miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dos canarios, dos (pequeñitos)


La tenía pequeñita y muy morena pero no se le terminaba de poner del todo tiesa, claro que como él no era maricón... Insistió e insistió en dormir acurrucado en el suelo a los pies de mi cama, total era verano y no hacía precisamente frío en mi habitación, pero esa insistencia me dio la clave de lo que yo había estado pensando toda la tarde nada más verle, al poco de que nos presentaran y llegar a una casi total certidumbre de su homosexualidad reprimida y oculta por el aquel de que estaba entre sus compañeros de clase y amigos; total, yo era un extraño hasta ese momento y no tenía nada que perder (¿él o yo?). Después de la inauguración de la exposición colectiva nos fuimos todos los participantes de copas por aquel Madrid canalla de los años ochenta del siglo pasado. Él había venido con otros dos más de los exponentes desde Las Palmas, creo, y no tenía donde quedarse; aunque no lo conocía de nada y me lo presentó mi colega con quien compartía estudio (él no podía acogerlo porque vivía en casa de sus padres). Ningún problema, podía quedarse y compartir mi cama, mi enorme cama donde tantas juergas se habían corrido (el compañero de piso no tenía más que un sillón para descansar en su parte de estudio). Bebimos muchas y más copas y nos fuimos fraccionando en grupitos quedando nosotros tres, mi compi, el canario menudito –escultor de obra abstracta, decía él- y yo, ebrio perdido a estas alturas y sin contención en las manos para manosear a diestro y siniestro a quien se pusiese a tiro: el canario... mosqueado pero igualmente ebrio (los tres lo estábamos y mucho). Mi compañero de estudio se largó a su casa, no tenía ganas de juergas ni de repetir aquel amago homo de hacía unos días cuando se me quedó dormido, semides-nudo en mi cama después de una de tantas borracheras conjuntas; esta vez puso tierra de por medio entre mis manos y su culo... Pero el canarito estaba encantado de mi compañía, seguimos tomando vino y cerveza hasta acabar mis existencias; él más borracho que yo insistió en quedarse a dormir, pero en el suelo... Yo estaba demasia-do cansado para contradecirlo y me acosté, pero a los dos minutos me levanté y le forcé a acostarse conmigo, los dos en calzoncillos y evidentemente bastante empal-mados, así que no tuve por más que bajárselos y hacerle un homenaje en toda regla... Se me corrió a los cinco minutos. La tenía pequeñita y muy morena pero no se le terminaba de poner del todo tiesa, claro, él no era maricón... pero se corrió de gusto, yo no pude de lo borracho que estaba (creí que no era tanto, pero no). ¿Su nombre? No lo recuerdo... ¿Domingo? o lunes... coincidía con un día de la semana. Al día siguiente se chivó a mi compi, que yo era una mala persona y había abusado de él, que no quería volver a verme nunca más... ¿Y de la metedura de mi polla en su caliente culito no dijo nada? Pues parece que esa parte se le había olvidado el chaval.

