miércoles, 29 de marzo de 2017

Érase una vez... el cuerpo (masculino, por supuesto)


A un duro trozo de madera sentado, el glúteo marcando el territorio entre dos redonditas bolas peludas y algo más que se oculta detrás de la mano diestra... ¿Pensativo? ¿Cansado? ¿Posando? El modelo escogido de ese mar de fondo Googleriano, donde la pesca de cuerpos (masculinos, por supuesto) no está vedada -de momento- por las barreras afiladas de las ideas ultras... ¿Al tiempo? Cíclico tiempo que se viene repitiendo con demasiadas coincidencias y cada vez con escasa frecuencia entre tiempo y tiempo de oscuridades y tapujos. El de la mano del modelo no es casual, no. Un gesto premeditado, impuesto por el ojo avizor del fotógrafo que se ha curado en salud y opta por escamotear al mirador ávido de carne (masculina, por supuesto) ese trozo de lujurioso músculo que tiende a ensanchecerse y alargarse y abultarse y a explotar en eclosiones eyaculatorias a la menor manipulación experta. Y ya me estarán diciendo o pensando mis pocos y asiduos lectores -cada vez más internacionales, yo no sé el por qué pero adivino que algo tiene que ver el modelo del día y la cantidad de piel mostrada y sobretodo si es de la parte entremedias, según se baja justo pasada la pelambre -que no entiendo cómo les da por afeitarse o depilarse a ciertos clones que en nada tienen que envidiar a los sementales que hay al otro lado de mi finca- digo, según se baja en todos los centros que a las cupleteras le dolían ("Me están doliendo los centros de tanto quererte atíiiii"), la polla, vamos; corto por lo sano. En sentido figurado se entiende que no quisiera emascular nada de nadie ni tan siquiera digitalmente hablando... Le falta ese trocito al mozo, mostrarlo sería un dechado de perfección, en vez de mostrar ese estúpido tatuaje remedo de escudo de la faja-braga-boína de supermán en blanco y negro. No, no me gustan los tatus en la piel (masculina, por supuesto). No niego que son admirables esos dibujos maoríes o de algún que otro modelo, pero le quitan todo morbo, toda perfección que el desnudo (masculino, por supuesto) necesita para ser Obra de Arte en sí. Éste muchacho quisiera serlo, pero la tara del tau de los cojones (bueno, un poco más arriba, casi en la cinturilla) y sin visión del santuario secreto de viril exaltación, como que queda un poco amariconado ¿no?. Es guapo, no está mal de músculos y pelos... pero le falta la esencia masculina (como diría un corresponsal del otro lado del charco: su masculinidad). No, no voy a hablar ni contar un cuento de María Sarmiento, pero sí que podría empezar con un: "Érase una vez... el cuerpo (masculino, por supuesto).
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© Juan Rodort, 2017

martes, 28 de marzo de 2017

Apología del desnudo "artístico" (masculino, por supuesto)


("Tattoo" by James Childs, 2010)


Para muestra, basta un botón. Pero para mostrar el desnudo masculino, el abanico de posibilidades es tan amplio que es difícil escoger una muestra. Desnudo frontal. He ahí el dilema...

(Delmas Howe, Angelo 2)




Escogidos de aquí y de allá, dibujos, pinturas, fotos de modelos en pose frontal mostrando su sexo flácido, en reposo, sin demostraciones "explícitas" como la censura tanto teme de un pene, polla, pito, falo, cipote, zocotroco e infinidad de otras aserciones para decir sexo masculino (el otro, como que me es desconocido). ¿Misógino? Bueno ¿y qué? Cada uno es como es... y Dios en la de todos. Pero decir desnudo para mí es sinónimo de cuerpo masculino sin ropa posando de frente (o de espaldas, pero en menor medida; tampoco lo descarto, que hay cada culo, glúteos, redondas contorsiones, globos terráqueos andantes o en reposo... que p'a qué). Aquí se termina mi apología del desnudo "artístico" (masculino, por supuesto).
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© Juan Rodort, 2017

viernes, 24 de marzo de 2017

Donde la espalda pierde su honesto nombre...


