre las vigas (a donde tenía prohibido subir, pero subía despacito y tratando de no hacer ruido para descubrir ese mundo secreto y prohibido envuelto en polvo, donde aparecía la maqueta de madera del aeroplano de dobles alas pintado en purpurina plateada con los círculos de la bandera en cada alerón) se iban formando los decorados para juegos, representaciones ante un imaginario público, circos donde mis otros yoes formaban comparsa...
Cuando se ha tenido una niñez inventada, es difícil saber cómo fue esa época más allá de la imaginación conque estaba vivida. Un palo entre mis piernas era suficiente para convertirse en mi alazán; corría a caballo por las aceras de las calles del pueblo. Por las calles próximas a mi casa. Nunca muchas manzanas más allá. Jamás adentrándome en barrios demasiado alejados de ese núcleo central que era la casa, la plaza, el palacio, la iglesia, el paseo o el llano de las Fuentes, éste como algo muy, muy lejano ya. Ya siendo un niño de siete a ocho años me atreví hasta los Tejares en compañía (malas influencias) de otros niños del colegio. Oteé la arboleda del "Chirlanco", un gran charco de agua lodosa tristemente célebre por la cantidad de muertes de niños que se arriesgaban en sus orillas gredosas y resbaladizas. No se si "confesé" mi hazaña, como la de otra vez -esta mucho más arriesgada- que paseamos hasta las "Huertas Perdías" donde el fango de los surcos empapados formó un cepo que atrapó mis zapatos nuevos dejándolos inservibles, casi. Con la consiguiente azotaina recibida al contar la historia; no valieron pesares ni arrepentimientos, no tenía mejores zapatos que aquellos. Eso fue un domingo después de la catequesis. Tal vez de invierno.

La luna roja de agosto la recuerdo desde las azoteas de Palacio. Los jardines en la penumbra y por el horizonte de la Campiña asomando una luna roja inmensa. Eran años en los que yo creía que la luna de día era distinta de la luna de la noche (que había dos lunas, vamos). Años de oscuridad intelectual por no decir de libertad de la que yo no tenía idea que existía, prisionero de ese centro universal que era mi casa, los alrededores y la visión del mapa de España imaginado del revés (porque confundía el norte con el sur a la hora de ubicar a Córdoba como ombligo de ese universo). Ninguna relación de los puntos cardinales con las salidas o puestas de sol. El cielo sobre mi cabeza, el suelo empedrado bajo mis pies; a mi alrededor todo el mundo conocido. Una vez me llevaron en tren hasta Córdoba, pero no cambió en nada mi idea de orientación. Hasta que ya con diez años cumplidos salí del pueblo para una visita definitiva a Madrid; para la prueba de voz en una escolanía donde fui admitido. En ese viaje el universo se dio la vuelta de dentro a fuera. En el mientrastanto mis mundos eran rincones del corral, del patio, de la escuela, de la iglesia con sus interminables laberintos de cámaras prohibidas y sótanos vedados, de peligros tras los muros enormes donde intuíamos pozos sin fondo, fantasmas de los enterrados bajo las losas de la nave y bajo el cemento del jardinito de la entrada. Misterios de escaleras prohibidas, misterios en la oscuridad de la subida a la torre por la escalera medieval incomprendida entonces. La maquinaria del reloj de esa torre...

Y Palacio. Esa fue mi segunda casa, mi segundo jardín de juegos -este real, escalonado, lleno de surtidores, arriates, setos de boj, árboles que me cubrían del cielo cruel del mediodía, verdín y olores húmedos. Corredores con silbidos de fantasmas y estampidos de postigos mal cerrados. Ese era el otro universo real aunque igualmente imaginario. Yo era el rey de aquel palacio, un rey que entraba y salía de incógnito casi siempre, sorteando los peligros de ser descubierto y puesto de patitas en la calle. Esa calle dura y descarnada donde jugaban o guerreaban los otros niños. Juegos-batallas de niños. Nunca amé la violencia. Y la violencia infantil es la más cruel de todas. Me aparté de ese mundo infantil de pueblo para construirme un mundo con el decorado de mi casa y del palacio vecino, solamente debía atravesar el desierto de la plaza para colarme donde ningún otro niño tenía acceso. Un privilegiado, lo reconozco, pero un maldito también. Un solitario.
En mi casa vivían otra realidad muy distinta a la que yo me había inventado; era la realidad de la post-posguerra con todas sus carestías y dificultades. En el palacio vivían una realidad de oficinistas y guardianes con sus tareas cotidianas ajenas a las aventuras de la historia de cada día que yo me inventaba por sus rincones, salones y jardines. Y por no hablar del santuario prohibido, lo más prohibido: la capilla. También me colaba entre sus muros, manoseando encajes ajados, olores de antiguos perfumes incensados, espejos borrosos donde los fantasmas me asechaban. Era fácil estar allí impunemente, el silencio hacía delatar la presencia de los adultos que me sacarían detrás de mi oreja aferrada por su mano.

Los paraísos perdidos de esa niñez han vuelto esta tarde de Jueves Santo, mientras las notas de una sesión de músicas barrocas emitidas por la radio clásica me transportan a otras dimensiones de color, olor y tamaño diferentes de ésta. Todo era muchísimo más grande, enormes edificios, enormes salones, enormes jardines. Enormes barreras inventadas las más de las veces ya que me dejaban tranquilo husmear a mi antojo, siempre que no trasgrediese las reglas de los cuartos prohibidos y dejara en paz lo que no se debía tocar. Aprendí a disimular, a camuflarme, a ser invisible.
Tal como hoy. Vivo en otro pueblo, aislado casi a propósito, inventándome un mundo irreal pero sin aquella fresca fantasía de hace más de cincuenta años. Volviendo a una nueva infancia ¿construida de recuerdos futuros? Esta realidad de hoy no me gusta.
Esta última luna roja ha traído una bocanada de miedos antiguos, fantasmas casi olvidados...