Reinaldo también la tenía muy pequeña, pero eso a mi no me importó en lo más mínimo, tenía otras cualidades que en nada le hicieron ser un reprimido, todo lo contrario aunque no le gustaban las penetraciones (hacerlo o dejarse). Él sí que era homosexual, lo tenía asumido a pesar de no demostrarlo en gestos o palabras como en aquellos años era lo más habitual (la dichosa manía de hablarnos en femenino jacarandoso, en bromas o en veras, que alguno se lo creía). Rei, así le gustaba que le llamaran, era canario, también de Las Palmas. El pelo rizadísimo y largo, una barbita incipiente también rizada, unos ojos caramelo de dejarte saturado de ternura nada más mirarte, pero lo verdaderamente atrayente de Rei era su sonrisa y esos dientes perfectos. Tenía otras perfecciones más: un cuerpo de efebo que no era producto de gimnasio sino de deporte natural y ejercicio cotidiano. Él trabajaba en televisión, de eléctrico (no electricista, sin más, sino de algo especializado, no me explicó bien) y no quería ser reconocido por sus compañeros por el pitorreo a posteriori que ya sabía que ocurría con otros compañeros homosexuales declarados y reinonas. Él solo era Rei. Y le gustaban las caricias y los besos. Pero qué forma la suya de acariciar y besar... Me ligó en plena calle, cruzando por Sol hacia Arenal, muy típico. Su sonrisa fue un flechazo y dos palabras bastaron para enredarnos en una conversación y en un cambio de planes de los dos; él no iría al cine con sus amigos que se quedarían esperándole y yo no iría de copas (a ligar) porque Rei me llevó a su apartamento. Lo recuerdo porque nunca había estado en el interior de los edificios que rodean a la Plaza de Olavide. Tenía curiosidad por ver su cuerpo desnudo, los ajustados pantalones ya me estaban dando una pista, el redondo trasero, discreto paquete, hombros anchos y caderas estrechas, una chaqueta marinera con el cuello subido le daban un cierto aire de Corto Maltés madrileño; y sus ojos... Pero sus labios me envolvieron en un collar de besos, sus manos eran aleteos por mi cuerpo lo mismo que las mías por el suyo. Nuestros sexos afilados y tiesos dentro de nuestros calzoncillos, de pie todavía y a la entrada del estudio-apartamento. Ni tan siquiera utilizamos su cama, íbamos de rincón en rincón dando retorcidas contorsiones y lametones. Era muy dulce y tierno. Su voz hacía juego con lo sedoso del pelo, lisura de piel de corto y aterciopelado vello negrísimo como sus ensortijados cabellos paralelos al matojo rizado encima de su pequeño pene, pequeñito y suave, al igual que el acompañamiento, dos bolitas peludas y otras dos más duras en el trasero apretado y caliente, pero a él no le gustaba que se le trastease por la retaguardia, ni hacerlo. Ni falta que hizo, nos bastamos con nuestras respectivas bocas y manos para terminar la doble faena en un chorreante orgasmo gritado a dúo, de pie, desnudos, sudorosos, jadeantes y contentos. Reinaldo la tenía muy pequeña, pero eso a mi no me importó en lo más mínimo, tenía otras cualidades y eso nos bastó para repetir varias veces en días sucesivos. No quiso enamorarse de mí y por eso dejó de verme. Me lo dijo así, tenía las cosas claras.

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© Juan Rodort, 2016

miércoles, 30 de noviembre de 2016

A verlas venir...


¿A quiénes? Desde luego no serán ningunas féminas las que vayan a venir y lo de que este mozo está por verlas llegar... ¿Entonces? ¡Ah! Difícil elección cuando hace tan solo unos días dijo que no volvería a hablar del tema motorizado... Pero es que tendría que “bajarse de la moto” si quiere que se cumpla el refrán: “A verlas venir” ¿Y qué significa? Ah, eso pregúnteselo a él, que de eso entiende... un rato largo, tanto como el tesoro que se oculta entre sus piernas y que por un mero formulismo ético no sale en esta instantánea. Y es que los tiempos cambian que es una barbaridad, que es una bestialidad, etc, etc si se sigue la letra del comienzo de “La Verbena de La Paloma” ...para terminar con un matón de la China-ná-China-ná... ¿Cómo quedará? Sí, él. El mozo sentadico en la barandilla, ¿cómo quedaría con un mantón de chulapa? Pues como una travesti loca con barba o un locazo travestido. Pero se le ve buen chico al mozo. “Las apariencias engañan”. Sí, hoy está que se sale el refranero español en boca de El Viajero. Que no es por presumir pero él estaba así de majo cuando tenía esos mismos años y el cuerpo crujiente, pero ahora habla de otra cosa; hoy ya se bajó de la moto y está a verlas venir...
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 28 de noviembre de 2016

Va de motos, va como una moto, va de sexo motorizado...

¿Erick, el de la moto? Pues no, no es él aunque se le parezca en el descosido braguero mojado... Aunque recuerde al del pasaje aquel de “ExParadís”:


“...Se dan una ducha despacio, enjabonándose mutuamente, acariciándose los sexos que aún bajo la cascada de agua templada se vuelven a levantar. Se besan con pasión dejando que la espuma corra por sus cuerpos abrazados, chorreantes... sin prisas. Luego se visten. Erick se pone los pantalones y cazadora de cuero directamen-te, sin nada debajo. Un abrazo deja notar todo lo que hay dentro del cuero. Pero la decisión es firme. Esto es una despedida en toda regla...”