Culo, se le llama culo y todo el mundo tiene uno... o dos o cuatro, depende de su orografía adiposa. Los hay que lo tienen bien puesto, redondito, turgente, separado un poco, lo justo para entrever la rajita llena de pelillos (estoy hablando de culos masculinos, por supuesto, los otros me son totalmente desconocidos). También los hay que tienen dos culos, uno al lado del otro, bien diferenciados como dos balones inflados, duros, para sentarse e ir de paseo hasta el huerto más cercano donde ya se sabe en qué terminará la cosa... Y hay gentes descuidadas y zafias de aspecto repugnante por las traseras cuando se le presta atención una vez desasidos de sus encantadores ojitos de Bambi, que tienen ¡¡¡cuatro culos!!! Dos arriba y otros dos abajo, sin solución de continuidad, amarrados, amazacotados, siguiendo la línea espalda-cintura-culo primero-culo segundo o verdadero culo, los otros son simplemente las aldorzas (los michelines, para el que no se aclare), excreciones de la cintura o lo que sea, no voy a entrar en detalles escabrosos y obscenos (las carnes fofas son una obscenidad). Pues eso, que los hay que tiene cuatro culos o cuerpo-perro: todo seguido por la espalda hasta más abajo de los culos, en un bloque... Horroroso si va acompañado por el tripón cervecero o grasiento (de engullir carnes y grasas sobresaturadas en vez de ricas comidas de dieta mediterránea). Pero hay gustos... que merecen palos. Yo lo que voy a ponderar es el culo-culo. Este culo de muchacho en flor. Culo: donde la espalda pierde su honesto nombre...
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© Juan Rodort, 2017

jueves, 23 de marzo de 2017

Primavera desnuda, o desnudo primaveral...

 Primavera desnuda...
Un poco fría el agua del deshielo... Pero a una piel hirviente como la de este muchacho en flor, con el culo en pompa, oferente, deseante, abierto, lacerado por las flechas del deseo primaveral que alteró su sangre, nada le espanta, pues tiene su juventud como abrigo y un par de cojones... ¡Qué fría que está el agua, coño!

Desnudo primaveral...
No, no es el mismo muchachito del arroyo cantarín (el agua que el chaval daba unos gritos que p'a qué). éste está en la cerca de mi jardín pero unos días atrás cuando parecía que la Primavera se había adelantado y tal; ahora no se atreve a repetir la toma de la foto. Bueno, después de la que me montó luego de hacer algunas fotos más... Tuvimos que entrar rápidamente en casa para ocultar los empalamientos a que nos íbamos a someter mutuamente. Sí, el penecillo ese flácido y delicioso que se deja caer en todo su centro (el ojo se va a ese punto, por lo menos el mío), pues ese penecillo cuando crece y se pone como hay que ver cómo se pone... ¡da miedo! Pues, todo p'adentro, sin solución de continuidad. Gana mucho sin gafas el chico, ¿verdad? Y es que la otra foto de los calzoncillos por los tobillos no estaba tampoco mal pero ya le dije que lo de dejarse las gafitas, como que no... Pero él es así de testarudo y duro, duro, duro... ¡Lo sabré yo! Duro de carnes, duro de piel, duro de polla...
¿Era eso lo que mis queridos lectores querían saber?
Pues sí, ya he hablado en demasía, que luego él me viene con reclamaciones, que si sus amigos le reconocen (¿¡y quién no!?) y es que sólo ha faltado poner su teléfono para que las líneas se colapsaran más todavía. ¡¿Yo que culpa tengo de que sus amigos (todos muy machitos, como él) miren mi Blog?! Vamos, que si doy mi dirección esto se iba a poner como en los días de las fiestas del pueblo, lleno de mirones y fisgones y de maricas sedientos de Primavera desnuda, o desnudo primaveral...
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© Juan Rodort, 2017

miércoles, 22 de marzo de 2017

Ídolo de carne (primaveral)

Viajero florecido en alguna de esas playas desiertas que el invierno guardó insomne hasta que tú llegaras desnudo de todo lo superfluo, vestido de sublime belleza, tu cuerpo a piel abierta. Tú mismo la Belleza en el jardín terrenal que con tu sola presencia ya se volvió paraíso.
Rubia jaculatoria que rondaste mis mojados sueños hasta no hace mucho; perfección hecha carne como un ídolo redivivo, suplantación del mítico Adán del que su creador se enamoró hasta tal punto que se olvidó de seguir creando pues ya llegó al final de su magnífica obra. Fue así como te convertirían en leyenda homófila, ídolo de carne (primaveral).

Desnuda es la piel

Desnuda es la piel, desnuda está, de tu piel ausente,
caleidoscópica tonsura de células impresas, suficiente
piel dispuesta en repetida cenefa surgida, eficiente
piel, despojada piel de piel en sobresalto, enervante
piel ausente, suficiente, eficiente y enervante; piel de guante,
ausencia de la piel, desprovista de piel, piel de piel protestante,
católica y apostólica piel consagrada y ungida, proclamada
piel enervante, de guante protestante, piel arrinconada;
tu piel en mi piel fundida, desposeída de piel, extrañada
de tu piel tan falta para sublimar las células copulativas
piel a piel, desnudas pieles disyuntivas.
Pieles copulativas, disyuntivas y afirmativas.
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© Juan Rodort, "Poemas recurrentes", 2016-2017

martes, 21 de marzo de 2017

¡Manos arriba, calzoncillos abajo!


