viernes, 24 de noviembre de 2017

No está el horno para bollos


Ayer tarde la emisora de música clásica perpetraba una música pedorra de violines arrastrados que parecían sacados de la banda sonora de una película mala de misterio o de amor totalmente heterosexual. Como las novelitas actuales que tratan de un misterio y de un amor entre hombre-mujer o mujer-hombre, todo muy formalito, sin estridencias ni chirríos que tanto molestan a las mentes bien pensantes de ahora, de ayer y de siempre, todas iguales a sus pétreos modelos arcaicos. Y viene esta perorata a cuento de que hoy vi unas páginas en Internet donde se me excluía de los artistas locales asistentes al sexto centenario de la fundación del lugar que me vio nacer y del que salí no hace mucho, la última vez, sacudiendo el polvo de mis zapatos por así decirlo como la santa andariega aquella. Con un propósito de la enmienda de no volver nunca más a pisar esa tierra. Y este talante se multiplica sucesivamente cuando pienso en que no tengo puestas ninguna de las fotos familiares, que esas fotos descansan casi olvidadas en cajas de zapatos viejas reutilizadas para contenedores de sentimientos y nostalgias. He asesinado mi memoria de aquellos días, de esa familia que se dice unida por lazos de sangre o desangrada según qué casos y éste es uno de ellos, pienso (luego no sé si existiré o seré un dibujo-caricatura de mi propia mano que a veces es cruel con los retratos y los retratados) que es sintomático el hecho de no tener a la vista ninguna foto de mis familiares, ni de amigos; tan solo están las fotos de mi pareja o de nosotros dos, uno a uno, en retratos que nos recuerdan otros momentos de felicidad, como muestrarios dichosos para que estén presentes esos días que se van repitiendo, de amor complementado. Pero esta es la parte buena del asunto. Lo áspero son las ausencias, los rostros que no aparecen en nuestras estanterías ni sobre los muebles como en otras casas donde las fotos de la familia en todas sus variantes pululan por todos los rincones y entrepaños de muebles (enmarcadas y sobre pañitos de ganchillo, haciendo grupos). No es mi caso. Es un suicidio de imágenes familiares hecho a conciencia. La ausencia de sus rostros, de sus miradas que pudieran ser acusadoras o tal vez de miedo e incomprensión ante hechos consumados que no entienden o no quieren. Ellos son de esa manera y yo no les he puesto en su sitio o no me he puesto en el mío. Las cosas claras. Pero este asunto está turbio y desclasificado, enterrado sin honores ni ornatos que lo signifiquen, olvidado, si no se dice no hay por qué hablar de ello. Si no preguntan, no tendrán respuestas. Es el dicho de que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Sordos, mudos, ciegos e incomunicados. ¿Eso es una familia? Llamarse por teléfono unos días a la semana, verse en determinadas fiestas o eventos clave donde el contacto se reduce a meros holas y adioses...
Un símil ocurre también con esas referencias silenciadas de mi persona, de mis fotos y de mis obras como artista local; se diría que han copiado mi sistema de ninguneo o de meter la cabeza bajo el ala, dar la callada por respuesta. He ahí el tema de estas líneas. El desprecio al no hacer aprecio. El dolor de sentirme dejado, alejado, olvidado, borrado... Y eso ¿me importa? Parece que sí que me importa cuando estoy tecleando dolorosas palabras de reproches propios y extraños, míos y de ellos... Me gusta el halago, la lisonja, el abrazo y el besuqueo, el aplauso, la loa y el canto exaltando mis virtudes o callando mis defectos. Arropado como en un nido que no tuve o no sentí como tal cuando comencé a vivir y darme cuenta del estado familiar, de las necesidades anímicas fundamentales para ser un ser humano y no un desecho o pieza de segunda mano,  un recambio estropeado... ¿Más?
Es un hecho constatado que no me dicen la verdad de lo que piensan, disimulan o simplemente miran para otra parte en vez de enfrentarse a la verdad, a lo evidente. Y es: no hay fotos familiares colocadas por mi casa. Ningún retrato de antepasados ni de próximos que debieran tener un lugar prominente en los lugares más cotidianos para arropar esa imagen de tener una familia vigente. Los retratos de los seres queridos ya desaparecidos, de los que viven lejos o son difíciles de reencontrar... Ninguna foto. Ni de amigos ya muertos; menos de antiguos amantes o de reuniones sociales. Se pueden contar mis fotos personales expuestas por la casa y no llegarán ni a media docena. Superan en número las pinturas. Hubo casas en que las paredes estaban llenas de cuadros casi todos pintados por mí. A medida que se sucedieron las mudanzas y los nuevos domicilios disminuyeron los adornos y las paredes se fueron despejando hacia un minimalismo gráfico. Y de mobiliario. Lo mínimo para estar cómodos. Luz y espacio.
En esta casa donde ahora vivo el horno está subido para no tener que agacharme al abrirlo. Importante decisión la de alzar el horno, darle un lugar cómodo de trasiego a tanto bollo como me gusta hornear. Aunque hoy, la verdad, es que no está el horno para bollos...
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© Juan Rodort, 2017