Pero la verdad-verdad es que Erick, el de la moto, era solo un personaje dual de dos novelas: “ExParadís” y “El baile de las cigüeñas” de las que El Viajero ha tomado los pasajes para apropiárselos como recuerdos de su frustrada vida sexual; ya le hubiera gustado protagonizar el episodio de “Los suizos de la moto” sin ir más lejos...

Este es el verdadero Erick, el de la moto, que a decir de sus amigos sí que estuvo una vez en Ibiza pero no llevaba ninguna moto, nunca la ha tenido y mucho menos que se hubiera enrollado con ningún tío. “¿Erick? ¡Pero si es un mujeriego empedernido!”. Él nunca se ha querido pronunciar al respecto, aunque le halaga que lo tomen por un semental ya sea follando a tíos desesperados en las páginas de novelitas de sexo, drogas y ...motos o tal como él es, un muchacho serio y con novia que vive en Bélgica que no en Holanda como le ponen por esas novelitas homosexuales. De todas formas a El Viajero estos detalles no le afectan en la creencia de su propia realidad-irreal, él sigue identificándose con los protagonistas de sus fantasías homoeróticas. Él es así: va de motos, va como una moto, va de sexo motorizado...
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© Juan Rodort, 2016

viernes, 25 de noviembre de 2016

Y yo me lo llevé al río pensando que era mozuelo...


 

“Gracias por tu carta, que es de agradecer y mucho más porque la has escrito al vuelo ahora que no dispones de conexión a Internet, gracias por las fotos especialmente la de ese espécimen de macho potente que sale del agua como Poseidón, armado de semejante tridente, listo para clavárselo al que quiera para que después la víctima haga unos versos como los de Teresa de Jesús, cuando el ángel le clavaba su espada... ¡Ay, amigo!, que me has hecho recordar al muchachón ese de Cala Tarida en Ibiza hace ya muchos años cuando se metía en el agua y salía chorreando y con el slip blanco y translúcido luciendo una polla grande como una olla, que él se reacomodaba una y otra vez para que no rebasara los límites de la decencia, aunque, la verdad, no había por qué si tan solo estábamos él y yo en esa solitaria playa, yo admirando semejante portento de verga, pene, polla, cipote, pito o como quieras llamarle, allí estaba yo con la boca abierta, casi babeante y él luciendo su hermoso miembro. ¡Ay, amigo!, que me lo llevé al huerto (porque allí no había río) pensando que era mozuelo... para descubrir que era todo un maestro en eso del acoplamiento hombre con hombre ( y es que requería serlo con ese ariete que cargaba entre las piernas) y que de verdad me enseñó a relajarme para recibir artilugios de gran calado, aunque ya no me volví a encontrar armas de semejante calibre sino hasta muchos años después, pero por aquel entonces como que me acobardé; decidí solamente darle placer con la boca y por entre las piernas, bien lubricadas con aceite bronceador. ¡Mira lo que me haces decir por andar enviándome fotos de machos potentes y bien dotados!”.

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© Anonimo Veneziano (“AHC”), 2016

martes, 22 de noviembre de 2016

Otro ...con la moto


A parte de Erick, el de la moto, han pasado bastantes más motoreros por los brazos de El Viajero. Y no es que él presuma de ello y de ellos, la verdad es que a este muchacho se le arrejuntaban los más extraños tipos o es que llevaba pegado en la frente un cartel de "se buscan problemas"; desde luego que los tuvo y gordos como aquella vez de Las Ramblas de Barcelona con "Los suizos de la moto" ya pasado a estas páginas y recordado hasta la lujuria. Pero no tanto como a Erick, el de la moto, ese personaje casi novelesco -por más que saliera como personaje en aquella novela "Ex-Paradís"- que tanto impresionó a El Viajero y del que guarda tan bellos recuerdos. Ese y otro, que aunque no ha tenido moto hasta ahora él lo pintó al mando de una Harley-Davidson de catálogo, la misma que a él mismo le hubiera gustado montar y nunca lo consiguió (la moto de los suizos era una BMW).