Esta es la imagen que me gustaría haber visto, ¡calzoncillos abajo! Sí. El vecino del otro lado de la calle, según se va a la izquierda, la segunda casa de la plazoleta... Por lo menos ese es el camino que observo cuando pasa por delante de mi jardín y me escondo detrás de los setos y así poder mirarle detenidamente sin que se note que le miro... Como si él ya no lo supiera... Hace como que va mirando para otro lado, o con el telefonillo haciendo que habla con alguno de sus amigos, o con su amigo... el otro, que así le va, cuando se hace el distraído, las veces que se pavonea a caballo cuando pasa por delante de mi jardín hacia la casa del vecinito, con mucho meneo de trasero al compás del jaco... clós, clós, clós...; pasa danzarín moviendo el paquete –el vecinito, no su amigo que también cuando va a pie y raramente se deja ver por estos barrios-. Fines de semana, festividades, vacaciones son las fechas de su aparición por la calle, despacioso, lánguido, meditabundo o despistado, o que se lo hace, pasa por delante de mi casa. Si estoy dentro le espío a través de los visillos –tengo un sexto y séptimo sentido para adivinar sus apariciones- y corro hasta los ventanales del salón en la parte posterior desde donde se ve claramente la esquina de su casa y allí le enfoco con los prismáticos, culo danzarín, fondón, con esos pantalones ajustadísimos y caídos, marcando los muslos, las pantorrillas, con esas zapatillitas de marca y de moda, con ese tupé y media barbita y algún chándal o chaqueta deportivo informal, ocasional, descolocada al desgaire, como quien no quiere aparentar que va puesto como un figurín de un escaparate de modas Manolita de alguna calle cuchi de Santander... Él lo sabe, que le espío, que tras de los visillos enfoco los prismáticos a sus traseras... Poca historia sería esta si no es por el hola, hola de esta tarde en que “casualmente” estaba yo en mi jardín mirando las Batuecas, que caen por aquí cerca según se va a mano diestra, cuando él volvió del centro del pueblo donde vive su amiguito... Se creerá que no lo sé, dónde vive el otro; pues claro. Los tengo muy vistos a los dos. Esos ir y venir por delante de mi puerta muy acarameladitos haciendo como que van mirando el mismo telefonillo, las cabecitas muy juntas, los cuerpos tocándose hombro con hombro... sonrisas cómplices. Esta tarde volvió de casa del amigo cabizbajo, algo triste y con la mirada perdida. O no tan perdida pues al pasar por el otro lado de mi seto se volvió justo en un claro ralo y me dijo un hola mucho más que hola, un aviso para navegantes expertos: tengo novio y no porque acabemos de discutir, no estoy para ti, no estoy para nadie como tú (yo).
Pero yo prefiero imaginármelo como el muchacho de esta foto, los calzoncillos por los tobillos, brazos en alto, dispuesto a lo que sea, que será largo y tendido.
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© Juan Rodort, 2017


viernes, 17 de marzo de 2017

¿Surferino color o culo surfero?



La tarde quedó en solferinocolor

               La tarde quedó en solferino color
y un chisporroteo de pájaros borró la tormenta;
tus ojos volvieron al recto cénit
sin recordar mis ojos llenos de impaciencia.
Anochece a marchas forzadas, mientras
una melodía de violines encendidos,
apretados en piloso abrazo de un nuevo amante,
cierra las cortinas del lecho que aguarda.
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© Juan Rodort, "Poemas recurrentes" 2015

Muro de Alcoy


Y el culo del surfista que surfeaba supuestamente antes de yo llegar a esa playa estaba ahí, desnudo debajo de su ajustada prenda que más que taparle le realzaba las prominentes redondeces, globos, ebúrneas esferas de carne englobada en neopreno textil húmedo, chorreante de salitre, esperando manos, bocas, dedos que hurgasen sus mórbidos contornos... No tuve tiempo de disparar mi cámara y solamente mis ojos fueron testigos mudos de tal esplendor satinado de niebla en la mañana neblinosa sin ningún parecido al color del poema pero sí a cierta definición encontrada en Google:
"Constituye la armonía entre el sol y su fulgor, solferino hace rememorar la esperanza que renace entre los pueblos y entonar los aires de la libertad. Es el color mismo de la armonía".

Y es muy acertada para dar idea de la sensación emocional de la visión de aquel culo enfundado en neopreno y en movimiento ondulatorio al compás de neblinosas olas que restallaban en mis oídos más que verlas en su enceguecido velo de densas nieblas del norte atravesando el Cantábrico en la mañana desnuda... también.

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© Juan Rodort, 2017