jueves, 23 de noviembre de 2017

¿Perdedor? No ganador, participante...

Madrid-madrugada

Madrid es una gris y densa lluvia inesperada
donde el día pende indiferente refugiado entre paraguas
y la noche irrumpe llena de soledad y miedo urbano.

En la noche, el frío cristal sueña
con océanos vitrificados en el gres del pavimento,
sueña apocalípticas imágenes. Las fronteras del aire
diluyen los celajes de tormentas dilatadas.
El miedo siente nostalgia en los rincones,
recuerda el mar nocturno y sus caricias. Sus manos
pulsan la noche y los sonidos,
tienden espadas y borran las huellas del pasado. El mar dormido,
azul presagio de atardeceres fucsia en los andenes,
es una bola suspendida
cuando tomo el último tren y la noche inunda la meseta.

Del sol marítimo puesto arriba,
montaña barrida por el viento del otoño, la nieve
se desliza en lentos amaneceres.
Un jardín urbano-prisionero entre casas me cobija
a sol abierto. Imposible recordarte jardín anochecido
sin horizontal Mediterráneo que rodee mi cuerpo secuestrado
en inhóspito paisaje de cemento; un paisaje oculto que yo invento
dentro, paisaje por mí pintado en sueños. 


Quiero un paisaje pequeñito, recorte de un monte poderoso,
por respaldo. Y por asiento una playa extendida,
conjunción de mar y firmamento;
las patas son robustos jóvenes desnudos
que sostienen Guadarrama a sus espaldas.
Quiero un mar de azules verdirrojos con el Sahara por bandera,
así tendré casa y estandarte
cuando llegue de los pórticos de alumbre y mirtos 

sin que nadie se de cuenta.

Madrid es una triste y densa lluvia deshilvanada
cuando el día sucumbe arrebujado entre paraguas
y la noche se ahoga en soledad y miedo urbano.

Sueño suspendido el mar noctámbulo, encendido.
La noche urbana desciende antiguos fuegos de mar dormido
y una luna fría-continental de paisaje antiguo
turba las calles al rigor del jardín y los coches silenciosos.
Madrid arde en luz blanca recién lavada
cuando atravieso en vilo sus calles sumergidas.
Azul –los Alpes- la luz prieta, preámbulo de cabizbajas hojas pardas,
Madrid-madrugada, el mar lleno de recuerdos;
cuando el mar no supo perderse mar urbano arriba
luché por conseguir el mar antiguo idolatrado.
Lucha-corazón, nostalgias de noche y olas. La distancia
y el jardín. Estaban escondidos
cuando el mar no supo perderse
(montaña sumergida de mesetas heladas).
Llegué a buscar la noche (soñaba suspendido);
la noche, música barroca de horizontes esculcados,
albergaba el mar y mi desesperación urbana.

Del sur del Sur llegaron cartas de sol y luz imperecederos
invitando a visitarlo. Esperé las últimas esperas y encuentros
bajo un sol sahariano soñado por gigantes,
escenario de batallas geológico-milenarias. Su presencia
reflejaba mediterráneos nimbosos de infinitos horizontes sumergidos,
caminos sinuosos del Sahara perdido. Amaneció su risa, yo soñaba,
eran miles las manos extendidas y el baile dio comienzo.
Aquel Sur antiguo (azul-amarillo-rojo su cielo)
me cobijó durante años. Tantos días
de atardeceres con jóvenes soldados

apostados en trinchera envejecida forjada por mis manos...
De los mares visitados quedó su cielo
protegiéndome de las gentes, de los días dilatados;
los instantes redivivos con jóvenes corceles,
enhiestos y curvos palomos de las tardes coloradas.
Mis manos poseyeron esos cielos, esos mares y esos jóvenes
idolatrados en los atardeceres de aquel Sur antiguo
(azul-amarillo y rojo tintados su mar y cielo).
Hoy las nubes de cobalto llovido del Norte lívido
estrujan mis recuerdos tiritados.