Este es el panel que ornaba la tercera barra del extinto Bar Troyan's de Madrid, el mítico lugar de encuentros del efímero MSC madrileño, el modelo no era ni más ni menos que su entonces novio, el mismo que ahora le ha mandado una foto del rodaje de su última película... ¡Ay, este chico! Qué historias, qué personajes y qué motos aquellas. No, no hay historia, es tan solo "otro ...con la moto".
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© Juan Rodort, 2016

lunes, 21 de noviembre de 2016

Un 20-N más (sin pene ni gloria)


No, no es él el de esta foto; sí, ya es como un viciado cuento: todos se parecen a él en calzoncillos... Pero este muchachote peludo y barbudito tiene su misma consistencia, sus manos, sus brazos, sus hombros, su pecho coronado por ese pezón erecto y ese vello salvaje que baja hasta perderse en el abultado calzoncillo (aquella noche él llevaba una camiseta blanca de tirantes a juego) del que no pudiste apartar la vista... hace treinta años de eso y parece ayer mismo, Javier. El Javier de la voz que te envuelve como un poderoso río, el Javier que te abraza con sus fuertes y peludos brazos estrechándote contra su pecho cálido y mullido de amigo, solo de amigo. Nada más que un amigo para él, eso eras tú para Javier, un amigo. Algo peculiar, difícil a veces pero un amigo más a fin de cuentas. No “su amigo” o “el amigo de Javier”, no. Uno de tantos, o casi. Pero esta misma fecha casi se te termina de pasar en blanco hasta ahora mismo en que te das cuenta del número asociado a la letra del mes... Y recuerdas que un año después de aquella anunciada (y esperada) muerte, Javier te hizo una visita sorpresiva en el piso que compartías con otro de tus amigos (en realidad era su piso y te lo había dejado para que lo cuidases mientras él estaba estudiando unos cursos en Londres). Javier llegó esa noche sin previo aviso, un timbrazo seco y largo acompañado de su inconfundible voz al telefonillo que perezosamente alzaste para enterarte de quien llamaba a esas horas finales de la tarde en que ya no esperabas a nadie ni tenías ganas de salir de marcha, estabas arrastrando una mediodepre a consecuencia de lo de siempre, nadie te hacía caso o eso era lo que tú creías; pero ahí estaba “tu Javier”, el héroe de tus sueños, el hombretón con el que habías estado soñando y teniendo sueños húmedos hacía noches sin poder adivinar que ahora mismo estaba entrando por esa puerta ¡vestido de soldado! (de cabo primero, con sus galones y todo) y con una bolsa de exiguo equipaje en la mano izquierda mientras sostenía su gorra con la derecha y empujaba la puerta porque tú te quedaste mudo y tieso ante esta imagen prodigiosa del dios guerrero con quien tantas noches habías batallado eróticos encuentros... Allí estaba, sonriéndote de oreja a oreja y dejando caer gorra y bolsa al suelo de la entrada te fundía en férreo abrazo contra su pecho. Casi estuviste a punto del desmayo. Su olor mezclado con aquellos tufos cuartelarios y su peculiar aroma subiendo por su cuello donde tú tenías enterrada la nariz a punto de desfallecer de placer (o de eyaculación súbita). Allí estaba Javier apretado a tu dócil cuerpo diciendo lo mucho que se alegraba de que estuvieras en casa porque no sabía a donde ir y una pensión para pasar la fría noche de aquel Madrid no le apetecía en absoluto; pensó en ti y aquí estaba, “perdona por no avisar”... Cerraste la puerta y recogiste su bolsa y gorra como dos reliquias bendecidas por lo más sagrado, pasasteis al salón donde tú escuchabas lamentosa música que te hacía componer poemas de lo más lacrimosos pensando en otro Javier, conocido de este también y del que nunca más volverías a saber... Allí, el genuino Javier, el que tú hubieras querido hacer tuyo o que te hiciera suyo como tú lo hiciste con el otro Javier -ahora en paradero desconocido-, el auténtico cuerpo que tú deseabas estaba allí desabotonando la chaqueta militar y aflojándose el cinto. Un mareo más de casi orgasmo cuando te pidió que si podía tomar una ducha... Para qué seguir con lo vulgar de compartir una ducha con el amigo, vestidos, chorreantes, enjabonados y empalmados... ¡te habría gustado! Pero él cerró el pestillo de la puerta del baño mientras tú agonizabas apoyado en el quicio aspirando los vapores del agua caliente mezclados con el perfume incandescente de su cuerpo en llamas (el tuyo ya lo estaba)... La salida gloriosa, como el paso de la Esperanza de Triana al abrirse la puerta a una nube de incienso vaporoso; tú quedaste traspasado por siete puñales de dolor igualmente, transido de gozo masoca: Javier desnudo... Casi. En calzoncillos y camiseta de tirantes blancos, con el pelo aún mojado avanzando hacia tu desfallecido cuerpo que yacía en sus brazos como una Pietá homófila. No, simplemente te preguntó si podía acostarse que estaba muerto de cansancio, que mañana hablaríais más despacio y te contaría; ahora, no. Le armaste el sofá-cama del salón mientras él terminaba de acicalarse en el baño. Luego esperaste hasta que tu insistencia de si quería algo le molestó porque adivinaba lo que tú querías y ya te había dicho otras veces que él solo follaba con tías, que a ti te quería como amigo... Y tú mirando aquel pene enfundado, aquel pecho camuflado, aquellos ojos y aquella boca enmarcada por el tupido bigote negro, negrísimo; todo su cuerpo revestido de pontifical vello negro, negrísimo, brillante, refulgente... “No, de verdad que no quiero nada... Dormir, gracias, hasta mañana”. Eso fue todo. Apagaste la luz mientras él se arrebujaba entre las mantas y envidiaste no ser sus calzoncillos o su camiseta blanca, su desnuda piel...
Pasaste una noche en blanco a fuerza de masturbaciones delirantes que te llevaron a cometer aquel asesinato por amor, enceguecido de amor, empuñando uno de los cuchillos de la cocina seguiste apuñalando como si fuera el convulso movimiento masturbatorio de amor y muerte... Bañado en su sangre medio espesada te abrazaste a su acribillado cuerpo para hacerlo tuyo una vez destrozado aquel teñido calzoncillo y la camiseta hecha girones. Su orificio era tan peludo como todo el resto; se había empalmado en el último estertor.