 


jueves, 3 de abril de 2014

El juego de la estrella china



O, "De Oca a Oca y tiro porque me toca" que es otro juego más nuestro. Viene esto a colación por un breve recuerdo de tal día como este primero de abril pasado, hace unos treinta años, en que subía a la sierra de Madrid -a un conocido y malfamado monasterio- para una reunión de antiguos alumnos escolanos. Había pasado yo esa noche en franca orgía en un destartalado y frío piso del barrio de Argüelles donde, en la mañana dominical que fue ese uno de abril de aquel año, descubrí que no tenían agua caliente para darme una rápida duchita que quitase las marcas sobre mi piel de los estragos nocturnos. Así que, a medio lavar con agua fría, con la misma ropa de la noche anterior apestada a humo de tugurio y sudor agrio de sexo, salí sin siquiera desayunar camino del bus que me llevaría -por los pelos, arrancaba cuando llegué a la parada- a la citada reunión. Y allí pasé todo el día, sudado, resacoso, con resquemores varios de sentirme fuera de lugar y sucio (físicamente hablando) ante mis antiguos correligionarios, todos ellos ya felizmente casados y padres de muchas criaturas que pululaban por los pasillos y patios del convento. Hice el paripé de la misa dominical cantada, comí en compañía de frailes y alumnos, hablé de naderías para tapar mis propios fracasos; no estaba a la altura de los demás, laboral y profesionalmente hablando, un poco avergonzado de mi aspecto arrugado y carente de entusiasmo por seguir en contacto con aquellos que en su día me ignoraron y volvían a hacerlo ventitantos años después.
Haciendo cuentas deben de salir mis sesentaycuatro añazos de hoy. Las fechas quedan borrosas, las imágenes más nubladas aún, las palabras dichas quedaron disueltas en el tiempo transcurrido. No recuerdo nada de lo que se habló, siquiera unas turbias caras que me recordaban a los niños mimados que me rodearon en aquel breve periodo escolar. Sonrisas forzadas, palmaditas forzadas, recuerdos forzados. Nada queda ahora. Todos ellos -yo mismo- envejecidos en la distancia y en el tiempo. Por más que ese tiempo no me ha envejecido mi rebelde espíritu, de aquel niño incorformista, del hecho de darme cuenta de que no estaba en mi sitio ya en aquellos tiernos años. ¿Cuál ha sido mi sitio? ¿Dónde está?
Tampoco estoy en mi sitio en estos momentos, por más que crea que esta es mi casa, que esta es mi familia.
Ni yo mismo me tengo del todo.
Y, así, rebotando de emborronado recuerdo a deformado recuerdo he ido "recordando" el amargo poso de fragmentos inconexos que ha sido mi vida. Trágico, ¿no? Melodramático, tal vez. Patético; un poco.
Y, curiosamente, de estos recuerdos de aquel primero de abril, lo que me queda son los ojos de las dos caras se despertaron conmigo esa mañana en la misma cama. Azules ojos, negros ojos. Marrones ojos los míos.
La mirada. No hubo palabras ese despertar, tan solo para advertirme de que el agua caliente del baño no funcionaba. Quedó claro con esas miradas que lo ocurrido esa noche no volvería a repetirse más, no exactamente, quizás los ojos negros me hicieron una nueva cita a espaldas de los azules.
En cuantos ojos he mirado para reencontrarme, para saber que no estaba solo, no del todo... Cuantos brillos instantáneos en otros ojos han dado un vuelco a mi corazón (literalmente)... Cuántas veces he mirado mi propia mirada para entrar dentro de mi ser y descubrir lo que nunca hubiera querido saber sobre mi verdadero yo. Cuánta lágrima a la primera mirada...
He mirado muchas miradas, he buceado dentro de esos ojos para sacar su mirada interior, en mis retratos.
He retratado a  mucha gente. Cientos de rostros, miles de miradas capturadas en breves líneas, síntesis de sentimientos profundos. Dolor. Duele hacer retratos. Me dolía arrancar trozos de mí mismo reflejados en los ojos de los modelos. Terminé por no hacer más retrato de personas. Comencé por los otros seres vivos más antiguos que no tienen ojos, que no se dónde los tienen, ni quiero saber si los tienen.
Los árboles me miran y acarician, me dan parte de su energía. He hecho retratos de muchos árboles -no paisajes-, primeros planos, conjuntos, grupos, masas de arbolado. He retratado la vida en estado puro.
¿Y ahora qué? Secretos caminos lamen mis ojos para seguir haciendo retratos (fotos, dibujos, pinturas) de las formas primigenias donde nació la vida... ¿Sabré captar su mirada?
Encontrados sentimientos de vaivén en el tiempo-espacio, recuerdos rescatados de los fragmentos de la memoria difusa. Sueños premonitorios, sueños con muertos. Vuelta de antiguos escenarios de viejos sueños ya olvidados. Persistencia del sueño de esta noche pasada... Amargos recuerdos.

Esto es lo que pasa cuando uno se deja llevar por lo primero que se le ocurre nada más despertarse en la mañana, en esa duerme-vela que no se sabe si todavía es parte del sueño, de si el grito desgarrado de la madrugada fue producto mismo del sueño o de la mala digestión de la cena... O de las imágenes recurrentes impregnadas en la mirada reflejada de la lectura o de la pantalla del televisor...