Madrid es una gris y densa lluvia inesperada
donde el día muere fríamente cobijado por paraguas
y la noche se diluye en soledad y miedo urbano.
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© Juan Rodort, 2017

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Música en positivo, música positiva


Pues con esta pinta lo único que se puede esperar es una ópera barroca o de locas. Vamos, que no le falta de nada a este muchacho; no será por laureles, que le sobran para un buen caldo, o de amaneramiento que le chorrea más que el aceite que pierde... Porque la pretendida armadura es factura más femenina y de gorda valkiria que prenda bélico-musiquera. No, no le falta de nada. Ah, sí... La lira, la pandereta y unos claveles reventones al ojal. Espero que la censura no me lo tilde de porno por ir con los pezoncillos al aire.
Bueno, bueno, bueno. No sé de dónde salió esta foto seudoantigua de opereta marica rematada, pero es ideal para recrear el ambiente del día de hoy (Santa Cecilia, patrona de la Música o de los músicos).
Yo estuve hace años en la basílica del Trastévere  romano admirando las riquezas ornamentales que le han ido añadiendo al supuesto lugar donde encontraron el cuerpo de la santa. Hay una foto en Internet preciosa representando su cuerpo en mármol blaquísimo rodeado de multicolor pedrería. No le hicieron justicia a la patrona sus monjitas. Creo que es un convento o algo así de monjas; no las vi, sólo las oí, escuché, espanteme al pronto de tamaño sacrilegio sonoro en aquellas bóvedas sagradas donde se esperaba que los mismos ángeles cantasen y no "aquello". Aquello era un infierno sonoro. Lo siento, lo sentí entonces y espero que hayan aprendido canto o a entonarse mejor o escoger mejores melodías. Sí, me parece que fueron esos cánticos agrios "modernos" que perpetran en determinadas iglesias... modernas. Lo moderno no debe de estar reñido con lo estético o bello. Y aquello era de todo menos armonioso, bello o agradable al fino oído del que teclea, que tiene esa virtud o maldición desde bien niño: un oído musical de nacimiento y una bonita voz que fue solista de escolanía en sus tiempos infantiles, de coros folclóricos y corista no profesional pero de Música Antigua, de la buena... y ahora cantor de mi casa, cuando me ducho o tarareo melodías por el jardín para molestar a los topos que me tienen frito...
Pero hay que ser positivo, pensar en positivo y también oír "Música en positivo, música positiva".
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© Juan Rodort, 2017

martes, 21 de noviembre de 2017

Cuando ya nada se espera...


"LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO"

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, 
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, 
fieramente existiendo, ciegamente afirmando, 
como un pulso que golpea las tinieblas, que golpea las tinieblas

Poesía para el pobre, poesía necesaria 
como el pan de cada día, 
como el aire que exigimos trece veces por minuto, 
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica. 

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan 
decir que somos quien somos, 
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. 
Estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo. 

Maldigo la poesía concebida como un lujo 
cultural por los neutrales 
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. 
Maldigo la poesía de quien no toma partido, partido hasta mancharse. 

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren 
y canto respirando. 
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas 
de mis penas personales, me ensancho, me ensancho. 

Quiero daros vida, provocar nuevos actos, 
y calculo por eso con técnica qué puedo. 
Me siento un ingeniero del verso y un obrero 
que trabaja con otros a España, a España en sus aceros. 

No es una poesía gota a gota pensada. 
No es un bello producto. No es un fruto perfecto. 
Es lo más necesario: lo que no tiene nombre. 
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos. 
Tomado de AlbumCancionYLetra.com
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan 
decir que somos quien somos, 
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. 
Estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo...