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© Juan Rodort, 2016

martes, 15 de noviembre de 2016

A mal tiempo, buena cara (de culo)


A pares, los culos mejor de dos en dos para variar un poquiño... como aquel anuncio tonto de la tele en que la guardia de tráfico para al supuesto infractor conductor y en vez de hacerle soplar por un tubito para detectar el nivel de alcohol en la sangre le hace bailar unas muñeiras ...por variar un poquiño (debía ser gallega la agente). Tonta anécdota para quitar hierro a la situación actual que es de lo más rancia y pesada, enrarecida la atmósfera socio política del planeta que a estas alturas debe de estar hasta los cataplines de aguantar tanto piojo sobre su dorso. Y queda el más tonto consuelo de : "no hay mal que cien años dure", que se lo digan a los sufridores de la "Guerra de los Cien Años" aquella, que volvemos a otro Medioevo, Edad Media más bien tirando a Baja Media, Subsuelo Media o Partida, que nos van a partir el alma (acuérdate de Machado: "españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón") que mejor nos partan el culo, ya puestos... lo mejor es relajarse y disfrutar del enculamiento de la ultraderechona que debe de tener un zocotroco descomunal... porque si no, no me lo explico como es que la votan tanto (claro que las estadísticas no mientes y siempre es una minoría-"mayoritaria" la que ha votado). Y los que no han votado que se jodan. Pero es que en este jodimiento colectivo estamos todos en el mismo saco, en la misma posición. Así que, lo dicho: "A mal tiempo, buena cara" (de culo).
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© Juan Rodort, 2016