(Gabriel Celaya. De "Cantos iberos", 1955. Fragmentos cantados por Paco Ibáñez)

viernes, 17 de noviembre de 2017

El duro y frío esfuerzo por mantener la enhiesta pose

(Michael Triegel, A Resurrection, 2006)

Bellísima pintura de reminiscencias del Tiziano. ¿Quién se atrevería a tildarla de pornográfica? ¿Quizás porque es un desnudo masculino? Es una visión que no comprendo, esa visión bipolar, bilingüe, falsona y acomodaticia, de esto está bien, aquello no, hoy digo-digo, mañana digo-Diego y pasado mañana es Domingo...
Como entradilla no está mal del todo ¿verdad? Pues no era mi intención la de pontificar o amonestar o tildar de una cosa u otra a esos otros de siempre que miran por el ojo de la aguja a los demás y no se miran porque son incapaces de verse tal cual son... Peeeero tampoco voy a despotricar. No y no.
El motivo de poner esta imagen es por su intenso colorido, dramatismo hermoso a pesar del motivo que debe de representar, vamos, digo yo, que no soy un entendido o un experto en visualizar arte del bueno, Arte con Mayúsculas. Y es que desconozco al autor Michel Triegel. Sí, ya sé que nada es tan fácil como pedir una búsqueda en Internet para saberlo, pero... que cada cual aguante su vela. Y que conste que he mirado en la Red para comprobar si estaba o no; no estaba esta pintura, pero sí muchas otras de variopinto motivo cuasirreligioso o cercano a lo católico (no sé si apostólico y romano, pero pudiera ser). Y es que los coqueteos con lo religioso (de los demás) creo que los hemos tenido todos, sobretodo los que nos consideramos a-confesionales, que no quiero exponer otras palabras definitorias, que luego la gente habla, escribe y mal interpreta a modo y manera; no, no soy creyente aunque diga eso de creo... o confieso... porque son meras palabras que están en nuestra lengua, aunque depreciadas o transformadas por diversos prismas ópticos. Y mi particular prisma, antes de que me pierda en más vericuetos y zarandajas, es que me gusta esta imagen que está ahí arriba, descolgada, semitapada aunque sea solo la cabeza; no está sobre el lienzo rojo-sangre derramada, no. Es como si estuviera flotando en una ingrávida pose mística (del natural misticismo, tirando a sufí, más acorde con mis pensamientos) y llegados a este punto... no sé por dónde iba. Y es que ha bajado la temperatura bruscamente y es difícil soportar el duro y frío esfuerzo por mantener la enhiesta pose...
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© Juan Rodort, 2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Puente equivocado (para no suicidarse)



El puente equivocado

Pasa el agua bajo el puente de Verlaine,
pasa el tiempo y su amor joven.
Aquel amor de monstruos ciegos,
del amor idolatrado y zaherido por Rimbaud.
O el amor de Salvador y Federico sobre el agua
levantada en la orilla de la playa por un niño;
aquel niño-niña ensoñecido, travestido
de hombre dual, o incompleto, al aire
destapado de artificios. Fulgor
de la hierba, del arpa silenciosa y escondida,
esplendor de las hojas, de las cuerdas furiosas.
Un amor de todos bien sabido, si no fuera
un amor maldito, condenado y caníbal;
antropofagias de amor dolido: sus miedos.

Bajo el puente de aquel río que amó Verlaine
ya no pasa el tiempo pues su amor no existe
y ¿qué oscuros versos cercenados se quedaron
en la marchita memoria de otro Rimbaud?
Jóvenes amantes se diluyen en la orilla
de aquella playa de bordes alzados,
leve espuma de los días de amor y sueño
de jóvenes amantes que fueron suicidados
por un amor de hierba sin esplendor ni arpas,
por distancias infinitas sin puentes ni escalas hacia el cielo.
De aquellos niños jugando a levantar las olas
para ver un perro dormido bajo el mar,
de aquellos hombres incompletos quedó su ira
plagiando versos de otro amante bajo el puente de Verlaine.
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© Juan Rodort, "Poemas recurrentes, nº XXV" 2017
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"Le Pont Mirabeau"
Guillaume Apollinaire, Alcools, 1913

Sous le pont Mirabeau coule la Seine
Et nos amours
Faut-il qu’il m’en souvienne
La joie venait toujours après la peine.

Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure

Les mains dans les mains restons face à face
Tandis que sous
Le pont de nos bras passe
Des éternels regards l’onde si lasse

Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure

L’amour s’en va comme cette eau courante
L’amour s’en va
Comme la vie est lente
Et comme l’Espérance est violente

Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure

Passent les jours et passent les semaines
Ni temps passé
Ni les amours reviennent
Sous le pont Mirabeau coule la Seine

Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure.
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(Este sí era el verdadero puente, el verdadero poema del recuerdo, pero no así del autor que este escritor en ciernes recordaba. La memoria falsa o frágil. O, la edad, que no perdona...)

viernes, 10 de noviembre de 2017

El difícil arte de amar (y ser amado)


Comienzo por un principio, por algún principio que parezca algo conocido, no demasiado extraño para el lector avezado que espera grandes esfuerzos del escritor en ciernes y que al día de hoy, frío y lluvioso. Ya era hora, ¡diantre! exclamación antigua y desusada pero que viene peripintada para la ocasión que no por ende la pintan calva, es que lo es; yo soy calvo y resabiado, que no sabio, pero estudio, aprendo y doy esplendor al léxico escrito, que se olvida de tan poco usarlo (como el amor, que también se olvida por el poco uso o abuso).
Yo comencé a amar desde muy temprana edad, tan temprana que ahora se me pierde en los pliegues de la memoria tan falsona ella y despistada que pone cosas donde no debe o se las inventa sobre la marcha haciendo verdades de cuentos chinos (y no es otro Cambio Climático, no). A los tres o cuatro años ya amaba sobre todas las cosas a los terrones de azúcar. Y a la miel. No, no soy por ello un oso como debe de ser un verdadero úrsido, sino más bien un peluche, el osito amoroso que todo niño que se precie debe de tener en su camita; tampoco fue mi caso, el de tener un osito o cualesquiera otra figura muñequeril de cabecera, no. Tenía yo por cabecera un cuadro de una virgen con niño en plan mamá amorosa y protectora. Luego, cuando me cambiaron de la habitación de mis padres tuve por cabecera un cuadro del Ángel de la Guarda (dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes solo que me perdería...) o una bella estampa de un Nuestro Padre Jesús con la cruz a cuestas (y yo aún no sabía nada de María de la O). El caso es que esas imágenes nocturnas que me guardaban los sueños se fueron permeabilizando en ellos y así tuve mis primeras pesadillas... ¿o eso fue con aquellas calenturas del no querer comer? Y es que fui un infante caprichoso y veleidoso con las comidas. Diez granitos de arroz, media docena de garbanzos (sin piel, por supuesto) del cocido diario... Una cucharada de lentejas entre migotes de pan. Pero lo que verdaderamente me encantaban eran los "joyos", la parte final de las barras de pan, quitada la miga y rellenada de aceite (del bueno) y azúcar, para taparla con el migajón restante, vamos, el "joyo" de toda la vida en aquella Andalucía pre-emigracional, luego vendría lo del bocadillo y otros modos alimenticios propios de la gran capital. Entonces sí, comía casi de todo, pero en aquellos primeros años de mi infancia andaluza... estuve a base de inyecciones de vitaminas (de ahí mi alergia a las agujas, ¿y de dónde la alergia y asco a las aceitunas?). Niño enfermizo, delirante, caprichoso, delgadito y cabezón... Vamos, no me faltaba más que ser mariquita... Y eso estaba "latente". Al tiempo, pero sin adelantarse en él que luego ocurren las paradojas temporales. Yo era un niño predispuesto para el amor, para amar y ser amado. Era amado desde bien chiquito, con ese amor que mata o que aturde los sentidos al hacerte creer que no eras hijo de la familia sino "adoptado" porque me dejaran los "titiriteros" del circo ferial (casualmente nací el primer día de la Feria local)... Y eso duele, marca, quema y no da ningún esplendor en la hierba ni en el prao, ni en el alma. Pero que era amado (u odiado o no deseado), lo era. Por la calle me paraban las mujeres para darme de besos y preguntarme el consabido: "Niño, ¿tú de quién eres?" Y yo contestaba y me decían: "Mira tu padre que grasioso". Nunca entendí esa respuesta, sí los besuqueos que era por mi particular carita de ángel (o demonio desprotegido). Pero ya fuera adoptado o no, yo era guapo de chico, eso no se podía negar; enclenque y cabezón (de cabeza-dura, no de cabeza grande, aunque algo sí), moreno y cejijunto, de mirada torva o medio miope...
Más adelante supe que no se hace uno sino que se nace así, con potencial. Porque yo nací artista... Pero esa es otra historia.
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© Juan Rodort, 2017